Por Vanessa B. Lizárraga Juárez
El solsticio de verano enmarcó el inicio de nuestro desencuentro. Yo, no recogía precisamente narcisos cuando me encontraste. En el valle buscaba algo más que flores, no obstante, me conformaba con la adulación de los hombres que alababan mi belleza como forma de conseguir mis favores; halagos para alimentar el ego.
Nuestro sino estuvo marcado por los errores, un superlike involuntario determinó nuestra conexión. Mentiría si dijera que me sentí físicamente atraída a ti, sin embargo, con la convivencia cotidiana de las interacciones virtuales, le fuiste dando color a la monotonía de la cotidianidad. Quisiera decir que fuimos una historia de amor, pero sólo fuimos contingencias dependiendo si la historia la narra Perséfone o Hades. Interacciones virtuales y encuentros casuales en diferentes estaciones.
Llegaste a poner fin a una larga sequía. Trece años de espera, y desperté con tu voz, tacto y letras. Salí de la recóndita cueva habitada a conocer de nuevo el mundo, ese del que me alejé como ciervo herido. Emerger del letargo para sumergirme en un mundo nuevo e inexplorado donde las reglas del mundo online me resultaban angustiantes ante la liquidez de los vínculos afectivos. La fragilidad con la cual se maneja la búsqueda del amor a través del sexo, la volatilidad de las interconexiones, la manera en que el amor se convirtió en un producto de consumo al alcance de una cuenta gold o platino.
Mis miedos exacerbados al abandono y mi subyacente rechazo al compromiso. En el caos, tú. Aquel verano en tus brazos, encontré el camino para transformarme de capullo a flor. Abrirme toda ante la docilidad de tu mano gentil en mi piel, territorio inexplorado. Recuerdo un suave beso en el arco de mi pie izquierdo y tus manos tocando delicadamente mis muslos, mi cuerpo desnudo frente a ti y todos los miedos hincados a tus pies. Un tierno beso en el vientre abultado, vestigio de la maternidad, se convirtió en epicentro de mis deseos descontrolados. Nuestros cuerpos fundidos, fuimos fuego y ardimos juntos.
Por una extraña razón me sentí pura en tus brazos, tus labios descLeer más


Ella y él. Una niña de 14 arrullada por el desastre que dejó la bancarrota de su madre, una viuda colonial; y un millonario de 26 comprometido en matrimonio por un pacto familiar. En esta historia bañada por las aguas del Mekong ninguno de los dos tiene nombre, solo son: ella y él / la niña y el chino / la pequeña blanca y el hombre de Cholen.






