Por Liz E. Islas
Cuando me embaracé, fue como seguir un llamado como especie, el cual mi mente racional no entendía. Mi embarazo tuvo momentos hermosos y otros muy oscuros; lamentablemente el mundo te habla de lo maravilloso que es estar embarazada, pero no del miedo, la incertidumbre, los cambios y la vulnerabilidad.
Este evento me volteó desde las entrañas. Sentí que toda mi estabilidad emocional fue resquebrajada. Como si me hubieran roto por dentro para después renacer. La alquimia de la maternidad fusionó la luz y la sombra de mi interior. Fue una experiencia que me conectó con mi ser fetal, con mi ser bebé, viviendo todo desde la emoción. La parí y me parí, tardando un tiempo en adaptarme a mi nuevo yo, a mi ser madre que me llama a la paciencia, la empatía y al autocuidado.
Los cambios continuaron, a pesar de seguir mi dictado inconsciente de tratar de tener una familia con el papá de mi hija, vivía una ansiedad constante. Un día esa ansiedad explotó de la manera menos planeada. Acepté que no era feliz, que el cuento de la familia feliz no aplicaba para mí, por lo menos no con ese hombre que la fuerza de la sexualidad había convertido en el padre de mi hija.
Hubo un tiempo en que simplemente nos alejamos, pero esa calma sólo fue el respiro antes de una gran batalla que inició meses después. Creo que él, también desde sus condicionamientos de hombre, desde el cáncer del machismo que obnubila la mente de hombres y mujeres, eligió no soltar a la familia que había conformado conmigo. Y fue así como ante cada una de mis negativas para volver, recibí amenazas. En realidad, sólo había una envuelta en diferentes palabras: alejarme de mi hija.
Como una pesadilla recuerdo el nudo en mi estómago. El terror que me ocasionaba no volver a verle, la parálisis con la que mi cuerpo reaccionaba cada vez que escuchaba sus palabras y gritos amenazantes.
Conocí lo que fue que mis amigos me revictimizaran al considerarme “tonta” por no poner un alto a dicho maltrato. El que me juzgaran duramente por dedicarme al trabajo con mujeres sobrevivientes de violencia, y no poner fin a mi propio dolor, me generaba aún más vergüenza, culpa, coraje e impotencia: todo somatizado en mi cuerpo.
Iniciamos una batalla legal por la custodia, así que, como pude, traté de armarme de valor para enfrentar dicha guerra. Agradecí que, en medio de este oscuro momento en mi vida, hubo personas que me brindaron su apoyo, sus palabras o su presencia, que actuaron como un bálsamo para mis heridas.
Un día iniciaron las negociaciones de paz. Fueron momentos críticos llenos de decisiones, de apertura de mente y de corazón, ante algo que parecía una lucha por maternar y paternar. Detrás de sus amenazas había una preocupación genuina por su hija, un deseo de paternar, imperfecto e impulsivo pero un deseo de ser parte de la vida de ese ser que engendramos.
Me tomé una pausa y en medio de esas negociaciones acepté compartir la guarda y custodia, con el riesgo y oportunidad que dicha elección acarreaba. Pero no podía quitarle a mi hija, a su padre y a su familia la posibilidad de compartir, de conectar con su origen, de experimentar por sí misma su propio linaje, ya que como Jodorowsky dice: “Donde mejor canta un pájaro es en su propio árbol”.
Hoy lo contemplo a la distancia y miro dos guiones condicionados, oscurecimientos que enceguecen los ojos con el hierro incandescente del machismo. Desde el miedo, la sumisión, el enojo desbordado o la violencia. Guiones que elijo dejar ir en un proceso continuo: crítico, confrontante, liberador, enriquecedor.
El tiempo transcurre moviendo los hilos de una relación en donde las diferencias, plantean conflictos, aprendizajes por reconciliar los contrarios, por aceptar la naturaleza de este paternar – maternar en lucha, en diferencia, y al mismo tiempo en la búsqueda por el bien de aquella persona que nos invita a mirar más allá de la orilla de lo conocido.
En los albores de este sendero, me abro ante lo desconocido, al disfrute y la incertidumbre, a ese hilo invisible que entrelaza nuestra vida como madre e hija, en un vaivén continuo donde a veces las palabras salen sobrando, pero al mismo tiempo son necesarias. Donde el cálido abrazo, la risa, el juego, el orden y las historias contadas por otras mujeres se vuelven esenciales para crear realidades que trasciendan las limitaciones de los surcos marcados por el machismo, por los condicionamientos, por años de sufrimientos transgeneracionales, donde los roles preestablecidos nos limitan y nos vuelven copias débiles, remedos humanos, de fronteras que son como corsés invisibles que nos sofocan y nos hacen caer en círculos creados por la compulsión a la repetición.
Maternar se ha vuelto un sendero para conectar con el espacio interior desde el amor incondicional, con el despliegue lúdico de la danza, el juego y el canto. Elijo crear nuevos caminos que permitan mirar horizontes y realidades donde la igualdad no solo sea un sueño, el cuidado sea una práctica habitual entre humanas y humanos, donde el último resquicio de las ganas de poder absurdo caiga ante el misterio insondable de la creación. ¿Utopía? Tal vez. Pero ¿acaso la utopía no moldea nuestra realidad?
Nacida en Ciudad de México en 1979. Egresada de la Licenciatura en Psicología y de la Maestría en Estudios Mesoamericanos por la UNAM. Especialista en Desarrollo Humano y Psicoterapia Gestalt por el Instituto Humanista de Psicoterapia Gestalt. Cuenta con un diplomado en Prevención y atención de la violencia con perspectiva de género por la UDLAP. Ha escrito textos académicos en revistas y libros de antropología. Actualmente explora su gusto por la narrativa en diferentes círculos y talleres de cuento.
