Pirul | Ensayo

Por María Elisa Barrios

Yo no sabía cómo se sentía el hálito caluroso que parece recorrer el pecho de la gente cuando pronuncia las palabras «mi tierra» para referirse al lugar desde el que ha venido al centro convenido del país. Guerrero, Puebla, Chihuahua. El lugar en que nacieron, fueron criadxs y donde hay quien les espere. Además, lo dicen y pareciera que viajan astralmente allí, que están mirando un paraje proyectado no desde la memoria sino desde un sentido de pertenencia que yo, hasta hace muy poco, asumí desde mi propia situación geopolítica: desde Coacalco, Estado de México. Pero, antes de la naturalización ontológica, siempre me sentí como una forastera en el radar.

Muchas cosas distintas y entre sí discordantes me fueron dichas sobre mi origen en la infancia. Que Dios había creado al hombre en un día sexto, por ejemplo. Pero no me había creado especialmente a mí, con mi cuerpo de niña y mis ojos cafés, sino que me había tocado ser una consecuencia lejana y desvalida de su ímpetu primero. Después, a mis maestras de primaria les fue designado contarme la historia de un señor que vino desde España a salvarnos, desalvajizarnos y vestirnos; porque andábamos en bolas y taparrabos diosificando a los animales en lugar de diosificar a un hombre, como siempre debió ser. Éramos —porque narraban en tercera del plural — una suerte de cavernícolas con penachos y relojes solares. ¿Y cuál de los relatos era más representativo de la realidad inmediata de una niña que al mirarse al espejo no encontraba ni a Jesucristo ni a Quetzalcóatl? El del pecesito nadando nueve meses en la barriga de mamá hasta ser, amorosamente, sometido a respirar sin agua en una expulsión cósmica y torrencial. Así, el fundamento de «a imagen y semejanza» figuraba visiblemente en mi entendimiento. Sabía que era verdad que había venido de ella, María Luisa, mi creadora, ¡y qué importante es que una niña sepa la verdad! Qué importante es saberte traída a la tierra por una entidad creadora que te deseó aquí, desde su región más pura, con el dolor de sus entrañas al servicio noble de su voluntad. Allí es en donde está dios. Qué importante es el derecho a decidir sobre la cuerpa y defender el derecho al aborto que se mantiene en calidad de arrebatado a las mujeres más precarizadas, racializadas, migrantes, disidentes, trabajadoras sexuales. Sabía que de ella el color de mi cabello, el lunar junto al ombligo y los sueños inocentemente alegóricos. Pero, al color del cabello de mi madre, diferente: ¿quién lo había pintado así?, ¿qué sustrato? ¿qué fruta? ¿qué insecto? Quizás fuera Ocampo, Michocacán; la «tierra» de mi familia materna, pero no la mía. Porque yo nunca he estado allí ni sabría cómo caminar sus calles sin pasos forasteros ni cómo mirar sin ojos extranjeros. Hubiera querido ganarme el derecho de tocar su tierra.

Hubiera querido ser una amazona campirana como mi abuelita, o por lo menos, poder acariciar a un caballo sin tenerle miedo. Hubiera sido importante que me bañara el río, llenar los huacales de aguacates con mis propias manos y treparme en los árboles para protegerme del toro que anda suelto. He escuchado con añoranza y siempre con una forma palpitante de tristeza, las aventuras de infancia de mi mamá en el campo. Me hubiera gustado acompañar a mi bisabuela Emilia al mercado e ir poniendo las frutas y los vegetales en la canasta de mimbre. “Mi mamacita”, decía mi abuelita para referirse a ella; la mujer que con tanto dolor y tanta valentía, se arrancó de «su tierra» y trajo a sus hijos e hijas hasta aquí, donde pudieran comer, vestir y estudiar más dignamente que entre las vaquitas y los becerritos que de a poco les quitaban. Michocacán fue un cuento pintoresco para mí. No me hablaban de las razones detalladas por las que trasladaron su vida para acá pero, conforme crecí, las fui entendiendo. Y de allí sé que si yo —con las posibilidades que mis medios materiales ahora me confieren— emprendiera un viaje en búsqueda del terreno exacto, a lo mejor ya no regreso. Y desde allí entiendo por qué no estoy en la noche profunda y ensordecedora de silencio de la que me habló mi mamá, la de oscuridad virginal y coyotes al acecho del ganado. Desde allí entiendo por qué me tocó nacer aquí y qué hago aquí, en la noche que arrulla el sonido siseante de los coches que transitan la Avenida José López Portillo, el camino que más veces he recorrido en la historia de mi vida.

El Estado de México es un pasillo gris que resiste entre la Ciudad de México y las afueras de otros estados. No es el destino deseado al final de un viaje ni se graban películas sobre lxs habitantes y sus historias. La apropiación artística del espacio —haciendo una mención honorífica a los graffitis de mosca— se llama “vandalismo” y quizás sea más apropiado que diga «mi cemento» en lugar de «mi tierra» para nombrarle cariñosamente. No hay vestimenta ni bailes típicos, tampoco muchos lugares para ir a bailar. La juventud se divide entre los dos tipos de bares que hay: los de rock y los de reguetón. En los primeros, los chicos que crecieron esuchando a PXNDX, The Beatles y The Strokes ponen en escena sus proyectos musicales acarreando siempre a un fandom de adolescentes apasionados en chamarras de cuero sintético, cigarrillos y botas, a los bares recién emprendidos en la periferia, esos que al buscar en Google Maps se quitan las ganas de ir. Después se van a la casa de alguien a embriagarse con whiskey, ron y más música. Se sienten todxs parte de algo importante. En los guitarrazos y el headbanging, tanto como en el perreo, se hace comunidad. Y por la mañana se levantan al trabajo pensando en si mandar el sueño al carajo o todavía no. El dinero no alcanza, la gente cambia, la adultez acosa y las oportunidades pocas veces hacen justicia al talento y a los años; por lo menos, pocas veces desde el reconocimiento masivo. Como sea, estando más cerca de la Ciudad, le llevan ventaja a muchxs otrxs. La mayoría de personas en estos espacios siguen siendo varones, la noche urbana les pertenece a ellos más que a nosotras. Los escuchamos rememorar sus aventuras de peda en donde volvieron caminando borrachos e indestructibles a casa a las 3 AM porque se gastaron el dinero del Uber en más alcohol, y mientras, nosotras dormíamos soñando sueños pretenciosos de vida fascinante que de a poco se quebraban como calle recién pavimentada después de la primera lluvia. Desde el estrato socioeconómico que ha tenido a mal fomentar el concepto de “niña de casa”, la adolescencia femenina la vives emancipada de tu entorno, nuclearizada en el afán de que tu vida luzca como la de la protagonista atormentada de una película gringa. Y por eso persigues una forma especial de adrenalina en un lugar que en nada se parece al cine,  en un lugar que simplemente no es para las niñas ni para las adolescentes ni para las mujeres ni para nadie, en realidad. El espacio es para los automóviles y el transporte público, y así, entiendes que tus piernas no te alcanzan para llegar y por lo tanto, de cierto modo, te alejas de tu cuerpo. No te hallas allí dentro.

¿Cómo se experimenta y se manifiesta la feminidad desde aquí? ¿y la expresión de género? ¿y la expresión artística? ¿y la simple expresión de las emociones? Habría que sondearlo y preguntar a todas en sus diferentes edades y posiciones sociales. Casi no hay espacios públicos ni colectividades dedicadas a esto. La mayoría de nosotras alguna vez estuvimos inscritas en una escuelita de baile y allí aprendimos a mirarnos en el espejo, a conocer el alcance de nuestra gracia y a bailar con una misma. Teníamos presentaciones en las plazas comerciales y los auditorios municipales, y en esas giras exploramos nuestra localidad. Afuera de la primaria en la que estudié, la señora Guille comandaba el puesto de artículos de novedad más cotizado de toda la comunidad estudiantil. Tuvo las plumas de Antonella antes que cualquier otro puestecito y también ofrecía los moños para el cabello y las bufandas más a la moda. Después, las redes sociales comenzaron a dictaminar y proponernos expresiones estéticas a través de la indumentaria que provenían, a su vez, de expresiones culturales completamente lejanas al Estado de México. Entonces, una se sentía perteneciente a la sociedad siempre fuera de aquí. No siempre me atrevo a salir sin brassier cuando voy a andar por acá; entre que por el acoso y entre que por las miradas de reprobación que de vez en vez todavía me escupen las señoras más envenenadas de conservadurismo, mejor me cuido tanto como puedo. Algunos días no es tan fácil ser rebelde. Mejor irme a ser yo misma a la Ciudad o, en su momento: a la habitación, la vida y la libertad de un hombre. La realidad es que, muchas de nosotras pudimos recorrer más seguras nuestro espacio y acceder a ciertas experiencias a través de nuestros vínculos amistosos y sexoafectivos con los hombres; a través de su privilegio de habitar y recorrer el espacio. Desafortunadamente, entre otros fenómenos también afables y bonitos, esta situación incentiva las relaciones de poder, las relaciones codependientes y el entendimiento del espacio y de una misma a través de ellos.

Pasamos mucho tiempo transportándonos de un lugar a otro y nuestro tiempo a solas se transcurre en el encierro tedioso de un vehículo. Una combi, para muchas de nosotras. Inevitablemente, termina por volverse un espacio seguro o, por lo menos; familiar. Porque es allí en donde se está con la gente y en donde se manifiestan los dolores, el cansancio y los cargos de consciencia. Es allí en donde se está en comunidad solemnemente y a la vez se está a solas. Allí también se aprenden la indiferencia, el hastío y la desigualdad social. Nuestro ánimo se alimenta de la amabilidad de lxs demás, ¡qué importante es simplemente desear un buen día a todxs con una sonrisa sincera! Y ciertamente, también hay una experiencia estética muy bella que podemos tomar por identitaria mexiquense proporcionada por nuestra condición de viajerxs del transporte público: el espectáculo de luces hechas ráfaga que permite la velocidad, el placer de sentarse en el mejor asiento que todxs sabemos cuál es, e ir escuchando nuestra música que suena como caleidoscopios rompiéndose en un limbo de glitter y melancolía después de un buen día en que la López Portillo no está colapsando a causa de un puente desprendido por un tráiler o de una tormenta eléctrica. Si algo agradezco del camino, son los pirules resistiéndose a las ataduras de las obras siempre en proceso de ser terminadas.

Eventualmente entendí que la estadística de mis condiciones geopolíticas tejía mi reacción identitaria frente a la sociedad. No se puede emprender un viaje de encuentro con las raíces sin considerar las condiciones que nos han determinado las luchas, las causas y los afanes. Pertenezco al pirul que está en uno de mis parques. Porque, cada quien tenemos nuestro repertorio de anécdotas de parques; somos todo lo prohibido que allí hicimos por vez primera, todo lo que allí prometimos, todo lo que allí amamos y todo lo que compramos en el Oxxo para compartir con nuestra gente. Este es el lugar que desde siempre he elegido para ir a hacer las cosas más genuinas y desnudas; sintiéndome como una hoja más de las hierbas silvestres que crecen sin permiso y porque quieren entre el adoquín. Esas que tienen espinas afelpadas que dan ganas de acariciar, y el verde intenso de la sabiduría maligna. Pertenezco aquí, en donde el momento es todo mío y solo mío. En donde estoy en paz con mi soledad y mi persona. Esos son los lugares a los que pertenecemos, a donde vamos si necesitamos paz. Mi árbol está contenido en una jardinera de concreto a medio romper. Tomo un puñado de sustrato con mi mano y pienso que es esta «mi tierra» y mis vecinas las cucarachas, las hormigas y los cacomixtles; el perrito que viene nada más a dormir y me doy cuenta de que una resiste aferrándose a lo natural, a lo materno. A fin de cuentas, todxs somos hijxs de otros forasteros. Todxs somoxs hijxs de la migración y nuestra tierra es la que sepamos tocar con la consciencia de que venimos del mismo lado y merecemos la misma paz.

 

 

 

 

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Un comentario

  1. Un escrito muy onírico, pero también bastante aterrizado a lo que representa vivir en la periferia mexiquense del s.XXI. En más de una ocasión me idenrifiqué con los elementos autóctonos de la idiosincrasia local y en muchos otros contraste lo que representa el “otro sexo” como punto de vista.

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