Por Eduardo H. González
¡Ahora sí, compadre, ya nos llegó el progreso! ¿Qué cómo se me ocurre decirle tal disparate? Pues si vinieron los del Partido Recumplidor e Incondicional. Por fin llegaron hasta este pueblo rascuache, y viera qué bien se expresaron de nosotros. Dijeron que somos gente bien trabajadora, y que lo único que necesitamos es una oportunidad para salir de esta pobreza. Por mis demostraciones de júbilo, compadre, porque yo fui testigo de sus promesas, por eso le digo lo del progreso, porque clarito oí con estos oídos que me acompañan desde chamaco sus palabras de aliento.
¡Claro, compadre, no es que sea yo un iluso, pero le aseguro que de sus bocas salían puras palabras llenas de sinceridad! Nomás había que ver al hombre entrado en años, el del pelo albo; vestía un traje reluciente y blanco como su cabello; y unos zapatos de puritita piel. Ese fue el que me abrazó, me dio de palmadas en la espalda nomás para demostrarme su afecto. También fue el que le regaló a mi mujer un montón de tiliches para su cocina, y comida para atiborrarnos el estómago de menos medio mes. Todo eso venía en el presente que el hombre le hizo a mi mujer. ¿Y a mis chamacos? ¡Ni se diga! Les prometió que ahora sí los iba a acercar al estudio, que les evitaría la pesadez de la ignorancia construyéndoles un lugar digno para ejercitar los pensamientos y que, de menos, de aquí salen licenciados.
Y si me pregunta por la señorita que acompañaba al hombre del pelo albo, basta decirle que relumbraba de bonita, además, era bien amistosa. Ella se la pasó acariciando a los casaderos del pueblo. Sus arrumacos les ponían tembleques las rodillas, y cuando la señorita los saludó con el beso en sus mejillas se quedaron todos atarantados de la puritita emoción. Ella también habló, con sus palabras que sonaban a música de ángeles, nos explicó sobre el asunto de las construcciones: que si una clínica donde sobraría personal de blanco que cuidara a nuestras familias para que no se nos enfermen; que si el empedrado de las calles: que si un mercado nuevo; que si lo de la escuela para nuestros chamacos… También nos aseguró que ya no nos iba a faltar en que ocuparnos a los hombres, que trabajo iba a sobrar y que de ella y sus acompañantes esperáramos puros beneficios.
¡Cómo que nadie le avisó, compadre! Si había anuncios por todos lados, yo los divisé desde hace varios días, y ya se me hacía tarde para estar frente a los susodichos. Luego se ve que es gente bien instruida. De esa que uno mira por obligación porque lo culto se les nota lueguito. Y porque su presencia resalta entre todos los pueblerinos que vivimos aquí. Agradecidos debemos estar porque gracias a su enjundia nuestras necesidades tomarán otro rumbo; y aunque entre su discurso decían algunas palabras bien extrañas, todas eran muy buenas porque todos aplaudían. Y para no desentonar, pues yo también aplaudí. Y ellos, bien humildes, nos sonrieron por el regalo. La sonoridad de los aplausos. Ese fue el regalo.
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“Conciudadanos, es nuestro más ferviente deseo que las carencias que hasta ahora han sufrido queden, para siempre, en el olvido. Por eso, congratulados por su presencia y cobijados bajo su conspicua voluntad, nos comprometemos a sanar sus heridas: la marginación de la cual han sido objeto; la negligencia de sus derechos al que la otrora dominación —y necesario es decirlo, espuria autoridad— los ha sometido; el artificio de superfluos demagogos que bajo su autoritarismo los ha anquilosado.
Queridos paisanos, por la conspicua y porfiada impronta de nuestra probidad, por nuestra vocación que ha de ser su remanso y su salvación, les prometo, que de ahora en adelante serán ustedes favorecidos con una ingente demostración de beneficios. Tales beneficios darán constancia de mis palabras que, no sólo prometen, sino que me comprometen a solucionar las carencias que hasta ahora han sido el vendaval que los ha avasallado.
Sí, compañeros y amigos, es nuestra convicción que su destino avieso sea transformado por el progreso que a ustedes hemos prometido”.
Eso fue, compadre, lo que dijo, casi a punto de desbordársele las lágrimas, el hombre canoso y tan distinguido.
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Si viera, compadre, que lo único que nos solicitaron fue que marcáramos con una crucecita una hojita que nos enseñaron. Yo les creí, compadre. Además, ¿cuándo se nos habían aparecido aquí gentes de ese tipo? Si la alcurnia se les nota desde lejos. Nomás hubiera usted visto sus ropas, todas relucientes de tan limpias, y sus zapatos relumbrando como si trajeran un pedacito de sol incrustado.
No me lleve la contraria, compadre, porque no va a negarme usted que antes de estas visitas lo más distinguido que ha llegado a este pueblo rascuache fue aquel par de trajeados que no disimulaban su atarantamiento. Segurito eran unos beodos descarriados, porque a leguas se veía que traían la juerga bien encarrerada. Lo más seguro es que se perdieron y vinieron a dar acá. Eso ni visita es.
¡Ándele, compadre, no sea tan desconfiado! Lo único que tenemos que hacer es lo de la crucecita en la hojita. ¡Anímese porque no le cuesta nada acompañarme y apalabrarse con esas gentes! ¡Apúrese, hombre, porque nos dijeron que nomás van a estar por aquí unos días, y después se irán para la capital a tramitar todo el progreso que nos prometieron! ¡Convénzase de una buena vez, compadre, no sea usted tan remilgoso! Aparte, no puede hacerme quedar mal, porque todos los que presenciamos el discurso nos comprometimos a llevarles a nuestros conocidos para asegurar que ellos se queden como la autoridad de este pueblo. Sólo así conseguiremos un futuro más prometedor para nosotros y los nuestros.
¿Cómo va a creer que lo pueda yo engañar, compadre? Que no me bautizó usted a mi chamaco, el que lleva mi mismo nombre. ¡Qué muestra más grande que esa para que la confianza entre nosotros esté bien recia! ¡De verdad, compadre, si hubiera estado usted ahí…! Habría visto cuando Rutilo, que lucía bien alborotado, le gritó a la señorita y al hombre trajeado que él ya sabía de lo que se trataba, y que siempre hacían lo mismo, que lo suyo eran sólo palabrerías, y que ya estando en sus oficinas puras habas nos iban a dar. Pero el trajeado ni se sintió, es más, invitó a Rutilo para que le hiciera segunda en la labor del apalabramiento, y puso su mano sobre su hombro para demostrarle su afecto. Así de bien lo trató cuando lo invitó a subir al templete que montaron. Por cierto, ¡qué bonito arreglo le hicieron al armatoste aquel! Alrededor estaba lleno de adornos, todos en honor al pueblo, y le colocaron el nombre bien grandote: Las Flores, como mencionamos desde chamacos a nuestro meritito pueblo. Y ya arriba Rutilo se convenció porque el hombre hasta una credencial le dio. “Para que se sienta en confianza”, le expresó el hombre. ¡Y bien orgulloso Rutilo con su cosa aquella! Lo malo es que ni siquiera sabe lo que dice, porque el muy atarantado nunca quiso alejarse de la ignorancia. ¡Cómo si uno no supiera! ¿Qué ya se le olvidó que somos de la misma edad? Sólo que su servidor sí conoció de menos algunas palabras. Por eso bien que entiendo lo de la credencial. Lo malo del asunto es que a mí no me quisieron dar una. Me dijeron que sólo llevándoles a mis conocidos me darían una representación como a Rutilo, para que con ella infundiera seguridad a la demás gente.
¡Hubiera ido, compadre, para que no tuviera yo que platicarle todo lo bueno del asunto! Pero luego se nota que es usted bien cerrado e ignorante, por eso siempre se niega a aceptar cualquier beneficio. ¿Qué no quiere que sus hijos vivan acompañados de la dignidad? Y no es que hable de más, pero yo sí quiero evitarles la angustia y la pobreza a mis chiquillos. ¡Y ya decidido voy a poner la crucecita sobre la hojita esa! Aunque le anticipo, luego no venga a decirme que le comparta, porque nomás nos vamos a repartir los beneficios entre los que confiamos en esas gentes…
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¡Ay, compadre, no se vaya usted a burlar, pero del progreso, ni sus luces, y del viejo canoso, menos! Por más que rondamos su oficina nomás no se le encuentra. Y la señorita se volvió bien alzada, y ya ni la palabra nos dirige. Hasta Rutilo que de discursos no sabe nada, ya anda todo cambiado; le sobra la enjundia para insultarnos diciéndonos que no somos iguales. Creo que ahora sí, compadre, le concedo la razón. Y de aquel asunto de la cerrazón y la ignorancia, no se vaya usted a creer.
Pero no se desanime, compadre, porque a pesar del viejo engreído, de la señorita vanidosa y de Rutilo que nos desconoció, las visitas a nuestro pueblo se han repetido una y otra vez. Y ya nos llegaron con sus ofrecimientos otras personas, de esas que son de bien vestir y de mejor conversar.
¡Póngase abusado, compadre, no vaya a ser la de malas y otra vez se pierda el discurso! Porque creo que ahora sí nos llegó la buena, y ahora será mejor cruzar la hojita a favor de los del Partido Regenerado en la Decencia.
¡Ya lo sabe, compadre, no se vaya a perder el mitin, porque si no, va a estar muy difícil contarle todo el progreso que esas gentes nos traen!
Eduardo H. González (México, D. F. 1975). Actualmente se dedica a la docencia. Ha publicado poesía, cuento y ensayo literario en EE. UU., Chile, Argentina, España, País Vasco, Colombia, Puerto Rico, Venezuela y México. Ha sido incluido en diversas revistas literarias, nacionales e internacionales. Asimismo, en más de una veintena de antologías poéticas y de narrativa, tanto en el ámbito nacional como en el extranjero.
