Por Elías Medina
El famoso eslogan de “Love is love” siempre me ha parecido una cursilería que asfixia a la comunidad LGBTTTIQ+, pues como aboga por el derecho de amar a quien uno quiera resulta efectivo, después de todo qué hay más “puro” que el amor, pero es justamente esta idea de lo virtuoso lo que me conflictúa. No señores, la lucha cuir no se trata de amor, se trata de libertad, la libertad de hacer con nuestros cuerpos lo que se nos hinche la gana y eso incluye el sexo, lo nefando, lo sucio, lo escatológico, lo depravado, lo fetichista, lo sadomasoquista, la humillación verbal: la liberación sexual. El amor está bien pero, ya lo dijo Lemebel, es una ordinariez, hasta los policías se enamoran.
No creo que los homosexuales merezcan consideraciones especiales, no creo que seamos seres susceptibles de más ternura o de odio que los demás, no merecemos ser asesinados por ser quienes somos, ni tampoco merecemos condescendencia por nuestra orientación o identidad. Somo seres igual de malditos e iluminados que el resto, en nuestros corazones vive lo mejor y lo peor de la humanidad, como en todo el mundo. La cuestión homosexual no se define por su derecho al amor, sino por su lucha por la libertad. No somos personas que, carentes de amor, merezcan la compasión del mundo, somos personas que, conscientes de sus cadenas, luchan por la libertad.
Ahora bien, la libertad es responsabilidad. No todo acto que nace de la autonomía es un acto de libertad. Un asesinato no es un acto de libertad, es un acto criminal; igual que una violación no es un acto de libertad, es un acto criminal, porque en ninguno de estos actos hay responsabilidad. Quienes encubren sus deseos de hacer daño al prójimo, ya sea a través de la venganza, de la autodestrucción, del daño deliberado, no son personas libres, por el contrario, atentan contra la idea misma de libertad. Esta aclaración es necesaria toda vez que grandes sectores de la población asocian la diversidad sexual con actos que en realidad nada tienen que ver con la lucha por la liberación sexual que es la base de la lucha homosexual.
México es uno de los países predilectos por pederastas y pedófilos para hacer turismo sexual. Las playas mexicanas son un núcleo importante de la trata de blancas, un tipo de esclavitud moderna. En mi última visita a Zipolite escuché a un grupo de locales hablar al respecto: “sí, es que vienen los gays y se los agarran cada vez más chavitos, antes pues eran los de 15-16, pero ya andan detrás de los de 12 o más chiquitos”, hablaban sin alzar la voz, no estaban enojados —al menos como yo lo estaría—, su platica reflejaba un modo de vida: estaban acostumbrados al turismo sexual de los “gays”, incluso convivían con ello. La prostitución de menores, asociada a la diversidad sexual, es vista como algo normal.
“No señores, esos no son gays, son pedófilos”, quisiera haberles dicho, pero ¡ah! “el callar no es no saber qué decir, sino no caber en las voces lo mucho que hay que decir”. Por eso hoy escribo, porque a veces intuimos lo que se quiere decir, pero las palabras no acuden a uno y uno habla cuando está listo para hacerlo. Lo cierto es que ese tipo de pedófilos son, en su mayoría, extranjeros del primer mundo que vienen a las playas mexicanas a violar niños, porque en sus países sí se cumple la ley y podrían ir presos. Por eso mismo, algunos países como Estados Unidos han tipificado el turismo sexual como delito, para que la justicia los juzgue, aunque los delitos no se hayan realizado en su país de origen. Por otra parte, México tiene una muy arraigada cultura pedófila que no es exclusiva de los homosexuales, ni de lejos. Es obligado mencionar la popular canción “17 años”, la cual forma parte de la educación sexual y sentimental de un país con embarazos adolescentes a tope y con sectores que todavía se oponen a la educación sexual.
Los homosexuales no son más pedófilos que los heterosexuales, de hecho, de acuerdo a encuestas del ENDIREH, el 38% de las violaciones a niñas menores de 15 años son perpetradas por hombres de la familia, principalmente tíos y primos. Lo que deja en evidencia el debilitamiento de las instituciones heterosexuales, la más importante de ellas, la familia. El restante 62% de las violaciones es perpetrada casi en su totalidad por hombres heterosexuales externos al núcleo familiar, en el caso de niñas menores de 15 años. ¿Entonces por qué se asocia la pedofilia a la diversidad sexual? Porque la homosexualidad es considerada persé una desviación; así como se considera que la mariguana es la puerta a otras drogas, se considera que la homosexualidad es la puerta a otras “desviaciones”, lo cual, por cierto, es sólo un prejuicio. Pero, como decíamos al principio, el núcleo de la lucha homosexual es la lucha por la liberación sexual, lo que por definición se opone al abuso sexual, en tanto que es una lucha por la libertad.
Hemos dicho también que los homosexuales no merecen más consideración o castigo que cualquier otro, por lo tanto, si hay un homosexual pedófilo tiene que ser juzgado por pedófilo y no por homosexual, así como si hay un heterosexual violador, tiene que ser juzgado por violador y no por heterosexual. Estoy convencido de que esto le queda claro a los ágiles de mente, pero para aquellos a quienes les gana la homofobia, el fanatismo religioso o la sed de sangre, es importante que sepan que en casos como los de “las perdidas”, la diversidad sexual es la primera en levantar la voz contra estos personajes, como lo hizo Kenya Cuevas en su momento, al señalar lo dañino que resulta para la comunidad empoderar a este tipo de personajes. Que las juzguen con rigor, como a cualquier otra persona.
Habría que recordarle también a la sociedad que hace extensiva la conducta de Wendy Guevara y Paola Suárez al resto de la diversidad sexual, que otro tanto podríamos hacer nosotros, por ejemplo, decir que como los caníbales pedófilos de los archivos Epstein eran heterosexuales, por extensión todos los heterosexuales lo son. Es evidente la falacia del argumento y por eso mismo, por ridículo, es necesario que vean en el espejo lo absurdo del criterio que usan respecto al tema.
Finalmente, creo que es importante que complejicemos otros temas que entran en juego en torno al caso de “las perdidas” y la pedofilia en México, por ejemplo el trabajo sexual (no son pocos los niños que son llevados por sus propios padres a tener su primera experiencia con trabajadoras sexuales), la escasa educación sexual, el matrimonio infantil, los usos y costumbres, la violencia sexual como herramienta de socialización (incluso entre hombres heterosexuales): ya sea en el trabajo, entre amigos, entre adultos y niños, entre niños, entre jóvenes, en la familia, etc. Si algo nos demuestra el caso de Wendy Guevara y Paola Suárez es que es necesario hablar de estos temas sin tabúes, con la madurez que nos exigen nuestros tiempos, así como denunciar los abusos dentro de la comunidad sexodiversa, pues es una obligación ética, en la medida en que somos herederos de las luchas por la liberación sexual.
