Laura V. Medel | Poemas

Laura Valentina Medel Delgado (Nezahualcóyotl, 1992). Solía ser (solo) narradora. Ahora soy, también, poeta. Aprendiz de poetAs, no musas. Filósofa en construcción sempiterna. Amante de los sonidos raros, aunque padezco hipoacusia unilateral congénita. Para leer una semblanza mía, más formal, teclear ni nombre en la web.

 

 

 

I

Me presiento, extranjera,

en ese ahí, incomprensible

de mi propio dolor,

de la mera existencia.

Porque antes de ser humana

fui animal,

y como los animales,

mi cuerpo

no entiende de lenguaje,

de verbos.

Es tarde para sacarme

el disfraz de pensante,

de mente creadora.

Se ha encarnado en mí.

 

Comezón,

                 fractura,

punzada,

                 bills petrificada,

 

en el lugar

en el que me arden las dudas.

 

Hay algo

               —hay mucho—,

que no traduce

mi propio entendimiento,

mas ese algo llega a ser palabra

solo cuando hay poema.

 

Poema,

lo más

cercano

a un lenguaje animal.

 

 

 

II

Esta imposibilidad

de llegar a tierra firme;

no a la arena, sino a la roca.

A la mano extendiéndose

en la orilla

para ayudarme a salir.

 

—¿De dónde?

—No sé dónde estoy.

 

Otras veces llegué

al filo, a la orilla.

Y me pareció escuchar

a quien cantaba estar

para mí.

 

Cuando extendí mis brazos

soltando la voluntad cansada

sobre la que el naufragio

o es esperanza

o es casi muerte,

e intenté agarrar la mano que se abría como ola,

frente a mis ilusiones,

pasó,

volví a hundirme.

Me esperaban palabras

que sin cuerpo en acto

son solo quimeras.

 

Esta imposibilidad

de conectar,

de estrechar mi mano

con otra mano, firme.

 

—Sin embrago, sé nadar.

 

Que no se le llame

a este cansancio

                          renuncia.

 

 

 

III

Con gracia en la finitud

      que pone mi cuerpo,

      canto un sí a la fuga;

va siendo l e n t a

porque he elegido:

                      quedarme

todas las veces

que el mundo gritó

un                            NO

a mi existencia.

  Ya no temo al tiempo

               ni a los finales.

 

La muerte

me da derecho

                         de merecer

                                                         una impertinente vida.

 

 

 

 

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