Por Tania Reyes
En el pueblo se sabía cuándo yo encendía el fogón. El aire se llenaba de un olor espeso, como de tierra ardiendo que se colaba por las rendijas de las casas. Era el olor de mi salsa macha que preparaba cada semana. Nadie en el pueblo podía decir que no conocía el aroma de mi cocina. Desde la esquina del centro del pueblo hasta la última casa, allá donde se desaparece el camino en tierra se escapaban los olores del comal.
Primero doraba el ajo en el aceite, y su olor, áspero y dulzón, se quedaba pegado en las paredes de adobe, se chisporroteaban en el aceite como si estuvieran riéndose de mí. Después, los chiles de árbol: rojos, enjutos, como pequeñas llamas secas que, al tocar el aceite, soltaba un humo que hacía llorar hasta a los perros. Luego caían los cacahuates, que crujían como huesos viejos, y el ajonjolí, que al brincar parecía rezar en murmullos breves. Pero eran los chiles de árbol los que hacían temblar el aire: cada uno encendía una llamarada, y el humo que soltaban tenía forma de voces, de sombras, de recuerdos.
Nadie podía con mi salsa. Quienes la probaban sentían que la lengua se les convertía en brasas. Se iban renegando: “Eso no es salsa, es castigo.” Ni con tortillas recién hechas, ni con carne de fiesta, ni con huevos frescos. La salsa picaba tanto que me cerró el camino de venderla.
Yo me empecinaba en corregir la receta. Menos chiles, más aceite y ajo, más ajonjolí. Pero siempre era lo mismo: una llamarada que no dejaba hablar. Yo pensaba que el error era mío, que mis manos torpes no sabían la medida justa. Me pasaba la noche ajustando la receta, hasta que las paredes amanecían impregnadas de un olor tan fuerte que los gallos no querían cantar.
Una tarde, mientras limpiaba los costales de chile de árbol en el corredor, me fijé en algo que nunca había notado. Entre todos, siempre había unos chiles diferentes, sin cola.
Más secos, más tensos.
Mientras separaba los costales de chiles, oí una voz ronca, seca como rama quebrada:
—No es tu culpa.
Me quedé quieta. Pensé que eran los gallos, o el viento que juega a engañar, pero no, era un chile: rojo, arrugado, sin cola. Lo tenía en la palma de mi mano y me hablaba.
—Nosotros, los sin cola, nacimos para arder más que los demás. Traemos dentro la rabia del sol y de la tierra seca.
Lo solté de golpe, pero el chile rodó hasta mis pies, y volvió a hablar:
—No quieras cambiarnos. Déjanos ser fuego. Eso buscan los que ya no tienen lengua ni miedo: los muertos que rondan tu cocina.
Eran los que, al caer en la cazuela, hacían que el aceite saltara con violencia, levantando un humo que se metía en la nariz como aguijón. Entonces lo entendí: no era yo, ni mis manos, ni la receta. Era el chile sin cola el que traía el demonio adentro, que no venía de la tierra sino del fuego. Un demonio pequeño, encarnado en vaina seca.
Desde entonces, cada que hago mi salsa y el humo empieza a llenar el corredor, escucho pasos en el patio, voces que me llaman por mi nombre, y sé que son los mismos muertos del pueblo, arrimándose a la cazuela para probar la lumbre. Ellos no se quejan, al contrario, parecen agradecidos.
Ahora, cuando preparo la salsa, los chiles sin cola me hablan desde el aceite. Me advierten, me ríen, me susurran cosas que nadie más puede oír, y yo, entre humaredas y lágrimas, escucho pasos acercándose a mí. En las noches, cuando los probadores vivos ya no se acercan, siento a los difuntos arrimarse a la mesa con los labios encendidos como brasas.
Yo sigo sin vender ni un frasco, porque la gente viva no quiere condenarse la boca. Pero la salsa me basta. Es mi compañía, mi condena y mi rezo. Y cuando el aceite me habla y el chile sin cola se tuerce, siento que no estoy sola. Entendí que la salsa no era mía. Era de los muertos.
Tania Reyes Vázquez es pasante de Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y actualmente escribe su tesis de licenciatura. Su escritura nace de la memoria, de sus quiebres y de aquello que permanece entre sus fragmentos. Antes de encontrar en las palabras una forma de habitar el mundo, estudió Gastronomía, donde descubrió otro lenguaje para crear y contar. Su sensibilidad inquieta encuentra en la literatura una forma de transformar la incertidumbre en materia creativa. Actualmente transita entre la teoría literaria, el realismo mágico y la poesía, explorando las fronteras entre lo vivido, lo imaginado y aquello que sólo puede existir cuando se escribe.

Interesante texto.
Muy bien.
Oh que poético.