Por jaazia
“Hablar con la e”
Alguien recuerda esos momentos gloriosos del feminismo, tiempos victoriosos en que las calles eran inundadas por la marea verde, llenas de mujeres haciendo performances mundiales el violador eres tú ¿Alguien lo recuerda? Discutíamos si la legalidad o la despenalización, las cuestiones de clase y coloniales que implicaba la lucha feminista, cuestionamos el origen colonial del conocimiento científico y la razón, el binarismo (masculino/femenino, mente/cuerpo) dialogamos y construimos el sentido político del uso de tal o cual declinación de género gramatical.
Quién diría que unos pocos años después nos encontraríamos en este lodazal, con batallas supuestamente ya ganadas (o más o menos ganadas), para regresar a defender nuestros derechos reproductivos contra el argumento del aborto como homicidio, volvemos a discutir la patologización de la homosexualidad (batalla que otras identidades de sexo-género, como las travas, las travestis, personas trans y no binarias nunca dejaron de dar). Retrocedimos sesenta años para discutir el voto femenino. ¿Quién diría que vendrían por nuestros derechos? ¿Quién diría que vienen por nosotras? Al final, lo que importa es que estamos en ésta, y es necesario regresar a las filas, tomar las armas, agarrar o crear todas las herramientas necesarias y a la mano para dar la lucha por una vida digna, por un mundo diferente a este mundo fascista al que estamos virando.
Como obrera del lenguaje, quiero posicionarme desde este campo, en los años gloriosos hablábamos con la e, con la a, con la x, nos inventamos nuevas formas de nombrarnos entre todas, todes y todxs. Se instaló el llamado “Lenguaje inclusivo” o “Lenguaje incluyente”, se teorizó de diferentes maneras y desde distintas perspectivas, y creo que ahí perdió su potencia. Siempre me pareció fascinante y maravilloso, más en su forma que en su contenido, no porque el contenido fuera vacío o menos válido, pero me resultaba sumamente interesante cómo construcciones distintas generaban tanto revuelo.
Lamentablemente, para mí, su potencia se diluyó entre la corrección política, el cinismo y la institucionalización. Buscar formas no sexistas, dentro de lo gramaticalmente aceptado, para nombrarnos, para incluirnos, y digo, está bien, está bueno disputar el campo de lo simbólico y discursivo. Por otro lado, algunos te hablaban con la e pero seguían reproduciendo prácticas patriarcales, clasistas o racistas. Y después llegaron aquellos que querían sentirse muy antisistema, negando cualquier tipo de ismo, queriéndose sentir chingones porque eran apolíticos o políticamente incorrectos, bla! patrañas.
Creo que el uso de otras formas gramaticales nos ha dado más o nos puede dar más, es la punta del iceberg. Nos muestra que no basta con usar tal o cual forma para no ser sexista, también señala que hay personas que queremos experimentar nuestra identidad de género de otra manera y que también estamos atravesadas por otros sistemas de opresión y discriminación, lo cual nos lleva a preguntarnos ¿por qué queremos ser incluidxs? ¿para qué? ¿en dónde?
Personalmente, la inclusión no es necesaria, no me interesa que me incluyan en ese mundo horrible en el que viven, prefiero construir (o por lo menos, pensar e imaginar) algo distinto, otras formas de experimentar el mundo, crear espacios, discursivos y materiales, en el que nadie tenga el poder de incluir a nadie, en el que nadie tenga la necesidad de ser incluidx, porque la construcción es colectiva y cambiante. Sí, me pueden llamar idealista, ingenua incluso, pero no me importa, lo voy a intentar, tengo la esperanza en el fondo de mi alma, y esa esperanza me la dieron justamente estos usos no convencionales del lenguaje, porque si podemos cambiar la forma de hablar, a conciencia, si podemos construir comunidades (con las tensiones y confortamientos que esto incluye) a partir de la manera de hablar, qué otras cosas no podremos hacer.
El uso de otras formas gramaticales tiene la potencia de la transgresión, de incomodar a nuestros interlocutores y a nosotras mismas (porque tenemos que hacer el ejercicio mental de romper las estructuras establecidas de la lengua). Retomemos el sentido lúdico de jugar con nuestro lenguaje, inventar palabras para nombrarnos, feminizar verbos, crear nuestra propia vocabularia, molestar a aquellos que se esfuerzan por mantener la pureza de la lengua, que son los mismos que defienden el status quo y nosotras no queremos las cosas como están. Desestabilicemos un poco las cosas, aunque sea solo un poco, que eso ya es algo, como diría la Betzamee, alterar la algoritma. Hablemos como queramos, porque el simple hecho de que podemos, simplemente porque queremos, juguemos con la a y con la e.
Sé que esto no es la respuesta a todo, ni la clave para un mundo distinto, pero puede ser una parte, lo fue en su momento, volvamos a dar la batalla por todos y en cada uno de los campos, con todas y cada una de las herramientas que tenemos a nuestra disposición, desde el lenguaje hasta las calles. Hablar diferente nos hace pensar diferente, por lo menos a mí me parece, pero qué sé yo, yo solo hablo, mientras hablar es gratis.
