La siguiente obra fue leída en voz y cuerpa de su autora en el micro abierto INSolentes, organizado por la editorial Tinta en las Uñas en colaboración con Enpoli, la Faro Tláhuac, Morgana Ediciones y la Fundación Elena Poniatowska, que se llevó a cabo en el marco del 8M.
Por Verónica Miranda
Nací de la misma tierra que el padre de los hombres. Y nací mujer agradecida de la piedad del Todopoderoso.
Juntos caminamos en el Paraíso, bebimos y gozamos de las delicias del Edén. En esos tiempos lejanos los animales y las cosas carecían de nombres. Y fue él, mi compañero, quien nombró a animales y cosas.
Y yo le pregunté un día con mis ojos llenos de respeto y admiración.
– ¿Y para qué le das nombre a las cosas y a los animales?
– A las cosas las nombro porque así pasan a ser de mi propiedad. A los animales les doy nombre porque así los educo y los someto. Ellos también son míos, como lo eres y serás por siempre, compañera mía. Yo te nombro ahora “Lilith”, y yo, Adán, soy tu dueño. Así que ven Lilith que tengo que decirte tus obligaciones, ya que me debes obediencia y respeto, porque yo seré el padre de todos los humanos, y tú serás mi obediente esposa.
Mi confusión y enojo fue enorme, pero él, el padre de todos los hombres, el mismo padre que comió del fruto prohibido muchos años después, a partir de ese día me hizo su esclava y soporté golpes, humillaciones viles; y no, no fue la serpiente quien enseñara al padre Adán a entrar en la vagina de uLeer más










Ella y él. Una niña de 14 arrullada por el desastre que dejó la bancarrota de su madre, una viuda colonial; y un millonario de 26 comprometido en matrimonio por un pacto familiar. En esta historia bañada por las aguas del Mekong ninguno de los dos tiene nombre, solo son: ella y él / la niña y el chino / la pequeña blanca y el hombre de Cholen.