El acuerpamiento de un pueblo originario de la Ciudad de México en contra del proceso urbano de gentrificación

Por Ana Belén Sánchez Jiménez

¿Qué nos sugiere la construcción de la ciudad que necesitamos los habitantes de grandes cuidades como es el centro de México? Cuando observamos como transeúntes o como habitantes los espacios del centro, el sur, el norte, el oriente y el poniente de manera particular se asoman cambios grandes que están presentes no solo en lo que observamos, sino también en cómo vivimos el espacio en donde habitamos y somos ciudad. Porque la brisa del aire fresco no se filtra más por las hojas de los árboles para quitarnos el calor bochornoso que sentimos cuando la temperatura alcanza más de treinta grados centígrados y lo que se erige hoy en los lugares donde yacían estos árboles son una cantidad aberrante de edificios residenciales y comerciales de lujo, que detonan el ruido que el sistema mundo predispone, ese que se escucha cada vez que quienes tienen el poder adquisitivo consumen todo lo que se produce cada día como un elemento de vital importancia para satisfacer “necesidades”, pero que habla del caos porque, mientras tanto, el agua, la luz natural, un aire limpio, la tranquilidad de saberse pertenecientes a un lugar no existen y en cambio se establecen acciones de despojo, para sustentar la vida que se construye con dichos proyectos.

El sector inmobiliario y comercial han ganado terreno en las últimas dos décadas, más que nunca en el centro de la ciudad, porque este centro simboliza poder, mismo que tiene este centro como resultado de su ambiente natural y su construcción histórica. Misma, que deja reminiscencias en los habitantes que construyen el presente de un lugar que más que ser un centro de inversión y consumo para ciertos actores sociales, es un espacio de pertenencia por lo que significa para quienes se autonombran o se reconocen como pueblos originarios, pues en estas comunidades se acentúan valores que emergen del origen, del pasado, de la tradición y de la memoria que pervive en su actuar cotidiano, porque es en lo cotidiano en donde se modifican los valores. Asimismo, la vida que va construyendo el poder de la industria inmobiliaria en sitios de la ciudad que tienen historia y memoria colectiva también borra lo anterior cada vez que las políticas públicas de desarrollo urbano y el poder económico del sector privado se unen para reconfigurar el paisaje urbano en la actualidad. La renovación y la inclusión son discursos que giran entorno a los cambios de los que somos presentes cada día cerca o lejos de nuestro habitar, como ciudadanos interactuamos con esta nueva forma de Ciudad que evoca el desplazamiento de quienes no comparten la visión del mundo que se construye y se reafirma cada día con un nuevo complejo residencial y comercial, identificando este proceso por parte de académicos expertos en temas de urbanismo, antropología y política, pero también por quienes han sufrido los efectos de este accionar que es nombrado como Gentrificación. Es entonces que hay preguntas imprescindibles para comprender las transformaciones actuales en el espacio urbano, como ¿qué es el proceso de gentrificación? ¿qué elementos podemos percibir nosotros como ciudadanos entorno a los cambios que surgen con este fenómeno urbano? ¿quiénes son los pueblos originarios de la Ciudad?, ¿por qué están siendo afectados? y ¿Cuál es su hacer frente a las consecuencias que origina la gentrificación?

 

Origen del término gentrificación

La primera ocasión en la que se utiliza este término es en la década de los 60´s en el Reino Unido, la socióloga Ruth Glass observa cómo es que los obreros que habitaban algunos barrios cerca del centro de Londres son desplazados por la llegada de habitantes de clase media alta a dichos sitios, puesto que en este proceso se transforman y se forman los lugares de acuerdo a las necesidades de los nuevos residentes, que conforme a los diversos estudios urbanos que se han realizado hasta la fecha se percibe que siempre son personas que tienen un mayor nivel adquisitivo en contraste con los habitantes que originalmente residen en cierto espacio territorial. Por tal motivo, la condición social de los recién llegados genera que se renueven edificaciones de carácter residencial y espacios que los circundan, por consiguiente, se produce un incremento en las rentas y/o compra de las viviendas de las que se desplazan los habitantes que en ese momento formaban parte de la clase obrera. Es así, que la marcada diferencia que presenció Glass entre estos estratos sociales propició que eligiera el derivado “gentry “que hacía referencia a una condición social burguesa rural que es típica de Gran Bretaña y a manera irónica surge el antecedente del término actual (Diaz, I. 2013; Saldaña, D. 2024).

 

Características de la gentrificación en el caso Ciudad de México

A partir de dicha mención en cuanto a cómo es que se genera este térLeer más

Miedo respecto de la noche en la Unidad Habitacional El Rosario

Por *María de Jesús López Salazar

*Carlos Alberto Jiménez Elguero

*Neymar Bello Orrego

 

El presente artículo aborda la hipótesis del miedo respecto de la noche en la Unidad Habitacional El Rosario, la cual fue confirmada por 35 de los 40 urbanitas entrevistados de la Unidad El Rosario,[1] lo que representó un 87.5%. De esta forma, UHR-1 confirmó la hipótesis en el sentido de objetivar a la noche como un potenciador del miedo —léase la incertidumbre— que la persona  entrevistada tiene respecto de la posibilidad de ser asaltada, un factor que, a su vez, aumenta la sensación de peligro, pues “la Unidad, mi casa y los alrededores de los pasillos y más porque de noche [v. Imagen 1] ni hay luz y uno llega del trabajo queriendo no llegar porque ya no sabes si te van a asaltar los de Tlanepantla o los del Rosario”.

Del mismo modo, UHR-5 afirmó que:

A cada rato asaltan. Por eso colocamos las mantas, porque ya se estaban pasando de pendejos. En las noches se metían a las casas y las vaciaban, sin importar que hubiera gente, y uno ya no estaba ni tranquilo, a cada rato con el Jesús en la boca. Por ejemplo, los delincuentes traen camiones de mudanza. Han vaciado tres casas de la sección CTM A1 de la Unidad Habitacional El Rosario, en Azcapotzalco, donde, por cierto, la venta de drogas se incrementa día a día. Y luego te asaltan por lo regular entre las once y las tres de la mañana, principalmente en la Cerrada de Jacarandas y otros dos sobre la calle de Jacarandas.

 

Imagen 1. La noche de la Unidad Habitacional El Rosario

Fuente: Archivo personal. Fotografías tomadas el 17 de marzo de 2018.

Asimismo, para UHR-5 la noche se presenta como ámbito de lucha callejera entre porros, es decir, grupos estudiantiles utilizados comúnmente por la policía, algún grupo político o alguna instancia educativa para controlar al estudiantado a través del miedo, pues señala que “en las casas aledañas al Metro Rosario es frecuente (…) los enfrentamientos entre porros del Colegio de Bachilleres [v. Imagen 2], CCH y CECATY. Sobre la calle de Cananea, entre las seis y nueve de la noche, ¡es horrible!, no se puede ni salir, pues se enfrentan con petardos”.

Imagen 2. Colegio de Bachilleres – Plantel 1 El Rosario

Fuente: Archivo personal. Fotografía tomada el17 de marzo de 2018.

Otro caso que expresamente indicó que aquello que le generaba miedo en la Unidad Habitacional El Rosario consistía en los lugares oscuros fue el urbanita UHR-18. Su manual de sobrevivencia le indicaba que: “me da miedo cuando los lugares están obscuros, (…) no se me hace un lugar seguro”. En situación parecida se encontraba el urbanita UHR-19, quien mencionó que el tiempo que le generaba miedo era “la noche porque es donde pasan más cosas (…), a las doce de la noche donde vivo escuchas las balaceras, los gritos”. Esto se complementa con lo señalado por UHR-33, quien también señaló la noche como el tiempo que le generaba miedo “porque en la noche es cuando salen los delincuentes a trabajar”.

Pese al porcentaje de entrevistados que confirmaron la hipótesis del miedo respecto de la noche, dado los casos anómalos, ha sido necesario incluir una hipótesis de revisión para incluirlos, pues estos representaron 12.5% del universo de urbanitas que evidenciaron su proceso de objetivLeer más

La agencia municipal y el nuevo institucionalismo

Un análisis frente a la gentrificación y los costos de transacción

 

Por María de Jesús López Salazar

Las instituciones constituyen el entramado que sostiene la vida social, pues a través de reglas, normas y estructuras orientan la acción colectiva y condicionan los resultados de las políticas públicas. En el ámbito local, la agencia municipal se presenta como una figura clave para acercar la administración a las comunidades y canalizar sus demandas hacia el ayuntamiento. No obstante, su papel no puede comprenderse únicamente desde una visión formalista; por el contrario, requiere ser analizado bajo el prisma del nuevo institucionalismo, enfoque que reconoce la interacción entre normas culturales, incentivos estratégicos y trayectorias históricas en la configuración de los procesos sociales (Castillo, 1997).

En ese sentido, se sostiene que la agencia municipal es un espacio privilegiado para observar cómo las instituciones moldean la acción comunitaria frente a problemáticas urbanas como la gentrificación, fenómeno que transforma barrios populares mediante la llegada de nuevos residentes y capitales, generando tensiones entre inclusión y desplazamiento (UNAM Global, 2024). Así, a través de las tres vertientes del nuevo institucionalismo —sociológica, de elección racional e histórica— se mostrará que la agencia municipal no solo reproduce reglas, sino que también legitima prácticas, estructura incentivos, reduce costos de transacción y refleja las huellas del pasado en la gestión presente.

 

Institucionalismo sociológico: legitimidad y normas culturales

Desde la perspectiva sociológica, la agencia municipal se concibe como un espacio donde se transmiten valores y significados colectivos (Castillo, 1997). Ante la gentrificación, esta institución puede legitimar prácticas comunitarias que buscan preservar la identidad cultural del barrio, tales como festividades tradicionales o la defensa de espacios públicos. De esta manera, no solo representa a la comunidad frente al ayuntamiento, sino que también refuerza la idea de que las instituciones locales son guardianas de la memoria y la cohesión social. En consecuencia, la legitimidad de la agencia depende de su capacidad para reflejar las normas culturales de los habitantes originarios y darles voz en procesos de transformación urbana.

Desde el institucionalismo de elección racional, la gentrificación genera conflictos por el acceso a recursos como vivienda, servicios y espacios públicos. EnLeer más

Desde el cuerpo y el espacio urbano

Construcción relacional de la identidad

 

Por Mariano Minjares Galindo

Cuando hablamos de la “ciudad” se suele hacer referencia a ella como un espacio inerte en el que las personas hacen su vida cotidiana: se levantan temprano, se arreglan y salen corriendo al trabajo con la esperanza de encontrar un asiento en la combi que pasa a unas cuadras de su casa. Casi como si el hormigón y concreto que forma nuestras casas y trabajos fueran los límites del laberinto en el que vivimos, interrumpido únicamente por anomalías verdes en las que, con un poco de suerte, podemos estar sin mucha preocupación los domingos por la tarde. No, las ciudades no son únicamente los elementos rígidos del paisaje.

Desde mi punto de vista, las ciudades son sistemas, están integradas por una serie de elementos que las hacen de determinada manera, esto las vuelve más que solo piedras una sobre otra. Las ciudades se van armando con una infinita cantidad de aspectos que se integran y entrelazan en ella. Esto da como resultado riqueza en las formas en que se hacen y se experimentan las urbes: no es lo mismo vivir en Guaymas, Sonora, que hacerlo en Progreso, Yucatán. Los elementos que construyen la ciudad se escapan a lo material, haciéndolas únicas: el clima, la cultura, música, idioma, formas de transportes, trabajos, etc. Todo se conjuga para formar las ciudades que tenemos, cada una con sus particularidades.

En este sentido estoy convencido de que, como dice Ramírez Kuri (2014), las identidades se construyen de forma “relacional”. Esto es que la identidad está conformada por las relaciones que hacemos con lo otro y con los otros, son por estas relaciones y en esas relaciones que se constituye la identidad.

Esta serie de interacciones (que pueden ser directas, indirectas, intermitentes o incluso ausencias) son las que van conformando la forma en al que vemos al mundo y en la que interactuamos. Son todos estos elementos los que interactúan con el individuo y entre sí, se modifican unos a otros de forma constante y crean la conciencia que eventualmente forma la identidad.[1]  

Para sintetizar cómo se construye la identidad, podemos recurrir al concepto de sobredeterminación que Freud (2020) introduce en La interpretación de los sueños.[2] Pues las interrelaciones constantes que se hacen entre los elementos que constituyen la identidad funcionan de la misma manera en un caso y en otro.

Esto aplica para la construcción de la identidad individual, así como la identidad espacial que comparte características clave: 1- Son complejas (multi relacionales y con multiplicidad de puntos de encuentro entre los elementos que constituyen esta complejidad) 2- Son “desvinculables de cualquier sentido absoluto” (haciendo referencia a que son las interconexiones antes mencionadas y no un elemento sempiterno el que constituye la identidad espacial. No hay un “ancla fija” a la que adherirse, pues todo es contextual) 3- Producto de los dos puntos anteriores: mutable a través de la historia, los contextos modifican las relaciones y el paso del tiempo configura los significantes y significados que constituyen una identidad espacial.

Los procesos que constituyen la identidad de los individuos y de los espacios que habitamos son, en muchos sentidos, similares. Comprender cómo se construye la identidad no solo nos ayuda a entendernos como sujetos, sino que también arroja luz sobre un aspecto fundamental de la vida urbana: la relación entre nuestra constitución como personas y la forma en que se configuran las ciudades. Pues las ciudades no están al margen de quienes las habitan, pero esta relación no es lineal ni unidireccional (no se trata de que primero seamos nosotros y luego la ciudad, o viceversa), sino de una interacción simultánea, casi como el dilema del huevo y la gallina, no sabemos bien a bien cual fue primero.

Es también muy importante comprender que esta construcción relacional no es armónica ni simétrica: está atravesada por conflictos, tensiones y fricciones. Los espacios urbanos son lugares donde distintas identidades, memorias y formas de habitar compiten por permanecer, expresarse o resistir. La ciudad, entonces, no solo se habita: también se disputa.

Las identidades individuales (las personas) hacen ciudad, la nombran, la caminan, la resignifican; pero, al mismo tiempo, la ciudad moldea nuestras formas de ser, nuestros ritmos, nuestras posibilidades y nuestros vínculos. En ese ir y venir se construye tanto el sujeto como el espacio. Comprender esta reciprocidad entre ciudad e identidad es fundamental si queremos avanzar hacia formas más justas de habitar. Desde aquí, se abre la pregunta por qué cuerpos, qué tiempos y qué formas de vida son realmente reconocidas en nuestras ciudades.

 

La ciudad cuida y descuida

Me parece que la constitución de las identidades, colectivas/urbanas, así como individuales, no se explican sin entender los contextos en los que se desarrollan. Dentro de las múltiples complejidades que se dan en estos contextos se encuentran puntos que a mi parecer son transversales por su universalidad y por lo mucho que pueden moldear la realidad de las personas. De forma particular me quiero referir en este texto al trabajo y cómo afecta de diferente manera a las personas que habitan las ciudades.

La división sexual del trabajo constituye la principal desigualdad entre los hombres y las mujeres en cuanto al reparto de las responsabilidades laborales. En especial cuaLeer más

Territorio, género y control: una aproximación decolonial al urbanismo contemporáneo

Por Viviana Padilla Márquez[1]

 

Desde la modernidad, la ciudad ha sido imaginada como el emblema de la promesa civilizatoria, vista como un espacio de encuentro, libertad y realización personal; sin embargo, esa promesa no es universal, lo urbano, lejos de ser un territorio neutro, se erige como un dispositivo de selección social, sexual, racial y económica. Las calles, las plazas, el transporte, incluso el mobiliario público, configuran una gramática que dice quién puede habitar y bajo qué condiciones. En esa gramática, la cuerpa —ese cuerpo sexuado, racializado, empobrecido, deseante y situado— es constantemente relegada, corregida, vigilada; la ciudad, entonces, no se habita en igualdad, para muchas mujeres y disidencias, habitar es una negociación constante entre el deseo de estar y el mandato de desaparecer.

La filosofa Judith Butler (2006) afirmó que el cuerpo no existe al margen de las relaciones de poder que lo producen y lo exponen, esa afirmación, cuando se piensa en clave urbana, revela el trasfondo disciplinario de las ciudades contemporáneas: bancas divididas para impedir el descanso, alumbrado público deficiente en zonas periféricas, vigilancia que controla pero no protege, cada una de estas infraestructuras es un mensaje sobre quién debe sentirse incómodo, no se trata solo de exclusión económica o de clase, sino de una pedagogía del miedo que obliga a las cuerpas a limitar sus horarios, modificar su vestimenta y ajustar su presencia para no desentonar con la racionalidad dominante, como advierte Butler (2004), “la violencia no es solamente física, sino también simbólica y normativa; produce formas de existencia legítimas y otras que deben ser eliminadas” (p. 43).

Aun así, no basta con nombrar las violencias; urge comprender el entramado epistemológico y político que las sostiene, por ello Ochy Curiel (2013), desde el feminismo decolonial, insiste en que la lucha no debe quedarse en demandas de inclusión, se trata de transformar radicalmente los supuestos que organizan el espacio porque si el urbanismo está diseñado desde una matriz masculina, blanca y productiva, cualquier intento de esa débil inclusión que no se atreve a cuestionar esa matriz está destinado a reproducir la desigualdad, es lo que Curiel manifiesta cuando habla de esa ciudad que no puede ser repensada desde la neutralidad, porque es un campo de disputa donde se configuran y desconfiguran los cuerpos, esta idea también abordad por Michel Foucault señala que el poder no se ejerce solamente desde el centro, sino que se distribuye en dispositivos mínimos que moldean la vida cotidiana. La ciudad está llena de esos dispositivos entre los cuales podemos ver cámaras de seguridad, semáforos inteligentes, barreras arquitectónicas, todos ellos configurando lo que se considera “normal” y lo que se aparta de la norma; la cuerpa, por su condición política y afectiva, aparece en muchos contextos como una anomalía molesta, incomoda, que desestabiliza la limpieza simbólica del espacio público, Foucault llama a esto biopolítica del espacio: la forma en que los cuerpos son gobernados a través de la organización del territorio (Foucault, 1975, p. 136).

Por ejemplo, en muchas estaciones de transporte masivo se instalan torniquetes que no permiten el paso de personas con cuerpos fuera de lo normativo: personas en silla de rueLeer más

La literatura para habitar la ciudad

Por Adriana M. Rueda[1]

 

En el mundo en que vivimos, el ser humano siempre ha tenido la necesidad de crear comunidad, y para ello establece parámetros, normas y leyes para que la estructura social construida se mantenga y se conviva en un ideal de paz y ayuda mutua. La construcción de las polis o ciudades, figura como el lugar cúlmine para el intercambio, la memoria, la formación y sobre todo, la construcción colectiva del espacio.

Para el geógrafo David Harvey, en su artículo “El derecho a la ciudad” (2008), las ciudades no surgen simplemente por necesidades técnicas o naturales del ser humano, sino como resultado de procesos sociales, económicos y políticos. Se crean para organizar y contener las relaciones sociales, especialmente “en función de los intereses del capital” (p. 24). Es decir, la ciudad no es solo un lugar para vivir, sino un mecanismo de control, de reproducción del orden social y de acumulación de riqueza. Esto significa que la forma en que se construyen y se administran las ciudades no es neutral, sino que refleja y reproduce desigualdades. Al final, el autor aborda el “derecho a la ciudad” como la potestad de que el espacio sea reclamado y transformado por quienes han sido “históricamente excluidos”.

La polis se establece en un territorio específico, es decir, en un espacio tangible; este espacio físico moldea las cosmovisiones e interpretaciones de la realidad de la sociedad que la habita (Toledo y Barrera, 2008). Aun así, Margueliche (2014) expone que la geografía, al no poder dar cuenta de manera completa sobre la realidad de una ciudad sino solo abordar su forma material o espacial, se escapa de la complejidad de reconocer la ciudad como un espacio que no solo se construye de forma física sino también de forma comunitaria y social. Es entonces cuando la literatura surge para “dar sentido a las cosas” dado que “la ciudad actual, fragmentada e ilegible, tiene una necesidad particular de ello” (p. 4). Se entiende, entonces, que es necesario “ver la ciudad con base en las prácticas colectivas y cotidianas de sus habitantes”, y reconocerla “más que como una entidad física-espacial determinada, como una red en donde ocurre la vida” (Torres y Caquimbo, 2012). Exponiendo así que la escritura de la ciudad la hacen todos aquellos que la habitan.

Ahora, entendiendo el concepto económico de lo que simboliza una ciudad y reconociendo el papel de la geografía, introduzcamos un tercer término: el verbo “habitar”. Este proveniente del latín habitāre, que es un frecuentativo del verbo habēre, que significa tener, poseer, estar con. Es decir, más qLeer más

‘‘Lila in Extremis’’

 ‘‘Me maquillo para esconder el gris hongo que me crece’’[1]

 

Por Laura V. Medel[2]

 

‘‘Verde, dónde te encuentras?

En qué rincón de la ciudad gris

te levantas con sueño?

 

Y a dónde voy?

 

Verde, contéstame eso’’

 

Ana María Rodas[3]

 

Pensar la ciudad. Sentir la ciudad. ¿Cuántas formas de sentipensarla son posibles? Si tan solo calculamos la cantidad de personas que a través del tiempo la han habitado (ya sea un domingo de paseo en Chapultepec o toda una vida en alguna de sus colonias), pudiera responderse que cuantas formas infinitas de árboles hay.

En mi última visita a la Ciudad de México, específicamente a la colonia Centro, posé mi atención sobre su arquitectura; iba con intención de fotografiar aquellos detalles que coronan las cumbres de los edificios, esos que solo pueden verse en un ejercicio de vuelco celeste de la mirada. Tal ejercicio terminó siendo también contemplación del verde de las copas frondosas, pero aplastadas, de árboles encontrando su límite en el roce con las fachadas grises de los edificios: el fenómeno de la yuxtaposición entre la actividad humana y la naturaleza. Ahí comenzaron mis sentipensares intencionados con respecto a la ciudad.

Coincidía por aquellos días el hecho de haber estado leyendo a Tita Valencia[4], entre los meses de abril y mayo. Un mes de abril de primavera-viacrucis (probablemente de los años ochenta o noventa), en una suerte de ejercicio de diálogo con los árboles de la ciudad, la escritora comienza a cartografiar espacio-temporalmente, en específico, a las jacarandas del Centro. El resultado: El trovar clus de las jacarandas. Publicado en 1995 por la Universidad Nacional Autónoma de México, este poema de aliento extenso, análogo a la dimensión característica de los grandes árboles, es la expresión de un sentipensar en el que se explora la relación entre historia, naturaleza —o lo que yo llamaría dendrología[5] poética— y la ciudad. En el prólogo a su libro, Tita se pregunta —y nos pregunta— con cierta angustia: ¿qué sería de la Ciudad de México si sus árboles mueren? (Valencia, 19Leer más

María Fernanda Villanueva | Poesía

María Fernanda Villanueva es artista visual y estudiante de último semestre en la carrera de artes visuales. Su trabajo explora conceptos como la corporalidad, la memoria afectiva y las formas de resistencia desde una mirada crítica y poética. A través de soportes diversos que incluyen textiles, objetos encontrados, archivo y escritura, ha desarrollado proyectos que reflexionan sobre el cuerpo, la antropofagia simbólica, los tótems y la construcción de identidades colectivas. Su práctica se nutre tanto de la investigación como de la experiencia cotidiana, interesándose en cómo lo íntimo y lo social dialogan en el arte contemporáneo.

 

Salivando

 

 

Vienes caminando,  Ignorando sagrados ritos

Pisoteando sabios templos de amor espiritual

Largas vidas siguen  velando el sueño de un volcán

Para un alma eterna, cada piedra es un altar

Caifanes (el diablito 1990) –

 

Miedo y deseo.

Parece que estos dos sentimientos son lo único que he sentido en el

último año y medio…

 

Miedo al deseo que tengo.

Deseo por algo más que piel, por algo más que una cogida rápida en un baño ajeno.

Deseo por algo más que un buen sueldo o una familia tradicional.

 

Y miedo por todo.

La Ciudad de México me da tanto miedo que a veces no me puedo mover.

 

Me encuentro parada en una estación del Metrobús; la de Euzkaro, para ser exacta.

Voy tarde y sé que va a llover, pero mi necedad fue más fuerte: no metí el paraguas en la bolsa.

 

Voy tarde… y se me llena la boca de saliva.

Como si estuviera a punto de vomitar.

Como si algo se hubiese activado en el cuerpo sin que yo lo pidiera.

 

A veces es por una mirada que me cruza sin pedir permiso.

A veces una palabra que me nombra sin conocerme.

A veces, simplemente, caminar.

Caminar sola por la ciudad.

 

Mi  cuerpo lo hace antes de que lo piense.

Aprieta los dientes, cierra los labios, mueve la lengua hacia atrás.

Y traga.

 

Aprendí a tragar saliva antes que a responder.

 

Mi lengua se hace pequeña.

Los dientes se aprietan.

Y todo lo que quiero decir se me va hacia adentro.

 

Tragar es más rápido que pensar.

Más rápido que gritar.

 

A veces siento que estoy entrenada  para contener (me).

Que aprendí a sobrevivir tragando lo que no podía escupir:

la respuesta, la rabia, el deseo de tocar, de cLeer más

Resistir en el habitar: la ciudad y nosotros

Por Fernanda García Ledesma

Aquí estamos de pie
¡Qué viva la América!
No puedes comprar mi vida.
[Calle 13. (2010). Latinoamérica [Canción]. En Entren los Que Quieran. Sony.]
 

Ante procesos de injusticia territorial, desigualdad, desposesión, desplazamiento y gentrificación, habitar es una forma de resistencia. Por la constante valorización y mercantilización de espacios urbanos e identidades, habitar el espacio público para hacer comunidad, es intervenir en la ciudad desde lo colectivo y desde la conciencia. Habitar no solamente es ocupar un espacio, es transformarlo de manera representativa y libre, porque construir una ciudad más justa comienza desde las calles, desde los espacios a los que recurrimos habitualmente y sobre todo desde la comunidad.

El académico Juan Carlos Mansur Garda, en su texto Habitar la ciudad, menciona que “una ciudad es habitable cuando en ella se cuida de la persona en cada una de las etapas de su vida –en su infancia, su juventud, su vida adulta y su vejez–, pues habitar es vivir bajo el cuidado, en nuestro ser temporal y en nuestra vida” (2015). Asimismo, menciona que “se habita cuando se establece una relación con nuestro propio ser y se entra en relación con los otros” (Mansur, 2015). La interacción con las demás personas implica un intercambio de símbolos y signos que codifican y estructuran el orden social a través de experiencias comunes y el uso del lenguaje; cuya finalidad es conducir a la formación de esquemas y significados que a su vez permiten el “«cuidado», el «amparo», el «arraigo» y el «encuentro»” (Mansur, 2015).

Dichos elementos son fundamentales para el habitar; al tiempo que la cultura es aquel elemento omnipresente que orienta nuestro sentido de existencia y de acción. La cultura se impregna en los espacios a los que recurrimos, pero también cambia y se adapta de acuerdo con las necesidades y capacidad de agencia de sus individuos que deberían de tener las condiciones para elegir qué incorporar y qué rechazar para conformar su identidad y prácticas sociales. Es así como las identidades se conforman a través de las diferentes culturas a las que se pertenece, y a su vez “se predican en el sentido propio de los sujetos dotados de conciencia y psicología propia” (Giménez, 2007).

Sin embargo, identidad y conciencia no implican lo mismo; ambos son procesos que forman parte de la socialización de los seres humanos desde el momenLeer más

Más allá del miedo: Una propuesta para ciudades más seguras

Por Chinantu Yunuen Aviles Desales[1]

 

Introducción

 Las violencias ejercidas hacia las mujeres no son nuevas, históricamente han sido reproducidas de manera constante tanto en el espacio público como en el privado, sin embargo, con el paso del tiempo es un tema que se ha puesto en la mesa y del cual se habla con mayor naturalidad principalmente en las nuevas generaciones, señalar a los culpables o detectar rápidamente cuando éstas ocurren es cada vez más cotidiano. 

 

Muchas de las desigualdades que se dan en la producción del espacio están relacionadas con el sistema patriarcal en el cual estamos inmersos, esto permite que prolifere y evolucione, adoptando tantas formas que le permiten sobrevivir, adaptarse y reproducirse innumerables veces. Al respecto, Jane Darke (1998, citado en Valdivia, 2011) señala que el patriarcado adopta muchas formas y cambia con el tiempo. Coexiste con la mayoría de los sistemas económicos, incluido el capitalismo, y en muchos escenarios: en la familia, en el lugar de trabajo, en el gobierno, etc. 

             

Además de esto, la división sexual del trabajo constituye también una de las formas para legitimar el control en la reproducción de la vida social e invisibilizar la participación de las mujeres así como impedir su libre acceso a todas las áreas de la esfera productiva y reproductiva; estos mecanismos de control promueven que existan acciones como el acoso o la violencia y que estos, a su vez, sean normalizados. 

 

En ese sentido, el siguiente texto presenta algunas de lLeer más