Victoria Marín Fallas (San José, Costa Rica). Es Filóloga Clásica por la UCR, autora de La Edad de Hierro (2022). Dirige Revista Virtual Quimera y es jefa de redacción de la EEUCR. Es coordinadora de los libros Anábasis: antología de narrativa fantástica y ficción histórica (2021), El Legado (2023) y Los hijos del fuego (2024). Ganó el XIV Concurso de Escritura Creativa en Lenguas Extranjeras (Universidad de Costa Rica) en la categoría de poesía en lengua portuguesa y en 2024 obtuvo Primera Mención Honorífica en el Certamen Literario Brunca con su colección de poemas Hay un nido bajo mis párpados. Fue finalista del XV Premio de Relatos para Jóvenes de la Universidad Camilo José Cela, España.
*
Nada vale una vida excepto otra vida[1]
Su canto todavía se traza
donde duerme el soñador que ya no sueña
si no es con el tallo que sostiene su cuerpo moribundo
para hilar en agua fresca la infancia de sus costas,
los soles que se ocultan tras el corazón abierto
y traspasado de la Aurora,
la inocencia de no saber nombrar
que sólo quien mira retorna
en el amor que se abre
rumbo a la clara Ítaca
cuando la primera nave lo surca,
cuando el destino del primer muerto
lo cultiva.
*
Tus ojos, cariño,
son los ojos de Dios.
Como él te deslizas sobre las aguas.
Es preciso ser lo que adoras
para matarme y traerme de vuelta.
No digas que no lo necesitas.
El paraíso irrumpe en nosotros
como animal en celo.
*
Dejamos caer nuestros nombres
donde el vacío no empieza ni termina.
Somos uno que muriendo se coloca en el otro,
como el mar que se retira y vuelve
sobre el coche de un niño
atascado en la arena.
*
Hay un nido bajo mis párpados
dentro, late una antigua sombra
sin que nadie lo sepa.
No importa cuántas tormentas
abofeteen mi rostro.
Continuamente se deshoja
en una transparencia
que no puede ser nombrada.
Su palabra es densa,
arde y en ella persisto.
Si lo hago, siempre seré pura.
Y todo cuanto he conocido
no hará más que alimentar
mi vida
mi cuerpo
mi alma
mis ojos
mi rostro iluminado
por el sabor amargo
de su sonrisa muerta.
*
A Marina
Cuántas veces desperté
en su modesta casa,
acurrucada en la ceguera
victoriosa de la infancia.
En medio de la luz que infunde
hacia su propio tallo,
esa que ha de abrirse en el abismo
y me abraza para que, incluso ahora,
pueda sentir su cuerpo idéntico a la vida,
el privilegio de crecer recostada en su regazo.
“Santica” me decía cuando era buena,
“chiquilla” si abrazaba las muñecas
y sus voces al declinar el día.
Sus palabras son invocación silenciosa
de la cual emerjo siempre
mucho más diáfana.
Vuelve mi pensamiento a aquellos lugares,
al sueño y al soñar
donde ella escucha
y yo soy la que canta.
Ella esconde la palabra.
Su latir es el tiempo, chispa verde,
música perfecta de la naturaleza
y sus ciclos.
Ella, un astro luminoso y lejano.
Reaparece en la dicha o en el llanto
como lámpara que se prende
en todo lo que amo.
[1] Félix Francisco Casanova
