Primera tumba | Narrativa

Primera tumba: el silencio

A veces el cansancio viene de lejos y pesan los años. Te das cuenta que el silencio no solo corona una partida sino también una casa. Esas casas que te dañan como la mía, en dónde deambulan ciertas voces que han estado en cama: enfermas.

—Hola, madre—. Le hablo.

Entonces, una madre en llamas es alumbrada por una enfermedad invisible y no diagnosticada: la furia.

—Levántate—. Le insisto.

La mano de la hija se estiró hacia la madre. Su voz era ese sonido que rompía el silencio como si le quebrara un hueso.

—¿Sigues ahí, madre? —Ella solo notaba la rabia contenida.

Repasó el vacío. Ya no olía como siempre. En su boca se formaba cierto encaje como el que se borda de pura pena; porque los ojos ya terminaron de secarse y la sal ya lo ha quebrado todo. Más bien se convierte en leche que servirá para alimentar al enojo.

—¿Dónde está su cuerpo? —. Le pregunta, aunque sabe la respuesta.

Y así como la sangre viste un nacimiento. El silencio no grita, no llora: más bien le cobra densidad al aire. La única palabra que escuchó pronunciar de ella acunó la indiferencia embestida por la árida tierra en la que se volvió el vientre.

—Muerto.

 

Segunda tumba: la furia

Hay casas que te agobian. Como las que solo tienen una comida al día: frijoles o una tortilla humeante de sueños. Lugares que se construyen así: siempre sedientos y consumen a quienes los habitan.

—No recuerdo mi nombre y, a veces, siento que no importa—. Me digo una y otra vez porque soy la menor y ya no hay nadie quien lo pronuncie.

Aquí estoy, personificando a los animales que habitan dentro de la casa:

—Pececillo de plata, hormiga, araña, alacrán…— Me callo.

¿Qué haré ahora? Pienso. ¿Por qué son tan pequeños y moribundos? Pero los muertos también sueñan ahí entre sus cenizas. Como mi hermano que, caldeado de útero, soñó que estaba vivo y qué somos nosotros sino animales que estamos atravesados por otros seres vivos.

—Llorar suave, llorar despacio, llorar carne, llorar en silencio, llorar quieta y en la sombra o llorar cuchillos.

Repito una y otra vez la clase de llantos que me han invadido. Me quedo con el último porque parece que mi dolor es una deuda y es la única manera de sacar las cicatrices.

 

Tercera tumba: el cuerpo

El cuerpo humano es más agua que concreto, pero es más fierro que lágrimas, y en sus latidos la voz de los animales tiene cabida.

—No volverá, no volverá, no volverá—. Lo repetí tres veces como pidiendo un deseo.

—Lo sé—. Me responde ella.

—¿Entonces?

—Entonces, nada.

Nuestras lenguas se estrían. Copiosamente, mi madre y yo entramos en un silencio.

Nadie más estuvo allí. La madre en llamas se extinguió poco a poco. El tacto de sus manos fue húmedo como para hidratar un árbol. Esta voz que tengo es con la que ella quiere que le hable. Me miró por primera vez e hizo una señal de sonrisa con la que le cambió el rostro.

—Las aves son insomnes—. Me dijo.

—No lo son, las insomnes somos nosotras —. Le respondí.

—Mañana, entre los ojos tendremos un plantío de sal.

—Entonces tendremos con qué cocinar.

 

 

 

 


Laura Velarde, poeta, amante de la vida: melómana, cinéfila, lectora y defensora de los derechos de los niños, de las niñas y adolescentes. Ganadora del Primer Concurso de Poesía Emergente Antonio Alatorre 2022, originaria de la Ciudad de México.

 

 

 

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