Por Vanessa B. Lizárraga Juárez
El solsticio de verano enmarcó el inicio de nuestro desencuentro. Yo, no recogía precisamente narcisos cuando me encontraste. En el valle buscaba algo más que flores, no obstante, me conformaba con la adulación de los hombres que alababan mi belleza como forma de conseguir mis favores; halagos para alimentar el ego.
Nuestro sino estuvo marcado por los errores, un superlike involuntario determinó nuestra conexión. Mentiría si dijera que me sentí físicamente atraída a ti, sin embargo, con la convivencia cotidiana de las interacciones virtuales, le fuiste dando color a la monotonía de la cotidianidad. Quisiera decir que fuimos una historia de amor, pero sólo fuimos contingencias dependiendo si la historia la narra Perséfone o Hades. Interacciones virtuales y encuentros casuales en diferentes estaciones.
Llegaste a poner fin a una larga sequía. Trece años de espera, y desperté con tu voz, tacto y letras. Salí de la recóndita cueva habitada a conocer de nuevo el mundo, ese del que me alejé como ciervo herido. Emerger del letargo para sumergirme en un mundo nuevo e inexplorado donde las reglas del mundo online me resultaban angustiantes ante la liquidez de los vínculos afectivos. La fragilidad con la cual se maneja la búsqueda del amor a través del sexo, la volatilidad de las interconexiones, la manera en que el amor se convirtió en un producto de consumo al alcance de una cuenta gold o platino.
Mis miedos exacerbados al abandono y mi subyacente rechazo al compromiso. En el caos, tú. Aquel verano en tus brazos, encontré el camino para transformarme de capullo a flor. Abrirme toda ante la docilidad de tu mano gentil en mi piel, territorio inexplorado. Recuerdo un suave beso en el arco de mi pie izquierdo y tus manos tocando delicadamente mis muslos, mi cuerpo desnudo frente a ti y todos los miedos hincados a tus pies. Un tierno beso en el vientre abultado, vestigio de la maternidad, se convirtió en epicentro de mis deseos descontrolados. Nuestros cuerpos fundidos, fuimos fuego y ardimos juntos.
Por una extraña razón me sentí pura en tus brazos, tus labios descubrieron rincones nunca explorados. ¡Viva! Me sentí viva. Cada poro de mi cuerpo transmutó de tierra árida a rocío. Nunca, antes de ti, fui barro, aire, agua y fuego al mismo tiempo. En un suspiro quedaste suspendido en el tiempo.
Las hojas color ocre danzando con el viento fresco del otoño. Tu mano en mi rodilla izquierda. Siempre tus labios dejando huella en el lado izquierdo de mi cuerpo. Tu boca, sabor granada, y tus ojos negros que brillaban al verme. Recuerdo tus dedos tocando mi piel suavemente, tu lengua recorriendo en un camino sinuoso cada una de las vértebras de mi espalda, y un leve susurro estremeciéndome toda. En ocasiones siento que nací de nuevo cuando me descubrí plena a tu lado. Las paredes blancas y la luz tenue del cuarto, tu cuerpo desnudo. Cuán diferentes son las entregas que se hacen en el otoño de la vida: lentas, presentes e intensas.
Nunca pude descifrar el vacío que habitaba tu ser, solo presentí una barrera más grande que la mía. A pesar de ello, y consciente de la inminente derrota, decidí continuar. Las presencias intermitentes provocaron que comenzara a extrañarte antes de tu partida. Tu voz grave y profunda, el abrazo reconfortante. ¿Por qué si pedí tan poco, nunca fui suficiente?
La luna llena enmarcó el último encuentro, los últimos susurros del otoño se llevaron con ellos nuestros secretos. Siempre pensé que las arrugas que enmarcan tu frente, un barquito de papel naufraga con un niño pescando estrellas en el mar, sin darse cuenta de que las estrellas son el reflejo del cielo. Mi dedo derecho recorre la silueta de tu nariz aguileña, tus labios delgados y las dos olas del mar que encuadran tu frente. Tu mano izquierda recorre lentamente mi brazo izquierdo hasta entrelazar tus dedos con los míos, un beso en la nuca.
Fuimos uno. Los dos montados en una carroza guiada por caballos rojos, las antorchas alumbrando la oscuridad. Por momentos fuimos Shakti, devorándonos, consumiéndonos, nutriéndonos del otro. Antes de la culminación, un leve susurro: “mi amor”. Después de eso… el silencio.
El descenso al averno. Yo, mujer rota. El intenso frío del desierto quema mi piel, y mi cuerpo anhela el calor de tu cuerpo. El silencio y la oscuridad pueden ser una combinación letal. Duele tu recuerdo y sufro tu ausencia, siento que las semillas de granada que me diste me dejaron atada a ti y a la oscuridad que mora en mí. Me extraño siendo luz a tu lado, ¡viva!, ¡Llena de gloria y de éxtasis! Extraño el cosmos en las pupilas dilatadas de tus ojos.
Regresa, extraño buscar constelaciones en tus ojos cuando me miras. Me duelen los sinsabores de las expectativas que pude crear de un futuro juntos. No un futuro eterno, más bien un presente vivo, lleno de magia. Qué cruel resulta un invierno cuando un corazón llora una pérdida. Rememorar la herida de tu partida lacera mi alma, olvidarte es imposible. La oscuridad de las largas noches de invierno agudiza la profundidad de tu partida.
Las ánimas de los fracasos amorosos se instalan como las sombras de los árboles en los cuentos de terror entre estas cuatro paredes. Veo tu cuerpo etéreo alejarse lentamente de este cruel abismo donde me dejaste herida. Mi orgullo se doblega y me convierto en un mar de lágrimas. Los miedos que domesticaste resurgen con tu partida, me devoran. Soy solo la sombra de una mujer enamorada. Me queman los besos que deseo que me entregues y sé que no volverán jamás.
El esplendor de la luz ilumina todo. Ya no recojo narcisos, ahora lirios adornan las ventanas del rincón desde el que escribo bosquejos de mis memorias junto a ti. Los botones de los rosales despiertan coquetos para engalanar la primavera. Lleno de letras tu recuerdo, en ocasiones amargas, en otras agridulces, y espero que en un futuro cercano puedan ser apacibles. Anhelo que las letras emerjan llenas de una dulzura inmensurable y con el sol del equinoccio pueda sanar la pérdida de aquello que sembré en ti.
Imploro a las diosas que me permitan representar el amor bonito que anhelé entregarte sin ese toque de amargura que aún invade mis recuerdos. Posiblemente, algún día, del lamento de esta Perséfone crezcan girasoles donde alguna vez moraron los lamentos.
Entonces, un sembradío de girasoles enmarcará el horizonte, y el vestigio de mi amor brillará resplandeciente. Perséfone no volteará atrás, solo mirará al mundo de posibilidades que le depara el horizonte donde tu recuerdo alguna vez lo habitó todo.
Vanessa B. Lizárraga (Guatemala, 1978). Nací en las áridas tierras de la frontera norte de México. Amo la leer y escribir.
