La democracia bajo la mirada de Nayib Bukele y Javier Milei

Por Jorge Yáñez Lagos[1]

 

«Quien salva un lobo, sacrifica a las ovejas» (Javier Milei parafraseando a Nayib Bukele).

 

En el contexto latinoamericano, se suele mencionar una primera ola populista con marcados rasgos antiimperialistas y acentuados en la promoción de la industria local a los gobiernos de Juan Domingo Perón (Argentina), Getúlio Vargas (Brasil), José Velasco Alvarado (Perú) o Lázaro Cárdenas (México). Una segunda ola populista latinoamericana fue asociada en la década de los noventa a Carlos Menem (Argentina), Alberto Fujimori (Perú) o Fernando Collor de Mello (Brasil). Una tercera ola se identificó en los mandatos de Hugo Chávez (Venezuela), Evo Morales (Bolivia), Néstor Kirchner y Cristina Fernández (Argentina), Rafael Correa (Ecuador) y Fernando Lugo (Paraguay), conformando la llamada “ola rosa” del populismo latinoamericano extendida entre 1998 y 2012. Por otro lado, cabe recordar que, en Colombia la “larga crisis” relacionada con la guerrilla redundó en el ascenso de un carismático populista de derecha, Álvaro Uribe, quien gobernó entre 2002 y 2010 (Casullo, 2019).

En tales circunstancias, el populismo se concibe como un discurso, una ideología o una cosmovisión (Mudde y Rovira, 2018). Desde una perspectiva ideacional, Mudde y Rovira (2018) lo sitúan en el contexto de la democracia liberal. Teóricamente, para los autores, el populismo se contrapone esencialmente a la democracia liberal, pero no a la democracia per se o a otro modelo de democracia.

En este sentido, dentro de una eventual e incipiente nueva ola populista latinoamericana, el presente artículo centra su atención en el análisis de dos casos contemporáneos: Nayib Bukele (El Salvador) y Javier Milei (Argentina).

Ahora bien, parte importante de la literatura considera que el populismo es indeseable, o a lo menos, tensiona la democracia liberal, pluralista y representativa propia de Occidente. Sin embargo, pese a toda la falta de consenso académico sobre el populismo, Mudde y Rovira (2018) explican que existe un consenso generalizado sobre la inclusión de algún tipo de apelación al “pueblo” y una denuncia de “la elite” en cualquier tipo de populismo. Concretamente, desde el enfoque ideacional se define que:

 

el populismo como una ideología delgada, que considera a la sociedad dividida básicamente en dos campos homogéneos y antagónicos, el “pueblo puro” frente a la “élite corrupta”, y que sostiene que la política debe ser la expresión de la voluntad general (volonté générale) del pueblo. (Mudde y Rovira, 2018, p. 33)

 

El populismo como una “ideología delgada” hace referencia a que es insuficiente por sí misma para generar una propuesta política de gobierno. Para eso requiere combinarse con otros elementos ideológicos (como capitalismo o socialismo) para proyectar una identidad definida. En efecto, Mudde y Rovira (2018) detallan las diferencias entre las ideologías “gruesas” o “plenas” y una “ideología delgada”. En un sentido, una ideología “gruesa” o “plena” como el fascismo, el liberalismo y el socialismo constituyen un cuerpo de ideas normativas sobre la naturaleza humana y la sociedad. En cambio, las “ideologías delgadas” como el populismo poseen una morfología restringida, por lo cual siempre aparece acompañando a otros elementos ideológicos que son cruciales para la promoción del proyecto político.

Otro elemento cardinal en la definición de Mudde y Rovira (2018) corresponde a su carácter antagónico, puesto que el populismo es una narrativa que divide y moraliza el espectro político entre un pueblo virtuoso y una élite corrupta que ha secuestrado las instituciones en su propio beneficio. Desde esta lógica, el pueblo como elemento central del populismo también se constituye en una construcción discursiva porque depende de la palabra performativa del líder para su existencia antagonista (Casullo, 2019). En el fondo, como señalan Mudde y Rovira (2018), “el pueblo” como construcción se caracteriza por una gran elasticidad, por lo cual dependiendo del tipo de populismo (de derechas o de izquierdas) puede ser utilizado como soberano, como la gente común o como la nación. El pueblo como soberano es un recordatorio de que la fuente última del poder político en una democracia deriva de un cuerpo colectivo. El pueblo como “la gente común” es un concepto más amplio que combina el estatus socioeconómico con tradiciones culturales y valores populares específicos. El pueblo como comunidad nacional incluyen a los nativos de una nación, que en conjunto forman una comunidad con una vida en común.

Por añadidura, el populismo se confronta al marco de la democracia liberal logrando afectar el pluralismo. Por eso, Fareed Zakaria (1997) acentuó que por casi un siglo en Occidente la democracia ha sido un equivalente a la democracia liberal; vale decir, un sistema político caracterizado no sólo por elecciones libres y justas, sino por el respeto al Estado de derecho, la separación de los poderes del Estado y la protección de las libertades básicas de expresión, reunión, religión y propiedad. Sin embargo, Zakaria (1997) advierte sobre la “tiranía de la mayoría” relacionada con la tendencia de gobiernos democráticos en su creencia que tienen la soberanía y el poder absoluto.

No obstante, el populismo también depende del contexto sociopolítico y socioeconómico en el que aflore (Mudde y Rovira, 2018). Por ejemplo, en Perú durante la década de los ochenta, el fracaso desastroso en manejar un doble desafío como el colapso económico y la insurgencia político-militar produjo derrotas electorales consecutivas para Acción Popular y el APRA. De hecho, la campaña presidencial de 1990 se definió entre Mario Vargas Llosa, quien encabezó una fragmentada coalición anti-partidos, y Alberto Fujimori, quien compitió al margen y sobre la base de asuntos personalistas (Mainwaring y Scully, 1995). El caso peruano igualmente refleja dos variables esenciales para explicar el surgimiento del populismo: crisis económica y crisis política.

 

Nayib Bukele en El Salvador

 

De entrada, Nayib Bukele llegó al poder en 2019 por la Gran Alianza para la Unidad Nacional (GANA), obteniendo el 53% de los votos. Así, la llegada de Bukele a la presidencia terminó con el bipartidismo de la Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). Una vez que Bukele ascendió al poder tomó distancia del izquierdista FMLN como del derechista ARENA, ubicándose más allá de alguna tendencia ideológica (Delgado, 2021).

Inicialmente, Bukele captaba las preferencias ciudadanas atraídos por su juventud, comportamiento desenfadado y comunicación franca a través de redes sociales; y pese a sus inicios dentro de las filas del FMLN, él tomó distancia en el discurso y en la acción de los políticos tradicionales (Delgado, 2021). De acuerdo con Delgado (2021), debido a que Bukele fundó un movimiento que se propuso romper el bipartidismo vigente de ARENA-FMLN, su liderazgo personalizado en El Salvador logró aglutinar diferentes vertientes de la movilización ciudadana anti-establishment.

Desde luego, Bukele desafiaba a los poderes tradicionales a través de la etiqueta peyorativa de “los mismos de siempre”, ungiéndose como un “elegido” que persigue una causa en favor del “pueblo” (contra el crimen organizado y las maras). En concomitancia a esto, el discurso de Bukele encantó tanto a sectores sociales desfavorecidos, sindicatos, gremios, clase media, obrera y campesina, como intelectuales y empresarios, que manifestaban su descontento en contra de las prácticas de corrupción, el aumento de la delincuencia y el mal manejo de la economía (Delgado, 2021).

De manera simple, en Bukele se puede interpretar una denuncia a la élite entendida sobre la base del poder político, económico, cultural y mediático. He aquí el apelativo “los mismos de siempre”. Sobre esta base, se puede argüir desde Zakaria (1997) que los lideres políticos son conscientes que para triunfar deben unir a las masas en torno a una causa nacional.

Cabe destacar que previo al gobierno del Presidente Bukele (2019-2024), El Salvador se constituía en un caso paradigmático en materia de seguridad ciudadana. Por ejemplo, en 2015 dicho país mostraba una tasa de homicidios de 107 casos consumados por cada 100.000 habitantes, siendo la más alta a nivel global. Al momento de asumir el mandato presidencial, Nayib Bukele aplicó políticas de encarcelamiento masivo y consolidó el estado de excepción constitucional reduciendo drásticamente la tasa de homicidios (Dammert, 2023).

Hasta el momento, Nayib Bukele goza de una enorme popularidad y respaldo ciudadano. En particular, el Presidente Bukele también goza de gran popularidad en redes sociales, señalando que su carisma electoral se ha prolongado a la forma de gobernar, tanto que se le considera por su figura mediática como influencer (Delgado, 2021).

 

Javier Milei en Argentina

 

Argentina, históricamente ha tenido una economía inflacionaria. Después del Rodrigazo, la inflación superó el 100% y se situó por encima durante casi quince años, hasta desembocar en la hiperinflación de finales de los ochenta y principios de los noventa. Bajo tales circunstancias, los niveles de inflación de Argentina han evidenciado una tendencia creciente en las últimas dos décadas llegando a niveles en torno al 100% anual. De hecho, Argentina permaneció catorce de los últimos dieciséis años entre los diez países con mayor inflación del mundo (De la Vega, Zack y Calvo, 2022).

En ese contexto de severa crisis económica, el avance del populismo de derechas se ha visto reflejado con la incursión mediática del economista libertario Javier Milei desde 2015. En su discurso en televisión argentina, Milei usaba de manera peyorativa los términos de “casta”, “corporación” u “oligarquía” para referirse a los políticos como una minoría privilegiada y victimaria (Contreiras, 2023). En cierta manera, la crítica de Javier Milei a la “casta política” como indolente y completamente ajena a los problemas de la sociedad argentina se asocia a la denuncia contra la élite corrupta señalada por Casullo (2019), Mudde y Rovira (2018).

Milei criticaba la gestión económica del “macrismo” y el “kirchnerismo”. De esta forma, Abigail Contreiras (2023) señala por lo demás que en un contexto de fuerte descontento social con las dos principales coaliciones del sistema —Frente de Todos y Juntos por el Cambio—, Milei se diferenciaba de los partidos políticos tradicionales y canalizaba el enojo de la sociedad argentina con su dirigencia política. Por eso, en 2021, él funda el partido político La Libertad Avanza.

En esta misma línea argumentativa, el líder de La Libertad Avanza apela a una relación antagónica entre el pueblo y la élite esencialmente en términos morales (Contreiras, 2023). En palabras simples, Contreiras (2023) señala que Milei propone “la construcción de una narrativa de crisis, el planteamiento de soluciones simplistas, el uso de lenguaje y vocabulario coloquial, un tono de voz apasionado o vehemente y una gestualidad expansiva que denote enojo y emociones semejantes” (p. 47). Por este motivo, desde lo interpretado por Casullo (2019), la narrativa de Milei igualmente se relaciona a la cuestión emocional como elemento central en la formación del lazo representacional populista. Por consiguiente, el carácter antagonista de la narrativa populista evoca una lucha épica contra un adversario que no solamente está equivocado, sino que es un traidor (Casullo, 2019).

Ahora bien, Milei no hablaba directamente del pueblo como una entidad en sí misma, pero si se refería a los “argentinos de bien” que son perjudicados por la “casta” o la “corporación política”. De este modo, Milei separa el campo político en dos identidades antagónicas con rasgos específicos (Contreiras, 2023).  En este punto, Milei responde a la noción de pueblo propia de los populismos de derechas. Según Casullo (2019), en los populismos de derechas el pueblo ya se define como una entidad completa que se encuentra amenazada por las élites político-culturales. En otras palabras, la idea de nación se fusiona con la idea de un pueblo ya constituido y amenazado por el de “afuera”.

 

Conclusiones

Hace varias décadas El Salvador y Argentina arrastraban severas crisis políticas y económicas. Por un lado, El Salvador ha arrastrado una grave crisis de seguridad pública (crisis política) previo al mandato presidencial de Bukele. En contraposición, Argentina ha sufrido una larga crisis económica anterior a la aparición mediática de Milei.

En los dos casos de populismo también se mostró el descontento con el sistema de partidos institucionalizado. Por ello, tanto Bukele como Milei apelaban directamente a las masas o a sus seguidores, actuando como “puntos focales” y sin necesitar intermediación partidista a fin de encabezar el gobierno. A fin de cuentas, Bukele y Milei fundaron sus respectivos partidos políticos. De esta manera, en ambos se consagran fuertes cuestionamientos a las élites de sus respectivos países. Asimismo, las crisis políticas y económicas en El Salvador y Argentina si bien poseían características disimiles, no obstante, se logra identificar en las narrativas populistas de Milei y Bukele una división en dos campos morales antagónicos, entre “ellos” y “nosotros”, entre la “casta política” y “los argentinos de bien”, entre “los mismos de siempre” y “el pueblo”.

Casullo (2019) concluye que las crisis políticas y económicas tienen una compleja relación en el ascenso del populismo. Cualquier tipo de populismo alcanza una masa crítica en momentos de descontento social en los cuales se percibía el rápido descenso de bienestar económico y la pérdida de legitimidad de los partidos políticos establecidos. En todo esto se fundamenta la naturaleza delgada del populismo y en su capacidad de maleabilidad (Mudde y Rovira, 2018).

En el contexto latinoamericano, Guillermo O´Donnell (1994) resaltó en la década de los noventa que “una profunda crisis social y económica es el terreno ideal para desatar las propensiones delegativas que puedan estar presentes en un determinado país” (p. 65). Para O´Donnell (1994), las crisis son incentivos para el surgimiento de la democracia delegativa.

Todo esto significa que, en la democracia delegativa la procedencia de gobiernos con procesos eleccionarios legítimos en algunos casos desembocaba en un poder presidencial unipersonal resultando en una curiosa mixtura de omnipotencia e impotencia presidencial; y, en consecuencia, ubicándose en un punto intermedio entre democracia y autoritarismo. Pese a esto, la democracia delegativa no es ajena a la tradición democrática, aunque es menos liberal que la democracia representativa. Mejor dicho, la democracia delegativa es fuertemente individualista porque concentra el mandato presidencial procedente legítimamente de la mayoría. En esta lógica, el Presidente es la encarnación y el principal custodio del interés nacional (O´Donnell, 1994).

En definitiva, más allá de las diferencias y de acuerdo con las particularidades de las crisis salvadoreña y argentina, las narrativas populistas de Bukele y Milei también contienen algunos elementos de democracia delegativa (O´Donnell, 1994) e iliberalismo (Zakaria, 1997), sin aún incorporar necesariamente una regresión de la democracia electoral.

 

 

Referencias 

 

Casullo, M. (2019). ¿Por qué funciona el populismo? El discurso que sabe construir explicaciones convincentes de un mundo en crisis. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores Argentina.

Contreiras, A. (2023). Nuevo populismo de derecha en Argentina: análisis del estilo político de Javier Milei (2021-2022) [Tesis de pregrado, Universidad Torcuato Di Tella].

Dammert, L. (2023). El “modelo Bukele” y los desafíos latinoamericanos. Nueva Sociedad, 308, noviembre-diciembre. Recuperado de https://nuso.org/articulo/308-modelo-bukele-desafioslatinoamericanos/.

De la Vega, P., Zack, G., & Calvo, J. (2022). Un análisis de los determinantes de la inflación en Argentina. Buenos Aires: Fundar.

Delgado, R. C. (2021). Tendencias autoritarias y redes sociales. Nayib Bukele en El Salvador: 2019-2021. Recuperado de https://congreso.amecip.com/downloads/ponenciaextenso/Cedillo_TendenciasAutoritariasYRedes_2021.pdf.

Mainwaring, S., & Scully, T. R. (1995). La institucionalización de los sistemas de partidos en América Latina. Revista de Ciencia Política, 17(1-2), 63-101.

Mudde, C., y Rovira, C. (2018). Populismo: una breve introducción. Madrid: Alianza Editorial.

O’Donnell, G. (1994). Delegative Democracy? Journal of Democracy, 5(1), 55-69. Recuperado de https://www.liderazgos-sxxi.com.ar/bibliografia/Democracia-delegativa_.pdf.

Zakaria, F. (1997). The Rise of Illiberal Democracy. Foreign Affairs, 76(6), 22-43.

 

 

 


[1] Sociólogo de la Universidad de Playa Ancha (UPLA) de Valparaíso, Chile. Diplomado en Desarrollo, Pobreza y Territorio de la Universidad Alberto Hurtado. Especialización en Análisis de Políticas Públicas de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL). Estudiante de Magíster en Ciencia Política de la Universidad de Chile. Cuenta con experiencia en el ámbito de las políticas públicas, relacionadas a la superación de la pobreza, prevención del consumo de alcohol y otras drogas, consultorías concernientes al sistema de educación universitaria y análisis de datos sobre seguridad ciudadana.

 

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