Que se aguanten los pobres, total, lo mejor que saben hacer es sufrir

Por Diego Medina

 

A su libre mercado, nuestra libre violencia

Malcolm X

 

Casi todos han hablado sobre la marcha contra la gentrificación, se ha dicho, por ejemplo, que las consignas contra la burguesía extranjera es xenofobia, se ha dicho también que México es un país abierto al mundo y se ha informado que hay 15 carpetas de investigación contra el bloque negro por su manifestación iconoclasta. ¿Qué podemos esperar de un sistema que privilegia la colonización —inversión extranjera— por encima de la reparación de los daños por la expulsión de los vecinos de la Ciudad de México?

 

Los críticos, intelectuales duros, opinadores simplones coinciden en que se trata de algo mucho más complejo que simplemente estar a favor o en contra de este fenómeno producto de la especulación, la corrupción y el capital salvaje. No es así, detrás de la apología de la burguesía internacional hay una retórica cansina, tramposa y leguleya, considero que es importante golpear la mesa y señalar estos argumentos hechos a la “por eso joven”.

 

Se habla de xenofobia, porque claro los inditos mexicanos tienen que rendir pleitesía a los gringos, perdón, expats, que trabajan aquí y no pagan impuestos, mientras disfrutan de las colonias con mejor calidad de vida, incluidos servicios de alumbrado, hospitales, escuelas, metro, ecobici, librerías, museos, seguridad, internet, los cuales se pagan con los impuestos de todos, incluidos los chilangos que viven al menos a 1 hora de la estación de metro más cercana.

 

Se habla de xenofobia y de discursos de odio desde la tribuna presidencial porque los chilangos ya estamos hasta la madre, no sólo del capital, sino de la cruzada cultural de esta colonización, en la que tiro por viaje un extranjero nos trata como subespecie susceptible de ser civilizada, en la que mal ven nuestro color de piel, nuestras lenguas —no sólo el español— y es que no sólo los menús están en inglés, sino que todavía hay gringos que tienen la audacia de reclamar que no nos esforzamos lo suficiente por aprenderlo. Una cruzada cultural de la hipocresía, a la que se ha sumado la presidenta, que un día sale a reprochar que una argentina trate mal a un policía, pero al siguiente se subordina a la política fronteriza de Donald Trump. Estamos hasta la madre de esta cruzada cultural de la burguesía que quiere reclamar nuestra ciudad porque nos considera inferiores, es decir, pobres.

 

Recordemos aquello que por fundamental a veces se nos olvida: tenemos derecho a la furia, la manifestación pacífica es un privilegio, más que eso, es una práctica que le resulta orgánica al estado porque los cambios que logra son estéticos, no estructurales. Los pobres, los desposeídos, los escupidos, los rotos, los expulsados, los marginados, los chilangos tenemos derechos a la violencia.

 

Se habla de xenofobia porque es menos peligroso que hablar del cartel inmobiliario, del Programa General de Ordenamiento Territorial, en el que Claudia Sheinbaum se alió con las inmobiliarias a través de la mano de Altagracia Gómez para venderles el bosque de Tlalpan, Tláhuac, Milpa Alta, Magdalena Contreras, Xochimilco y Álvaro Obregón y que se frustró gracias a la determinación de los vecinos de Xochimilco y Magdalena Contreras —principalmente—, se habla de xenofobia porque hablar de las tranzas de la 4T es antipaís.

 

Se abren carpetas de investigación contra el bloque negro porque “esas no son las formas”, cuando el bloque negro ha contribuido más a la democracia de la Ciudad de México en los últimos 20 años que cualquier partido político; estuvo cuando el fraude de 2006, estuvo cuando Calderón, cuando Monex, cuando Ayotzinapa, cada 2 de octubre, cuando Sheinbaum se niega a romper relaciones con Israhell, y seguirá estando cuando la contingencia lo amerita, incluso después de Sheinbaum, de la burguesía internacional y del cartel inmobiliario.

 

Se habla de xenofobia, es cierto, en México hay mucha xenofobia, la más cruel en contra de los migrantes pobres, que mueren calcinados en albergues, explotados por el narco, mutilados por la bestia, perseguidos sus defensores como fue el caso de doña Concepción García que fue acusada por el calderonato de trata de personas por el gravísimo delito de alimentar a los centroamericanos que bajaban del tren en busca de pan y agua. Sí, México es profundamente racista, pero sólo con los pobres.

 

Se habla en redes de “resentidos sociales”, pero dudo que aquellos que comentan la susodicha frase se hayan detenido a analizar el peso de esas palabras, ¡claro que estamos resentidos!, pero no queremos venganza, queremos justicia. Que los gringos paguen, que se lleve a los tribunales a los corruptos, que se rindan cuentas, que las inmobiliarias saquen sus manos de las reservas naturales protegidas, que se invierta en infraestructura, que se repare el daño de la expulsión, que se reconstruyan los edificios dañados por los sismos, que se deporte a quienes no respeten a los nativos, que haya sueldos más justos, que haya vivienda social, vivienda para las trans, para los indígenas, para los repartidores, para los que menos tienen, que la jornada laboral de 40 horas sea ley y no una concesión lastimera de los empleadores. Y si no, que se atengan a las consecuencias.

 

La presidenta habla de xenofobia, pero no habla de los expulsados, no habla de Pantitlán a las 7 de la mañana o a las 10 de la noche en época de lluvias, no habla de los obreros que hacen 5 horas de viaje todos los días para ganar el mínimo, no habla de la falta de servicios, de la falta de medicamentos en los hospitales, de la mirada de desprecio del werito que sabe que con dinero baila el perro. La presidenta habla de xenofobia porque hay que quedar bien con la burguesía internacional, porque al fin y al cabo los pobres pueden aguantarse, total, lo que mejor saben hacer es sufrir.

 

P.S. Y sí, ser extranjero no es sinónimo de ser un hijo de puta, lo que sí es ser hijo de puta es centrar la discusión en la xenofobia y no en los desplazados.

 

 

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