Laura Rojas del Toro (San Luis Potosí, 1980). Poeta, gestora cultural y activista. Es fundadora de la Lectura Masiva de Escritoras Potosinas y directora de la editorial Letra Púrpura. Obtuvo la mención honorífica en el premio de poesía Manuel José Othón 2012 con su libro Malandra (Ediciones el Viaje, 2013). Mención honorífica en el premio nacional Dolores Castro 2022 con el libro Mecanismos de defensa. Y la publicación de la novela La casa de los jacintos (Vocho Amarillo, 2020). Actualmente es docente en la Coordinación de Arte de la UASLP.
Enfermedad del suicidio*
De esto se trata la vida:
extirpar el corazón por goteo
arrodillarse para exigir perdón
en la víspera del desconsuelo
de la muerte
terminar con la vida
como un acto de reparación
hacia nosotras mismas
Mi país es una cama hospitalaria
Soy del club de las desahuciadas
donde el ímpetu hacia la vida
es el centro pulmonar de la angustia
Miro el techo desde la cama
como otro universo
un cosmos que sólo
el corazón humeante y yo podemos ver
Afuera
un vendaval inesquivable
golpea la ventana
aquí adentro
pensamos en la vida
respirar por un segundo el humo de los vehículos
sin mascarillas
caminar cien metros a gatas
abrir la tapa del frasco de la mermelada
sin ayuda
presumir unas manos aesthetic
sin ser un peligro para la humanidad
sentir el frío del mar
caminar sin dedos
como un animal bípedo
para llegar a la farmacia
Reumática
No tengo fuerza
para tomar una piedra
y golpearme en la cabeza hasta la muerte
los dedos se han deformado
hasta perder su propia fuerza
Siempre hay algo de qué hablar
desde el encierro en temporada
de pobreza
Microdosis para valorar la vida
Todos los miedos
son enfermedad
bombardean mi cuerpo
como un misil balístico
El dolor es una mosca Tse-Tse
atrapada en mi túnel carpiano
Pasé de dormir del puente peatonal
a la banqueta
de la cloaca
a la fosa común,
por un boleto
de estacionamiento
para que los gatos
no confundan mi mano esquelética
con un desecho de pollería.
De la nada abro los ojos,
nunca tuve casa propia,
ni un abrazo eterno
exigía mantenimiento,
amor condicional.
Me abrigué en camas ajenas,
refugios,
nosocomios,
nidos improvisados que simulan
una piel amada.
Mis ojos se confunden con marranos,
y no las pupilas de lucero que describes
en la carta que mandaste con el abogado de oficio.
Mi piel de azufre sirvió como pesticida,
gusano para volverse larva.
Pienso en el poema mientras corto la cebolla
en la menudería,
el cuchillo refleja el esmalte a media uña
muestra de nuestro olvido.
Soy producto
del consumo humano,
me buscan en las esquinas, aparadores,
hotline
en el chat del sexto grado de primaria,
Onlyfans.
Infrahumana,
aprendiz de indigente;
intenté no pincharme
con jeringas usadas,
buscar comida en los callejones;
maniáticos anónimos:
limosna de bondad,
cliente frecuente
en el tianguis de tercera mano.
Mi memoria anhela
los recuerdos de los paracaidistas
en el tiradero municipal,
ver pasar las constelaciones.
La huella del pulgar vendada,
llega al hospital
para que nadie la conozca,
porque nadie me reconoce;
manos atadas
para no pedir la palabra.
Los ojos sirven
para evitarse.
La lluvia aprovecha
para florecer la ira,
la tierra se asquea
del lodo que se pudre.
Los ojos nerviosos
jamás se secan.
No sé dónde estuve, cuando amanecía.
Quise esconderme de Dios
en el mejor rincón de mi infancia:
bajo el lavadero,
donde las arañas
extinguen hormigas,
donde las colillas de cigarro
siempre humean.
Donde nadie nos busca
y los ojos no miran de noche.
Quise esconderme de dios
mientras comía una manzana
y escondía con mi vestido la entrepierna,
pero él asomó su cabeza.
El horizonte se ha convertido
en destino de inmigrantes.
