Por Ángeles Sanlópez
Deseo: Impulso que tiene alguien de buscar la satisfacción de sus necesidades, el placer o la alegría, y sentimiento que este impulso le produce.
Diccionario del español de México
Definición de marzo de 2025.
Amalia se preguntó: ¿qué he deseado en mi vida? ¿A quién he deseado? Una sonrisa traviesa se formó lentamente en su cara. Recordó rostros, objetos y situaciones, pero también los días en los que estuvo enferma por estrés y ansiedad. Esos momentos en los que solo quería hacerse bolita en la cama, bajo las cobijas, evitando que cualquier rayo de sol entrara a su guarida. ¿Cómo regresar a ser alguien feliz y dichosa? ¿Cómo se consigue el placer? ¿Cómo se cumplen los deseos?
Un día, mientras se bañaba rápido, sin poner atención en cómo el agua caía lentamente por su cabeza, sus hombros, sus senos, sus piernas y sus pies, escuchó la vibración de su celular. Era Demi, que la invitaba a su fiesta de cumpleaños. Sería un festejo pequeño con amigas cercanas de toda la vida.
De inmediato, Amalia sintió cómo le faltaba la respiración, cómo sus manos sudaban y cómo se mareaba. Se sentó desnuda y mojada en una silla. La piel absorbía lentamente el agua; gotas escurrían constantemente de su cabello largo, que hacía tiempo que no cortaba. Sintió frío, pero no pudo reunir la energía para levantarse. Quería ver a Demi, Lara y Bere, pero no sabía si podría estar con personas que le preguntarán cómo estaba, cómo le iba en el trabajo, cómo estaba su familia o cómo estaba Luis, su expareja.
El sábado 14 de noviembre llegó. Faltaba una hora para salir de casa y tomar el mototaxi que la llevaría a su destino. Se probó varios atuendos, pero ninguno le gustaba. Con todo se sentía mal. No podía usar faldas porque no se había depilado; no podía usar manga corta porque, a sus treinta años, ya tenía unas estrías y unos gorditos cerca de las axilas, que tampoco había depilado. Nada la hacía sentirse bien.
Se sentó en la cama y dejó salir su frustración y enojo por odiarse tanto. Estaba harta de sentirse así. Solo quería tener ánimo, energía, sentirse segura estando afuera, con las demás personas. Tomó la ropa de siempre, esa con la que se sentía segura. No era día para probar un outfit aesthetic de Pinterest en un cuerpo que no se veía como el de las modelos.
Salió quince minutos antes de la hora acordada. Tomó su bolsa, una ilustración que le había hecho a su amiga y se fue.
En la fiesta, nadie preguntó nada incómodo. Juntas comieron una sabrosa ensalada que Amalia disfrutó, tomó un té y comió un poco de pan. Todo fue tranquilo.
Llegó el pastel. Todas se pusieron un gorrito de cumpleaños y cantaron Las Mañanitas a la cumpleañera. Demi, sentada, con el rostro iluminado por la luz de las velas, tomó las manos de sus amigas, cerró los ojos, dijo unas palabras en voz baja y apagó las velitas del pastel. Las demás aplaudieron. Demi, sonriendo, se embarró un poco de pastel en la cara con el dedo, y luego, entre risas, comenzaron a comer y a conversar sobre series, películas y canciones de moda.
Los acompañantes gatunos de Demi, Rubí y Zafiro, se acomodaron en el regazo de Amalia. Ella los acarició suavemente mientras, con su otra mano, comía el pastel.
Al terminal el festejo, Amalia abrazó a sus amigas. Sintió el calor de sus cuerpos y la suavidad de sus brazos. Se sintió bien entre sus brazos. Bere la miró a los ojos, tomó sus manos con fuerza y le dijo:
—Mándame un mensaje si me necesitas.
Lara se acercó a su oído y le susurró:
—Te quiero.
Por último, Amalia se acercó a Demi, la abrazó con fuerza y le dijo:
—Gracias por invitarme a tu fiesta.
Demi le sonrió y respondió:
—Gracias por ser parte de mi vida.
Se despidieron y cada una tomó su camino. Al llegar a casa, enviaron mensajes para confirmar que habían llegado bien.
Antes de dormir, las tres pensaron en el momento en que Demi las tomó de la mano al pedir su deseo. Les pareció extraño. Sin embargo, al sumergirse en el sueño, lo entendieron: este año, ellas serían parte del festejo de su amiga.
Sueño de Bere
Ella se descubrió caminando en el jardín de su abuela fallecida. A lo lejos, vio a alguien en cuclillas, de espaldas. Su corazón se aceleró. Corrió con lágrimas en los ojos, sabía que era su abuelita Florentina, lo sabía porque esa era su trenza característica y su ropa favorita. La abrazó y le dio un beso en la mejilla. Extrañaba tanto verla, tanto hablar con ella. Se sentaron juntas bajo un árbol y comieron guayabas, plátanos y mangos. Ambas se contaron la vida.
Sueño de Lara
Al acostarse, sintió cómo su cuerpo se elevaba lentamente. Miró a su alrededor y se encontró flotando en la inmensidad del espacio. Sabía que era imposible estar ahí. Quiso respirar pero notó que no lo necesitaba.
El silencio era absoluto. Miró hacia abajo y vio el famoso punto azul, pequeño, rodeado de basura espacial y cuerpos celestes. Sintió miedo, inseguridad. Se le formó un nudo en el estómago. Pero tras un breve instante de crisis, dejó de resistirse. Se quedó ahí, suspendida en la nada, convertida en otro cuerpo flotante. Maravillada, disfrutó del silencio. Hasta de su propio silencio.
Sueño de Amalia
Abrió los ojos y se encontró sentada en una habitación oscura. Miró a su alrededor, intentando reconocer algo, pero solo había sombras. Su respiración acelerada llenaba el silencio. Sintió su cabello sobre la cara y, con los dedos, lo pasó detrás de la oreja; le irritaba tenerlo frente a ella. Al hacerlo, percibió la suavidad de sus propios cabellos deslizándose entre sus manos.
El miedo dio paso a otra sensación: comenzó a explorarse. Recorrió lentamente sus manos, sus dedos, las yemas, las uñas. Luego sus brazos, su pecho, su vientre, sus piernas. Tocó sus rodillas, entonces, sintió una cicatriz. La acarició con delicadeza. Le recordaba la caída que tuvo en la infancia, el ardor, el llanto, su madre cuidándola, su padre mirándola con preocupación.
Quiso levantarse y correr a abrazarlos, pero no pudo. Estaba atrapada en la silla. Sintió el pánico abrirse paso en su pecho, limitando su respiración. Quería gritar, pero tenía miedo de hacerlo. Sabía que no estaba bien gritar. Pero aquí… aquí no había nadie más que ella.
Así que gritó.
Su voz vibrante resonó en sus oídos. Gritó otra vez. Y otra. Hasta que las lágrimas empezaron a caer, una tras otra.
De pronto, la silla desapareció.
Cayó de golpe sobre un suelo frío e incoloro. Entonces, escuchó el sonido del agua. Un goteo constante irrumpió el silencio. Pequeñas gotas empezaron a caer sobre ella, ligeras, frescas. Al principio, apenas las sentía. Luego, poco a poco, la envolvieron por completo.
Por un instante, recordó lo que era sentir algo distinto al sufrimiento.
Se quitó la ropa. Quería sentir el agua deslizándose libremente sobre su piel. Quería que la acariciara, que la mojara, que goteara desde su cabello hasta sus pies. Extendió los brazos y se dejó cubrir por ella, quería ser una con ella.
Sonrió.
Dio saltos de alegría. Danzó desnuda bajo la lluvia que siempre había amado. Giró, cantó, levantó el rostro para sentirla y saborearla.
Le compuso un poema a la lluvia.
Sueño de Demi
La cumpleañera se sentía dichosa por un año más, en su sueño se encontraba rodeada de su tía, sus abuelas, su padre y otros familiares muertos. Reunidos cantaron, bailaron chilenas oaxaqueñas y comieron hasta el amanecer.
Demi despertó con una certeza: esperaría con cariño cada día de su vida.
Ángeles Sanlópez (21 de marzo de 1988, Chimalhuacán, Estado de México). Soy aprendiz entusiasta, historiadora, escritora, editora, acompañanta de aprendizajes mutuos, activista literaria y estudiante de doctorado. He publicado cuentos, relatos y textos académicos en medios digitales e impresos. Con «El llamado» obtuve una mención honorífica en el XXXIX Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2023). Tengo experiencia en la coordinación de proyectos colaborativos digitales y actualmente co-coordino Especulativas y coordino Histórikas, espacios en los que organizo círculos de lectura, cursos y talleres. Escribo por gusto, placer y necesidad.
