A veces, lo más sugerente que una mujer debe hacer en una cocina es, simplemente, negarse a cocinar.

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Estoy aquí porque me dijeron que debía estarlo.” (Rosario Castellanos).

 

En Lección de cocina, la comida es narrativa y símbolo porque representa el precepto de género en femenino. En el cuento, Rosario Castellanos retrata a una mujer recién casada que, sola en la cocina, descubre que ese espacio no le pertenece. No es antipatía, es que no lo entiende, no lo eligió, no lo desea, y sin embargo está allí porque alguien (la sociedad, la costumbre, la lógica por defecto) le dijo que así debía ser. Pero ella no evade el momento, tampoco, la historia que nos relata es una negación del matrimonio como posibilidad genuina de libertad.

 

Al contrario, convierte ese lugar de fogones, tiestos, comidas y olores en un territorio de conciencia para cuestionarse profundamente, desde una perspectiva crítica, el modo en que esta institución ha sido históricamente usada, especialmente en contextos tradicionales como una forma para limitar a las mujeres. Por eso su pregunta:

 

¿Qué me aconseja usted para la comida de hoy, experimentada ama de casa, inspiración de las madres ausentes y presentes, voz de la tradición, secreto a voces de los supermercados?”

 

No, ella no se dirige a otra mujer, no está haciendo una consulta sobre qué cocinar. Ella pone en el caldero, con un estilo de elegante ironía, a esa suerte de autoridad invisible que, desde los recetarios, revistas femeninas, etiquetas de supermercados dicta el comportamiento femenino en el matrimonio, entonces, en la sociedad. Por supuesto, cuando menciona a las madres ausentes y presentes, habla no precisamente de una inspiración, sino de una herencia impuesta sobre aquellas, eleLeer más

Las margaritas | La libertad multicolor de Věra Chytilová

Por Sergio E. Cerecedo

 

Las vanguardias cinematográficas de los 60´s son, fuera de la nueva ola francesa y el free cinema de Inglaterra, algo que raramente sale de los círculos más eruditos. Es difícil alimentar la curiosidad sobre hechos pasados sobre todo cuando lo que en alguna época fue novedoso ha quedado atrás, y a veces se siente feo, sobre todo cuando uno ve que las innovaciones tecnológicas han hecho sustituibles a las piezas porque, aunque su discurso sea relevante, su técnica no parece novedosa.

 

Hoy en día puede parecer muy fácil con los filtros digitales replicar los efectos visuales y tratamientos de imagen, pero hay que valorar que en varios países del este de Europa hay una tradición importante de dar vida a lo inanimado, ya sea a través de marionetas, fotografías, recortes tipo collage o un sin fin de técnicas que dan otro sentido a la creación de imágenes.

 

En plena efervescencia de cambios políticos que llegarían en muchos lados del mundo a su límite en 1968, la directora checa Vera Chytilova concibe y materializa una de las películas más plástica y sensorialmente audaces que han existido. El resultado puede ser extraño, desigual o difícil de entender, pero a mí me resulta tan disfrutable sin necesidad de comprender o ser certero al interpretar lo que sucede en ella, aunque su contenido y simbolismo por supuesto que merece una interpretación y búsqueda de ello. Aunque Vera no recurre a las técnicas antes mencionadas, como la animación, sino al montaje rápido, las superposiciones de imágenes y algunos filtros de color, su propuesta debe tanto a la visualidad de las artes plásticas de su país como a sus propias inquietudes y a las ganas mismas de romper esos cánones, una contraposición que al día de hoy sigue pareciendo maravillosa, divertida y con algunas líneas argumentales que van más allá del bien y el mal.

 

Dos mujeres de veintitantos años planeando salir a divertirse haciendo las bromas más pesadas, desde coquetear a señores con dinero para que les paguen todo hasta echar mucho desmadre. No es difícil ver, si uno tiene la paciencia, que a menudo en las secuencias hay un lenguaje simbólico entre ellas acerca de las cosas que tienen prohibido hacer, lo que resulta un poco absurdo si nosotros como público no aceptamos la convención de leer entre líneas. A continuación, veremos una serie de viñetas en las cuales siguen con este comportamiento y desparpajo infantil. Veremos a una interrumpir la cita de su hermana con un hombre mucho mayor e importunar al fulano en turno comiendo muchos dulces, preguntando cosas indiscretas y llevando con sus acciones toda la contra a lo que normalmente debía hacer una mujer según el conservadurismo rancio.

 

En el metraje podemos divertirnos mucho con números con música de fondo que en mucho remiten al cine mudo y al clásico de hollywood, pero solo en formalidad, pues es notable cómo Chytilova se sirve de estas formas a grosso modo para después trastocarlas con un sentido político y social muy puntilloso. Alrededor de todo el metraje ronda la pregunta de ¿Qué es la libertad? ¿A dónde vamos con lo que hacemos y a donde llevamos nuestro ser? Estas preguntas se exploran de maneras extremas, no siempre claras y nuevamente con un simbolismo sutil que deriva entre temas como el cuerpo y la sexualidad. La presencia de la comida, el atracón y la saciedad, funcionan como íconos de aquello que la sociedad siempre ha dicho, especialmente a las mujeres, que tomemos con medida.

 

El cambio de filtros de colores dentro de la misma secuencia monocroma a cada cambio de encuadre es de un surrealismo desbordado, divertido y que por sí mismo ya habla de desafiar el lenguaje, la atención, las convenciones del cómo narrar una historia con la estructura aristotélica clásica. Las personas dedicadas al arte en los sesenta cuestionan, destrozan y re estructuran todo aquello que las instituciones que dictan lo que debe de ser el cine. El montaje también está lleno de elipsis entre las aventuras de las chicas en la calle y la convivencia introspectiva que tienen en su casa, dentro de estas pláticas podemos leer muchas preguntas, muchas de ellas de carácter inocente, exploratorio y fuera de cualquier método científico, dando a entender que esta infantilización les ha sido dada por su propia opinión. Cuestionamientos punzantes que, junto con la destrucción de alimentos en una de las secuencias más recordadas, le valió la prohibición a la película durante muchos años.

 

La puesta en escena es curiosa, pues lo expresivo de las actuaciones puede resultar teatral, de artes vivas, sobre todo en lo que a expresión facial y corporal concierne —como en los bailes—, pero el montaje segmenta estas exageraciones, nos regala retazos incompletos de esta realidad. El experimento es notable en varias secuencias, pero especialmente en aquella donde una de las hermanas acompaña a un pretendiente a su casa y el lugar está lleno de mariposas disecadas, el ir y venir de los diálogos y las expresiones faciales es nuevamente reminiscente de la animación stop motion.

 

Hay también en varias ocasiones estampas referentes a las revistas de moda y los figurines, en ellas se entiende una burla a lo que pretende ser el estilo de vida vendido como el ideal para la mujer en esa época. Las escenas donde vemos cuerpos desnudos nos hacen patente esa libertad muchas veces ausente que estas amigas disfrutan y buscan de muchas formas, que casi nunca se dirían correctas.

 

De las sensaciones que recuerdo y han ido evolucionando en mí con cada visionado de esta película es la de tener, como estudioso y practicante del sonido cinematográfico, sentimientos encontrados respecto a la manera de abordar el sonido, hay desde las primeras secuencias unas ganas tremendas de burlarse de la convención y de lo típicamente bien hecho, el realismo en el sonido es sacrificado en pos de un expresionismo rítmico en el cual los personajes realizan varios movimientos que no tienen sonidos incidentales aunque estén en primer plano, pero de repente alguno de ellos lo tiene y esto crea un ritmo con la musicalización o con algún sonido continuo como un reloj, hibridando y confundiendo de una manera interesante entre los sonidos de las acciones (foleys), los efectos, y las mismas notas musicales de la banda sonora. Desgraciadamente no le podemos preguntar a su autora, pero lo plasmado crea una singularidad en la que oímos lo que ella quiere. Lo cual es palpable desde las primeras secuencias. La sonoridad de la película es rara, con música disonante llena de instrumentos de aliento que por momento parecen alarmas, por momentos cantos de gansos. Amorfas, desconcertantes pero que no nos dejan ignorarla.Leer más

La Mirada Materna como Espejo: el arte relacional de Claude Cahun y Marcel Moore

 

Por Janaína Marina Rossi*

 

De la izquierda a la derecha: Claude Cahun y Marcel Moore. Jersey Heritage Trust Collection. 1928. [1]

 

¿Cómo apreciar, ver, una obra artística femenina? ¿Sin contaminaciones hermenéuticas y excesos de ruidos críticos?

Aprendí con el Master DUODA que hay que ver con las entrañas, haciendo “Tabula Rasa” de los prejuicios. Por la práctica nombrada por Carla Lonzi, entiendo desnudarse, deshacerse de los monumentos fálicos de los conceptos e ideas adquiridas, empezar virgen y así, llegar al horizonte de nuestra propia visión original.

Así que empiezo con una pregunta sentida: ¿por qué la obra de Claude Cahun y Marcel Moore me instiga y a una generación de mujeres ubicadas en la monstruosidad femenina, como yo?

Sé que las monstruas me seducen. Así, difícil no partir de mí: mujer que ama mujeres y siempre planteándome, no por mis “derechos”, sino desde el deseo, por la monstruosidad. Yo, quien siempre elijo los márgenes como lugar más cómodo, siguiendo el vuelo de las Arpías que como dice Barbara Verzini: “…están colocadas en el borde del mundo, en el límite de lo que el hombre conoce, de lo que el hombre conoce, ha pisado, ha colonizado y navegado”[2]. Luego, fuera del Patriarcado. Mirándolo de lejos o desde lo alto, sobrevolando, airosas, en gracia y risa clitórica de la decaída del mismo”.

Las monstruas, guardianas de la Diferencia. Siempre en plural en su aparición. Aladas, te raptan, te transportan, extáticamente, hacia su Misterio magnético.

El arte de Cahun y Moore nos rapta. Nos lleva al lugar trascendente de la alteridad que es política de la relación, condición del engendramiento no solo de su obra, sino de todo ser vivo y de todo lo creativo. Aunque los hombres hayan iniciado una tradición donde o se olvidan de Ella (Naturaleza, Mujer, Diosa, como dicho por Luce Irigaray[3]), o se les roba la metáfora y producto de la generación.

Su creación consiste en un juego entre iguales en su diferencia sexual, que a causa de este contexto intercalan e intercambian entre ellas en un diálogo amoroso, erótico, creativo y entretenido, que consiste en un campo experimental de otras estéticas y otras éticas, generando juntas, conjurando, un arte que nos trasporta al mundo de la monstruosidad femenina.

Donatella Franchi afirma que “crear un contexto de relaciones es un verdadero acto creativo y que para una mujer, la relación es un valor en sí[4]. Y está la marca de la diferencia sexual en la obra de estas dos mujeres. Carla Lonzi ha denunciado la visión patriarcal que quiere dibujar el artista como genio solitario: “Yo encuentro abstracto, es decir, no verdadero, irreal, todo ese constituirse de la personalidad masculina como un producir a partir de sí […] existe siempre una relación, un diálogo”.

Claude y Marcel demuestran el gusto femenino Leer más

La hija como madre en la lengua de la imagen: Ana Casas Broda

Por Kenia Namiliz Salas Peláez

*Este texto fue escrito para el Máster la Política de las Mujeres, Universidad de Barcelona

 

La casa, obra materna, conserva y expande la divinidad de las Tres Madres, origen de la genealogía femenina, origen del cuerpo en el mundo. Ana Silva precisa “Las Tres Madres —abuela, madre e hija— están trenzadas por un hilo de oro irrompible e intocable”.[1] Es así que la relación madre-hija, hija-madre, aquel hilo de oro, constituye la casa materna, que al tiempo teje y protege la obra de la madre; como apunta Luce Irigaray “[…] lo divino se encuentra en la casa, y es la mujer quien lo guarda. Y las madres lo transmiten a sus hijas”.[2] Laura Mercader, con una lucidez extraordinaria, da nombre y por ello una proposición significante —lo que sabemos no es cosa menor— a la relación de las Tres Madres: la casa natal.[3]

La casa natal es el espacio simbólico y material[4] que acontece, y lo ha hecho siempre, en la inmensidad de Amor. Tal es su infinidad que “se mueve, circula, se ondula, se cae, remonta, planea…”.[5] Infinidad que excede al orden masculino. La casa natal hace un desplazamiento preciso para la creación femenina y el cuidado de la grandeza de las mujeres. La entrañable Virginia Woolf lo supo y plasmó en su ensayo Un cuarto propio; quiero decir que pienso el cuarto de Virginia como una analogía de la casa natal, la morada simbólica y material de la libertad femenina. Virginia era plenamente consciente de las perlas que se gestan en la casa natal. Por ello, nos convoca a tener cuidado para no perderla, y con ella, perdernos a nosotras mismas. Nos susurra: cierra las puertas de la casa, revisa que no quede vestigio del orden simbólico patriarcal. Pon atención: “¿No hay ningún hombre presente? ¿Me prometéis que detrás de aquella cortina roja no se esconde un hombre? Somos todas mujeres. ¿Me lo aseguras?”[6]

Virginia incita, sin vacilar —quiero subrayar que no hay temor en su palabra—, a proteger la obra materna del dominio patriarcal, plenamente consciente de que las tradiciones patriarcales despojan a la madre, colocando al hombre en su lugar. Tal conclusión no surge de una supuesta locura, sino de su profunda sabiduría. Pues “con un olvido y un desconocimiento increíbles, las tradiciones patriarcales han borrado las huellas de las genealogías madres-hijas. Hoy en día, la mayor parte de los científicos pretende, a menudo con la mejor fe, que todo esto jamás ha existido, que no es otra cosa que imaginación femenina o feminista”.[7] Esta es la razón por la cual la lectura sobre la locura de Virginia que algunos han propuesto probablemente provenga Leer más

Análisis de la cinta “Los insólitos peces gato” | Sobre las enfermedades terminales y los cuidados

Por Carmina Cardiel 

 

Los suspiros son señal de que necesitas un poco más de aire para respirar
De los problemas no se puede escapar, hay que enfrentarlos siempre
Los domingos por la tarde no son tan feos como crees
 

 

Claudia Sainte-Luce (2013)

El cuidado de enfermas terminales es una problemática que invisibiliza el desgaste emocional y físico de quienes lo llevan a cabo, en su mayoría, mujeres. La cineasta veracruzana Claudia Sainte–Luce, retrata con mucha sensibilidad el viacrucis que Martha y sus hijos recorren antes de que todo se convierta en cenizas. Los insólitos peces gato (2013) es el largometraje con el que la directora mexicana se dio a conocer luego de siete nominaciones al Ariel y un premio del jurado en Locarno. Esta cinta evoca la densa atmósfera que afrontan las personas con enfermedades terminales y los familiares que les cuidan.

 

Las mujeres como cuidadoras en México:

La cineasta mexicana se ha caracterizado a lo largo de su carrera por tocar temas social y moralmente incómodos como en La caja vacía (2016), que es una obra más bien personal en donde se habla de un reencuentro y sobre la demencia senil; El camino de Sol (2021), que toca el tema del secuestro cuando no se tienen los recursos para pagar un rescate; o El reino de Dios (2022) que nos muestra a un niño cuestionando a Dios y, finalmente el año pasado estrenó Amor y Matemáticas para hablar sobre el fracaso.

En “Los insólitos peces gato” la joven directora nos va narrando sin enunciados tan elaborados la problemática a la que se enfrentan Martha y su familia poniendo casi de inicio el contexto social: Padre ausente, enfermedad terminal, la fuga de realidades, la frustración y el dolor. Pero también rescata la luminosidad que trae consigo el humor, el cariño, la comprensión y el acompañamiento en este tipo de situaciones. Claudia es simbólicamente uno de los personajes más importantes en toda la trama porque sutilmente va develando a cada uno a partir de su interacción con esta familia que, por azar o quizás por necesidad, la acoge y ella se integra muy bien, pues hay algo que sí comparten todos los personajes: la enfermedad y el sentimiento de soledad.

En México, de acuerdo con datos de la Encuesta de Estadística de Defunciones registradas 2023, el 80% de muertes en el país se deben a enfermedades no transmisibles; sin embargo, en esta cinta se habla de un tema que recientemente está en el ojo de la sociedad mexicana por el supuesto incremento de casos registrados en el país. Y es que Martha nos cuenta cómo pasa de una vida sana a un suplicio, debido a las infidelidades de su marido. Pero jamás vemos a un personaje enfrascado en la autocompasión y la revictimización, pues Martha es una mujer fuerte que a pesar de la terrible enfermedad que está minando su vida, no se olvida de que es madre y casi toda la película va de los roles de cuidado no sólo hacia ella por su condición, sino de todos los miembros de la familia que, a su modo, también están afrontando la enfermedad con la que conviven ellos y su madre.  La madurez con la que cuenta cada una de las hijas y la propia Claudia, va marcLeer más

Sobre la belleza y La sustancia

Por Claudia Fernández[1]

Tú quieres un mundo, por eso lo tienes todo

 y no tienes nada.

— Diotima a Hiperión (Hiperión, Friedrich Hölderlin)

 

Cuando somos jóvenes, rara vez pensamos que un día envejeceremos. Creemos que nuestro cuerpo siempre responderá igual y, con cierta arrogancia, imaginamos que seremos inmunes al tiempo. A esto se suma el hecho de que vivimos en una sociedad que desprecia la vejez. A diario nos bombardean anuncios de cremas antiedad y productos que prometen retrasar lo inevitable. Se admira a quienes aparentan menos años o, de pronto, aparecen rejuvenecidos. Todo parece válido para preservar la juventud: rellenos, bótox, dietas milagrosas y otras estrategias diseñadas para desafiar las leyes naturales.

Quienes no tenemos acceso a esos artificios parecemos condenadas a un destino ineludible: perder la vitalidad y, con ello, el atractivo. La ansiedad por el paso de los años nos envuelve y amenaza con devorarnos antes de tiempo.

Desde hace un par de años, me he vuelto más consciente de que me acerco a los cuarenta. Como mis familiares y amigos, también estoy envejeciendo. Es imposible escapar de ello. A veces me sorprendo haciendo una cuenta regresiva y olvido valorar todo lo que los años me han dado: ahora soy una mujer más libre y fuerte. El tiempo me ha brindado una mayor capacidad de análisis y pensamiento crítico. Aprecio las conversaciones profundas y disfruto escuchar a las personas cuando hablan de su vida. He aprendido a dejar ir lo que no me hace bien y a retirarme de donde no soy bienvenida. También he ganado una capacidad de introspección que, hace diez años, ni siquiera sospechaba.

Pero también tengo miedo de envejecer. Me cuesta asimilar los cambios que se reflejan en mi cuerpo y en mi entorno. Cada vez aparecen más canas que intento disimular, y a menudo evito mirarme al espejo porque he dejado de sentirme atractiva. Esta sensación se refuerza con un discurso social que vincula la vejez con la pérdida de belleza, como si esa pérdida definiera nuestra valía. Al escribirlo, no puedo evitar sentirme superficial, pero sé que no lo soy: la belleza sigue siendo un privilegio y quienes cuLeer más

Entre Pliegues y Rosas: El Mundo Interior de Emily Dickinson

Por Kenia Salas Pelaez

 

Emily Dickinson se extiende más allá de lo decible; por eso es posible Viciarse de su Rocío, sentirlo más que entenderlo. Como bien señala Virginia Woolf sobre la poesía de Emily Brontë —y que aquí recupero para hablar de Dickinson—: “es más bien asombroso que pueda llegar a hacernos sentir lo que no era capaz de decir […] fue capaz de liberar la vida” (2007, p. 82). Emily Dickinson excede el logos y, con absoluta libertad, crea su propio mundo, su propio universo simbólico, para arroparnos con él.  Porque, vaya que nos habla directamente. Aunque en vida no buscó multitudes lectoras, lo cierto es que Susan Huntington Gilbert –su amada– representa a todas y cada una de las mujeres que hoy la leemos. Nosotras tomamos forma en esa figura lectora en femenino: la lectora principal de su obra. Así, la presencia de la lectora femenina se vuelve imprescindible, como lo fue Susan, porque el mundo simbólico de Emily siempre ha deseado revelarse a ella, a nosotras. Pero no con el lenguaje del hombre, sino con la lengua materna. Por eso no dudo que su obra sea un enigma para la razón masculina, que se sostiene en interrogantes y desconfía del misterio.

 

Dicha necesidad de una lectora, de una interlocutora —o, mejor dicho, de una relación— surge porque la escritura de Emily no está fuera de la vida. A diferencia de cómo suelen presentarse los llamados genios creativos —hombres solitarios, para quienes el vínculo estorba, asfixia, y por eso buscan el mutismo—, Emily escribe desde la cercanía. Es decir: escribe en relación. Y me permito decir que el mutismo no es lo mismo que el silencio. En el silencio habita la vida: ese movimiento sutil, ese sonido leve, como el canto de las aves o el susurro del viento al agitar las hojas, “no es ausencia” decía la poeta lesbiana Adrienne Rich en su poema Cartografías del silencio:

El silencio puede ser un plan
rigurosamente ejecutado

el plan de acción para una vida

Es una presencia
tiene una historia       una forma

No debe ser confundido
con ninguna clase de ausencia

El mutismo, en cambio, clausura. Este modo de escribir, de vincularse, se distingue profundamente de la escritura masculina. Como señala Carla Lonzi: “yo encuentro abstracto, es decir, noLeer más

La danza del maternar | Ensayo

Por Liz E. Islas

Cuando me embaracé, fue como seguir un llamado como especie, el cual mi mente racional no entendía. Mi embarazo tuvo momentos hermosos y otros muy oscuros; lamentablemente el mundo te habla de lo maravilloso que es estar embarazada, pero no del miedo, la incertidumbre, los cambios y la vulnerabilidad.

 

Este evento me volteó desde las entrañas. Sentí que toda mi estabilidad emocional fue resquebrajada. Como si me hubieran roto por dentro para después renacer. La alquimia de la maternidad fusionó la luz y la sombra de mi interior. Fue una experiencia que me conectó con mi ser fetal, con mi ser bebé, viviendo todo desde la emoción. La parí y me parí, tardando un tiempo en adaptarme a mi nuevo yo, a mi ser madre que me llama a la paciencia, la empatía y al autocuidado.

 

Los cambios continuaron, a pesar de seguir mi dictado inconsciente de tratar de tener una familia con el papá de mi hija, vivía una ansiedad constante. Un día esa ansiedad explotó de la manera menos planeada. Acepté que no era feliz, que el cuento de la familia feliz no aplicaba para mí, por lo menos no con ese hombre que la fuerza de la sexualidad había convertido en el padre de mi hija.

 

Hubo un tiempo en que simplemente nos alejamos, pero esa calma sólo fue el respiro antes de una gran batalla que inició meses después. Creo que él, también desde sus condicionamientos de hombre, desde el cáncer del machismo que obnubila la mente de hombres y mujeres, eligió no soltar a laLeer más

La memoria | Ensayo

Por Chinantu Yunuen Aviles Desales.

“La memoria es una casa donde cabemos todos”
Liliana Bodoc

¿Realmente deseo pasar por esto sola? Este es uno de los grandes cuestionamientos que me han hecho, recuerdo todo como si fuera ayer, caminaba al lado de una carretera muy transitada, el sol brillaba fuerte, seco como es el clima en esta ciudad, parecía que el tiempo se detenía, las lágrimas brotaban solas de mis ojos como ríos que siguen su curso y que no hay manera de detener. Así es la naturaleza, ¿cómo le pides al agua que deje de fluir? Quería dejar de sentir en ese instante lo que esto me causaba, estaba a pocas calles de llegar a mi trabajo y aunque los pasos no me llevaban a ningún lugar, sabía que tenía el tiempo limitado para volver, no quería que nadie notara que “algo me pasaba”, no soy una mujer que da muchas explicaciones y que le guste ser consolada, o sí, pero no por cualquiera, las palmadas en la espalda siempre me han parecido incómodas, así que las evitaba. Debo admitir que con el tiempo ya no me importa si me ven llorar porque he comprendido que la fortaleza proviene de otros lugares, sin embargo, cuando esto ocurre, nadie se atreve a calmarme, al contrario, las personas se asustan y no saben qué hacer, solo se alejan y me dejan vivirlo o me acompañan en silencio.

Cuando sonó mi celular y acepté la llamada, dejé caer el cuerpo en los asientos de metal de una parada de camión más vacía que yo misma, vi el número en la pantalla, era mi amiga Paty, una mujer que siempre está presente aunque nunca la veo, ella me sostuvo a través de la bocina, fue la primera persona a la que le conté lo que me ocurría y entonces lanzó la pregunta; ni siquiera yo sabía si debía estar sola o acompañada, incluso sentí un tono de regaño o de sacudida para despertar de un mal sueño y de alguna manera la respuesta era un sí y no que iba y venía.

Incluso, durante semanas lloré sin la más mínima raLeer más

Las olvidadas | Ensayo

Por Simona Raquel Santiago Maganda

 

Aquí estoy, ante este micrófono para visibilizar a una parte de las mujeres insolentes anónimas que fueron y han enfrentado racismo y discriminación.

 

Soy descendiente de una diáspora negra y quiero honrar a mis ancestras, quienes fueron secuestradas, traídas en barcos y cuyo genocidio aún no es reconocido del todo en la historia de México.

 

Aquí estoy, para visibilizar que las mujeres somos diversas, somos diferentes y que hay intersecciones que aún no se encuentran visibilizadas con dignidad y respeto.

 

Existe un movimiento dentro del feminismo que trabaja en la resignificación dLeer más