Las Hienas Merecen Reproducirse | Narrativa

Por Jimena Villanueva

Soy creadora de mis aledaños. Decido marchar sola, y de vez en cuando acompañada por aquellos que se alinean con mis ideales. Porque me junto con sucios, desempleados, nómadas indocumentados, cinematógrafos herejes, unas cuantas cristianas y un chingo de franceses. Porque me da más melancolía no ir al bar el jueves que no ver a mi madre desde hace más de nueve meses. Porque escribir sin fundamentos, sin estructura y conocimientos previos sobre los clásicos me tiene sin cuidado. Porque un hombre blanco que escribió sobre ballenas monstruosas  y marineros culisudaos jamás podría plasmar lo que es ser una mujer mexicana en la periferia de lo macabro. Felinas que se aferran con uñas y dientes a lo transeúnte. Subsistiendo de la costilla de estacionarios lo suficientemente amables como para dejarlas pasar la noche en sus colchones. Algunos suaves, limpios, con olor a cítricos y sábanas blancas. Otros un tanto funestos, infestados por pelos de gato y pabellones vagamente candentes; ambos reconfortantes. Mujeres que cogen con la finalidad de sentir un poco de calor en el atroz intervalo entre el otoño e invierno. Probar que sus ojos descomunalmente grandes y separados o el surco nasolabial oscurecido no la hacen discapacitada sexual. Mujeres que aun en sus veintes son vistas como infantes, porque “cómo es posible que mi hijita linda haya visto un pene erecto”.

Mujeres que rigen su conservación en torno a la luna, cayendo voluntariamente en el abismo de signos zodiacales, siguiendo exclusivamente el consejo de constelaciones moribundas y tarotistas al por mayor. Portadoras de cristales sacros, protegidas por el cándido fulgor que estos emanan. Otras puritanas marchan decididas por las calles doradas de Papá Dios, la sagrada escritura es la única guía que necesitan. Mustias que se congregan los domingos en busca del perfecto esposo cristiano, pidiendo perdón al techo mientras manosean su vulva al tomar un baño. Por otro lado, mi existencia, y la de muchas trastornadas está regida por la dicotomía de Zenón. El establo mental donde se me engendró fue construido dentro de la hijadeputa paradoja. El hastío hacia lo cotidiano mutó y de mi boca nacían mapas de escape. Ideas que un ser ajeno a lo habitual recitaba en mi cabeza. Un súcubo famélico dedicado a trazar planos para sacarme del bucle; “el tiempo es elástico para los que se quedan quietos” me decía. Le tomó tres años, cuatro empleos asalariados, múltiples bajas del bachiller y dos países para que briago de mediocridad y con los cuernos en espiral tumbara la puertita de contrachapado que tardé tanto en construir. 

Lo único que quedaba era avanzar -¿Hacia dónde?- Con brújula en mano, navego de la cama al refrigerador, del excusado al sillón, de la farmacia al supermercado. Forcejeando con la bolsa del mandado; una docena de huevos rotos, leche descremada, manzanas moreteadas, zapatos de payaso talla ocho, un disfraz de mago medieval, chuleta ahumada de perro agresivo, medio kilo de tierra panteonera, cartas de amor apócrifas, un machete oxidado, semillas de chile guajillo y pintura verde menta por si se me cruza un no-espacio en busca de folclor o una vieja enamorada en busca de un amarre.  En la rebosante bolsa de mandado, lastro con bruma la absurdidad de ser mujer. 

 Simplificando lo insimplificable, avanzo como burro de carga.  Simultáneamente, soy el animal y la carga, el camino y también el destino. En el sendero de lo mundano llevo ya décadas. Desfilo con una convicción estratosférica, pisoteando tal militar. Mientras más me alejo del punto de partida y el cansancio me besa los pies, decido mirar atrás. Miro a través del rabillo del ojo, miro con temor a lo conocido, miro con la intención de volver. Volver al confort de lo azul marino, a la voz amarilla de mi madre, a las cuatro paredes de mi castillo mohoso. Decido mirar desde el lóbulo frontal sin desarrollar, desde la ignorancia pazguata y el palpante odio hacia los empleadores canadienses. Esos cuatro mil kilómetros recorridos se redujeron a la mitad, y esa mitad a la mitad y así hasta que la punta de mi mano derecha alcanzó a rozar los peldaños de la Capilla del Calvario, y la izquierda la cúpula del Oratorio de Sant-Joseph. Decido mirar más allá de la línea de partida, ver mi Sodoma y Gomorra siendo abatidos por lluvias ardientes. La estación Berri Uqam, los crackheads bilingües, el karaoke Au Vieux St-Hubert, el elevador de la calle St Andre, mi querido bus cuarenta y nueve. 

De memorias no vive el hombre, sin embargo, han sido mi singular sustento en tiempos de merma; como maná del cielo. Apaciguando con flema la colonia primitiva que albergó entre las costillas. Desfilan pendulantes en esa delgada línea entre lo que me permito recordar y la verdad lacerante. Tarareando melodías marítimas en lenguas ilusas cerquita de mi oído, melodías que cobran sentido solo para mí.  Musicalizando el trágico vestigio plasmado en todo con lo que alguna vez tuve contacto. 

La fe del porvenir es aún más cruel que cualquier penoso recuerdo. Porque la reminiscencia es lo único real. Es la prueba de que fui. La prueba de que el sol brilló desde la boca del lobo, que rozó mi piel con su indómito querer. 

Tal y como la esposa de Lot. Sin identidad, sin nombre. Reducida a un sustantivo atado al éxodo de un hombre. Mi aprehensión por lo antiguo siempre será mayor que la añoranza por el futuro, soy castigada por extrañar, soy transformada en bloque de sal. 

Tuve que dejar todo atrás. No por miedo o falta de valor. El miedo en mi país sobra, y el valor me lo saco de entre las bragas. Más la falta de pertenencia es omnipresente; a donde voy la llevo, alimentándose de mi teta derecha. La miseria me mueve, sus siete ojos bíblicos me buscan y al final siempre me dejo encontrar. Me pide exhalar hasta que el poco aire en el esternón drene por completo y mi prominente abdomen quede cóncavo. Exige que entre marañas mentales desmenuce ideas vulgares que escandalicen a mi linaje paterno. Me pide validación masculina a tamborazos, estelas que me declaran la guerra, el súcubo quiere más.

Yo lo mato de hambre. Si quiere holocausto que lo busque en mis memorias, en el pasado palpante que me calcina entre abrigos y me cala de aguanieve. Ese pasado al que cabreado le entierra los amarillentos colmillos, mamando la sangre chorreante y podrida como la carroñera que es. Que soy.

Cuánto daría por reventar mi cráneo en diminutos cúmulos globulares. Me nombraría bestia y me molería a palos. Rebuscar entre vísceras sobre el lechoso piso de cerámica, discernir entre los pedazos de materia gris, que de gris no tiene nada. Sentir en las manos el calor de mis ideas, todas son rojas, amorfas; aun punzantes. Pronto resbalan de entre los dedos, y me quedo con una clase de baba trémula que termina embarrada en mi pantalón. —¿Qué parte de ese cerebro tan ordinario alberga todo?, ¿Cómo es posible que ese kilo y medio de sesos malolientes sea capaz de joderme la existencia? — En qué surco yace mi ternura remendada, mis anécdotas insólitas, mi pudor pedestre. En el piso de cerámica todo se ve igual.

 

El suicidio está descartado

Marina, mujer italiana. De fina solo tiene las bragas.

La estética sedativa de la exhibición Femmes volcans foréts torrents. Mezclando visuales estruendosos, plasmados con la delicadeza de una tundra. El impetuoso latido de los volcanes en erupción, los bosquejos a lápiz de pájaros migrantes, el imperceptible crujido de los mastodónticos icebergs. Todas y cada una de las obras presentes me sostuvo como madre. Con ternura y sin pedir nada a cambio, más que un leve agradecimiento de la suavidad con la que apaciguó el deseo de tirarme a las vías del tren. Siendo testigos de mi fugaz descenso hacia la afanada demencia que el video de Mari provocó. 

Situada en el núcleo de un cuarto oscuro. Examinando sin detalle el flujo de los árboles comunicándose entre sí. Video-Arte profético, que con movimientos sosiegos concientiza la falta de seriedad que requería el asunto. Un bucle sintetizado en pantalla. Esos árboles podrían estar muertos en este mismo momento. Un hongo xilófago los enfermaría, fracturando sus estoicos troncos en cuestión de semanas. Putrefactos, a la merced de las condiciones ambientales. El recuerdo de ellos fue metódicamente documentado, más las ramas tarde o temprano terminaron de caer. 

La humedad primaverezca detonaba el bochorno de la sala, impidiendo que mi sudor siguiera el casual proceso de evaporación. Las gotas de agua salada danzaban sobre mi frente con empeño, como si llevase una bomba atada al pecho tic tac tic tac. El aire acondicionado me erizaba los pocos vellos que rozaban la intemperie. La banca se sentía húmeda al tacto, la varilla del brasier se enterraba en mi costilla al inhalar. La panza me crujía de coraje. Yo tenía un pie en la tierra y el otro en el mar. Todo y todos estaban en mi contra. Todos, menos el matiz de verdes.

A pocos metros, una mujer reposaba en el suelo. Su espalda postrada sobre una de las paredes aterciopeladas, tomando nota con frenesí encima del programa que recibió al entrar. Desde mi perspectiva parecía un animal voraz. Observando con sigilo los mismos árboles, llegando a conclusiones obtusas, que posiblemente entrelazan con las mías. El tiempo pasaba con normalidad fuera de la sala hechizada. La afluencia habitual recorría el lugar en cuestión de segundos. Tomando fotos coquetas sin experimentar el peso de todas las decisiones tomadas y por tomar en los últimos meses, suspirando con placer al experimentar el espeso jadeo del viento penetrando entre la arboleda. La sombra y yo permanecimos inmóviles, homogéneas con la narrativa. En ese momento, su presencia me pareció de gran importancia.

 Un calosfrío sagaz irrumpió con dolo entre mi nuca y el acuoso revestimiento de mi suéter. Cortando de raíz el calamitoso estado de catatonia en el que la pastura de los pixeles boscosos me tenía envuelta. Cogí mi teléfono ignorando las cuatro llamadas perdidas. Dos horas habían pasado. Dos horas desde que doné diez dólares a la tierna anciana boletería.  Dos horas desde que cualquier rastro de razonamiento abandonó mi cuerpo, dejando a mi sistema nervioso pugnando a muerte con un larvado delirio de persecución y cataclismo que me comía la melanina de la tez. Iba tardísimo para mamarme los últimos cien dólares en mi tarjeta hasta perder el sentido del ser en el bar más barato que se me cruzara.

Me despedí de la bestia con la mente. Sin mirarla clamé con todas mis fuerzas un cordial hasta nunca, te llevo conmigo. Un adiós monumental para esa mujer con la que por unos segundos pude compartir mi congoja sin pronunciar palabra, simbiotizado mi pesar en su pasajero hombro en penumbra. Ella y yo. Yo y ella. Una pantomima exquisita, más conmovedora que cualquier obra en exhibición esa tarde de Mayo.

Ya en la banqueta, crucé miradas con El Anillo. Los locales no se dejan impresionar por tremenda obra mercantilista. Una escultura de proporciones descomunales en forma de aro a mitad de Place Ville Marie. Un puñetazo al cogote para los contribuyentes tributarios de la ciudad. Cinco millones de dólares invertidos en una circunferencia metálica e inservible, financiada nada más y nada menos que con los impuestos de la prole. Lo analizo de reojo, imagino que el gran anillo plateado succiona todo a su paso. imagino cómo los scooters eléctricos, el arte-latte vegetal, las pálidas mujeres y sus diminutos perros hipoalergénicos, el manso transporte público y tiendas de segunda mano. Si la isla entera fuera engullida por el industrial bagel. Si solo quedara yo, y mi odio de antaño y mi prosa mediocre e historias a medio contar, y mi mirada enfermiza que cansa hasta al más sereno del sexo opuesto, y las lonjas que desbordan mis jeans talla diez y las mil y una ucronías narradas en primera persona del singular aludiendo a todo lo que no es, ni fue, ni jamás será; ¿aún me aferraría a la urbe? ¿lloraría día y noche por la ciudad donde la anécdota vale más que la caraja destartalada emocional? Ciudad chamánica. Esa que me ofreció vida eterna y a la par me condujo al juicio final. 

Tal perro atropellado, arrastré mi cuerpo al muelle del Viejo Puerto. Cada paso dado fue justo lo necesario para aglomerar el recuento de los hechos cronológicamente hablando. El primer huracán de analepsis me abofeteó al darle la primera mordida a un croissant de pistache. 

 

Sopa de letras

Aterrizamos en Montreal al arranque de la canícula. El verano más bravo que la ciudad haya experimentado desde 1921. Me sudaban las palmas. haciendo memoria, mis palmas sudan sin tregua desde el encuentro con la desgracia nacional, esa de la que estaba absuelta en mi burbuja dorada. Despertando en mí una curiosidad de corazón que con bruma, y hasta el día de hoy, corroe el núcleo nacionalista que la madre patria me heredó al nacer.

Me encontré cara a cara con las miserias que inundan mi tierra, a miles de kilómetros fuera de ella.

Abordando el metro, escuché a mi papá mimicar el acento hindú al rozar su brazo con un hombre de turbante. Contestó el teléfono cuatro veces en un lapso de media hora. Bajaba el timbre de voz dos octavos, amarrando la mueca con tesón. Cargaba consigo un choncho fajo que involuntariamente hacía que su riñonera se fusionará con su prominente panza baja. Grasa que ocultaba con prendas moldeadoras y fajas de hombre. Abriendo el zipper mecánicamente al llegar a cada locación, contando con agilidad sus preciosos dineros. Como si los billetes de maple fueran a salir corriendo, como si uno de los migrantes morenos a su alrededor se los fuera a arrebatar. Como si sentir el filo del papel polímero rozando sus yemas lo llenara de vitalidad; pavoneando sus riquezas frente al crucifijo central de la Basílica de Notre Dame.

Hace menos de dos meses, mi progenitor estaba recibiendo su finiquito y vaciando su oficina. Llegando a casa esa misma noche, plagado de maldiciones a los apestosos izquierdistas y con aroma a teporocho de alta gama, atiborró el fregadero con decenas de resmas de documentos ilusos, colmados de tachones con marcador negro, disfrazando las firmas imputas al partido rescindido. Cubriéndolo todo en agua hirviendo con pinol.

El pantano de tinta semejaba la turbiedad del río Ganges. Irónicamente, la gente de esa localidad lo considera sagrado. Creen que si sus pieles tocan el virulento cuerpo de agua, sus pecados serán absueltos. Purificando la maldad innata del ser promedio. Un río infestado con restos humanos, metales cancerígenos, peces que jamás experimentarán una bocanada de oxígeno casto, destinados a flotar entre químicos y aceite.

Las palabras se deslavaban al ritmo visual del humo del cigarro mentolado que mi mamá fumaba al otro lado de la ventana , colindando la cocina. Su silueta era inquietante, me recordaba a un cíclope con el ojo brillante y anaranjado, cada calada formaba un parpadeo preocupantemente pausado. Cada exhalación era con furia hacia su concubino, haciendo su mejor esfuerzo por reconjurar la paz inexistente en los pasillos del hogar construido bajo un régimen colérico. Ambas mirábamos. El silencio supurando por los poros, cómo la gran biblioteca de Alejandría era abatida por el incontenible vigor del grifo.

Al final, fue desechable. Su lealtad fue en balde. Bloqueado de todos lados por la burguesía mexicana, excluido de los círculos masones, reducido a un mortal empleado sin sindicalizar. Su ferviente amor al sistema me llevó a estar exenta de los palpantes terrores que acechaban, dentro y fuera de mis cuatro paredes. Me bendijo con ignorancia, y hasta un punto se lo agradezco eternamente. Gracias a ese patriotismo a ciegas, pude ser una niña consentida. Pude ser creadora de mis propios contratiempos y apreciar la belleza de mi pequeñez. Cosa que la gran mayoría de infancias mexicanas no logran hacer.

Ese último viaje familiar fue catarsis a la inversa en su máximo esplendor. Una corazonada vociferaba el fin de los tiempos. Nos dijimos adiós como núcleo familiar, despidiendo con broche de oro la tan anhelada normalidad. Nos encontrábamos a la merced de los ahorros líquidos, viajando como el uno por ciento, gastando como ellos. Buscando sin cesar un hueco en el muro de concreto, dentro la descarada benevolencia del nepotismo en el gobierno mexicano. Una luz violenta brillaba como farol sobre nuestro eje, nos perseguía como si al tocarnos nos fuera a quemar. Al final nos incineró.

 

¿Cómo escribir esto sin sonar como una morra blanca descubriendo la precariedad del sistema del que, alguna vez se llegó a beneficiar?

Mi objetivo en los veinte días transitados por la ciudad chamánica era simple y conciso. Quería aprender algo que no se pareciera a nada. Quería sentir algo que no pudiera comparar aunque intentara. Como que te crezca una cola de rata de la noche a la mañana. Algo que no pudiera relacionar, solo experimentar. Y lo hice. Con pesar, con malestar de tripa, confundida. Con preguntas a medias, y respuestas de dos sílabas.

Raffael Lozano-Hemmer se cagó en mis creencias de puerta pendeja con una sola exhibición en el Museo de Arte Contemporáneo.

“Nivel de Confianza”

El original cuarto oscuro, el primero de muchos que se me cruzaran en los próximos siete años. Una pantalla vertical haciéndome frente, junto a una camarita en la parte de arriba. Cuarenta y tres rostros refulgaban el negro de la pequeña sala. Cuarenta y cuatro si contamos el mío. La cámara escaneo mis facciones, más el artefacto no encontró coincidencia en referencia a esos rostros serenos, rostros ajenos, rostros mexicanos, rostros vulnerados, rostros masculinos, rostros.

 

Mi Luisa, Marchesa Casati Stampa di Soncino

*Me hierven las piernas como el mar rojo. Las gotas de sudor salino sobrepasan mis sábanas de lino y se fusionan con las fibras del enorme colchón en el que mi cuerpo es inquilino. Despierto y me duele el párpado izquierdo, me punza al ritmo de las sirenas policiacas, y entre gritos automotrices llego a la evidente realización que la urbanización me queda grande. La Ciudad de México me espanta, me hace transpirar en sueños, me hace sentir sucia hasta la médula. Mis botas de piel rumiante tocan el ardiente asfalto y se van derritiendo. Me desarma, ahora son mis pies descalzos los que están rozando la superficie maldita, cochina. Dios me habla pero no lo escucho, ¿serán los motores del pesero que bloquean mi mecánica auditiva? ¿O los vendedores ambulantes con sus bocinas clandestinas? ¿O mis ganas de salir corriendo de la colonia San Rafa? Dios me ama, ¿pero su querer llegará hasta el piso 28? Detesto cuestionar la divinidad del ser mayor. Mi blasfemia es indudablemente lo que me trajo aquí, al metrobús Hidalgo, existiendo entre colillas de cigarro y un permanente dolor de pecho, lo odio. Prefiero lo asqueroso de la estación Berri Uqam. De los forasteros indeterminados que buscan sostén en los brazos de extraños como yo. El quedarme aquí será mi perdición, me voy a consumir como cascada, lentamente la erosión irá moldeando mis relieves. En Montreal era todo más orgánico. El colchón era plano, me enfermó la espalda baja con su falta de rigidez. Mi mente, por otro lado, era clara. El hastío hacia lo físico, hacia lo repugnante era meramente imaginativo, opcional. Yo decidía a conciencia qué me causaba disrupción. El colchón era plano, minúsculo al igual que la Ciudad. El cobijo de lo gélido me tendrá eternamente hipnotizada. El colchón era plano, pero las calles me alzaban, era nadie en un oasis de anonimato lozano.*

El dolor de tripa me despertó. Parecería que estoy con cría por el agraviado punzor en la parte baja del estómago. Como si la bola de carne estuviese tirando desde adentro, entretenido a madres, ideando figuras de globo con mis intestinos. Los párpados pegados por la profusa cantidad de legañas adheridas a las pestañas; un sabor de boca amargo y vilico —¿hace cuánto no me lavo los dientes?—. Sebosa de pies a cabeza, con los pezones asomados por el prominente escote del body que no alcancé a quitarme antes de caer noqueada sobre mi diminuto cubículo.

Juan se fue hace dos semanas dejando la litera inferior vacía. Su respiración agitada en las madrugadas me era reconfortante. A veces pienso que me es imposible mantener una amistad estrecha sin caer en el irritante hábito de sentir una leve atracción por la otra persona. Algo freudiano de mi parte, pero creo que es imposible para cualquiera. El gusto platónico es necesario al formar vínculos duraderos.

Me gustaba Juan. Pasar tiempo con él, escuchar las crónicas odiseas sobre sus viajes a Corea del Sur, que me explicara qué pedo con Star Wars y los jóvenes padawans. Necesitaba poder despertar con sus ronquidos de fondo. Berrear en las bancas mugrosas de China Town mientras compartimos un Bao Bun de puerco, y regresar a mi estado borboteante al darle la última mordida, venturosa de querer tanto a un hombre al que conocí hace menos de un año. Disfrutaba caminar con él por las calles en eterna construcción. Que me llevara del brazo apresurando el paso, porque yo no camino como citadina y él se crio en las correosas calles de Medellín.

¿Qué se le hace? Puedo anhelar que el pasado regrese, vivir con el coágulo del recuerdo rondando mis amígdalas cerebrales. Mas no hay pacto diabólico, ni ritual santero, ni oración milagrosa que me regrese a las incómodas literas del hostal. Nada revive lo pasado. Sólo queda dejar las imágenes reproducir como videocasetera. Confusas, vividas, sujetas a tintes apocrifos y voces familiares, mas no nítidas.

Me bañé en el tocador comunal. Los otros internos seguían dormidos, crudos y apestando el cuarto a queso azul.

Camiée quince minutos hasta Place des Arts. Un cigarro en la mano izquierda y google maps en la derecha. La bolsa de segunda mano colgada en el hombro y un vestido minúsculo que recubre poco de mi extraña corporalidad, que para ese momento ya no era extraña, solo corporalidad. En poco tiempo de vivir en comuna aprendí lo gozoso de vivir en paz con lo corporal. Lo flácido pasó de repulsivo a neutral, lo gordo pasó de asqueroso a solo eso. Tejido adiposo, tejido viviente. No tengo por qué amarme, el discurso de “ámate tal y como eres” es una jalada traída por el mercado occidental. No tengo por qué hacer de mis carnes un santuario de tulipanes, escojo verme como lo que soy. Una bolsa de fluidos e ideas. Algo que no tengo que entender, ni venerar. Lo más anarquista (corporalmente hablando) que una mujer con sobrepeso puede hacer es cargar los kilos con neutralidad. 

 La calle Saint Catherine pompa un arcoíris en el pavimento; cientos de yonkis desfilan sobre él. Al principio me era imposible caminar por la avenida sola, me carcomía la preocupación de ser apuñalada con una pipa de cristal por uno de esos desviados. Marco, el guardia de seguridad del hostal me metió esa idea. Me advirtió que si salía nunca fuera sola, que agachara la cabeza y no hablara con nadie, y solo así no sería asesinada a manos de un drogadicto con sed de sangre extranjera.

Ya después, hice de la intersección entre Saint-Catherine y Saint-Andre mi lugar seguro, mi refugio de todos los males. Desfilaba por mi calle invulnerada de cualquier maleficio. Con convicción de lo que era, de lo que soy. Una hiena carroñera.

Mis idolas. Las mujeres que me impulsaron a reformular mi feminidad, dejándome anhelando lo macabro, abrazando la maldad y lo retorcido de mi contexto, a crear desde lo sucio, desde lo incómodo, desde lo latinoamericano. Al llegar a las puertas del Hotel 10, lo supe. Una señorita me recibió con el programa impreso, guiándome hacia el foro donde Mariana Enríquez y Fernanda Trías darían  la conferencia. Las hechiceras estaban frente a mí. Tomé asiento en primera fila. Una fuerza cósmica fuera de nuestro plano astral conspiró para que esa silla estuviese vacía, esperando mi llegada. Como si supiera de mis curiosidades y quisiera aliviarlas. Otra vez con el sudor. Chorreaba por mis mejillas, mi temple. Y sin querer, entre especulaciones de mis marquesas Casatti. La recordé, a Marina. Una breve proyección de sus clips autobiográficos, de sus memorias transcritas a lo digital, memorias que hice mías. ¿Me privaré del gozo porque me odio? ¿O serán las ansias de pensar en algo las que me usurpan los momentos amarillos? Porque si no pienso en todo, todo se me terminara olvidando. Y si todo se me termina olvidando dejo de existir.

*Si intento olvidar algo, lo mando al fondo del analeptico iceberg, articulado de crujidos abruptos y liberadores. Cantos en acertijo, los cuales todos parecen haber descifrado, yo no.  Los ignoro en vano, y los encuentro sin querer. El pico inverso del gran bloque de hielo se ha desprendido, perdido en el vasto océano salado. Flota hacia la superficie, dando a luz las turbaciones proliferas del sedimento marino. Vagando, cantando. Ballenato solitario. Mientras más lo ignoró, la serenata marítima, se vuelve una orquesta de olas. Solo queda bajar, bajar, bajar. No se puede olvidar algo que no has vivido y no se puede vivir algo que tu mente manufacturo. Mientras más te alejas del pico rumboso, la circunferencia terrenal, inevitablemente te arrastra hasta él, perforando tu espalda sin previo aviso. No hay escapatoria de lo evocado, aun moribundo aprende a nadar, rumiante por tus océanos sin explorar. *

 

 

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