El mendigo
Los huesos mendigantes
la vida es una baraja de cartas
en la acera de saliva y migajas
nunca un as ganador.
Pocas monedas
su vida no vale
ni una mirada más
un manojo de trapos escurridos.
Pocos amores
rápidos, sucios, alcohólicos.
Amargos,
excepto uno.
Una foto amarillenta
en el bolsillo – cabina íntima y vacía –
descompuesta
por el peso de una cara de leche.
Desde el parqueo del centro comercial
un gritillo alegre “papá”
lo distrae,
recoge un flashback y se solidifica,
suspendido en el aire,
luego se desliza entre los carros de supermercado,
en el frío de treinta años perdidos
dejados atrás
de tímidos secretos.
Pasajes anónimos a las rejas
de la escuela los días de los recitales.
La mirada cose el dobladillo de los recuerdos
más allá de la acera
de colillas y desperdicios
y luces navideñas de la Navidad ajena.
Amores solo uno.
Creciendo, nunca los ha tenido.
Denegados.
Peregrinar
Vengo a decirte
que
en el paso ilimitado
del peregrinar
entre adoquinadas opacas
y oscuras tintas de oraciones,
sigo buscando el “Lugar
del eterno descanso”.
Mientras tanto, en el camino
me agaché para recoger
los musgos de noviembre,
y los coloqué ahí
entre los ojos del silencio
y la boca del Kyrie Eleison.
Vengo a decirte que el camino
es espeso,
y aunque si las heladas piernas de piedra
se impregnen de notas terrosas
de avenidas arboladas otoñales
cuando se excava para hibernar,
tú ya no puedes protegerme.
Pero me las arreglo, ¿sabes?
Por esto,
vengo a decirte que me dejes ir,
que me sostiene el buen soplo
que tú no puedes ver,
de lento ir y seguro devenir,
me sostiene el abrazo invisible sin límites.
Tú no me detengas
entre objetos y resistencias,
preguntas y opiniones,
juicios y culpas,
entre ideas de cuerpo y estigma.
Vengo a decirte que, si sueltas mi mano,
pronto estaré en el patio
inefable y podré descansar,
y luego,
finalmente,
asomarme y susurrarte, “no tengas miedo”.