Gibrán Christopher Villarreal Ramírez (1995, Ciudad de México). Devoto a la escritura desde niño, lector del mundo y de las hojas de oro del libro, periodista retirado, rapero extinto, psicólogo social de la UAM-I que autopublicó 100 ósculos pomulares y esparció su presencia en revistas como ERR-Magazine, Verso inefable, Cósmica fanzine, Universo de letras de la UNAM, entre otras; participó en el Primer Encuentro de Escritores Jóvenes de la UAM-I y en el proyecto de Colectivo Quetzalcóatl para hacer brotar su creatividad en su canal literario de Tik Tok (https://www.tiktok.com/@qaholom); oscilando entre lo cursi y lo imprudente. En resumen: viviente, construcción de una fortuna propia.
La boca de Krishna
Ya el anatema me nombra,
ya ofrece perdón la saeta
y la noche al poeta.
Pero de esa grácil sombra
no me aparto. Desde la alfombra
resisto la embestida
que sugiere tu perdida
prenda y el sol de tu piel.
Armonizas tu babel
y ya no importa la vida.
Asana
Del telar de la luna va naciendo tu piel.
Sobre tu piel se proyecta la escritura del jaguar
y la penumbra es un aullido al caer.
Caes en mi sueño —que ya no será sueño —
sino una faena de ritmos cardíacos y besos.
Del beso, conjugar el sol.
Del sol, conjurar mis manos.
Y con mis manos, conjuntar tu bioluminiscencia,
hasta que el monstruo que vive en el risco de mi pecho salga.
Salga con las uñas afiladas y la boca abierta,
no en rendición, en ataque.
Y atacar el árbol de Buda, ensalivarlo,
ensalivarte el dorsal y provocar la espera entre tus playas.
Contra tus playas, rogar que el tiempo pare
para parar las palabras imprecisas de la cama.
Y desde tu cama alimentar la quimera,
retrasar la muerte
y morir viviendo sin respiración bajo tu ala de gárgola.
Mirarnos.
O mirar lo que nos convierte en lobos.
Y sucumbir.
Sucumbir bajo el telar de la luna que va hilando tu piel.
Atha
Con las vestiduras de tu anahata levité. Y los mantras se volvieron sentencias de tigre y dividieron los chakras para entrever su magma y las respiraciones ya no fueron calmas y pausadas y los mudras tomaron forma de Ícaro y los ecos del cuenco tibetano incendiaron las sabanas de la cama y el tórax conoció los puntos río mientras las llemas de tus dedos se bautizaban y vi el reflejo de la princesa sobre el muro de jade y me aferré a tu cintura y solté el ego y se conjuró el universo sobre el sánscrito de tu sudor y otras posturas dieron tregua a esta vida y el mar no se partió y la contemplación tejió su nido bajo la aurora para salvaguardar una guerra sin fin y en los postros de tu cuerpo mi boca descubrió la devoción de lo perdido y trajo paz el maremágnum de tu risa y mi refugio fue tu mandala y pude expulsar el sol de mi boca y lo de afuera no existió. Solo tú. Solo tú. Y el atha.
