Columnas de opinión

Rugido

Por Ana

Redignifica

Bocados Literarios

Por Diana

Degusta

Butaca Violeta

Por Carmina

Mira

Con “Q” Mayúscula

Por Diego

Artes degeneradas y poesía gay

Caminando en Fotogramas

Por Sergio

Deriva

Se acerca una tormenta

Por Ju Ximénez

Aquí habita la nostalgia

Mientras hablar sea gratis

Por jaazia

Dilo

La Guerra de las Ideas

Por Ximena

Cuestiona

Entre calles y corredores

Por María de Jesús

Transita

Tangueros somos

Por Miguel

Tanguea

¿Ya nos sigues?

La gordofobia: discriminación estructural, estigma corporal y sus implicaciones sociales

Por Aldo Saúl Uribe Nuñez[1]

 

Introducción

La obesidad es uno de los principales problemas de salud pública del siglo XXI debido a su creciente prevalencia y a su asociación con diversas enfermedades crónicas, como la diabetes mellitus tipo 2, la hipertensión arterial, las enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2024). Sin embargo, más allá de sus implicaciones médicas, las personas con obesidad enfrentan un fenómeno social cada vez más estudiado: la discriminación social derivada del sobrepeso.

Desde el punto de vista biomédico, la obesidad se define como una acumulación excesiva de grasa corporal que puede perjudicar la salud. Habitualmente se utiliza el índice de masa corporal (IMC) como criterio de clasificación, considerándose obesidad un IMC igual o superior a 30 kg/m² (OMS, 2024). No obstante, diversos especialistas señalan que el IMC posee limitaciones importantes, ya que no distingue entre masa muscular y tejido adiposo ni considera factores metabólicos, genéticos o ambientales (Rubino et al., 2020).

Por ello, actualmente existe un consenso creciente en que la obesidad debe entenderse como una enfermedad compleja y multifactorial, resultado de la interacción entre factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos y ambientales. Empero, este problema de salud tiende a verse como un problema individualizado, en donde la persona que lo padece, es el “culpable” de su condición, relegando la influencia de los múltiples factores que contribuyen a que este problema de salud se presente.

La Organización Mundial de la Salud (2024) estima que más de mil millones de personas viven con obesidad, incluyendo adultos, adolescentes y niños. Igualmente, la prevalencia ha aumentado de manera sostenida durante las últimas décadas, impulsada por cambios en los patrones alimentarios, el incremento del sedentarismo, la urbanización y la amplia disponibilidad de alimentos ultraprocesados. En México, la situación resulta especialmente preocupante, ya que el país figura entre las naciones con mayores índices de sobrepeso y obesidad. De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Pública (2023), más del 70 % de la población adulta presenta exceso de peso, situación que incrementa considerablemente la carga de enfermedad y los costos del sistema sanitario.

Retomando las argumentaciones anteriores, es importante concebir la obesidad como un problema multifactorial y no como algo que es culpa de la persona. Reducir la obesidad únicamente a un problema individual constituye una visión simplista e insuficiente. Históricamente ha predominado la idea de que las personas con obesidad son responsables exclusivas de su condición debido a supuestos hábitos poco saludables o falta de disciplina. Esta visión es reduccionista e ignora factores estructurales como la pobreza, la desigualdad, la inseguridad alimentaria, el acceso limitado a alimentos nutritivos, los entornos urbanos poco favorables para la actividad física, la predisposición genética, las alteraciones hormonales y los problemas de salud mental (Rubino et al., 2020).

Bajo esta perspectiva, surgen importantes ideas, teorizaciones y reflexiones como la gordofobia. Aunque este término no posee una definición única, generalmente se utiliza para describir las actitudes negativas, el rechazo y la discriminación hacia las personas con cuerpos considerados Leer más

Existencia: movimiento perpetuo entre la pregunta y la nada

 Una lectura de Los péndulos de la nada y El séptimo sello

Por Marta Rojas Porras

(Universidad de Costa Rica)

 

El libro Los péndulos de la nada (2026), de Jorge S. Massey, publicado por la editorial Poiesis, propone una reflexión radical sobre la existencia, el lenguaje y el vacío. El título, que funciona como primera clave interpretativa, convoca dos nociones fundamentales: el péndulo y la nada.

En su acepción básica, un péndulo es un cuerpo suspendido que oscila entre dos extremos; sin embargo, su dimensión simbólica remite al tiempo, la duda, el vaivén emocional y la búsqueda de equilibrio (Real Academia Española, 2026). La nada, por su parte, se define como “no ser o carencia absoluta de ser” (Real Academia Española & Asociación de Academias de la Lengua Española, 2024), es decir, el vacío ontológico. Si el péndulo se desplaza entre “la nada”, su movimiento sugiere un vaivén existencial sin dirección ni fundamento, un tránsito perpetuo hacia el vacío. Como señala Castillo (2025), cuando el punto fijo del péndulo es la nada, desaparece todo sostén: no hay origen, no hay fundamento, solo fragilidad e incertidumbre.

Esta intuición inicial se confirma al ingresar al texto. En el “Antiprólogo”, Massey advierte que su obra es “para quien disfruta de esas puertas que solo llevan a otras puertas, a un laberinto interminable e infinito”. La promesa no es la respuesta, sino el silencio. Desde esta premisa, el poemario articula una paradoja fundante: “La nada es la única herramienta de Dios”, mientras que el lenguaje es la herramienta humana para “encontrar un orden en el vacío”. La tensión entre un universo originado en la nada y un sujeto que intenta otorgarle sentido mediante la palabra constituye el eje estructural del libro.

El hablante poético se reconoce como un ser desplazado: existe en el exilio, en la soledad, inventando. La soledad no es accidente, sino condición ontológica. Por ello, los seres solitarios son “una compañía inclaudicable” y “la soledad es… el atributo favorito de Dios”. En este espacio liminar, la nada se vuelve interlocutora: “la nada nos nombra”. El lenguaje, aunque frágil, es imprescindible. Si “nuestro origen es un infinito incompleto”, la palabra solo puede ser tentativa, aproximación, intento de salvar algo del derrumbe. De ahí la esperanza mínima de que “quizás el universo se salve en las bibliotecas”: el libro como último refugio ante la disolución.

La casa —símbolo de identidad y pertenencia— aparece también transformada en un espacio liminar: “Mi casa es una tumba amable donde me tocan las cosas muertas que amo”. El hogar es tumba y resguardo, muerte y memoria. La obra entera se mueve en esta ambivalencia: “todo es efímero y a la vez eterno”.

La existencia oscila entre extremos, como un péndulLeer más

La metamorfosis en la poética de Ismael Glaf

Por Diego Medina

 

Viajas en mí y estás de viaje de Ismael Glaf es un libro de poesía de temática gay, aunque también podría decirse que es, como su título advierte, un libro de viajes. El tema es fondo y forma, una alegoría del descubrimiento de la sexualidad vista desde la lente de lo geográfico; las partidas, llegadas, el horizonte y la vieja premisa de que quien regresa no es el mismo que se fue. Cuerpo y travesía funcionan como un palimpsesto en el que se escribe la misma palabra: metamorfosis.

No se trata sólo de un libro con pasajes de cruising, autodescubrimiento y autoexploración y postales, sino de una alegoría de los cambios que suceden ahí donde los dominios del cuerpo, el espacio y el tiempo llegan a su límite. Es un libro sobre la metamorfosis del alma, un libro que, como la mariposa, emprende el vuelo para entregarse a tierras y cuerpos lejanos: “quizá me diluya / o me sostenga en vuelo”.

Mas detengamos en algunos versos, por ejemplo: “¿qué significa el olivo / que me grabas sobre tu caricia / y qué hace tu lujuria en mis comisuras / como si buscara hacer esquirlas en mi temblar?”, la tensión erótica se mantiene gracias a la cuidadosa selección de palabras que, como un entramado de ramas en el huerto —tópico literario del encuentro amoroso por excelencia—, oculta el cuerpo del amante entre palabras precisas por su carga semántica: “olivo”, “caricia”, “lujuria”, “comisuras”, “temblar”, todo ello sin la descortesía de lo explícito.

La poesía de Glaf no es closetera, cuando tiene que decir “pene”, “esperma”, “semen” o “ah/no”; no hay en su poesía lugar para la vacilación, incluso juega con el punto de enunciación del cuerpo deseado, por ejemplo, desde el discurso médico: ‘la detumescencia del pene puede deberse al cese de la liberación de neurotransmisores a la interrupción de los segundos mensajeros por fosfodiesterasas o de Leer más