Por Christian Jiménez Kanahuaty
Antes de marcar una génesis o una idea relativa a la historia de los procesos políticos e institucionales —además de culturales—, que dan forma a la faceta anti intelectual en nuestras sociedades, quizá sea preciso establecer una líneas generales que funcionan como líneas de tensión entre lo que se puede llamar “tendencia” y “escenificación”, como si ambas formaran parte de una razón más que instrumental con capacidad suficiente como para desmontar un andamiaje que logró hacer del pensamiento una manera de resistencia ante los peligros y exabruptos del poder político y la demagogia de los medios de comunicación.
En ese sentido, está claro que uno de los factores modernos de la desvalorización de lo intelectual está ligado a las redes sociales en su manifestación de plataformas multimediáticas que marcan desde los “influencers” cierto estilo de vida, donde la riqueza y la notoriedad son relativamente inmediatos. Y si bien es verdad que hay influencers que construyen un discurso sofisticado sobre ciertos temas que van desde la literatura hasta la astrofísica, también es cierto que la mayoría glosa videojuegos, películas de súper héroes, tendencias en maquillaje, cocina vegana y ropa hecha de residuos. Hay poco para ser pensado o razonado en un mundo donde la información corre a cargo de apresurados 20 minutos de comunicación.
Esto claramente no es nuevo del todo porque ya hace décadas empezaron a surgir libros, videos, programas y películas que hacían las funciones de la divulgación científica. Tenían la labor de facilitar el camino para que los legos pudieran acceder a la comprensión de fenómenos como la gravedad, la balanza de pagos, la filosofía occidental o el estudio de religiones comparadas. Estos libros, sin embargo, gozaban de algo que hoy se ha perdido: datos, certezas, fórmulas y esquemas secuenciales donde el lector se enteraba de aquel conocimiento en un grado procesual, de menor a mayor complejidad.
Ahora todo se ha simplificado en aras de la comunicación. Llegar a un público cada vez más amplió asegura “likes”, “seguidores” y repercusiones que en canales como YouTube terminan monetizándose y generando ingresos para el influencer.
Esto no está del todo mal porque cada persona merece ganarse la vida de la mejor manera posible, pero si aquello va en desmedro de lo que la humanidad ha tardado siglos en construir, es que algo más está ocurriendo y los influencers no son del todo responsables, aunque sí sean un síntoma.
Entonces, tenemos que otro de los factores de la lucha contra el intelectual se encuentra en los medios tradicionales de comunicación: la prensa escrita y la radio. Uno pensaría que con el advenimiento del Internet y espacios como blog o páginas especializadas, el espacio para escribir podría ser inmenso y casi interminable, como una plantilla de word inagotable que recordaría en mucho el rollo de papel sobre el que Keruac escribió En el camino. Pero no es así. Los espacio en la web deben ser sostenidos y soportados por medio de la publicidad, y por medio de anuncios que nada tienen que ver con la información expuesta. Pero por otro lado, el periódico en formato físico sufre también su desgaste porque el mismo proceso editorial —en los periódicos—, no se ha transformado.
El modo en que se dan las noticias por escrito responde a un modelo de hace más de un siglo. Es seguro, confiable y responde a las cinco preguntas de siempre, pero por ello mismo es acartonado, aburrido y tedioso. Los lectores por tanto demandan que la información circule de otra manera y lo que se sentencia desde las reuniones de los periodistas y gerencia es que la noticia debe ser simplificada, achatada y de fácil acceso.
Hasta hace unas décadas había que tener cierto conocimiento para entender “el rumbo del acontecer mundial” —como sentenciaba una franja editorial de una radio en Bolivia—, y esto implicaba que las noticias estaban en desarrollo, y que también se podían verificar como conceptos en formación. La guerra, la hambruna, la devaluación del dólar, la caída de la Libra esterlina, la crisis de los misiles, el derrocamiento de Sadam Husein, todas ellas y otras noticias tenían una cronología que hacía que el lector, conforme pasaran los días, entendiera más y mejor del tema que leía. Así se formaba una opinión. Opinión que hoy, de existir, está mediada por el medio y el periodista que da la información, y esto por tanto trae como antecedente que la información ya está recortada por un proceso previo de selección de los datos que deben ser expuestos ante la audiencia.
Entonces, la ilusión del inmenso causal de información que podría exponer un medio de información se reduce en lugar de ampliarse, y cuando está en su forma escrita, corre el riesgo de estar sometido a dictámenes extra noticiosos.
Esto nos lleva a una última referencia: los lectores se acostumbran a un tipo de noticia episódica y desconectada de todo contexto, referencia histórica, conceptual e ideológica. En algún otro momento se trabajará sobre la dimensión ideológica de la información dentro del esquema de la desinformación que repercute en la lucha anti intelectual, mientras tanto, es simplemente necesario apuntar que cuando hablamos de ideología no hablamos sencillamente de la ideología del medio, sino de sus propietarios, distribuidores, redactores e investigadores y sólo después podremos pasar a la ideología de las audiencias. Pero al margen de esta experiencia sobrexpuesta de los intereses privados de generar noticias está la forma en que en realidad el tiempo real y concreto para acceder a las noticias ha quedado reducido. Las personas se quejan de que no tienen tiempo. De que los horarios de trabajo se han extendido después de la pandemia y el hogar se convirtió en una extensión de las oficinas y el teléfono inteligente ha roto la pared entre lo público y lo privado porque la mensajería instantánea reorganiza las tareas, agendas y reuniones. Todo el tiempo se está conectado y todo el tiempo uno está localizable y se cree que por ello, el tiempo laboral sigue corriendo y se pueden seguir resolviendo problemas desde el teléfono, la computadora o la tablet porque entre otras cosas, lo único que se necesita es conexión a la red de Internet. Esa es una parte del asunto. La otra corresponde al entretenimiento disponible en las aplicaciones de los teléfonos que van desde juegos de rol, video juegos, canales de cocina, salud, ejercicios y terminan en portales de películas y series de descarga gratuita. Entonces, el tiempo disponible se invierte en estas actividades de monitoreo de plataformas y entretenimiento.
Con estas dos cualidades en las que el tiempo se reduce ocupándose en actividades que tienen que ver con el deseo y satisfacción inmediata del consumidor es claro que los gerentes, propietarios y redactores de los medios de comunicación estén en lo cierto: las personas no tienen tiempo para leer las noticias y por tanto ellas deben simplificarse.
Por otra parte también los procesos de profesionalización se hacen cada vez más inmediatos y, por lo tanto, la investigación y sistematización de información requieren menos tiempo y elaboración. No se está aquí para desviar la atención y colocar de nuevo en el centro del debate los alcances, límites y contradicciones de la Inteligencia Artificial, que en sí misma requiere otro tratamiento, sino que antes de pensar en la Inteligencia Artificial hay que pensar en los procesos de acreditación internacional que deben ser planificados por todas las universidades para acceder a una escala global de medición de rendimientos y resultados, como si en lugar de ser centros del desarrollo del conocimiento, fuesen fábricas que sólo producen obreros capaces de desarrollarse al interior del mundo del trabajo intelectual y por lo tanto, inmaterial.
El trabajo es el último factor que hace que haya una lucha contra el mundo intelectual. El trabajo es construir, elaborar, edificar, hacer que exista algo donde antes no había nada. Pero se entiende al trabajo como algo material. Una computadora, un martillo, cien kilos de alambre de cobre, un metro lineal de cerámica, una docena de pantalones, son mercancías que se miden como acumulación de un trabajo organizador que tiene capacidad de ser medible en cuanto a tiempo y cantidad. En su lugar, el trabajo intelectual, genera materiales intangibles, ante todo ideas, luego conceptos y finalmente teorías. A muchos se nos olvida que ellas, para tener un espacio de recepción, deben ser publicadas en libros, revistas, folletos y panfletos. Estos cuatro elementos son resultados de procesos editoriales que fusionan tanto lo inmaterial con lo material, porque el libro, la revista, el folleto y el panfleto son publicaciones que provienen de una imprenta donde se conjuga tanto un saber técnico —el del imprentero—, con un saber administrativo —el dueño de la imprenta—; que da como resultado un objeto —el libro, la revista, el folleto, el panfleto—, que tiene un valor de cambio en el mercado.
Entonces, estos cuatro elementos son mercancías que juegan un rol al interior del comercio y el intercambio por dinero. Es decir, que el libro responde al precio del papel, el tiempo necesario invertido para elaborar desde 20 hasta mil o cincuenta mil ejemplares, las tintas, las placas de impresión, los salarios de los imprenteros, los medios de transporte que hacen llegar esos materiales a sus destinos (universidades, librerías, oficinas, instituciones, ongs), y diagramadores. Por tanto, en última instancia, el libro también es un objeto comercial que genera ganancia y beneficios económicos tanto a corto como largo plazo.
Pero todo este rodeo sobre el mercado del libro ilustra el modo en que el trabajo material e inmaterial se conjugan para formar un objeto de reconocido prestigio comercial. Pero indirectamente se reconoce que el tiempo de trabajo es largo y debe acortarse, entonces los libros, como objetos, también empiezan a uniformizarse. Todos los libros son casi del mismo tamaño lo cual optimiza el papel y la cartulina de las cubiertas. Todos tienen interiores a un solo color, lo cual abarata las tintas y todos parecen estar diseñados con la misma tipografía, lo que incide en el trabajo del diagramador. Al hacerlo un trabajo que en primera instancia es también producto de la imaginación, queda también reducido a lo mínimo necesario e indispensable para su legibilidad.
Si en el mercado del libro sucede esto, se puede extender la imagen para ver que el mismo proceso sucede en la tecnología de ensamblaje de computadoras, las fábricas automotrices, la confección de ropa, las piezas industriales para repuestos de aviones, trenes y teleféricos.
Esto que se ve como un hallazgo del modo capitalista de producción, también es un factor dentro del cual la información empieza a simplificarse porque ya no es tan necesario en algunos rubros la innovación. Aunque se reconozca que dentro del capitalismo cognitivo, la ciencia, la innovación y la tecnología serán los nuevos modelos sobre los cuales se supere la dependencia, el subdesarrollo, y se apunte a nuevos modelos de acumulación.
Es posible que aquí se encuentre el centro de la contradicción del afán anti intelectual, porque mientras los países desarrollados proponen que la ciencia y el desarrollo que parten de la innovación serán los motores del desarrollo y el nuevo sistema de acumulación de capital, también se desea simplificar la información. También se desea recortar los presupuestos para educación superior y el intercambio de saberes entre distintos centros educativos de ambos lados del planeta. Y también se busca la forma en que los libros de divulgación y todas las plataformas subsecuentes sustituyan paulatinamente al saber árido, riguroso y complicado.
Fácilmente se podría decir que la sociedad ingresó a una etapa en la que prima la noción de inmediatez. Mayores beneficios al menor tiempo posible. Esto desde las plataformas de entretenimiento parece ser un mandamiento. Pero las universidades también ingresan a esa dinámica por la demanda de los estudiantes que han dejado de ser estudiantes y ahora son compradores porque la privatización de la educación ha trasformado las relaciones de juego, y dentro de las universidades públicas también funciona este esquema porque el profesional tiene que gozar de un saber técnico antes que teórico. Pero sin saber la teoría que hace funcionar la técnica, la técnica más temprano que tarde resultará en un fracaso.
Así, estas facetas de un mismos sistema de relaciones parecen esbozar una forma en la que la complejidad está penada, donde el razonamiento paso a paso está limitado y donde los resultados no se miden por palabras como éxito o triunfo, sino como elaboración, experiencia, oportunidad y trabajo en equipo.
Ir contra lo intelectual significa romper la tradición humanista, que finalmente es la que hace que todos los modos de pensar, conocer y entender el mundo se puedan relacionar entre sí, entendiendo que las ciencias están separadas sólo por un afán disciplinar. Cuando lo primero que se dicta en las universidades es que los conocimientos en realidad están relacionados entre sí y acontecen en simultáneo. Y que es labor del intelectual dar cuenta de esas relaciones y del momento en que suceden para hacer entendible un fenómeno social, económico, arquitectónico o químico.
Cuando se va en contra del intelectual se va en contra de respuestas sofisticadas para problemas sofisticados. Simplificar un problema en beneficio de su entendimiento no es un favor que se hace al público, es un ataque equivocado que termina por hacer del problema algo mucho más grande. Pensar en soluciones es una labor que toma tiempo y que requiere experiencia y cotejo de información disponible. Cuando se desdeña la experiencia en procura de resultados inmediatos a bajo costo, tenemos periodos de crisis al interior de los estados que luego afectarán al mercado global y a las relaciones salariales y educativas de la población mundial.
Por tanto, la lucha contra el intelectual no es una lucha contra las personas, los intelectuales con nombre y apellido, es en contra de un modelo de organización social, donde las ideas han generado resultados porque se ha demorado en arribar a ellas y han invertido recursos económicos para sostenerlas y fundamentarlas con datos, estadísticas y documentación. Este modelo genera miedo porque indaga en las contradicciones, sugiere preguntas e interroga relaciones de poder. Desmontar el mundo intelectual es volver ciega una sociedad que volverá a la caverna de Platón y verá sólo ilusiones que tomará como verdad, vivirá en un permanente retroceso a un estado de naturaleza, porque es altamente beneficioso para el poder económico y político que una sociedad tenga lo impresionable para pensar. Aquí ya no será como la lógica del Gran Hermano que Orwell ilustró en su novela 1984. aquí ocurre otra cosa. Porque ya no le interesa el control. Interesa la deshumanización. Esta es la penúltima fase de expansión del capital global que nos anunciaron los clásicos marxistas, pero también los nuevos teóricos de la economía tras la caída del Bloque soviético y la Guerra de Afganistán.
Deshumanizar significa apagar la creatividad, restar potencia a la innovación, ocultar las emociones, impedir la cooperación y que las ideas migren de un lugar al otro. Que adquieran nuevas formas en cada lugar geográfico donde se asienten respondiendo a sus propias condiciones sociales y culturales. Deshumanizar significa adormecer, oscurecer y deslegitimar lo que nos hace humanos. Sancionar la búsqueda de horizontes políticos y económicos que resuelvan las diversas crisis por las que atraviesa el planeta. Y así, también elaborar a poco otro enemigo. El enemigo es el que complejiza porque al hacerlo se aleja del pueblo, el enemigo es el que escribe en difícil porque no se hace entender, el enemigo es el que no dice “esto es así por esto”, porque sabe que todo obedece a muchos factores, el enemigo es el que demanda todo para ayer, porque de esa forma la investigación se hace en automático y al hacerlo se quitan elementos sustanciales, pero que hacen lento el proceso de sistematización de la información, y por último el enemigo es el que produce conocimiento sobre el presente, porque es mejor pensar el presente con viejas teorías, así cuando todo falle no será culpa del poder que siempre encontrará la manera de ganar de los errores del sistema financiero o sanitario.
Así, entonces, el rumbo anti intelectual es un rumbo sin retorno, pero que debe ser resistido. Ir por un mundo poco complejo no es la respuesta a la múltiple dependencia que sufren los estados, tampoco ofrece soluciones a largo plazo, porque hace que se depositen las esperanzas de cambio en cada político de turno que aparece para nuevas elecciones. Y sobre todo, desmonta instituciones y financiamientos de los cuales dependen millones de personas debido al flujo entre bienes y servicios que funcionan y orbitan alrededor de cada centro educativo, de investigación, de innovación y universitario. Además, establece un modo en que el conocimiento será temido, como en la Edad Media y será sancionado moral, ética, espiritual, y socialmente.
