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Humberto Montes de Oca | Poemas

José Humberto Montes de Oca Lira (Ciudad de México, 1995). A los dieciséis años entré al taller de poesía de Pedro Pablo Martínez, aprendí que la poesía es sublime y parafraseando Cortázar, “es un infierno florido”. A la edad adulta continué mi educación literaria con Hernán Bravo Varela, ahí me enamoré de los poetas chilenos. Después tuve el privilegio de asistir a clases con la poeta Julia Santibáñez donde se forjó el camino de mi último libro llamado: La espera más violenta.

 

Responso cotidiano

¿Por qué la muerte está dos calles abajo,

a un tiro de grito,

a una lectura en tranvía?

Tiene el dedo amarillo por pasar las páginas de los días sobre los tejados,

sus ojos engullen los nervios rotos del cielo,

hierve una tormenta en su boca,

se extiende en lenguas asesinas,

su saliva moja las arrugas de mi piel,Leer más

Desde Irlanda al Salón de Belleza

Por Humberto Orígenes

Lo estético es un tema clásico de la literatura irlandesa. Desde John Keats hasta Seamus Heaney, sus letras no dejaron de lado las observaciones sobre lo bello. Oscar Wilde, en “El retrato de Dorian Gray”, reflexiona lo bello como algo a lo que debemos aferrarnos; no busca en su obra felicidad sino placer: “Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte”. Dorian mata a su autor a través de la obra y por ende también se mata a sí mismo, culminando el ciclo de la novela. “El arte esconde al artista mucho más de lo que lo revela”, asegura Wilde.

El autor demuestra, a través de la muerte del artista que retrata a Dorian y la muerte del propio Dorian, que “todo arte es completamente inútil”. Wilde decide apartarse de sus creaciones como un padre irresponsable: “El arte no tiene influencia sobre la acción”. Pero esta idea del arte por el arte se remonta a Keats, el poeta de quien dice Alfonso Reyes en su “Visión de Anáhuac”: “No renunciaremos —oh Keats— a ningún objeto de belleza, engendrador de eternos goces”.

Keats, como Wilde, otorga cierta letalidad a lo bello. Refiriéndose a la melancolía, John Keats Leer más

1937: el otro 2 de octubre

Por Ana Hurtado[1]

El Río Dajabón es un amplio espejo hídrico con una longitud aproximada de 55 kilómetros y cuyo origen se localiza en la montaña Pico de Gallo, en la provincia de Loma de Cabrera, al sur de la República Dominicana. Abrasado por la deforestación y la contaminación, marca una separación geográfica entre dos países caribeños, y paradójicamente, esa incisión territorial es un puente inquebrantable en el horizonte histórico de Haití y República Dominicana.

            Geográficamente Dajabón es una provincia sureña fronteriza. Un punto comercial de fuerte afluencia y de gran importancia para las relaciones económicas binacionales. En la lingüística es una palabra peculiar, que debate su pronunciación entre la sustitución de la j por la y, o en nombrarse sin ninguna alteración. En el imaginario insular es un lugar muy lejano, pues guarda una distancia de 308.4 km con la capital de Santo Domingo, lo que se traduce en al menos 5 horas de viaje por carretera. Un recorrido largo para una isla cuya extensión territorial total es de 48.444 km cuadrados y una densidad poblacional de 213 habitantes por km2.

 Dajabón es una herida colonial cuyo proceso de cicatrización ha sido prolongado. El Río Masacre fue rebautizado así después del 2 de octubre de 1937, cuando bajo las órdenes de Rafael Leónidas Trujillo, las tropas militares emprendieron una de las redadas migratorias más sanguinarias del siglo XX. Este episodio es mejor conocido como La matanza del perejil. Leer más