Por Marisabel Macías Guerrero[1]
Para Chaz
Si te soy honesto, yo sigo sin entender bien cómo empezó todo. Supongo que ninguna historia apasionada empieza con un plan. Nacen de un impulso. Y en este caso, el impulso fue Bumble. Yo vivía en Ciudad de México desde hacía varios años —lo cual, para un chileno, es casi nacionalización espiritual— cuando me apareció ella.
Mexicana. Norteña. Grandota. Sonrisa coqueta y luminosa. Una frase que decía: “No busco noviazgo, pero sí vínculos intensos, reales.”
Yo pensé: ¿Quién mierda dice “vínculos reales”?
Pero me gustó, mucho. Era en exceso sexy como para no explorar cómo se sentía tenerla cerca. Así que deslicé a la derecha. Ella también deslizó. Y aquí estamos, o, mejor dicho, ahí estábamos.
Quedamos esa misma noche. Ella llegó a mi departamento con una naturalidad que me dejó medio idiota, como si hubiera vivido ahí en otra vida y sólo viniera a reclamar sus derechos. Entró, miró alrededor y empezó a encontrar cosas que yo ni sabía que tenía. Abrió mi frasco de mota con una familiaridad que daba miedo, la olió y dijo:
—Está decente.
Como quien evalúa un vino, pero sin pretensiones. Luego sacó una pipa de su bolsa y me la entregó. Claro, después de eso ya no había vuelta atrás. Le gustaba la weed, y además olía como a un postre que es incapaz de empalagar.
Llené la pipa y le dimos unas caladas, ahí entendí que había gente que fumaba para relajarse… y gente como ella, que fumaba para revelarse. Yo todavía estaba esperando que la hierba hiciera efecto cuando ella ya me estaba explicando —con una seriedad enternecedora— que a veces la vida le sabía mejor cuando el cuerpo mutis expresaba las ideas. Y a los dos minutos nuestros cuerpos ya estaban hablando en dialectos que yo desconocía.
La química fue inmediata. Pero no esa química elegante de película francesa. No. Lo nuestro fue más bien un torbellino, un maremoto, un incendio. Mucha intensidad. Una especie de electricidad que desacomodaba todo: la respiración, la cordura, los muebles, el tiempo. Y sí, también las posiciones, que parecían salir de un catálogo experimental que ninguno de los dos recordaba haber estudiado pero que ejecutábamos como si lleváramos años de práctica.
Era tan evidente la atracción que me daba vergüenza admitirla. Y a ella, que todo lo admitía con una soltura brutal, no parecía importarle que yo no estuviera listo. igual avanzaba. Como si el deseo fuera un derecho constitucional del que yo no estaba enterado. Como si en realidad fuese una pantera a punto de devorarme.
Y ahí estábamos: yo, tratando de disimular que estaba seducido; y ella, sabiendo perfectamente que lo estaba. Después vinieron las discusiones. Más bien, nuestras pequeñas guerras. La del organillero fue la primera.
Por primera vez caminábamos fuera de mi departamento, estábamos cerca de Reforma y sonó esa melodía triste. Yo dije, sin pensar:
—Estos cabros otra vez… te juro que me están siguiendo.
Ella se detuvo como si le hubiera escupido una ofensa mayor.
—No digas eso —me reclamó—. Es una tradición, parte de nuestra memoria colectiva. Eso puede convertirlo en un bello sonido citadino.
—¿bella esa música? A mí me suena como un gato averiado.
—Pero, puedes respetarla, ¿no? ¿por qué molestarse tanto y hablar con tono tan despectivo de esa música o de quienes la tocan? —dijo, cruzándose de brazos—. Insisto, es parte de la ciudad, de sus ritmos.
—La memoria colectiva debería afinarse un poco —repliqué y me eché a reír.
Ella me miró como quien descubre que el tipo que le gusta tiene mal aliento.
—No entiendes nada.
—Y tú eres una romántica incurable.
—¿Romántica? ¿Yo?
Los dos sonreímos. Y, como siempre, terminamos besándonos con esa urgencia que parecía disculpa y castigo a la vez. Lo demás… bueno, ni te explico.
Otra discusión célebre fue por el estúpido WhatsApp.
Yo, que siempre fui pésimo mensajeando, trataba de cumplir. De verdad. Pero me salían respuestas cortas, o sin emojis, o demasiado tarde. Y ella… bueno, ella quería conversación como quería el aire. Ella parecía estar hecha de palabras, muchas de ellas demasiado intensas, a veces demasiado hirientes.
—¿Por qué contestas así? —me escribió una vez—. Pareces gerente enojado.
—No soy gerente —puse yo.
—Peor, parece que ni ganas tienes de hablarme, que evitas conocerme, comunicarte.
—No sé escribir mensajes largos —dije—. Bueno, sí pero cuando he tenido novia o una relación más seria.
—¿Por qué lo reservas sólo para tus novias? —me puso ella—. ¿Quién te dijo que el cariño y la ternura se administra como recurso no renovable? Quiero tu ternura, pero no quiero ser tu novia.
Me dejó pensando. No lo admití, por supuesto.
Hubo también el pleito por los chistes, uno más absurdo, creo yo. Un día le hice una broma sobre lo exagerada que se ponía cuando me contaba de sus ligues poliamorosos. Ella se rió al principio y luego se quedó callada.
—¿Estás molesta? —pregunté.
—No —respondió ella, pero con ese “no” que en realidad es un “sí, pero no quiero darte el gusto”. Y con una cara, que, en lugar de asustarme, me invadía de dulzura.
—Era broma, mujer.
—Es que a veces haces bromas para evadir la conversación real.
—Y tú hablas en serio para no admitir que también te duele —le dije.
No sé de dónde diablos me salió esa frase. Ella se quedó mirándome. Yo también.
Y ahí empezó otra pelea que terminó, como era de esperarse, en una reconciliación que hizo tambalear la cama. Pero los pleitos pequeños, esos que parecen inofensivos, se van acumulando. Y un día, sin que fuera exactamente un quiebre, dejamos de vernos. Ella siguió con su vida, yo seguí con la mía, y ambos fingimos que la ciudad era demasiado grande para cruzarnos.
Mentira.
Éramos demasiado orgullosos para buscarnos.
La primera vez que me mandó la foto del organillero pensé que se había equivocado. Era un organillero en San Ángel, con la chaqueta beige y esa melodía vieja.
Yo abrí la foto.
Me reí.
Le respondí un emoji.
Cuatro horas después la tenía en mi casa.
Esa se convirtió en nuestra contraseña. Ella veía un organillero, me mandaba la foto. Yo le mandaba un Uber. Ella siempre venía.
A veces pasaban meses sin hablarnos. Después una foto. Después un amanecer juntos. De nuevo yo cocinando. Ella encima de mí, en el sillón verde. Yo encima de ella, en mi cama. Muchas palabras de amor, mucho sexo, humo y sudor. Varios orgasmos. Ella en el baño, frente al espejo, desnuda, riéndose de su cabello que terminaba como un peinado de los años ochenta. Yo esperándola sobre la cama, con una toallita blanca entre las manos, para acariciarla toda. Era insensato, imposible, hermoso y agotador. Una historia a medias que ninguno sabía cómo terminar ni cómo sostener.
La última foto llegó un sábado a la noche. Yo estaba en mi departamento, cocinando algo que jamás me quedaba bien, pero que seguía intentando por orgullo (o terquedad, o hambre), cuando sonó el celular. Era un micro video: un organillero chiquito, un niño, dándole a la manivela con toda la solemnidad de quien arrastra una tradición demasiado grande para él.
Abajo ella escribió:
“Algunas cosas siguen sonando aunque uno no quiera.”
Me quedé mirando el mensaje un buen rato. Sabía qué quería decir y qué no se animaba a poner. O lo que no quería poner, que en ella no es lo mismo.
Le mandé un mensaje, medio torpe:
—Si quieres, nos vemos.
Ella tardó en contestar. Pero contestó.
—Haz lo de siempre, envíame un Uber —dijo—. Pero cuando llegue a tu depa, no bajes hasta que yo te diga.
Me puse nervioso. Ridículo. Terminé de cocinar, encendí velas y puse la mesa con una prolijidad que jamás uso. Me puse perfume, me enjuagué la boca y cambié de chamarra. Todo eso que prometí no hacer “si se trataba de ella”, justamente porque se trataba de ella.
La ciudad estaba rara. El tiempo también, como si hubiera decidido moverse en cámara lenta.
De pronto llegó el mensaje.
—Ya puedes bajar.
Bajé flotando las escaleras, despacio, preguntándome si yo también me estaba entregando a mi destino o si era otro de mis actos involuntariamente románticos que después me niego a admitir. Cuando llegué a la puerta de cristal, ella no estaba. Salí rápido. Tampoco estaba cerca.
Hasta que de pronto la música empezó a sonar. Luego cesó. Yo me quedé petrificado, como si el organillo fuera un presagio y no un instrumento.
La vi doblar la esquina, caminando como quien acaba de hacer una travesura perfectamente calculada y está orgullosa de sí misma.
Y detrás… detrás venía un organillero.
No un niño, no uno casual.
Un organillero completo, con su caja amarilla, su chaqueta y esa melodía que siempre me pareció insoportable. Esta vez sonaba casi afinada. O capaz era yo, que ya venía rendido de antemano.
Ella se paró frente a mí, con las manos en la espalda.
El organillero empezó a tocar.
Un par de personas pasaron y se quedaron mirando, como si estuvieran presenciando un gesto romántico o un crimen sentimental. Aún no sé cuál de los dos era.
Ella sonrió, ahora sí nerviosa.
—No pude traer mariachi —dijo—. Pero encontré esta melodía de tradición, nuestra.
Yo me reí. Qué otra cosa iba a hacer.
Después, sin pensarlo demasiado —para no arruinarlo—, la abracé fuerte.
—Qué bruja eres—le dije al oído.
—¿Para bien o para mal?
—Para todo —respondí.
—Para ti — me dijo, y la muy cabrona me chupó la punta de la oreja.
El organillero siguió tocando, la melodía más triste del mundo. O más hermosa. Nunca sé la diferencia cuando se trata de ella. Y así, con esa música que antes detestaba y que ahora me dolía un poquito menos, supe que nos habíamos ido. Que quizá nunca íbamos a regresar del todo. O que, si volvíamos, sería como vuelven las tormentas de verano: con ruido, con luz, sin garantía.
Entendí que algunas cosas —y algunas mujeres— vuelven a sonar, aunque uno no quiera. Y que a veces, solo a veces, está bien dejar de pelear con la melodía, aun sabiendo que después llega el absoluto silencio, ese que amo y que a veces me mata.
[1]
Marisabel Macías Guerrero (Mar), Sinaloa (1986). Sudcaliforniana por convicción, y habitante apasionada de la Ciudad de México. Filósofa feminista, erotóloga, escritora y tallerista. Maestra en Estudios de la Mujer por la UAM-Xochimilco. Doctoranda en Estudios feministas (UAM-X). Autora de los libros Penny Black (ISC, 2016), y Las hedonistas. Mujeres que narran placer y deseo (Lapicero Rojo, 2021). Antologadora de “El feminismo me jodió la vida (y después me salvó)” (CORDA, 2025); y de “[Sobre]Vivir. Hilando historias” (CORDA, 2023). Es cofundadora del proyecto “Círculo Literario de Mujeres”. Coordinadora de círculos y tertulias feministas.
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Instagram: @mar_lectora

Arrebato, dulzura, sensualidad. Las imágenes me llevaron como a una película.