Filomeno | Narrativa

La siguiente obra fue leída en voz y cuerpa de su autora en el micro abierto INSolentes, organizado por la editorial Tinta en las Uñas en colaboración con Enpoli, la Faro Tláhuac y la Fundación Elena Poniatowska, que se llevó a cabo en el marco del 8M.

 

Por Algebra “Olive” Aguilar

 

También estamos muertas cuando matamos nuestros sueños.

 

Filomeno me salvó la vida. Lo hizo en realidad en dos ocasiones. Octavio, mi esposo, me hizo la falsa promesa de que regresaríamos a la Ciudad de México cuando su mamá se recuperara de la enfermedad. Yo ayudé a mi suegra, sin titubear, como una hija más. Ella se recuperó hace ya casi un año, yo no veo el día de regresar.

Vinimos a vivir a Nochixtlán, el rancho es un galerón de adobe con apenas dos cuartos, una cocina y un baño en el patio, aquí, Octavio pasó de ser obrero de la ciudad a ser campesino y desde que llegamos yo no pude seguir trabajando fuera de casa. Nos despertamos de madrugada, él sale, va a la tierra, regresa cansado a medio día y duerme hasta que siente hambre. Yo no paro hasta la noche. Mi hijo es aún pequeño y por eso mismo es tan feliz: juega en la tierra, se trepa a la palmera y quiere montar a Filomeno. Manuel y yo recorríamos varios kilómetros para ir y regresar de la escuela, nos gustaba pues cruzábamos un río tranquilo y el paseo de los álamos.

 

Filomeno siempre me ayuda, como cuando voy por provisiones al pueblo o atravieso con mi niño el arroyo. Recuerdo especialmente su ayuda cuando mi pequeño Manuel se lastimó el pie al caer del enorme fresno junto al pozo. Filomeno, mi burro de pelaje gris, lo cargó hasta el médico del pueblo y de regreso. ¡Cómo le agarré cariño a ese animal! A veces, hasta hablaba con él mientras lavaba ropa o platos, él solo me miraba mansamente.

Recuerdo muy bien ese viernes, a eso de las 10 de la mañana, Mireya, la prima, me pidió que recogiera de la escuela también a Marquitos, su hijo, así que me llevé a Filomeno.

A la salida de la escuela, ya de vuelta a la casa, la lluvia cayó repentina y ferozmente, decidí cargar las mochilas para que los niños pudieran montar a Filomeno. Nos empapamos los tres y tiritábamos de frío, llegamos a la ribera y nos encontramos el río crecido, no había otro camino, teníamos que cruzar antes de que el río se desbordara. En ese momento me sentí diminuta, pero no quise que los niños se dieran cuenta. Intenté calmarlos, diciéndoles que todo estaría bien. Me atreví a entrar unos pasos al agua, Filomeno se detuvo apenas sintió la corriente. Marquitos, con miedo, dio un brinco y alcanzó la orilla, mientras mi hijo se quedaba sobre el lomo del animal aferrándose al cuello y llorando. Al voltear a verlos y tratar de alcanzarlos, me resbalé con las rocas, sentí que la corriente me llevaba, apenas y alcance a abrazar las patas del burro. Los niños gritaban y lloraban.

 

Yo pensé que moriría frente a ellos, dejaría a mi hijo solo, entonces Filomeno comenzó a retroceder. Su pelaje gris era lo único que veía, las rocas que traía el caudal me golpeaban las piernas y el frío del agua me paralizaba; cerré los ojos pidiendo la ayuda de Dios. Filomeno me arrastró hasta que pude ponerme de pie, me salvó. Los tres nos abrazamos mientras seguía la tormenta;  traté de consolarlos, aunque no pude evitar llorar.

Pudimos llegar a casa horas después, cuando anochecía. Mi esposo estaba jugando dominó, despreocupadamente, con su compadre, tomaban mezcal y pude notar varios envaces de cerveza en el piso. Sentí una rabia infinita. No se preocupó por mi tardanza, ni siquiera porque estaba con nuestro hijo. Me di cuenta de que estaba sola, de que siempre lo estuve y ahí mismo, mirando esa escena, lo confirmé.

Esa noche, después de hervir el agua para el baño sobre la fogata y acostar al niño, no pude pegar el ojo. Al amanecer, abrí la puerta para ir al baño, y ahí estaba Filomeno como siempre, me acerqué a acariciarlo y a agradecerle una vez más. Entonces entré a la casa, tomé a mi hijo, unas cuantas cosas y me marché dejando la vida de casada atrás.

De regreso a mi ciudad entendí que sí, que Filomeno me salvó la vida en el río pero también lo hizo esa última mañana en la que al mirar sus ojos mansos, supe que sin mi esposo, el siempre ausente, estaríamos mucho mejor.

 

 

Este cuento forma parte del libro Cartas dentro de la tierra

 

 

 


Algebra “Olive” Aguilar (CDMX 1979). Estudió matemáticas en la UNAM y la maestría en Docencia en la UDEM. Es docente en el IEMS Ciudad de México y escritora. Participó en distintos talleres literarios, colabora en las revistas Emergencias Narrativas y Caravana Neza.
Publicó “Cartas dentro de la tierra” (2021) y “Cor Cuore” (2024) Editorial Winged, ha participado en las antologías “Mujeres con voz de tinta” , “Cuentos para Niñas Grandes” de Editorial Yíshú , “Voces de tinta violeta” y “Mexicanas 3” de Editorial Fondo Blanco.
Coordinó la publicación independiente de la antología de cartas “Escrito desde el alma”.

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