“Evocación”

Fideos con mantequilla inspirados en Papá Goriot novela de Honore de Balzac

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

En la pensión Vauquer se sirve sopa, a menudo hecha de sobras; la carne está recalentada, casi siempre dura, rara vez se presenta en guiso con nabos; los repollos cocidos nunca especiados, ni siquiera una pizca de sal; el corte del pan que es del día anterior resulta parco; el queso deja de ser un placer para convertirse en porciones amargas; por vino, el vaso opaco se llena de una bebida aguada que solo sella la boca.  

 

Día tras día, los pensionistas se sientan a la mesa a probar ese menú repetido, que no alimenta, tan solo llena el vacío de las historias miserables que cada uno habita. Rastignac y su deseo de ascender socialmente; Vautrin un criminal visionario; Mademoiselle Michonneau, sin estatus, ni familia, ni poder, dependiente de la pensión o de la policía; Poiret, un viejo burócrata jubilado, ridículo y gris; madame Vauquer, la dueña de la pensión, vulgar e interesada en el dinero; la señorita Victorine, un modelo de virtud que se consume en el ahogo. La comida es el reflejo de sus vidas descoloridas que se mueven entre la falsedad y lo descompuesto de una sociedad que alardea moralidad.

 

El comedor es un lugar oscuro y encerrado que Balzac describe de la siguiente forma:

“[…]Huele a encerrado, a moho, a rancio; produce frío, es húmeda, penetra los vestidos; posee el sabor de una habitación en la que se ha comido; apesta a servicio, a hospicio. Quizá podría describirse si se inventara un procedimiento para evaluar las cantidades elementales y nauseabundas que en ella arrojan las atmósferas catarrales y sui generis de cada huésped, joven o anciano[…]”

 

En una de las paredes del salón se observa un cuadro que corresponde al banquete dado al hijo de Ulises por Calipso. Un contraste irónico del esplendor de ese convite que evoca abundancia, placeLeer más

“Baba au rhum para Emma”

Un dulce inspirado en Madame Bovary

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Normandía francesa, 1850. Madame Bovary avanza por los amplios salones de la nobleza. Su deleite salta del tapiz de terciopelo que cubre el piso a las cortinas ribeteadas con encajes que se mecen al siseo del viento que entra de los campos verdes y ondulados. Los resplandores de las llamas de los inmensos candelabros que cuelgan en las paredes se proyectan en lo tazones de plata, alineados sobre la mesa junto a la vajilla dorada. Los criados de traje inmaculado sirven comidas ostentosas como la de aquel banquete en el castillo de Vaubyessard:

 

“…muchos vinos de España, del Rin, sopas de cangrejos y de leche de almendras, pudín de Trafalgar y toda clase de carnes frías con gelatinas” Emma, nos cuenta Flaubert, se sintió “envuelta por un aire cálido, mezcla de perfume de flores y de buena ropa blanca, del aroma de las viandas.”  Está tan entretenida con toda esa magnificencia que ni siquiera el súbito recuerdo de su niñez en la granja desnatando la leche puede ensombrecer el brillo de sus aspiraciones. Su más íntimo deseo es ser dueña de una vida esplendorosa.

 

Después, la veremos en su casa en Yonville. El espacio de la sala es sencillo como la comida que se sirve: una sopa de cebollas, puré de verduras, ternera con asaderas. Emma está hastiada de esa vida y de esas comidas. La rutina de la vida doméstica la atormenta. Su corazón está embebido de la riqueza que observa en las fiestas de los palacios burgueses, de los manjares, de los perfumes costosos que emanan de los trajes de frac y los amplios faldones. Es a ese mundo al que ella anhela pertenecer. Al no poder, desahoga su enojo con esa criada que llora en un rincón de la casa rural.

 

Emma se alimenta de novelas románticas que la llevan a idealizar la fortuna, la belleza, por supuesto, el amor. Todo comenzó durante su tiempo en el convento. Devoraba los libros que a escondidas llevaba una solterona encargada de reparar la ropa. Así, sus tareas religiosas se llenaron de historias de lenguajes apasionados, de juramentos, de tragedias. Pero siempre el lujo rugiendo como un león. También ese sueño fue fusionado por los sermones que repetían la gloria de un matrimonio eterno. Dice Flaubert que el alma de Emma estuvo, durante cuatro largos años, suscitada de dulzuras inesperadas.

 

Entonces, esa idea de amor celestial y vida ostentosa fue la que ella plasmó en su pastel de bodas: “primeramente en la base, había un cuadrado de cartón azul que figuraba un templo con pórticos, columnatas y estatuillas de estuco todo alrededor, en hornacinas consteladas de estrellas de papel dorado; después, en el segundo piso, se erguía un torreón en bizcocho de Saboya, rodeado de pequeñas fortificaciones de angélica, almendras, uvas pasas, cuarterones de naranjas; y, finalmente, en la plataforma superior, que era una pradera verde donde había rocas con lagos de confituras y barcos de cáscaras de avellanas, se veía un Amorcillo balanceándose en un columpio de chocolate, cuyos dos postes terminaban en dos capullos naturales, a modo de bolas, en la punta.”

 

Para Emma la riqueza es distinguida como la nata, y el amor principesco es empalagoso como el dulce. Su pastel simboliza un santuario al amor y a la fortuna. Entonces los cuarenta y tres invitados a la boda contemplarán un bizcocho de columnas en crema que se encumbran en mitad de un césped azucarado, rodeado de un gran lago de confituras; en la cima cupidos y tortolitos que se columpian y, en cada espacio, frutillas y almendras. El diseño es pomposo, pero falso como el cartón que lo sostiene. El dulce, según Flaubert, en madame Bovary es la metáfora de un amor sublime y la elevada riqueza que ella busca, pero que nunca llegará.

 

El banquete de bodas también refleja esa peligrosidad de lo falso. Más que las cantidades exageradas es la disposición de un menú grotesco para el gusto de ella: La mesa estaba puesta bajo el cobertizo de los carros. Había cuatro solomillos, seis pollos en pepitoria, ternera guisada, tres piernas de cordero y, en el centro, un hermoso lechón asado rodeado de cuatro morcillas con acederas. En las esquinas estaban dispuestas botellas de aguardiente. La sidra dulce embotellada rebosaba su espuma espesa alrededor de los tapones y todos los vasos estaban ya llenos de vino hasta el borde. Grandes fuentes de natillas amarillas, que se movían solas al menor choque de la mesa, presentaban, dibujadas sobre su superficie lisa, las iniciales de los nuevos esposos en arabescos de finos rasgos.”

 

Familiares, vecinos, todo un entorno rural sentados durante más de 16 horas a la mesa disfrutando las viandas, hablan de asuntos de campo, comen haciendo ruidos exagerados, beben sin descanso. Y eso es ordinario hasta el odio para lo que Emma considera una aventura de pasiones magníficas que, por supuesto, no están presentes en Yonville.

 

Emma se ha casado con Charles Bovary, un médico, quien busca compañía tras quedar viudo. Su personalidad no ocupa mayores ambiciones más allá de atender pacientes humildes en pueblos y tener a su lado una esposa bonita y una hija considerada. Esa idea se proyecta en su dieta: sopa, pan y queso. Él come por necesidad, por eso no se queja ni cuestiona lo que le sirven a la mesa. Tampoco se asombra con platos extraordinarios como los que sirvieron en el castillo Vaubyessard.

 

La comida es también un símbolo de la relación de Emma con sus amantes. Carnes, vinos y lujo con Rodolfo; dulces, confites y elegancia con León. Amores que no perduran, placeres que no la sacian. Tampoco la sacia su estatus maternal. Berthe ha nacido y Emma debe proveerle el alimento. Sin embargo, se rinde. No por falta de amor hacia su hija, es que ella desea tener todo el amor y la grandeza material a su disposición. Ocuparse de aquello que supone la maternidad la aleja de su propósito. Por eso delega el menester de amamantar a una nodriza.

 

La fantasía de madame Bovary está acompañada de licores y bebidas fuertes. Champaña y vino son sinónimo de lujo y amores idealizados, es lo que ella bebe en las fiestas y en los paseos con sus amantes. Té para la armonía y la calma, por eso ella lo bebe en grandes cantidades mientras sus caprichos son incontrolables. Licores con porcentajes altísimos de alcohol para menguar la desesperación de lo que le producen sus insatisfacciones y la suerte que le ha tocado. El licor es como el deleite apasionado que embriaga y luego le deja un vacío.

 

Si la correspondencia de Emma con la comida y el licor es intensamente alusiva a su sentir, lo es en particular su agrado por el dulce. En esta historia el azúcar se traduce en emociones tanto en la esfera pública como privada y la íntima. Ella consume frutillas almibaradas, postres y confituras como una extensión de sus deseos de amor y riqueza. Ese sabor dulce y suave le produce una sensación de satisfacción inmediata, contraria a lo que le genera su cotidianidad que le resulta aburrida.

 

Emma come postres como una niña, pero Flaubert no los detalla, lo que nos permite recrear uno tradicional de la época. Un baba au rhum llegado desde Polonia y acogido como suyo en Francia, exclusivo de los banquetes burgueses. Es un bizcocho esponjoso, muy refinado, bañado hasta embriagar en jarabe de ron. Es denso, perfumado, muy goloso como las aspiraciones de Emma. Cada bocado sugiere su deseo de amor y lujo en abundancia. La masa empapa todo el jarabe alicorado del mismo modo que Emma absorbe los excesos. Es un postre que, aunque con apariencia consistente, se deshace de inmediato al contacto con la boca, igual que sucede con los sueños de Emma.

 

El arsénico es retratado como un dulce por Flaubert. Las frustraciones y los excesos de Emma son evidentes en el último bocado que ella probará al final de sus días. Dice Flaubert, como si al ingerir arsénico le produjese un gusto dulce en la boca. Mientras espera el efecto, ella piensa: “¡Ah, es bien poca cosa, la muerte! -pensaba ella-; voy a dormirme y todo habrá terminado.”

 

La historia nos ha mostrado a una madame Bovary individualista y superficial quien desprecia incluso a su propia hija y a su familia por perseguir el ideal de una vida noble rodeada de lujos y amores de ensueño; luego, al no lograr sus deseos decide un final definitivo. Pero ¿Es realmente Emma una mujer cínica o, es la encarnación de la ironía de una época sin un fundamento moral?

 

La vida de Emma se desarrolló en un momento y en una sociedad conservadora y patriarcal marcada por el consumo material desmedido. Las decisiones de una mujer pesaban poco en relación con las de un hombre. Ella es educada para ser compañía, cuyas acciones deben estar centradas en la familia y el esposo. Luego, cualquier anhelo fuera de esos límites es desproporcional incluso, delictivo.

 

Pero, aunque con una personalidad figurada desde lo trivial, Emma nos ha mostrado que el espíritu de la mujer se teje de muchos más afanes que sobrepasan la vida en familia y la rutina doméstica. También, nos ha enseñado que está bien no resignarse a la suerte, que es importante cuestionarse y que el deber del hogar es, cuando menos, de dos. 

 

Charles es un esposo y padre ausente. Tal vez no en el sentido material porque procuró cumplir todos los caprichos de Emma; no abandonó a Berthe. Pero se nos muestra como un hombre distante emocionalmente con ambas. De un lado, no comprende lo que le sucede a Emma. De otro, no procura llenar el vacío que Emma ha dejado en la hija al retirar su vínculo materno. Cuando Emma muere, él no administra los últimos recursos dejando a la niña a su suerte, huérfana, sin alimento al cuidado de una tía sin recursos. Sin embargo, la memoria nos recuerda que fue Emma la desnaturalizada.

 

Madame Bovary puede ser muchas cosas, pero en estricto, es una crítica a la falsedad social definida, antes y ahora, por lujos, expectativas inalcanzables, miedo a la desaprobación que llevan a la frustración y al afán tanto a mujeres como a hombres. Madame Bovary empieza contándonos de Emma y termina, por qué no, con la historia de un farmacéutico que anhela el reconocimiento. “El farmacéutico se les unió en la plaza. No podía, por temperamento, separarse de la gente célebre. Por eso conjuró al señor Larivière que le hiciese el insigne honor de aceptar la invitación de almorzar.”  

 

Apresurado, Homais quien estuvo auxiliando a Emma, deja el cadáver que aún yace sobre la cama para mandar a buscar pichones, chuletas, nata y huevos, no para honrar el duelo sino para ofrecer una comida a Larivièr. Tampoco es cortesía hacia este, es su deseo de mostrarse fino porque ahora, comparte un motivo con un médico respetable.

 

Receta de Baba au rhum

 

Para la masa:

 

Ingredientes:

12 gramos de levadura fresca.

220 gramos de harina.

70 gramos de mantequilla blanda.

40 gramos de azúcar blanca granulada.

4 gramos de sal.

3 huevos grandes batidos.

 

Preparación:

En la batidora agregar la harina, la sal y un poco de huevo batido.

Mezclar ligeramente a velocidad baja.

Incorporar más huevo y aumentar la velocidad.

Añadir la levadura fresca desmenuzada.

Incorporar el resto de huevo batido hasta que la masa sea más homogénea.

Añadir el azúcar.

Agregar poco a poco la mantequilla muy blanda.

La masa estará lista cuando se separe de las paredes del tazón y tenga una textura elástica.

Disponer un tercio de masa en moldes para babas, previamente engrasados y enharinados.

Dejar reposar la masa en los moldes por mínimo dos horas.

Hornear a 180 °C durante 10-15 minutos hasta que estén doradas y al insertar un palillo, este salga limpio.

Embeber las babas calientes en el jarabe de ron tibio.

Dejarlas escurrir sobre una rejilla.

Decorar con rosetones de crema chantilly.

 

Para el jarabe de ron:

 

Ingredientes:

 gramos de ron añejo.

Litro y ½ de agua fresca.

500 gramos de azúcar.

 

Preparación:

Llevar a ebullición durante cinco minutos: el agua, el azúcar.

Dejar entibiar para agregar el ron.

 

Dispóngase a degustar un delicioso Baba au rhum. Cuando lleve la cucharita a su boca, cierre los ojos y deje que el dulzor alicorado inunde su boca como el recuerdo de alguna de esas fiestas enloquecidas.

 

 

 

[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.

 

 

 

“Especias, frutas, miel y vino”

Lo femenino es Cantar de los cantares

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

 

 

Pasiones tendríamos que pedirle a Dios si nos atreviéramos a pedirle alguna cosa, y Le Nôtre tenía mucha razón al pedirle al papa tentaciones en lugar de indulgencias.” Marquesa de Du Châtelet en su discurso de la felicidad.

 

Un poema erótico en todo el espectáculo de su naturaleza es El cantar de los cantares.  Aquí, la palabra se convierte en una exaltación a la sexualidad humana que, en tanto libre y verdadera resulta absolutamente exquisita. De tal modo que, la virtud es el disfrute de cuerpo y espíritu desde el respeto y la seguridad mutua. Al leer cada cántico, pareciera que se asiste a una liturgia del alma cuando de los cuerpos desnudos surge la más bella sinfonía capaz de detener al mundo.

 

En cantares a Dios no se le nombra, pero sabemos que su mirada se dilata entre líneas comola suavidad de la lluvia, cuando hace resonar sus acordes en la amplitud de la noche hasta hacerla dormir. Aunque toda la omnisciencia le pertenece a él, aún esa no es la razón ¿No es acaso cierto cuando los amantes aseguran que la fugacidad de ese momento de complacencia es el más sublime acercamiento a Dios?

 

Y ese ya es un acto de fe en la vida porque esta es primordialmente sexual. Por eso, como si fuese un impulso de la Ley divina El cantar de los cantares está situado en las escrituras cristianas entre Eclesiastés, una introspección sobre los propósitos de vida y el libro de la Sabiduría, una invitación a la justicia y la fe. Y sí, Dios es voyuerista, pero no como un perseguidor de un sexo considerado pagano sino como un ser que admira su propia creación.

 

Un hecho es comprobado. En el Nuevo Testamento, El cantar de los cantares es irrelevante. Quizás en alusión a la idea de que la sexualidad solo sirve para procrear hijos al servicio de la sociedad. Razón hay entonces que, más por decoro puritano que por apetito, los apóstoles hayan cuidado de no detener sus reflexiones en las debilidades de la carne.

 

Otro hecho es una conjetura declarada durante tiempos inmemoriales. Cantares obedece a un juicio que el mismo Salomón hizo sobre su distanciamiento con Dios. La culpa de la perversiónLeer más

“Indulgencia”

Pastel de calabaza inspirado en la novela El bebé de Rosemary de Iran Levy

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

“El bebé pateaba como un demonio”

 

Tiene ojos amarillos, casi dorados, cuencas en forma triangular, pupilas verticales. Su mirada infunde miedo, eso le hace reír. Observa vigilante los abismos de las almas golondrinas que habitan el mundo. Espera el minuto para azotarlas con su trueno devorador hasta dejarlas sumergidas en el mar de sus propias suciedades. Ahora, habita la atmósfera claustrofóbica de la casa Bramford. Sus vecinos son sus devotos.

 

Desde el centelleo de sus fogones como si se tratase de una liturgia sagrada dispone los ingredientes, afila presurosamente los cuchillos, rectifica sabores, se relame los dedos. Un vals estridente de medianoche avisa que la mesa está servida. Abre las puertas del gran salón, la luz de las lámparas ondea, los comensales se sientan. Cada cosa en su lugar. Su risa se retuerce entre los hilos del mantel. El Diablo no solo está vivo, es un exquisito gourmet y Rosemary, metáfora de la inocencia, su invitada especial.

Rosemary es una católica no practicante, solo quiere una familia. Guy, protestante, actor de teatro, busca desesperadamente un papel principal en Hollywood; para conseguirlo, hará lo que sea necesario. Por eso un apartamento en el esplendoroso edificio de estilo gótico, el Bramford.

 

Mientras ella espera en una casa de té a que su esposo traiga la respuesta del arrendador, pedirá bocadillos de pollo, su plato preferido. El pollo es un animal que reconforta, tiene poderes curativos. También es un animal muy frágil, puede morir de un ataque al corazón. El pollo, simboliza la inocencia como Rosemary. Más adelante, del pollo, lo único que ella comerá será su corazón crudo, ¿Acaso la muerte de esa inocencia?

 

Como señal de su presencia, el Diablo ofrecerá un bloody mary.  Pero ¡Si es un coctel de jugo de tomates, limón, vodka, picante! Sí, se dice que inspirado en la reina María I de Inglaterra, la sanguinaria, famosa por perseguir a los no practicantes del catolicismo. En cada sorbito que ella hLeer más

“Transfiguración”

Té helado con manzana, limonaria y miel inspirado en la novela El amante de Marguerite Durás

 

“Años después de la guerra, después de matrimonios, hijos, divorcios, libros, llegó a París con su mujer. La llamó por teléfono. Soy yo. Ella lo reconoció de inmediato por la voz. Él dijo: Sólo quería oír tu voz. Ella dijo: Soy yo, hola. Él estaba nervioso, asustado, como antes. Su voz tembló de repente. Y con el temblor, de repente, ella volvió a oír la voz de China. Él sabía que ella había empezado a escribir libros, había oído hablar de ello a través de su madre, a quien había vuelto a encontrar en Saigón. Y de su hermano menor, y había estado de luto por ella. Entonces no supo qué decir. Y entonces se lo dijo. Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte”.

(Fragmento El amante)

 

Ella y él. Una niña de 14 arrullada por el desastre que dejó la bancarrota de su madre, una viuda colonial; y un millonario de 26 comprometido en matrimonio por un pacto familiar. En esta historia bañada por las aguas del Mekong ninguno de los dos tiene nombre, solo son: ella y él / la niña y el chino / la pequeña blanca y el hombre de Cholen.

 

Esa falta de nombres no es negligencia. Él porque resulta ser el deseo insaciable del sufrimiento silencioso hallado por primera vez una tarde de jueves caminando por las calles de Sa Dec. Ella, la del vestido de seda natural, casi trasparente ajustado con un cinturón, la de tacones y sombrero de fieltro palo de rosa. Como esas prendas, nunca algo le perteneció: ni la inocencia, ni el bienestar, ni la determinación, ni las ganas de vivir; el amor, en su caso, es una condena que a muy temprana edad la convirtió en mujer, mitad agua, mitad cenizas.

 

En El amante de Marguerite Durás, cada palabra es una imagen herida fruto de las más profundas insatisfacciones de la protagonista. Su carácter está tejido por la violencia, la corrupción, la vergüenza, los prejuicios sociales. Pero también por los quiebres familiares. La ausencia del pLeer más

“Duelos y quebrantos”

Una receta muy quijotesca

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Sin sombra de equívoco, sabemos que la de don Quijote es la historia de un hombre que ha entregado la cordura a la fantasía. ¿Acaso la culpa es de su delirio por la literatura caballeresca? Sabemos que su aspecto lánguido y pálido no le hace justicia a sus ideales de redentor de las causas más nobles. Del Quijote sabemos que tiene un fiel amigo: Rocinante, un escudero a quien desea educar: Sancho, y una amada indiferente: Dulcinea.

 

También conocemos su debilidad por la comida, no en el sentido de la gula insaciable. Sí del decoro, porque para él el buen comer es el fundamento de la salud corporal. Por eso le recomienda a Sancho mantener los modales en la mesa del mismo modo que al actuar: masticar despacio, en cantidades razonables, no eructar en público, beber el vino en forma moderada de tal forma que la palabra no se ande con ligerezas.

 

Ese recato gastronómico de la novela también es el retrato social de la época. La aristocracia y los cLeer más

“Reminiscencias”

Torta navideña del cuento “un recuerdo navideño” de Truman Capote 

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Navidad es viajar por los aromas y sabores más preciados de la infancia, eso diría un hombre recio como Truman Capote. Una enorme estufa negra, una mañana invernal de noviembre en Alabama, coronas de acebo en las ventanas del viejo caserón, dos cometas que los harán señores del viento. Buddy, siete años, su prima, también una niña de sesenta y tantos.

 

“Cada uno de nosotros es el mejor amigo del otro. Ella me llama Buddy, en recuerdo de un chico que antiguamente había sido su mejor amigo. El otro Buddy murió en los años ochenta del siglo pasado, de pequeño. Ella sigue siendo pequeña.”

 

La amistad hay que atesorarla. Ellos lo hacen con montones de harina, huevos y frutas especiadas en licor. El whisky está prohibido. Pero ella sabe a quién comprarlo. Paga con monedas ahorradas.  

 

“No obstante, se retira hacia las sombras del bar y reaparece unos cuantos segundos después con una botella de contenido amarillo margarita, sin etiqueta. Exhibe su centelleo a la luz del sol y dice: —Dos dólares. Le pagamos con monedas de diez, cinco y un centavo. De repente, al tiempo que hace sonar las monedas en la mano cerrada, como si fueran dados, se le suaviza la expresión…”

 

 

Pero los negocios son negocios. El temible Mr. Jajá con esa gran cicatriz que le atraviesa la cara solo pide a cambio unas cuantas tortas.

 

 

“—¿Sabéis lo que os digo? —nos propone, devolviendo el dinero a nuestro monedero de cuentas—. Pagádmelo con unas cuantas tartas de frutas.”

 

Una sonrisa de ella y el trato está cerrado, Mr. Jajá es un “hombre encantador”. Lo que sigue son cuatro días de intenso trabajo hasta obtener 31 tortas para amigos entrañables.

 

 

Receta

Tiempo de preparación: Una hora

Tiempo de cocción: 45 minutos

Porciones: 10 -12

 

Ingredientes:

Dos tazas de frutos secos (nueces, almendras)

Dos tazas de frutas (pasas, ciruelas, piñas en lata, cerezas y brevas en almíbar)

Dos tazas de harina de trigo

Una cucharada de especias (canela, clavo y jengibre en polvo, nuez moscada)

Una cucharadita de vainilla

Una taza de mantequilla sin sal

Dos tazas de azúcar blanca  

Media taza de ralladura de limón y naranja

Seis huevos

Tres cucharadas de color quemado de panela

Dos cucharaditas de café instantáneo disuelto en dos cucharadas de agua

Media taza de whisky o ron (reservar una parte)

Una botella de vino tinto dulce (reservar una taza)

 

Preparación:

Picar los frutos secos y las frutas.

Disponer en un recipiente y añadir el licor. Conservar por unos días.

Precalentar el horno a 180oC.

Cremar la mantequilla y la azúcar.

Agregar la vainilla, el café, la ralladura de limón y naranja.

Agregar los huevos uno a uno.

Tamizar y agregar los secos.

Agregar el quemado de panela.

Agregar las frutas en conserva.

Disponer en un molde engrasado y enharinado.

Hornear durante una hora.

Humedecer la torta con la mezcla de la reserva de licores.

 

El principio de realidad de Un recuerdo navideño de Truman Capote no es hacer la torta, ni conseguir whisky, ni inventar los regalos. Es atender las reminiscencias que emergen ante el impulso más sutil cuando se está en la cumbre de la adultez. Entonces, por qué no sentarse a su lado, descolgar los pies y paladearlas, en silencio como se hace con esas cosas que son fugaces y escasas.

 

 

 

 

 

[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.  linkedin.com/in/dianapeñacastañeda

@la_libreria_patisserie

 

 

“Papas embestidas” Una receta inspirada en un poema de Gloria Fuertes

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

En tiempos de guerra se come mal.  Eso nos cuenta Hemingway de unos soldados que estiran con los dedos unos espaguetis y beben vino a ráfagas para calmar el frío de la nieve en el frente mientras discuten sobre la necesidad de alimentar bien a la tropa para mantener la moral. Se come con el arrepentimiento “Me arrepiento de no haberte narrado nunca el esplendor de una aurora, la dulzura de un beso, el aroma de una comida” nos participa Oriana en un fragmento de la carta que escribe al hijo que nunca llegó a nacer en la simultaneidad de la ofensiva. Se come en el silencio del mar, nos relata Vercors, cuando por ordenanza militar se debe compartir el hogar con el enemigo. También se come con miedo, describe la mirada del niño del pijama de rayas quien engulle unos trozos de pollo ofrecidos por la ironía de la amistad que se alza del otro lado de la cerca.

 

“Se lavan bien los pies,

las mondas de patatas,

se añade media cebolla,

se pone a cocer en la olla

y se sirve con una rodaja de limón.

Se cena con miedo a que caiga un obús

y así tres años.”

 

En “Receta de cocina para los días de hambre” la pluma de Gloria Fuertes le ofrece al paladar algunos tubérculos despellejados que ha aderezado con apenas media cebolla y una rodaja de limLeer más

“Agua” un platillo inspirado en El llano en llamas de Juan Rulfo

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

En el Llano en llamas de Juan Rulfo el agua es rareza o exceso, nunca las dos. Pero en cualquier casualidad solo significa una cosa: angustia.

“Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agu¬jero en la tierra y dejando una plasta como la de un sali¬vazo. Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve.”

 

En “Nos han dado la tierra”, el agua es el grito de un espanto que aparece para contarnos el fraude gubernativo de la tierra prometida. En ese llano inmenso que está al otro lado del río no hay cosechas, “ni conejos ni pájaros”, la tierra está tan reseca que raspa las esperanzas. Pero es que son “miles y miles de yuntas” … Sin agua, sí, ni una molécula, pero la autoridad cumplió y eso es todo lo que debe importar.

 

Como lógica consecuencia, la sed aparece para acallar la voz de la queja ante la ironía de lo que se recibe. Habla la mirada que se agranda en todo su agujero buscando una gota, pero cuando la lluvia parece llegar, dice Rulfo, el viento la arrincona en el cielo hasta que desaparece. Y si cae, señala, se pierLeer más

“Syvvy” la torta de sopa de tomates

La especialidad de Sylvia Plath

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Es domingo por la mañana. Es el tiempo de la posguerra. Londres. El solecito tibio de abril que se abre en el cielo va cayendo sobre el cerezo plantado en el huerto de la casa familiar. También sobre ella. La poeta de Boston cuenta a su madre: “Estoy tan repleta de amor y alegría que apenas puedo parar ni un minuto de bailar, escribir poemas, cocinar y vivir. Duermo ocho horas escasas por las noches y me levanto alegremente con el sol. Bajo mi ventana veo ahora nuestro huerto con un cerezo rosado en plena floración, lleno de tordos que trinan, justo debajo…”  Por la forma en la que escribe podría decirse que la felicidad la domina. Mejor, podría decirse que quien escribe esa esquela no es siquiera su yo positivo y radiante, sino el oro de la vida misma.

 

Si la obra literaria de Sylvia Plath es considerada oscura porque atraviesa los parajes más profundos del sufrimiento de un alma dominada por esa corriente que ella denomina “desesperadamente negativa”, las cartas para su madre la dibujan como una mujer esperanzada, pese a lo que estaba por venir. Sus misivas son el deleite donde ella repasa fragmentos que van de la infancia a la adultez. Entonces a través de un lenguaje carnoso y palpitante encontramos a una mujer que se adentra en las sensaciones que le producen los paseos, los amigos, la luna de miel, el amor antes de la sombra, la maternidad, las compras, la calma de un baño caliente, su alucinante deseo de escribir: “Quiero escribir al menos diez nuevos poemas buenos para sustituir a los de inferior calidad o más insustanciales. Presentar treinta de ellos a un concurso de Borestone Mountain este mes de julio y luego a la colección de Yale el año próximo.” (Northampton, Massachusetts. 25 de abril de 1950) 

 

La poeta escribe a modo de libertad como un ejercicio terapéLeer más