Por Diana Patricia Peña Castañeda
Está tendida en la cama, con un naufragio que le baja desde la coronilla y se le arremolina ahí, en el vientre. Con sus palmas, frota la tibieza de su aliento sobre la piel. El ombligo sobrevive tenso entre la plenitud y la ruptura, un jirón de caucho a un descuido de distancia. Cuenta hasta diez, despacio, respirando lento. Repite el gesto una y otra y otra vez, mirando la noche desmenuzada en la ventana como queriendo que esa oscuridad se lleve lo que habita en sus profundidades, lo mismo que en las mías.
Estoy recostada a su lado, quieta, sin voluntad. La veo apretar los labios. Ahora el estrago se ancla en las rodillas, atraviesa cada vértice de la espalda. La almohada se humedece bajo mi cara. La miro y me pregunto si habrá sido cuando movió el sillón de cretona al rincón de la chimenea. Apenas un empujón con el muslo. No digo nada, porque de pronto, sin darme cuenta, mis manos sobre el vientre hacen lo mismo que las suyas.
A veces le da ese arrebato de moverlo todo con la excusa de que solo va a limpiar. ¡Para cortar energías estancadas! Lo dice llena de dicha mientras corre por el pasillo, haciéndose la trenza en el pelo. Va de aquí para allá. Arrastra el comedor para el centro de la sala. Desinfecta los colchones. La casa es el sonido de un vallenato ochentero. Canta, ríe. Extiende el mantel de macramé. Gira la mesita con matas hacia la ventana. Acomoda la máquina de escribir en los entrepaños cargados de libros. Baja cortinas para quitar telarañas. Yo la sigo de cuarto en cuarto, sin que ella me vea. Cada objeto que mueve me pesa en los brazos.
De repente el sillón de cretona aguamarina cruza ante sus ojos. Contempla las pequeñas hojas bordadas en los descansabrazos. Pasa los dedos por la madera maciza. Examina las tachuelas inoxidables, el espaldar reclinado. Se sienta, estira los pies. Respira profundo en tres tiempos. El acolchado toma las formas de su cuerpo: suave, tibio… Ahora tan confundido.
El otro día abrió el armario de la cocina, removió todos los frascos, pero no recordó lo que buscaba. En la heladera dejó un zapato de broche dorado. Quería ablandar el cuero porque cree que ese pie se le agrandó. Por eso solo metió el derecho. Luego se fue a la farmacia a comprar un tarro de crema de alcanfor para las muñecas de las manos a ver si cesa el hormigueo. Se siente como si tocara los cables pelados de la luz.
Pero el espanto no comenzó en las muñecas. Estoy desnuda frente al espejo. El marco es retorcido como si una llamarada lo hubiese desplazado. Una voz me habla, pero no me escucha. No me muevo. Dice que es definitivo. Que la dureza ya no cede. Que saltó de la espalda a la comisura de la axila. Dice que toque. No quiero tocarme. Insiste. Pienso que si abro los ojos se irá, pero los ojos, dentro del sueño, ya están abiertos.
Al otro día mientras me contaba, la pena viva rodaba por su cara hasta rebotar en el borde de la taza. Adentro, la infusión de canela con manojito de laurel parecía quebrarse.
Cuando le empezó ese zumbido en los oídos sintió que el mundo se inclinaba hacia ella. Mi angustia sembrada en sus ojos. Eso fue unos días después de que empecé a prepararle enjuagues de bicarbonato para mermar ese sabor metálico en la boca.
…
Es sábado por la tarde. Nos sentamos en el sillón de cretona a mirar el álbum familiar. Ahí estaba ella, apenas una niña, con su vestido de primera comunión, se le había caído el último diente. Más adelante otra foto, ella misma, ya de adulta, componiéndose el vestido frente al atril antes de leer el discurso que le pidieron para los años dorados de la oficina. En otra estoy yo con las manos llenas de espuma. Y en una pequeñita, casi borrosa, ella otra vez, en una caminata a la montaña. Entonces ya tenía esos fogonazos que salían de adentro. Tengo el infierno en las entrañas, grité desde el sillón mientras me puse los cubos de hielo entre el brasier.
Una debería ser precavida al hacer sus pedidos al universo. Yo creo que eso fue lo que pasó. Faltaba un minuto para las doce. Yo había puesto las flores alrededor de las velas encendidas. Ella sacó el esfero nacarado y en la hoja bordeada de mandalas escribió: ¡Sor-prén-deme! Solo eso. Luego dobló el papel y se comió las doce uvas, una a una, muda, mirando la llama que se movía como suspiros.
El papel, eso era lo que había guardado en el armario de la cocina.
Hace dos días volvimos al médico. No es nada, solo está alterada. Coma menos dulce, más huevos, carne magra, intensifique las caminatas diarias, vitaminas de esto y lo otro, vuelva en unos meses. Le dijo el doctor mientras firmaba la receta de píldoras. El anterior le había dicho: tiene imaginación como para escribir un libro. Y otro muy experimentado: Arréglese. No es sano que a su edad una mujer esté sola por la vida.
No es nada, les pasa casi a todas… No es nada… Salió gritando del consultorio. Se llevó la mano al pecho. Cuando me di cuenta, el aire se me había cortado.
Desde esa tarde hace ya quince meses. Es el mismo tiempo que mi mente es el lugar de ella. Qué clase de mujer creen que soy. ¡Arréglese! Para todo hay límites. ¿Acaso los hay? Buscar a alguien… Salir más… Comer esto y lo otro… ¡Al demonio! Se fue diciendo mientras caminaba de prisa por toda la calle de Las Magnolias hasta que llegamos a la casetica. Entonces se detuvo.
¡Una especial, por favor!, dije.
Untar, girar. La delgada lámina se rompe en el borde… Untar, esparcir. El centro resiste en su propia fragilidad. La otra lámina acomoda sus pliegues sobre esos caramelos brillantes y espesos. La oblea está lista. En sus manos se siente lisa, tal vez esperanza.
Nos sentamos en el banquito del parque. Se arremangó la camisa. Doblé la servilleta. Le acaricié la muñeca que estiraba la oblea hacia la boca. Dio un pequeño bocado, seguido de otro y luego otro más grande. Una chispa de arequipe con salsa de moras cayó hasta la rodilla. Se inclinó para recogerla con la punta de los dedos. Continuó comiendo hasta la última miga. Se quedó en silencio hasta que mis labios siguieron las líneas de su risa.
El viento se había convertido en lluvia menudita. El sonido era dulce como la caoba de sus ojos.
Por primera vez, la miré de frente como se mira la inevitable intimidad. Tomé su agonía, su enojo, el juicio del mundo y los vacié en el eco de las gotas.
Me olvidé del tiempo como cuando era niña y corría detrás de la cometa. Y entonces… Por un brevísimo instante no dolió tanto.
