Los siguientes poemas fueron leídos en voz y cuerpa de sus autoras en el micro abierto INSolentes, organizado por la editorial Tinta en las Uñas en colaboración con Enpoli, la Faro Tláhuac, Morgana Ediciones y la Fundación Elena Poniatowska, el cual se llevó a cabo en el marco del 8M
Pamela González (Ciudad de México, 1993). Poeta, pedagoga y especialista en historia del arte. Ha colaborado en diversas antologías, blogs y revistas. En 2024 publicó Lunuli, amuletos elementales con la editorial VersodestierrO. Ha compartido su poesía en recitales, festivales y ferias del libro en diferentes ciudades mexicanas, argentinas y chilenas.
Orlas de grana en los cuerpos (textuales)
Soy una hebra de lino
enamorada de la visión interior
entre los mantos de las beguinas
una voluntad levantando voluntades
Soy lapislázuli
entre los dientes que iluminan palabras en los cenobios
una lengua madre reconociéndose
una lengua ignota bifurcándose
una lengua clandestina proyectándose
una lengua en común, creando espejos
Soy un copo de algodón
que se tiñe en sangre de luna
organizada para crear tiendas rojas
protoplasma de otros modos de estar en colectivo
son mujeres cuidando mujeres
Soy pan de oro que se troca en nácar
en las páginas lúcidas de la noche
mientras destella su leche cósmica en todos los dientes
son mujeres leyendo mujeres
Mis manos son tus manos
llevan las líneas ancestrales de muchas copas tañidas
puestas en común para dar figura al barro y a los huesos
son mujeres que se forman con mujeres
Somos la hebra de plata que urde la historia
con todo el cuerpo escuchamos la memoria de los pozos
Las que vencen al odio con ternura, somos
con todo el esqueleto hilvanamos un mantel genealógico que nos reúne
Somos esta orla de grana que escapó a la borradura
con la carne despierta para crear otro banquete filosófico
que deshebre los mandatos que apagan lo colectivo
Los cantos desconocidos de las tesmoforias, somos
reinventados al unísono desde la polifonía
Así nuestros ojos vuelven sobre las sombras
buscamos un refugio antiguo y renovado con los afectos
Cuando se posen el miedo o la duda sobre nuestra palabra
lavamos su estética con agua florida, como en los bautizos de Magdala
Así, nos encontramos dispuestas, en estado alterado de escritura
para trabajar con la diferencia entre nosotras
donde aquello que nos interpela, nos fortalece en clave felina
para abrir grietas habitables en esta edad de tigres dorados
Aurora Rubio. Psicóloga con una década de experiencia en asesoría, capacitación y orientación educativa dentro de los ámbitos público y privado; también trabajó en el área clínica en labores de voluntariado. Amante de las ballenas y gatos, las plantas, el arte, la escritura, poesía y fotografía.
Grito
Dolor oculto
Heridas maquilladas
Mirada distante
Congelada
Como el sepulcro
Llamaba
Persiguiendo
Apretando
Prisión eterna
Condena.
Un verano húmedo
Sol brillando
Una mala decisión
Que aún cargo
Un auto gris
Hombre alto
Su campo lejano
Escondite del diablo.
Llegó la niebla
Y el frío
Su sopor
Sofocando
Cayó en tierra
Mi llanto
Tu mirada
Cubrió mi faz
Sonreías burlón
Tras tu disfraz
Confesaste placer
En tus crímenes
Lengua mordaz
¿Quién sufrirá más?
Te atreviste a expulsar
Monstruo
Entidad
Podías haber sido humano?
Quizás?
Espero Dios haya dado
Su juicio final
Este muerto tu juego
Cazador infernal.
Diana Higuera. Egresada de Estudios Latinoamericanos (UNAM) y de la Escuela de escritores Ricardo Garibay. Algunos de sus trabajos pueden encontrarse en revistas digitales, antologías y en proyectos como Universum y Letras de Morelos. También ha publicado los poemarios La soledad de jazmines (Editorial Lengua de Diablo, 2018) y Finisterre (FEDEM, 2022).
Canto de cigarras
A María Elena Walsh
Algunas noches
me congelan los pies.
Me he soñado sin ojos
y con el vientre hueco.
He despertado en llanto,
cubierta de polillas
y con los labios agrietados
(sangrantes).
En la oscuridad
me han sepultado
-sin nombre.
Soy
la que no recordarán.
Renaceré
vestida de amapolas.
Y el viento
y la tierra
y el sol
llevarán mi nombre.
Heredaré este conjuro
como una suerte de maldición
(Echaré raíz
con mis versos).
A aquellas que nazcan,
las nombrarán como a mí.
Habremos de nacer
-algún día-
sin miedo.
Perla Uraga. Nació CDMX. Es socióloga por UNAM con Maestría en Docencia. Es docente y co-locutora del programa “Café con Letras” de radio por internet Promo Estereo. Recientemente publicó su libro Te voy a parir de mi costilla por la Red de Escritoras de Caldas en Colombia.
Por ser mujeres
Hemos sido desaparecidas
de la historia, del mapa.
De generación en generación
nos han visto como objeto
un adorno, su propiedad.
Una empresa redituable para ellos.
Cual ADN la maldición nos habita
desde antes de nacer.
Todos viven nuestra vida:
padres, pareja, hijos.
Durante siglos hicimos lo que ordenaban
consensuando que calladitas estaríamos mejor.
Nos tachan de todo,
nos han hecho creer que no valemos nada.
Nos enamoran, dicen que por una darían la vida y luego nos la arrebatan.
Los abusos van desde la carne hasta las ilusiones.
De nuestros propios cuerpos somos empleadas.
El temor es otro accesorio que traemos en la bolsa de mano.
Siempre estamos a prueba, al acecho, en alerta:
¡Nada más por ser mujeres!
Dejen de tratarnos como el sexo débil, santas o golfas;
ni asuman que esperamos al príncipe valiente.
Basta de encasillarnos
de pensar, de decidir por nosotras.
Somos más que progenitoras,
amas de casa y esposas fieles.
Hay que remendar como calcetas las falsas ideas,
romper tradiciones, normas, cuentos de hadas
poner fin a estereotipos, desnaturalizar al patriarcado.
Marchar no es una moda, lo hacemos para sobrevivir.
Tocan a una, nos manifestamos todas.
Diariamente, cual lámparas nos apagan la mirada,
solo cruces regadas en el paisaje son nuestro legado.
Nos queremos libres, vivas y sin miedo
no debería ser una consigna sino la realidad.
Hoy pintamos nuestra piel de jacarandas
para que ya no sea color sangre.
El ruido de los vidrios rotos
es el grito contenido de tanta represión,
nuestro hartazgo
para que ya entiendan que
NO es NO.
Irene Gabriela Ramírez Muñoa (CDMX, 1997). Soy licenciada en Letras Modernas (Francesas) por la UNAM y actualmente estudio la Maestría también en Letras en la misma institución. Escribo ficciones cortas y a veces poesía.
Heredé un vestido de cristal
Heredé un vestido de cristal,
pulido y cuidado por generaciones de manos maternas,
ceñido al cuerpo, aplastante;
la prohibición contenida en un destello brillante.
Me vistieron de señorita desde la cuna,
mientras mi hermano corría libre bajo el sol.
Yo, flor delicada tras la ventana,
aprendiendo a servir antes de servirme,
a cuidarles en vez de cuidarme y
a callar para nunca hablar.
Las muñecas me susurraban destinos prefabricados,
mientras los carritos que permanecían prohibidos
eran el símbolo de un sueño jamás alcanzado.
“Marimacha”, palabra-látigo,
se imprimió en mi espalda dejando marca.
La falda, prisión circular de vidrio,
guardiana de una virtud impuesta.
Los ojos ajenos, carceleros invisibles,
medían cada paso, cada gesto,
cada movimiento que ni siquiera era mío.
El primer beso, pecado silencioso.
La noche, territorio prohibido;
mi cuerpo, territorio ocupado
donde otros montan banderas
de conquista y propiedad.
Me casaron con promesas de seguridad,
“es buen partido”, dijeron,
y mientras me vendían al mejor postor
sentía mi dignidad menguante,
mi voluntad fracturada.
Los moretones florecieron como nomeolvides
bajo las mangas largas.
Los gritos se ahogaron en almohadas,
para que las niñas no heredaran
el miedo en los ojos
y la fragilidad en la voz.
La sangre dibuja ríos carmesíes
en un mapa que ya había sido trazado por otros.
Madre, me enseñaste a ser tan buena
que me volví invisible.
Hoy, la vida se me acaba,
entre dedos temblorosos y lamentos,
el primer “no” sale quebradizo de mis labios:
el vestido de cristal se ha roto quebrando mis costillas,
encajándose en mi pecho y
perforando mis pulmones.
Conmigo se acaba este terrible legado,
no moriré en silencio,
este lacerante vestido de cristal,
fracturado en mil pedazos
ya no lo heredarán mis hijas.
Alejandra Calixto. Sánchez. Escritora, poeta, cuentista y locutora. Ha participado en lecturas de poesía como “Encuentro poético Internacional” organizado por la poeta Lina Zerón, “Por nuestro derecho a usar escote”, “miércoles itinerantes” organizados por la Editorial Verso Destierro. Es autora de la novela En la piel del desamor editada por Universo de Letras.
La puerta del diablo
El pavor nos devora
al caminar por la selva de concreto,
y las bocas se vuelven nidos de plegarias
para regresar a nuestra morada
con la piel integra, incólume,
sin los órganos destrozados
o con la huella del lobo
en los más íntimos rincones.
Me brota la rabia
para implorar al ser supremo
castigar con real justicia
a quienes nos hurtan el sosiego,
pisotean nuestro nombre
y escupen su odio
sobre nuestras cuerpas.
Tú, desde ese lugar divino
frena los epitafios de sangre
sobre el frío asbesto.
¡A las madres devuélveles
la fe, la esperanza y las horas sin dormir
porque ya no creen en tu misericordia!
Dile a este mundo irascible
que no somos las culpables,
las provocadoras,
o la especie peligrosa
que incita a la perversión.
Dile a quienes se escudan
por la sagrada escritura
que nos somos la puerta del diablo
porque el pecado
no tiene nombre de mujer.
Hazles entender
que yo, ella, nosotras, todas,
solo queremos levantar el vuelo.
y arrancar el miedo de nuestros pies.
Bárbara Raquel Pacay Sánchez. Politóloga, internacionalista y feminista, con 29 años soy aprendiz de escritora. Creo firmemente en la defensa de los derechos humanos, y escribo como quien teje sueños y rebeldías, con tinta que busca resonar, inspirar y despertar. En las letras encuentro mi voz y mi lucha.
Cicatrices que arden
Me miro la piel y no es mía.
Es un lienzo donde otros escribieron
con dedos ajenos, con cuchillas de juicio.
Crecí doblándome,
pellizcando la carne frente al espejo,
hundiendo el estómago,
haciéndome pequeña en cada espacio.
Pero la piel tiene memoria.
Las marcas pican, arden,
las costillas cuentan historias de hambre,
las caderas llevan cicatrices de vergüenza,
y en cada pliegue hay un grito ahogado.
Y entonces la veo.
Allí está.
La niña que fui, encogida en una esquina,
con el vientre metido, con la espalda curvada,
con las rodillas juntas, con la boca cerrada.
“¿Dónde estabas?” me pregunta.
“Cuando me dijeron que mi cuerpo era un error,
cuando me enseñaron a esconderme,
cuando aprendí que ocupar espacio era pecado.”
Yo, la mujer adulta, la mujer que sobrevivió,
me arrodillo frente a ella y le extiendo las manos.
“Aquí estoy.”
La toco y siento su temblor,
las palabras marcadas en su piel frágil,
el eco de lo que nunca dijo.
“Nadie más escribirá sobre nosotras.”
Y ella me cree.
Se levanta, se sacude el miedo,
me toma de la mano.
Nos erguimos juntas,
nuestras cicatrices brillan como constelaciones.
Y entonces hablamos.
Entonces gritamos.
Y la voz que nos negaron
se convierte en incendio.
