Por Chinantu Yunuen Aviles Desales.
“La memoria es una casa donde cabemos todos”
Liliana Bodoc
¿Realmente deseo pasar por esto sola? Este es uno de los grandes cuestionamientos que me han hecho, recuerdo todo como si fuera ayer, caminaba al lado de una carretera muy transitada, el sol brillaba fuerte, seco como es el clima en esta ciudad, parecía que el tiempo se detenía, las lágrimas brotaban solas de mis ojos como ríos que siguen su curso y que no hay manera de detener. Así es la naturaleza, ¿cómo le pides al agua que deje de fluir? Quería dejar de sentir en ese instante lo que esto me causaba, estaba a pocas calles de llegar a mi trabajo y aunque los pasos no me llevaban a ningún lugar, sabía que tenía el tiempo limitado para volver, no quería que nadie notara que “algo me pasaba”, no soy una mujer que da muchas explicaciones y que le guste ser consolada, o sí, pero no por cualquiera, las palmadas en la espalda siempre me han parecido incómodas, así que las evitaba. Debo admitir que con el tiempo ya no me importa si me ven llorar porque he comprendido que la fortaleza proviene de otros lugares, sin embargo, cuando esto ocurre, nadie se atreve a calmarme, al contrario, las personas se asustan y no saben qué hacer, solo se alejan y me dejan vivirlo o me acompañan en silencio.
Cuando sonó mi celular y acepté la llamada, dejé caer el cuerpo en los asientos de metal de una parada de camión más vacía que yo misma, vi el número en la pantalla, era mi amiga Paty, una mujer que siempre está presente aunque nunca la veo, ella me sostuvo a través de la bocina, fue la primera persona a la que le conté lo que me ocurría y entonces lanzó la pregunta; ni siquiera yo sabía si debía estar sola o acompañada, incluso sentí un tono de regaño o de sacudida para despertar de un mal sueño y de alguna manera la respuesta era un sí y no que iba y venía.
Incluso, durante semanas lloré sin la más mínima razón, mientras caminaba, en los trayectos en bicicleta. Debo aceptar que el uso de cubrebocas en un tiempo de pandemia hacía más fácil ocultar el llanto, podía pasar más de media hora de viaje pedaleando y llorando por no saber qué hacer o qué sentir. Al final, decidí hablar y como era costumbre redacté un mensaje para mi entonces mejor amiga y así contarle todo lo que estaba pasando, sin embargo, nunca le pedí que me acompañara.
Había días en los que me despertaba pensado que nadie debía saber y otros en los que quería decírselo al mundo porque no había nada de vergüenza en lo que me ocurría. En realidad, elegí la primera opción porque así era, me gustaba que lo muy privado se quedara en lo privado, como si lo protegiera del mundo. Pensaba que por algo se le llama personal; tomé esto como mi bandera y así viví varios años hasta que decidí aceptarlo y compartirlo.
Con esto quiero expresar que tener un diagnóstico, cualquiera que sea, y en particular uno como el VPH te vuelve la vida al revés. Te hace replantearte todo, lo que has hecho y lo que no, saber que eres más que el resultado de una evaluación médica es un trabajo constante y te hace reflexionar sobre lo que ya no es parte de ti.
La búsqueda de salud me ha llevado a lugares inesperados, de hecho, me han revisado la vagina tantas veces que me estoy acostumbrando, aunque admito que sigo sintiendo que las miradas juzgan cuando digo que tengo VPH, incluso en entornos médicos. En otras ocasiones he visto a mujeres que lo hablan con naturalidad y eso me hace cuestionarme si hay una verdadera libertad en mí porque simplemente no puedo hacerlo igual. A decir verdad, pude nombrarlo hasta hace poco; tampoco puedo decir “hola, soy… tengo VPH”; para nada. Al contrario, de alguna manera, sigue siendo un tabú en mi vida, especialmente con mi familia. Nunca lo he mencionado, ni por accidente, e incluso le pedí a una amiga que si algo me pasaba, tomara los documentos y se deshiciera de la evidencia.
También es importante mencionar que durante casi toda mi vida recibí comentarios en mi entorno familiar que consideraba no saludables acerca del manejo en las relaciones personales. Cuando empecé a vincularme con chicos en la secundaria, me sentía sucia y, de alguna manera, la expectativa hacia mí era que en algún momento me iba a embarazar sin más. Me las arreglé para evitarlo, aunque si lo analizo bien, creo que al final solo fue cuestión de suerte y no de una decisión consciente como lo es ahora.
Con respecto al contagio, nunca comenté nada, para mí era un secreto bien guardado, creo que en el fondo me causaba vergüenza y a la vez también me hacía callar, crecí en una familia donde la monogamia y la exclusividad sexual son valores importantes, de hecho soy de las pocas, si no la única, de mi generación en la línea materna que vive y se mantiene sola, la mayoría son mujeres que se casaron, tuvieron hijos por elección o por casualidad pero casi puedo contar con los dedos de una mano a aquellas que decidieron ser libres y que asumen todo lo que eso implica.
Las dudas asaltan después de que escuchas el diagnóstico, algo así como un zumbido que ensordece o un sonido vacío tras un concierto. Allí comenzó la aventura, revisiones mensuales, a veces físicamente dolorosas y otras que solo afectaban el ánimo, no sabía a dónde ir, estoy acostumbrada a ser autosuficiente y no recibir, ni solicitar ayuda, incluso opté por crear mis propias estrategias, son cosas que hago cuando siento que tengo que salvarme, en ocasiones salía de las consultas y caminaba un poco para que el dolor disminuyera, solo estábamos mi bicicleta y yo, cuando el dolor se aliviaba me volvía a impulsar, subía y me dirigía sobre las dos ruedas que mucho me han sostenido en esto para seguir con la vida.
En ese momento me culpé por todo, incluso llegué a sentirme mal creyendo que no me había querido lo suficiente para prevenirlo, pero aun así me preguntaba: ¿quién, cómo, cuándo, por qué, en qué momento, por qué a mí? Es arrogante pensarlo y ¿por qué no? Me contestaba. Con el tiempo y la búsqueda de información aprendí que es un virus común, incluso podríamos pasar por el sin darnos cuenta; algunos ocasionan daños graves y en otros solo desaparece. Sin embargo, es en las mujeres donde hay un mayor riesgo; de hecho, la Organización Panamericana de la Salud afirma que esto es un precursor del cáncer, ya que algunos tipos como el 16 y 18 son responsables del 70% del cáncer cervicouterino.[1] Así que es responsabilidad de todes.
De hecho, a veces pienso que este camino está lleno de muchas preguntas y pocas respuestas. Todo en mí había cambiado, en el pasado solía ser desapegada, no me había enamorado en años, iba y venía sin sentir culpa, mientras fuera consensuado pensaba que estaba bien, porque mis intereses estaban en otras cosas, no me preocupaba demasiado el tema del cuidado y mucho menos lo afrontaba desde la moral; me sentía libre de otros y libre de mí.
Por el contrario, pude amar y ser amada sin ataduras, después de mi separación donde ningún amor parecía tener sentido, quería apostar por la libertad, esa que te permite contemplar la desnudez con ligereza sin la necesidad de tener una relación estable y todo lo que eso conlleva, la sensación de que era yo quien controlaba mi vida y mis emociones. Aunque debo aceptar que después del diagnóstico eso se terminó, este proceso me llevó incluso a generar otros tipos de apegos que hoy, con las muchas terapias por las que he atravesado, he podido comprender que lo que realmente buscaba era un pedacito de amor en la vida de ellos, hasta que entendí que el verdadero afecto y la “intimidad” no vendría de ese lugar, al contrario, tenía que hacer cambios urgentes. Dice Carol Rambo “todo lo que estaba haciendo era mantenerme a flote […]. Yo sabía lo que significaba protegerme, pues nunca nadie me había protegido” (Rambo, 2019. P. 139). Considero que hay algo de verdad en sus palabras.[2]
[1] Organización Panamericana de la Salud (2008) “Estrategia y Plan de Acción Regional para la Prevención y el Control del Cáncer Cervicouterino en América Latina y el Caribe”. Texto recuperado de https://www.paho.org/es/documentos/estrategia-plan-accion regional-para-prevencion-control-cancer-cervicouterino-america.
[2] Rambo, C, (2019). Autoetnografía una metodología cualitativa. En Bénard, S. (Ed). Múltiples reflexiones sobre el abuso sexual infantil: Un argumento para una narración en capas. Universidad Autónoma de Aguascalientes. El Colegio de San Luis, A.C.
Fotógrafa con más de diez años de experiencia, Socióloga por la Universidad Autónoma de Querétaro y Estudiante de maestría en Estudios Antropológicos en Sociedades Contemporáneas dentro de la misma casa de estudios. Su trabajo le ha permitido participar en agencias y periódicos tanto locales como nacionales, colaboradora en la Gaceta Universitaria y diversos proyectos editoriales, actualmente investiga temas referentes al cuidado y el auto-cuidado; particularmente correlatos de VPH en mujeres vulvo-portantes.
