EL IECM promueve proyectos de Supermarket

Por Alonso Mancilla

Hay muchas formas de hacer proyectos sociales, sin embargo, lo que pretende hacer el Instituto Electoral de la Ciudad de México es llevar todas esas ideas, nacidas de un verdadero interés social por transformar el entorno, a los súpermercados; y así, los inversionistas podrán asistir a “dichas tiendas” para comprar proyectos. No obstante, cuando se acude a esta clase de eventos, la gente, los ciudadanos, se olvidan de los contextos concretos y particulares de cada comunidad, calle, colonia, alcaldía o estado, que reclaman una verdadera participación para la transformación social.

Lo que deberían hacer estos órganos “autónomos” es promover la participación social y ayudar a que los ciudadanos tomen sus propias decisiones, pues lo que están promoviendo instituciones como ésta no es otra cosa que la ignorancia, en vez de saber cómo funciona la realidad para la posterior resolución de problemáticas sociales.

Lo que realmente trata de hacer esta gente planteando un taller de prototipos es eliminar el diálogo entre ciudadanos que piensan distinto; además, promueve la desigualdad política por medio de lo económico, indignificando, así, al ser humano y lo político, ya que al eliminar el conflicto es como se clausura el diálogo y la lucha por la dignificación humana del buen vivir.

El autoritarismo de los gobiernos en México ha hecho que los ciudadanos perdieran la confianza en los métodos de ejercer el poder, ahora, no saben cómo practicar nuevas formas de participación ciudadana directa, pues los tiempos en los que vivimos, tan acelerados, donde “time is money” más que nunca, en los que la amistad, el sexo y la política dura lo que dura comerse una hamburguesa con una coca-cola en McDonals, tan sólo para cumplir con la satisfacción individual y del momento, plantean un escenario de  pensamiento a corto plazo, así como lo hace el IECM reaccionando al último “desafío”, en vez de crear un modelo complejo de participación para la sociedad en general.

Como no podría ser de otra manera, la política, igual que todos los asuntos de la vida, está atravesada por el neoliberalismo y por su falsa promesa de adelgazar al Estado para promover la libre competencia en el mercado, nada más alejado de la realidad, pues en ausencia de Estado, desde intereses particulares, como diría Chomsky, se promueve la idea entre la población de que el Estado es el problema, se reduce entonces su campo de acción, como consecuencia, “su espacio es ocupado por el poder privado, y la tiranía de las grandes entidades resulta cada vez mayor”.

Este viraje de participación social que promueve el IECM no es sólo hacia privilegiar a la derecha, antes bien, debe entenderse como un reajuste estructural de las élites económicas, en el que las carencias de la mayoría se convierte en el gran nuevo botín para el poder empresarial ―burgués―; la gran derrota del presidente López Obrador, ya que éste ―por su ideología― no puede controlar ese órgano autónomo. Sin embargo, no debemos confundirnos entre Estados nacionales, como los representados por el “Tío Mc Pato” y el “Señor del Fuego” que promueven discursos xenófobos y misóginos como bandera de nacionalismo, para ―afirma Chomsky― mantener un estado ficticio de libertad; y aquellos donde si el enemigo es el Estado ―como creo ocurre con López Obrador―, la burguesía querrá hacerse del poder político, o sea que ―prosigue Chomsky―, si el enemigo es el Estado, los fascistas de cualquier espectro político prometen devolver el poder al pueblo mediante la adecuación de ciertas políticas basadas en los prejuicios y la ignorancia de la gente, a la vez que mantienen intacto el poder real, es decir, el poder económico, como pretende hacerlo el IECM.

Así pues, esta relación entre el IECM y la burguesía no podría entenderse sin la participación intelectual ―ideológica― del Tecnológico de Monterrey, ya que, por medio de esta institución, promueven la falsa promesa de hacer partícipe a los ciudadanos a través de políticas como el “Laboratorio de Proyectos Ciudadanos: Emprende tu Colonia”, que no fue otra cosa que crear productos para ser vendidos en “el Wal-Mart”.

El IECM (http://www.iecm.mx/instituto/que-hacemos/) es el órgano encargado de “organizar procedimientos de participación ciudadana”, que trabaja en la “construcción de una ciudadanía más democrática y participativa”, así como de realizar “actividades de formación ciudadana”, según los objetivos de su página. Este organismo “autónomo” que no es controlado por el gobierno mexicano ni por su sistema de partidos, sin duda, en él sí pudo la burguesía hacerse de ese control, ya que, en el afán de construir ciudadanía, tiene una alianza con el Tecnológico de Monterrey, promoviendo así ciudadanos de “vanguardia”.

Este proyecto de ideología burguesa que duró toda la última semana de junio de este año, tuvo como uno de su coordinadores a David Gómez Abad, profesor del Tec de Monterrey, quién en la esencia de su pedagogía tiene la base del autoritarismo ya que, en vez de usar el debate de las ideas y el diálogo, utilizaba el miedo para direccionar los proyectos. Pues de lo que se trataba, según él, era de ir a las comunidades concretas y darle a la gente una “pequeña prueba” del proyecto para validarlo ―al más puro estilo de los estudios de mercado previos al lanzamiento de un nuevo producto―. Como si fuese la combi de alguna empresa que llega a las prepas y te hace una encuesta probando papitas que aún no salen a la venta, para saber si las compraríamos o no, el objetivo del proyecto era obtener la validación de la comunidad sin realmente echar a andar proyectos concretos, entregar algo real y tangible a las comunidades. Pero eso no es todo, en esta lógica, lo que obviamente está detrás es un pensamiento que no mira en los habitantes de las comunidades sujetos capaces de pensar y hallar soluciones a sus problemas, son sólo un mercado en donde generar necesidades y hacer crecer la demanda. La validación no era otra cosa que un video que esperaban utilizar para dar constancia de resultados al final del laboratorio en un evento protocolario que permite justificar presupuesto, una especie de montaje, por más que se negara.   

El problema de este tipo de “laboratorios” es que, al mismo tiempo que se hacen prototipos de proyectos sociales de esta índole, también se va forjando un tipo de ciudadano nuevo: el que está inmerso en el mercado. Así pues, el ciudadano se va naturalizando en mercado; como si fuese un pez en el agua que se mueve sin problemas, sin saber que está nadando, comiendo, viviendo y reproduciéndose. El individuo, al no controlar su ecosistema, específicamente el mercado, se adapta de manera natural, es decir, “el hombre necesitará estar dotado, como lo están los peces, de las cualidades y las facultades necesarias para poder sobrevivir en el interior de su hábitat natural: el mercado” (Roitman, 2006: 97).

Hoy sucede que el Estado y la política han sido infectados por el capitalismo. Como dice Adam Smith, “el interés del comerciante consiste siempre en ampliar el mercado y restringir la competencia” (Smith, 1981: 240); de esta manera, la política es un mercado más para el capitalismo, pues los candidatos a cualquier puesto de gobierno o del congreso actúan a la manera de comerciantes y amplían su mercado con electores a través de sus artimañas, pero, principalmente, bien financiados, restringen la competencia con otros candidatos. Así pues, los ciudadanos o, mejor dicho, los consumidores, se atienen exclusivamente a sus propias necesidades, apetencias o caprichos, es decir, a ser libres de consumir —hasta que su limitado salario mínimo se los conceda—; “verdaderos soberanos” que exigen ser complacidos.

Por lo que, tanto el IECM como el Tec de Monterrey hoy saben que la política es un mercado más, en el que hay que ofrecerle qué va a comprar al ciudadano ―que ahora son más bien consumidores―. Como si llegaran al Supermarket, se pararán al frente de un pasillo que recorrerán observando detenidamente toda una gama de prototipos de proyectos sociales ―pero sin gluten, por favor― para elegir el que más se les antoje para su comunidad, no importando los contextos concretos de cada sociedad particular, pues lo que importa es promover la “participación” ciudadana. Hay que justificar el presupuesto, aunque se trate de un proceso de “macdonalización”, diría Atilio Borón.

Por consiguiente, a partir de la promoción de un tipo particular de participación ciudadana lanzada e impuesta por la burguesía a través de órganos supuestamente autónomos como el IECM, se va creando un tipo de ciudadano que le da identidad a la nación, es decir, “esta creciente homogenización cultural ha sido un instrumento poderosísimo para la creación de un sentido común neoliberal que exalta las oportunidades que ofrece el mercado” (Borón, 1999: 142).

Por otra parte, en la modernidad —o lo que algunos han llamado la posmodernidad, puesto que ahora el ciudadano no vive en el proceso de producción “fordista[1]”, sino en la “macdonalización”, en donde todos los procesos de la vida y de convivencia son a manera de la “fast food”—, o mejor aún y para no entrar en controversias, digamos que el neoliberalismo en la actualidad ha entrado en nuestro hogar, por lo que estamos viviendo una neoliberalización ciudadana. Lo que significa un periodo de globalización en donde los agentes internacionales de “desarrollo” y financieras como la OCDE, el FMI y el BM, promueven un conjunto de reformas estructurales a países subdesarrollados, pero la principal política que ejercen es la colonización del pensamiento ciudadano a la más pura manera imperialista, como nuestra gran institución de imparcialidad y transparencia de participación ciudadana, el IECM.

Así pues, estamos ante un problema fundamental, un nuevo nivel de gobierno cuya característica principal es su forma supranacional, es decir, está por encima de los Estados nacionales; en consecuencia, la ciudadanía ya no se hace a imagen y semejanza de su Estado, sino a lo que está por encima de él. Esto tiene repercusiones radicales, ya que los derechos políticos, aunque permanecen, su alcance es restringido “por las regulaciones que el mercado toma de la regulación directa que ejercen las agencias estatales, y el juicio del mercado pesa en la conducta de los Estados; mientras que los derechos sociales de la ciudadanía (allí donde existen) son apartados como una provisión que a través del mercado reemplaza las prestaciones directas o indirectas de los Estados” (Hindess, 2002: 131).

Por consiguiente, el IECM se convierte en un organismo supranacional, el cual no favorece o, mejor dicho, no está al servicio de las y los ciudadanos mexicanos, sino que está en favor de los intereses particulares, principalmente internacionales, es decir, el IECM, garante de derechos políticos, pasó a ser garante del mercado capitalista y estaríamos hablando de una reconfiguración argumental del nacimiento del Instituto Electoral como necesidad del mercado, ya no como necesidad del ciudadano.

Pareciera que nos enfrentamos a un desilusionante escenario, en el cual no se vislumbra una pequeña llama de esperanza, sin embargo, esto no es del todo cierto, pues es la oportunidad perfecta para la verdadera autoorganización social, en la que podemos hacer uso eficiente de nuestros recursos locales, como la recuperación de espacios abandonados para desarrollar proyectos tales como huertos o zonas deportivas con el fin de arrebatárselas a la delincuencia, incluso podríamos ir más allá, como lo hizo el EZLN o la formación de grupos de autodefensas, específicamente en Guerrero.

Más allá de ser una crítica ―que lo es― al IECM por su política neoliberal de participación ciudadana o, mejor dicho, su programa de creación de un nuevo ciudadano/a neoliberal, este artículo es para posicionarnos frente al hecho global de la neoliberalización de todos los espacios de la vida humana, ya que en el cierre de ese “magno” evento, en el cual se juntó la élite del IECM con la del Tec de Monterrey, no pudimos dejar pasar la oportunidad de hacer visible nuestro repudio a estas micro-políticas neoliberales enfrente de sus propias herramientas de mercado, la prensa institucional y sus canales de TV online, manifestándonos así: no realizamos una prueba en la comunidad porque consideramos que los proyectos sociales realmente no responden a la lógica del mercado donde se necesita hacer una prueba previa para verificar la aceptación y la viabilidad del proyecto en el público, al contrario, nosotros creemos que los proyectos sociales responde a problemáticas previamente identificadas y la mejor manera de mostrar la viabilidad y evaluarlos es llevándolos a cabo.

En suma, de lo que se trata es de entender que los proyectos sociales no son productos estandarizables que se pueden encontrar en el Supermarket, luego de haber sido “validados” previamente por ciudadanos de otros contextos específicos. Ante todo, son proyectos que responden a situaciones concretas de cada comunidad ―la cual no sólo es un lugar en el mapa, sino una articulación compleja entre espacio e individuos―, que dan solución al debate mismo con la realidad en que se encuentran, por medio de un diagnóstico generado desde la participación ciudadana, es decir, que desde los problemas sociales mismos, en el seno de la comunidad, se va generando la propia participación y no al contrario: porque me gustó un producto, digo, un proyecto del Walt-mart, perdón, del IECM, voy, elijo y lo trato de poner en marcha aunque no le dé solución a los problemas sociales concretos ―pero se ve bonito―.

[1] Es un modelo de producción que resulta rentable siempre que el producto pueda venderse a un precio relativamente bajo en relación a los salarios promedio, generalmente en una economía desarrollada. Se caracteriza por el aumento de la división del trabajo; profundización del control de los tiempos productivos del obrero (vinculación tiempo/ejecución); reducción de costos y aumento de la circulación de la mercancía (expansión interclasista de mercado) e interés en el aumento del poder adquisitivo de los asalariados (clases subalternas a la élite); políticas de acuerdo entre obreros organizados (sindicato) y el capitalista; y por la producción en serie. Esto le brindaba un respaldo frente a la opresión capitalista, ya que el modelo maduró bajo el esquema económico del keynesianismo (Estado de bienestar) lo que promovió un protagonismo histórico de las clases subordinadas y el amarre del capital a consideraciones sociales y de clase. Influido todo esto por el ascenso de los socialismos reales y el miedo a su expansión global por parte del liberalismo capitalista.

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