Por Diego Medina
Yo deseaba un corazón capaz de luchar a través de todo el universo
Simone Weil
La capacidad de empatía es infinita, el corazón no tiene límites para extender su mano, su voz y su fraternidad a los oprimidos del mundo, ya sea que hablemos de las madres buscadoras, de los crímenes de odio o del genocidio en Gaza, nuestros corazones dividen el amor para multiplicarlo, porque la empatía, la solidaridad, la sed de justicia y la fraternidad en el fondo son expresiones del amor a la vida.
Podemos fingir que lo que sucede en Gaza no nos afecta, que no nos importa, pero en el fondo sabemos que sí, que cada que cae una bomba, que cada que una bala atraviesa la cabeza de un niño huérfano en Palestina, esa bala, esa bomba, también cae en nuestros corazones. No se trata de geopolítica, no se trata de comercio exterior, ni siquiera de modelos políticos, se trata de algo más elemental, la capacidad de empatía.
Hoy le escribo a usted, presidenta Claudia Sheinbaum, desde la modestia de mi habitación de alquiler, desde mi modesto corazón, porque cuando se le ha preguntado si romperá relaciones con Israel, usted se ha limitado a seguir fórmulas políticas, a sacar la carta de la no intervención, a jugar el juego de la oscura neutralidad, pero quiero recordarle algo que ya sabe: neutralidad no significa indiferencia.
Uno de los mejores presidentes de México, el General Lázaro Cárdenas rompió relaciones con la España franquista, envió armas a la República Española y acogió a miles de españoles en nuestras tierras, sin mencionar los mexicanos que por cuenta propia viajaron para sumarse a las brigadas internacionales, cuando el resto de las naciones occidentales le dieron la espalda a la democracia. Incluso cuando Estados Unidos normalizó sus relaciones con Franco, México no cambió su postura y sólo reanudó sus relaciones con la hermana España tras la muerte del odioso caudillo. ¿Entonces por qué la resistencia a romper relaciones con, y hay que decirlo con todas sus letras, el estado genocida de Israel?
Señora presidenta, como sucede con todos los políticos, si estas palabras llegan a sus ojos, a sus oídos, si alguien las llegase a comentar por descuido en un desayuno en Palacio Nacional o en una de sus tantas giras en la República, tal vez se limite a arquear una ceja, formular una respuesta cortés y dar por zanjado el tema, sin que su postura cambie. Creo en las razones que le expongo, pero no creo en milagros, sé que por encima de todas las cosas usted es una política. Aunque tal vez crea en su corazón, el mismo que insiste en que el gobierno español se disculpe por las atrocidades de la Conquista, por eso es necesario preguntar ¿acaso las atrocidades en Gaza son diferentes? Sí, y son mucho peores, porque nadie está haciendo nada para que se detenga esta masacre.
Presidenta, ¿no soñó usted alguna vez con cambiar el mundo? ¿no cree que romper relaciones con Israel y sumarse así a otras naciones progresistas como Colombia o Chile es el papel que debe desempeñar México de acuerdo a su tradición pacifista? ¿su corazón puede ignorar la destrucción, el bloqueo, la hambruna, el despojo y el apartheid en Gaza y Cisjordania? Presidenta, hay momentos en la historia, momentos críticos, en los que los políticos tienen que actuar como personas y no como políticos. Esta carta apela a que deje en alto el nombre de nuestro país como el de una nación que no guarda silencio ante el genocidio.
Le hablo a la joven estudiante cuyo activismo luchó por el derecho a la educación universitaria, le hablo a la ambientalista, a la científica, a la militante de izquierda, a usted que habla de humanismo mexicano, ¿su corazón ya se ha convertido en corazón de política? Por favor, por la historia que nos observa y nos juzgará, por los niños de Gaza, por los exiliados que acogió México, por los indígenas y homosexuales (ambos grupos de los que formo parte), por los pobres, por los explotados, por los desaparecidos, por las violadas, por los muertos y los que morirán en las próximas horas y días, rompa relaciones con Israel.
A mis compatriotas y a los ciudadanos del mundo que lleguen a leerme, por favor no cesen en sus gritos, no decaigan sus ánimos, alcen la voz, canten canciones, escriban poemas, griten en los estadios, griten en sus graduaciones, griten en las ceremonias, en la cena familiar, en las aulas, en las reuniones de vecinos, en las redes sociales, en los restaurantes, en los elevadores, en el transporte público, en las calles, griten, griten, griten, para que se contagie la indignación, para que se contagie la empatía, para que se contagie la verdad: lo que está pasando en Gaza es un GENOCIDIO. Nuestros corazones son tal vez la única arma que tenemos en contra de la barbarie, la empatía es inagotable, la fraternidad que nos une, nos une porque todavía somos humanos.
Griten: ¡Palestina será libre!
