Representaciones de la violencia mexicana contemporánea en Fernanda Melchor, Liliana Blum, Laura Baeza y Dahlia de la Cerda

Por Diego Díaz

La violencia en México es uno de los temas más recurrentes en la narrativa de escritoras mexicanas contemporáneas. Su abordaje ha servido para construir una cartografía y crítica de la crueldad y el cinismo de la sociedad mexicana. En este mapa simbólico y desgarrador, el cuerpo de niñas, adolescentes y mujeres se erige como un territorio en el cual se inscriben la impunidad, el despojo, el control, la violencia sexual y la exclusión estructural.

En las obras de Fernanda Melchor, Páradais, 2021; Liliana Blum, El monstruo pentápodo, 2016; Laura Baeza, El lugar de la herida, 2025; y Dahlia de la Cerda, Medea me cantó un corrido, 2024; la monstruosidad deja de ser un mito para revelarse como una dimensión cotidiana, íntima y sistémica que en la mayoría de las ocasiones es producida por los hombres. Desde una perspectiva feminista latinoamericana, estas cuatro autoras articulan una estética de la violencia que denuncia cómo la estructura patriarcal, el capitalismo y los regímenes de dominación producen subjetividades feminizadas marcadas por el abuso y la condición de cuerpos “desechables”.

Este ensayo sostiene su análisis sobre tres ejes teóricos. En primer lugar, la noción de pedagogía de la crueldad formulada por Rita Segato (2018), que permite comprender la violencia contra las mujeres como un proceso sistemático de desensibilización emocional que convierte la dominación sobre los cuerpos en un espectáculo de poder y en un lenguaje de control político. Como señala la autora:

Llamo pedagogías de la crueldad a todos los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas. En ese sentido, esta pedagogía enseña algo que va mucho más allá de matar, enseña a matar de una muerte desritualizada, de una muerte que deja apenas residuos en el lugar del difunto. (Rita Segato, 2018, p. 11)

De igual forma, Rita Segato (2016) distingue, dentro de esta lógica estructural, un tipo de violencia que se singulariza por su crueldad extrema y su letalidad; si bien la violencia de género es estructural y alcanza cifras genocidas, la autora advierte que existe una modalidad que transita por escenarios impersonales, lo que exige estrategias de intervención diferenciadas para desarticular a sus perpetradores (p. 86).

Si la pedagogía de la crueldad describe el proceso de deshumanización, el capitalismo gore explica su lógica económica: la violencia se convierte en mercancía y el cuerpo en moneda de cambio. Este concepto, desarrollado por Sayak Valencia (2010), ayuda a interpretar cómo la violencia extrema y el derramamiento de sangre se transforman en bienes rentables dentro de espacios regidos por el narcopoder, la precarización económica y la necropolítica; Sayak Valencia precisa el término del siguiente modo:

Con capitalismo gore nos referimos al derramamiento de sangre explícito e injustificado (como precio a pagar por el Tercer Mundo que se aferra a seguir las lógicas del capitalismo, cada vez más exigentes), al altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con el crimen organizado, el género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de necroempoderamiento. (2010, p. 15)

Esta lógica subvierte la estructura económica clásica de la producción: ya no se trata de acumular bienes o mercancías, sino que la destrucción del cuerpo humano se convierte en el producto central; en este escenario, la rentabilidad se mide por el número de muertes, ya que la muerte misma se ha transformado en el negocio más provechoso (Sayak Valencia, 2010, p. 16).

Finalmente, Ochy Curiel (2013) profundiza en esta condición estructural al señalar que el análisis de la heterosexualidad como régimen político no puede realizarse de forma aislada, sino articulado con el racismo, el clasismo y el colonialismo, sistemas que operan entrelazados y naturalizan jerarquías sociales (p. 164). Esta imbricación de opresiones, raza, clase, género, sexualidad, exige, como la propia autora sostiene, una propuesta teórica y práctica que descolonice el pensamiento feminista y cuestione los privilegios blancos y eurocéntricos en las luchas de las mujeres latinoamericanas (Ochy Curiel, 2007, p. 94).

A continuación, el análisis de cada obra permitirá ver cómo operan estas lógicas en la ficción; al adentrarnos en la trama de Páradais (2021), Fernanda Melchor desentraña los mecanismos de germinación de la masculinidad tóxica y el resentimiento social en el contexto del privilegio y la marginación. A través de la alianza violenta entre Franco “el Gordo”, un joven acomodado y obsesionado con su vecina Marián, y Polo, un jardinero adolescente atrapado por la falta de posibilidades económicas, la novela demuestra que la agresión no surge de un arrebato imprevisto, sino de una fantasía misógina alimentada en la complacencia. La premeditación del crimen revela cómo la violencia se gesta lentamente en el rencor de clase y, sobre todo, en la cosificación del cuerpo femenino: “El gordo sabía que había que sorprenderlos cuando ya estuvieran acostados… amagarlos y amarrarlos, dejar que el gordo hiciera sus cochinadas” (Fernanda Melchor, 2021, p. 112). La agresión explícita deviene así en canalizador de la frustración masculina, donde el cuerpo femenino es reducido a un trofeo o a un mero objeto de consumo destructivo dentro de un entorno dominado por la insensibilidad pedagógica que describe Rita Segato (2016).

Por su parte, Liliana Blum en El monstruo pentápodo (2016) desmantela la figura del depredador marginal al ubicar el horror en el seno del espacio doméstico y bajo la máscara de la respetabilidad social. Raymundo, un “ciudadano modelo” e ingeniero de clase alta, encarna a un pederasta meticuloso que manipula a Aimée, una joven vulnerable, para convertirla en su cómplice en el secuestro y abuso de la pequeña Cinthia. Al entrar en la conciencia del agresor, la narrativa expone una perversa lógica de autojustificación que desplaza la responsabilidad de la agresión hacia la propia víctima: “Todo por culpa de Ella, que poseía un cuerpo diseñado para erizarle el deseo y plagar sus fantasías día y noche” (Liliana Blum, 2016, p. 84). Liliana Blum expone el papel del entorno como un espectador que, mediante el silencio o la complicidad funcional, valida la impunidad estructural que Ochy Curiel (2013) problematiza.

En El lugar de la herida (2025), Laura Baeza explora las fisuras del trauma colectivo a través del entramado de la trata de personas, la desaparición forzada y el duelo materno. Construida mediante una arquitectura polifónica, la novela contrapone la voz desgarrada de Lucero, una adolescente atrapada en una red de explotación sexual, con la de Dolores, una madre que enfrenta la burocracia e indolencia institucional mientras busca a su hija Nancy. Baeza visibiliza el proceso de cosificación extrema cuando los captores despojan a las jóvenes de su identidad previa para sustituir sus nombres por otros, Esmeralda, Zafiro, convirtiéndolas en simples piezas de cambio del mercado necropolítico. La narración condensa esta amarga toma de conciencia en la voz de sus personajes al asumir la desvalorización social de sus vidas: “Tuve una infancia en la que me repitieron incansablemente… que nosotras siempre damos el cuerpo y todo el cariño que tenemos y recibimos a medias […] somos desechables” (Baeza, 2025, p. 57). Laura Baeza inscribe así el dolor de la ausencia como un síntoma directo del capitalismo gore que expone Sayak Valencia (2010) y de la depreciación sistemática de las vidas precarizadas.

Frente a este escenario de devastación, Dahlia de la Cerda introduce en Medea me cantó un corrido (2024) una dimensión de resistencia y subversión popular. Por medio de relatos donde la violencia del narcotráfico, el control estatal y las relaciones patriarcales cruzan la cotidianidad de las mujeres, la autora invoca la figura simbólica de Medea como un hilo conductor que acompaña el dolor, asiste en la interrupción voluntaria del embarazo y brinda cobijo a las acorraladas. Dahlia de la Cerda retrata la hipervigilancia en los entornos dominados por el crimen organizado, marcada por el control tecnológico, las amarguras del encierro y la dominación económica, pero al mismo tiempo abre paso a la justicia poética y a la solidaridad comunitaria. Esto se evidencia en la voz narrativa que asume el riesgo ético y político frente al entorno violento: “A Perla la ayudé a abortar el hijo de un ejecutor de la guerra, del victimario. El hijo del que se enriquece con la sangre de otros” (Dahlia de la Cerda, 2024, p. 39). La reescritura mítica desafía la necropolítica mediante la sororidad y la dignidad popular, transformando el horror en una forma de autodefensa y desmontando la pasividad asignada históricamente a los cuerpos subalternos (Ochy Curiel, 2013).

Ampliar esta reflexión implica reconocer la potencia estética y política de estas cuatro autoras, así como situar sus obras en el corazón de una episteme feminista que lleva décadas advirtiendo que el patriarcado no es un sistema de opresión abstracto, sino una maquinaria concreta de producción de vulnerabilidad y muerte. Desde sus respectivas narrativas, logran materializar una verdad que el feminismo ha sostenido: el cuerpo de las mujeres es un territorio ocupado y violentado, un archivo de dolor y, al mismo tiempo, un espacio de contrainsurgencia narrativa, memoria de resistencia.

Cuando estas autoras inscriben la violencia en el cuerpo como escritura, reafirman el gesto feminista de hacer público lo privado, de politizar lo íntimo. Se trata de exhibir la violencia y a su vez, desnaturalizar el horror cotidiano, mostrar que el feminicidio, la desaparición, la trata de mujeres y la violación no son excepciones en la vida de las mujeres; para muchas la regla no dicha que estructura sus trayectorias vitales. Al hacerlo, desmienten la falacia neoliberal de que la violencia es un fallo individual o un accidente del sistema; demuestran que la violencia es el modo de gobierno, el lenguaje con el que el Estado, el mercado y la cultura familiar se articulan para disciplinar cuerpos feminizados.

El desmontaje del “monstruo” que estas escritoras emprenden es, en clave feminista, un acto de desobediencia epistemológica. La tradición occidental ha ubicado lo monstruoso en la mujer, la bruja, la histérica, la loca, la madre devoradora, o en el otro radicalmente exterior. Pero ellas invierten el foco, la monstruosidad no es un atributo excepcional o una anomalía; son los hombres normales, los ciudadanos ejemplares, los padres de familia, quienes cometen los actos más atroces.

La verdadera anomalía, lo inhumano, lo cruel, es un sistema económico y social que tiene como fundadores y cómplices a los hombres que convierten los cuerpos de las mujeres en recursos desechables. Al nombrar los diversos tipos de violencia, las obras de las autoras realizan una crítica de la racionalidad patriarcal y muestran que lo que llamamos “civilización” se sostiene sobre una lógica sacrificial que exige cuerpos femeninos como moneda de cambio.

Al presentar el cuerpo como archivo, estas obras vindican la memoria histórica de las mujeres mexicanas. Frente a las narrativas oficiales que cuentan la violencia desde las estadísticas o desde el heroísmo masculino, ellas inscriben una contramemoria hecha de pequeños gestos, de cotidianidades rotas, de cuerpos que desaparecen pero que dejan rastro en el lenguaje. Esa memoria no es lineal, es fragmentaria.

La función de sus escrituras como formas críticas de denuncia las convierte en herramientas que rompen el pacto patriarcal de silencio; en un país donde el horror se ha vuelto cotidiano, donde la noticia de un cuerpo hallado en una fosa compite con el entretenimiento, estas autoras niegan al lector la posibilidad de la indiferencia. Lo hacen desde una pluralidad de voces que refleja la multiplicidad de experiencias de ser mujer en México: clase, raza, región, edad.

Desde una visión feminista, estas cuatro autoras amplían el canon literario mexicano y redefinen los términos de lo político en la escritura. Nos enseñan que la estética puede ser un arma de desobediencia, que la literatura es un lugar de lucha por los sentidos y que la memoria es un compromiso activo con el presente. Al hacer del cuerpo femenino su archivo y su trinchera, nos obligan a preguntarnos no solo qué estamos leyendo, sino qué estamos dispuestas a hacer con lo que leemos.

 

 

 

Bibliografía

Literaria

Baeza, Laura. (2025). El lugar de la herida. Alfaguara.
Blum, Lilian. (2016). El monstruo pentápodo. Planeta.
De la Cerda, Dahlia. (2024). Medea me cantó un corrido. Sexto Piso.
Melchor, Fernanda. (2021). Páradais. Random House.

Teórica

Curiel, Ochy. (2007). Crítica poscolonial desde las prácticas políticas del feminismo antirracista. Nómadas, (26), 92-101. https://www.redalyc.org/pdf/1051/105115241010.pdf
Curiel, Ochy. (2013). La nación heterosexual: Análisis del discurso jurídico y el régimen heterosexual desde la antropología de la dominación. Brecha Lésbica.
Segato, Rita. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.
Segato, Rita. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo Libros.
Valencia, Sayak. (2010). Capitalismo gore: Control económico, violencia y narcopoder. Paidós.

 

 

 

Existencia: movimiento perpetuo entre la pregunta y la nada

 Una lectura de Los péndulos de la nada y El séptimo sello

Por Marta Rojas Porras

(Universidad de Costa Rica)

 

El libro Los péndulos de la nada (2026), de Jorge S. Massey, publicado por la editorial Poiesis, propone una reflexión radical sobre la existencia, el lenguaje y el vacío. El título, que funciona como primera clave interpretativa, convoca dos nociones fundamentales: el péndulo y la nada.

En su acepción básica, un péndulo es un cuerpo suspendido que oscila entre dos extremos; sin embargo, su dimensión simbólica remite al tiempo, la duda, el vaivén emocional y la búsqueda de equilibrio (Real Academia Española, 2026). La nada, por su parte, se define como “no ser o carencia absoluta de ser” (Real Academia Española & Asociación de Academias de la Lengua Española, 2024), es decir, el vacío ontológico. Si el péndulo se desplaza entre “la nada”, su movimiento sugiere un vaivén existencial sin dirección ni fundamento, un tránsito perpetuo hacia el vacío. Como señala Castillo (2025), cuando el punto fijo del péndulo es la nada, desaparece todo sostén: no hay origen, no hay fundamento, solo fragilidad e incertidumbre.

Esta intuición inicial se confirma al ingresar al texto. En el “Antiprólogo”, Massey advierte que su obra es “para quien disfruta de esas puertas que solo llevan a otras puertas, a un laberinto interminable e infinito”. La promesa no es la respuesta, sino el silencio. Desde esta premisa, el poemario articula una paradoja fundante: “La nada es la única herramienta de Dios”, mientras que el lenguaje es la herramienta humana para “encontrar un orden en el vacío”. La tensión entre un universo originado en la nada y un sujeto que intenta otorgarle sentido mediante la palabra constituye el eje estructural del libro.

El hablante poético se reconoce como un ser desplazado: existe en el exilio, en la soledad, inventando. La soledad no es accidente, sino condición ontológica. Por ello, los seres solitarios son “una compañía inclaudicable” y “la soledad es… el atributo favorito de Dios”. En este espacio liminar, la nada se vuelve interlocutora: “la nada nos nombra”. El lenguaje, aunque frágil, es imprescindible. Si “nuestro origen es un infinito incompleto”, la palabra solo puede ser tentativa, aproximación, intento de salvar algo del derrumbe. De ahí la esperanza mínima de que “quizás el universo se salve en las bibliotecas”: el libro como último refugio ante la disolución.

La casa —símbolo de identidad y pertenencia— aparece también transformada en un espacio liminar: “Mi casa es una tumba amable donde me tocan las cosas muertas que amo”. El hogar es tumba y resguardo, muerte y memoria. La obra entera se mueve en esta ambivalencia: “todo es efímero y a la vez eterno”.

La existencia oscila entre extremos, como un péndulLeer más

La metamorfosis en la poética de Ismael Glaf

Por Diego Medina

 

Viajas en mí y estás de viaje de Ismael Glaf es un libro de poesía de temática gay, aunque también podría decirse que es, como su título advierte, un libro de viajes. El tema es fondo y forma, una alegoría del descubrimiento de la sexualidad vista desde la lente de lo geográfico; las partidas, llegadas, el horizonte y la vieja premisa de que quien regresa no es el mismo que se fue. Cuerpo y travesía funcionan como un palimpsesto en el que se escribe la misma palabra: metamorfosis.

No se trata sólo de un libro con pasajes de cruising, autodescubrimiento y autoexploración y postales, sino de una alegoría de los cambios que suceden ahí donde los dominios del cuerpo, el espacio y el tiempo llegan a su límite. Es un libro sobre la metamorfosis del alma, un libro que, como la mariposa, emprende el vuelo para entregarse a tierras y cuerpos lejanos: “quizá me diluya / o me sostenga en vuelo”.

Mas detengamos en algunos versos, por ejemplo: “¿qué significa el olivo / que me grabas sobre tu caricia / y qué hace tu lujuria en mis comisuras / como si buscara hacer esquirlas en mi temblar?”, la tensión erótica se mantiene gracias a la cuidadosa selección de palabras que, como un entramado de ramas en el huerto —tópico literario del encuentro amoroso por excelencia—, oculta el cuerpo del amante entre palabras precisas por su carga semántica: “olivo”, “caricia”, “lujuria”, “comisuras”, “temblar”, todo ello sin la descortesía de lo explícito.

La poesía de Glaf no es closetera, cuando tiene que decir “pene”, “esperma”, “semen” o “ah/no”; no hay en su poesía lugar para la vacilación, incluso juega con el punto de enunciación del cuerpo deseado, por ejemplo, desde el discurso médico: ‘la detumescencia del pene puede deberse al cese de la liberación de neurotransmisores a la interrupción de los segundos mensajeros por fosfodiesterasas o de Leer más

Poética de la periferia prieta

Por Ximena Cobos Cruz

 

Bajo el sistema patriarcal, no está de más repetirlo, la historia de la literatura ha sido escrita por hombres, son ellos quienes —ahora podemos denunciar gracias al pensamiento crítico de muchas mujeres—, delinearon un canon repleto de nombres masculinos, porque solo entre ellos se reconocen creadores, artistas, pensadores, capaces de problematizar los grandes temas trascendentes de la condición humana. No obstante, ese canon blanco, patriarcal y eminentemente masculino se fisuró; por aquellos intersticios se colaron otros hombres que ya no pertenecen al norte global, eurocentrado, blanco, moderno, sino que han nacido en la Latinoamérica del pensamiento mágico, sincrético, capaz de gestar géneros como el realismo mágico y lo real maravilloso; con paisajes bananeros, cañaverales y llanos retratados a manera de contexto.

Aquellos hombres territorializaron la literatura desde su horizonte más personal. Sin embargo, dichas grietas por donde se cree que entra la luz al escribir una Historia de la Literatura Latinoamericana e incorporar sus nombres al canon opera de manera similar  a lo que Aura Cumes (2014, como se citó en Espinosa, 2016) junto a otras feministas comunitarias explican como el entronque patriarcal. Para Cumes, más allá de la mitología de las sociedades preconquista, donde predomina un imaginario de pares interrelacionados, deidades femeninas y masculinas, “es obvio que el paso de la deidad a los seres de carne y hueso implica una pérdida de poder para las mujeres ya que en el estado humano los hombres se convierten en la figura política y guerrera con preponderancia” (p. 158), de esta forma, señala Cumes, “se va estableciendo una dominación masculina sobre las mujeres que daría lugar a la conformación de un patriarcado” (p. 158) lo que posibilita el fortalecimiento y consolidación del patriarcado occidental al encontrarse con el patriarcado ancestral originario (Lorena Cabnal), que a lo largo de seis siglos de historia, a su vez, tiene una de sus desembocaduras en el ocultamiento y negación de la historia de las mujeres en América Latina y, por tanto, en el borrado y olvido de las escritoras que crearon obras literarias situadas desde su primer territorio cuerpo, obras configuradas desde la experiencia sexuada y su lugar de enunciación en el mundo como mujeres racializadas, mujeres situadas en sus contextos políticos y sociales, cuya mirada fue crítica tanto con sus compañeros de lucha como con las situaciones políticas de sus países.

En la Ciudad de México, dichas escritoras han sido buscadas arduamente en un proceso de excavación por múltiples mujeres que desde fuera de la academia y formadas en diferentes disciplinas articulamos la arqueología de escritoras como mecanismo de construcción de una genealogía históricamente negada por la academia y la institución literario, satisfaciendo nuestra curiosidad y necesidad tanto de referentas como de vernos representadas en los textos literarios más allá de los papeles circunscritos a la figura de la amante, que tienen lugar en la literatura escrita por hombres[1]. En ese mismo ejercicio de leer literatura escrita por mujeres, hemos recuperado los trabajos del Taller de Crítica Literaria Diana Moran (1984) y hasta los escritos de Kate Millet (1970), Mary Ellman (1968), Katerine M. Roger (1966), Toril Moi (1986), Elaine Showalter (1982), Hélène Cixous (1976), entre otras, como parte de la genealogía de la Teoría y Crítica Literaria Feminista impulsada a partir de finales de la década de los sesenta y hasta la década de los ochenta, que nos ha ayudado en el fortalecimiento de una lectura feminista de las obras de las escritoras, y nos permite reconocer no solo los temas —un primer acercamiento que mal llevado puede resultar reduccionista y constructor del universal mujer—, sino los estilos configurados por las escritoras, los géneros de los que se valen y las estructuras narrativas que construyen, así como cuestionar la periodización convencional de la Historia de la Literatura dado que las mujeres no nos ajustamos a ésta, pues como señala María Milagros Rivera “la periodización tradicional de la historia no sirve para la historia de las mujeres”.

Con todo este ejercicio de interés en las madres simbólicas (Marcela Lagarde), varias nos hemos decantado por reivindicar también nuestra existencia como escritoras y trazar un camino para que muchas más mujeres se atrevan a hacer literatura a través no solo de intencionar diálogos mediante la lectura crítica y con perspectiva feminista de más autoras, sino de construir talleres dedicados a la escritura como una práctica en colectiva, sitios en los cuales hablar desde el estar situadas. En ese camino nos fuimLeer más

Rizoma | Reseña

Por Aníbal Fernando Bonilla

 

Así titula la plaquette de Sara Montaño Escobar (Loja, 1989), publicado en el 2024, en formato digital por Periódico Poético, de México, en su colección “Piedras en los ojos”. Un conjunto de veintiún poemas que tratan sobre el estado del ser humano, más allá de la lógica común y las convenciones. Una aproximación a la animalidad, a la rareza de los hechos y a la simplicidad de las cosas. No hay velo postizo en los versos elaborados, sino una exteriorización genuina de las dolencias más intrínsecas, con ironía y saña escritural.

 

Lo humano se confunde con la bestialidad y la imperfección de la razón. Textos diáfanos, pero también sumergidos en la oscuridad. Desde ahí precisamente se escabullen las grafías a la superficie profana. Antes que contemplación o exaltación lírica, lo que cabe es una descarnada introspección del yo, que no busca elogios, y menos, compasión. El desamor se perfila en su registro salvaje: “Mis lágrimas son un sarpullido que queman tus besos”. Asimismo, el rastro familiar como afecto extinguido o cuestionado en torno a la frágiLeer más

Suplicio de amor en una tartaleta de zarzamoras

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Las zarzamoras no ofrecen su dulzura de inmediato. Al primer contacto con el paladar, una leve acidez se extiende y permanece casi intacta. Es la misma sensación que dejan ciertos recuerdos.

 

Olvidar a Catherine sería renunciar a sí mismo para siempre. Por eso tras la muerte de ella, Heathcliff le reclama “¡Persígueme! ¡Enloquéceme! Pero no me abandones en este abismo donde no puedo encontrarte…”

 

Ese suplicio que se niega al olvido es el que atraviesa toda Cumbres borrascosas. Un lugar indómito, azotado por las lluvias repentinas que se desgarran desde las colinas; donde el viento guarda sus secretos y las espinas del páramo parecen crecer también en quienes lo habitan.

 

Heathcliff y Catherine pertenecen a ese paisaje. Él, silencioso, inteligente, calculador convierte su amor en obsesión. Ella, impulsiva y orgullosa no le dice: “Te amo”, afirma que él y ella son una misma identidad indisoluble. Juntos encarnan una pasión tan intensa que sobrevive incluso a la muerte, pero incapaz de ofrecerles paz.

 

Su corazón padece un hambre que ningún alimento consigue saciar.

 

Por eso, si esta novela pudiera convertirse en alimento, sería una tartaleta de zarzamoras.

 

Las zarzamoras crecen lejos de los jardines, aferradas a las espinas y expuestas al viento del páramo. Son oscuras, intensas y conservan una acidez intacta en el tiempo. Igual que el amor entre Catherine y Heathcliff: imposible de domesticar, hermoso y doloroso a la vez.

 

En la novela, la comida apenas ocupa un lugar en la cotidianidad. Un plato de gachas, una taza de té, un trozo de pan. Ninguno consigue reunir a la familia, avivar el diálogo. La mesa, como el paisaje, permanece rodeado de rencor y silencio.

 

Una tartaleta de zarzamoras tampoco reproduce una escena de Cumbres borrascosas; pero sí captura su esencia. Sabe a viento, a tierra húmeda por la neblina inclemente. La masa delicLeer más

Abrirse paso entre el Diario de la Noche de Pita Ochoa

**La portada de este artículo forma parte de las ilustraciones realizadas por Elizabeth Torres para Diario de la noche

Por Ximena Cobos

 

Diario de la noche (Red Press, 2024) es una obra de la poeta infrarrealista Pita Ochoa publicada en Dinamarca, cuyo trabajo de traducción al danés y al inglés supone un acontecer de entendimientos entre mujeres: Malene Thorborg y Elizabeth Torres, respectivamente. Este es el primer detalle importantísimo que rodea la publicación de dicho libro, pues desde México, con la curiosidad puesta en los ojos, como lectora, mediadora, investigadora y espeleóloga de la poesía escrita en femenino libre, reconozco el problema de la traducción al que constantemente nos enfrentamos a la hora de buscar acercarnos a la poesía tan solo de escritoras de América Latina y el Caribe cuya lengua materna no es el español. Por ello, pensar que desde los países angloparlantes o desde Dinamarca las lectoras y escritoras puedan llegar a la obra de una de las poetas infras no es un acto simple, sino un acto de justicia por todas las escritoras cuyas obras habitan el polvoso olvido de las no reediciones.

El libro nos acontece en un contexto donde el espacio de la literatura ha sido tomado por el hacer entre mujeres, aunque esto no sea nuevo en su intención, pues toca recordar que no venimos solas, que esa soledad es un supuesto que nos quieren hacer creer para no reconocer el continuum de la existencia y resistencia de las mujeres. Sin embargo, quepa aquí señalar que, desde mi perspectiva, este movimiento, esta búsqueda, está cayendo en cierta laxitud, pues estamos creando involuntariamente un nuevo canon —quizá porque son las formas que conocemos y no apuntamos a construir algo nuevo, pues carecemos de tiempo entre todas las cosas que hay que hacer para sobrevivir el día a día—. No obstante, ese nuevo canon está una vez más cerrado y, peor aún, reducido. Es redundante y nos tiene dando vueltas en un círculo bastante pequeño, mordiendo la cola de esta serpiente a cada nuevo círculo de lectura o cada lista de algún reto lector nacido en las redes sociales. Es por ello que resulta relevante y necesario el hincapié en la traducción y el alcance que esto significa; el viaje fuera de la lengua materna sin soltarla, una traducción que no abandona el original, que deja aparecer la voz de la poeta como origen, y que permite en un futuro quizá un hallazgo inesperado.

Al respecto, en el prólogo de Diario de la noche se menciona que para Pita la existencia en la sombra es hasta cierto punto autoelegida, sin embargo, me parece que esto tendría que significar no saber que su obra existe, no haber escuchado alguna vez su nombre. Antes bien, creo que es una invitación a habitar la sombra con ella, porque allí es el sitio en el que se hallan muchas escritoras como Pita, si no nos asomamos a lLeer más

Beati mites: subvertir el canon literario desde la dulzura

[1]

 

Por Victoria Marín

 

A menudo, del acercamiento a los libros durante la infancia deviene el encuentro con la palabra como mera sustancia y alimento, esto si se tiene la libertad de elegir tan solo por deseo, divertimento o necesidad, aunque normalmente se elijan obras de aquel conjunto que ya ha pasado por la aceptación letrada o la legitimación de una tradición.

En ese entonces, solíamos prescindir de muchas cosas que ahora nos estorban, entre ellas, cualquier escenario ajeno a la revelación de las historias, cuando estas no llegaban a desarrollarse en el terreno de la memoria y la historia familiar. La conciencia lectora de la infancia, todavía indómita, concentraba la mirada que devolvía el espejo último, aquel que siempre, cuando resultaba verdaderamente grato y provechoso, aparecía despojado de los rasgos de la máscara del escritor en sociedad, presto a mimetizar.

Debo suponer que, a muchos, como a mí, no nos interesaba saber quién había escrito qué, ni qué se había dicho sobre ello. En mi caso, era más sencillo recordar las peculiaridades de un cuento o una novela que el nombre de la persona que lo había engendrado, quien muchas veces no pasaba de ser un extraño que se interponía entre la niña que era y la que se convertía en historia cada vez que leía. 

Incluso ahora, en ocasiones, me veo arrastrada por ese desplazamiento de la atención, que relega a un segundo plano cosas tan importantes para las instituciones literarias como la figura autoral. No solo porque, quizá, haya quedado un remanente de aquella resistencia infantil hacia la domesticación, o porque crea que la persona detrás de la obra carece de importancia; más bien, creo que ocurre lo contrario. Simplemente a veces me dejo llevar por el impuso, otras, pienso que sería maravilloso que, alguna vez, cada uno de nosotros tuviera la oportunidad de ser leído y procurado de ese modo, sin tomar en cuenta etiquetas de nombre, raza, posición social, geografía o género, tan solo por la virtud del texto, concibiendo la figura de quien escribe como ese autor que trasciende diferencias como las establecidas entre hombre y mujer, término que María Zambrano empleaba para pensarse en un género neutro (Laurenzi, 1995, p.17), quizá a falta, en aquella época, de las posibilidades que hoy brindan recursos como el lenguaje inclusivo.

Más, no vivimos en un mundo carente ni de identidad ni de estructuras, aunque muchas se alejen de lo real. Como menciona Elena Laurenzi, “María Zambrano era profundamente consciente de ser una mujer que escribía, y quería escribir como una mujer, trastocar el discurso masculino dominante, obligarlo a enfrentarse a una otredad radical” (1995, p.17), que reconoce y ejerce una escritura distinta de los modelos entronizados en el canon occidental (ese conjunto de obras que ha resultado reductivo y excluyente), una otredad que ha tenido que hacerle frente a la disminución de su valor al ser calificada meramente como subjetiva, en contraste con una supuesta universalidad, tradicionalmente asociada a lo masculino; que Leer más

Las estructuras sociales de Stephen King

Por Christian Jiménez Kanahuaty

 

Se suele asegurar sin ningún sonrojo en la piel que Stephen King es el rey del terror. Que sus novelas logran congregar dosis exactas de misterio, miedo, violencia, sangre, suspenso y terror. Lo grotesco parece ser parte de su imaginario. Aunque la fantasía también convoca el interior de muchas de sus historias, existe sin embargo, una fuente que no ha sido totalmente tratada en su narrativa.

Esa fuente establece que cada una de sus novelas es un retrato complejo y completo de una estructura social. King hace lo que un buen etnográfo realiza: investiga, se aferra a los datos duros proporcionados por la historia y completa lo que está en medio a través de una representativa muestra de visiones orales que explican el por qué y el cómo de los acontecimientos.

Lo oral marca el rumbo de cada subjetividad de la cual King hace uso para mostrar y hacer evidente un estado de situación. Sus novelas trabajan sobre un terreno que no siempre es usual en la literatura. Trata la historia contemporánea como una mitología en continuo proceso de avance.

Los mitos que identifica son los repertorios culturales de toda sociedad. La escuela, la música, el cine, los automóviles, la ropa y ciertas bebidas. Y quizá dentro de todas estás las que mejor aparece representada sea la propia literatura. Las referencias literarias de King son amplias, desde la novela de misterio y detectives hasta la gran literatura afianzada en la poesía de Coleridge o las novelas de John Irving.

Y no es casual tampoco que muchas de las grandes escenas que King plasma sobre el papel tengan como telón de fondo canciones que sostienen la tensión o desinflan la emoción. Las canciones son el gran repertorio emocional de la prosa de King y es bien sabido que la música es la filosofía de los pobres y, por ello, prestarle atención a cómo surte efecto dentro de sus escritos, nos podría demostrar que estamos ante un escritor que piensa el texto como parte de una realidad compleja que debe dar forma y que tiene lugar en el corazón de los lectores. Entonces todas las referencias son de utilidad para hacer que el lector se conmueva y se interese por lo que King escribe.

Así, novelas como Misery no tratan solamente sobre la violencia, ni sobre la dominación de una mujer fanática sobre un hombre que sólo desea convencer para ser libre. Habla del mundo literario, de cómo los autores también son sometidos —al buscar la fama y la fortuna— bajo los designios de un mercado que es implacable con ellos. Les arrebata la libertad y les empieza a cercenar el alma.

Carry, que si bien es la novela de instituto y de violencia, también es el rechazo a toda forma de mediocridad, conservadurismo y miramientos. No se puede ir más lejos en la postura de identificar al agresor como aquella faceta social en la que todo puede ser criticado a partir de un juicio moral que mira desde muy arriba cualquier actitud y es incapaz de verbalizar el verdadero dolor o las cosas que de verdad importan.

Apocalisis es intrigante porque se adelanta a su tiempo. Entre su escritura y la pandemia del COVID-19 hay muchísimas décadas de por medio, sin embargo, lo que se narra con tintes dramáticos y tétricos es en gran medida una transfiguración de lo que se vivió por aquellos años. Aunque su verdadera visión está enfrascada entre la lucha entre el bien y el mal, como arquetipos, lo que hay bajo esa superficie fácil de identificar no puede sino ser identificada como una sociedad en crisis, transformación y reorganización. Es quizá la novela más sociológica de King porque todas las estructuras sociales, desde la religión, la familia, la escuela y los miedos además del sexo y la jerarquía de poder, se ven involucradas y cada una de ellas está representada por un personaje. Por lo cual, la novela debería ser pensada como artefacto de cultura en los salones de clase donde se imparten contenidos referidos a las ciencias sociales.

Con El resplandor, King nos demuestra que la familia, lejos de la idea de Tolstoi, es más que sólo infeliz a su modo, sino que también es capaz de crear monstruos que no pueden ser domesticados con el amor, ni con el ensanchamiento de la genealogía. Aquí todo tiene un destino que se evidencia desde el primer momento y la visión del marido golpeador y que desatiende a su hijo y esposa gracias a la influencia que tiene el alcohol sobre él es tan sólo una nota de color, porque lo que se juega en esta novela es mucho más complejo, pues es cómo los miedos se proyectan y cobran cuerpo, nos atenazan en la existencia, condicionando nuestras percepciones.

King lleva en esta novela el terror al ámbito de nuestra mente interior y al hacerlo nos muestra el modo en que nuestras ideas se van formando. Lo cual le sirve también para ingresar en un nuevo escenario cuando decide retomar la historia de la familia Torrance —protagonista de El resplandor—, y acercarnos a lo que ocurre en la vida de Dany, el hijo de Jack, el padre alcohólico que quiso asesinarlos tanto a él como a su madre. Y para ello, la continuación, Doctor sueño, va un poco más allá al mostrarnos que al bien siempre habrá contingentes de personas que querrán encapsularlo y destruirlo.

En contra de toda esperanza, la novela se resuelve de manera lenta y llena de detalles para mostrar y ejercer en el lector la impresión de que o nada está perdido del todo o que la historia no tiene por qué repetirse en cada ocasión. Que así como hay fuerzas que actúan para que todo salga mal, también hay fuerzas que impulsan a que todo salga bien. Y esto ocurre porque hay en la vida momentos límite sobre los cuales la capacidad de decisión y autonomía del ser humano son igual o más grandes que las concepciones Leer más

Posicionamiento ante la violencia homófoba en el Fondo de Cultura Económica

El pasado viernes 3 de julio de 2026, el colectivo Novísimxs de poetas LGBTTTIQ+  llevó a cabo una lectura de poesía en protesta contra la homofobia institucionalizada en el Fondo de Cultura Económica dirigido por Paco Ignacio Taibo II. Los comentarios homófobos emitidos con total impunidad en un chat laboral, y  posteriormente redirigidos contra Víctor Santana, trabajador del FCE, son inaceptables. Así mismo, no se puede justificar la revictimización que se trató de ejercer al pedirle a éste que hiciera “las paces” con quien consideró que no representaba mayor problema expresar este tipo de insultos por una vía de comunicación oficial. Por si fuera poco, al notificar que interpondría una denuncia interna, Victor Santana fue sacado sin previo aviso de aquel medio. En un contexto como el actual, la homofobia no puede ser tolerada bajo ningún pretexto, mucho menos dentro de instituciones culturales al servicio del pueblo como lo es el FCE.

            El hecho de que Paco Ignacio Taibo II  pida firmas para respaldar su gestión, mediante esos mismos canales de contacto, a quienes colaboran con él, además de ser una muestra grotesca de abuso de poder en sus funciones como director del FCE, revela sus verdaderas preocupaciones; su falta de interés en la resolución de conflictos dentro de su equipo de trabajo; al igual que su desprecio por la comunidad LGBTTTIQ+ al respaldar a quien emite comentarios homófobos como los denunciados. No es sorpresa, ni sería la primera vez que Paco Taibo II actúa desde el machismo. Célebres son ya sus infames declaraciones “se las metimos doblada” y “poemas [de mujeres] horribles de malos”, lo cual nos obliga a preguntarnos ¿Hay intocables en la 4T? ¿La gestión de Taibo se saldrá con la suya? ¿La presidenta se mantendrá al margen? ¿La homofobia ahora vuelve a ser política de estado? Lo dijimos el viernes 3 de julio en la protesta pacífica: lo único que pedimos de Paco Ignacio Taibo II y de la presidenta, Claudia Sheinbaum, es que sean radicalmente congruentes.

Desde el principio de nuestro posicionamiento sabíamos que enfrentar a los aparatos del Estado implicaba enfrentarnos a una relación de poder asimétrica. Pero también hemos aprendido de nuestra historia, que ante todo es una de resistencia, y jugaremos el juego de la guerrilla. No con armas, puesto que ese idioma no lo entendemos. Nos referimos a una guerrilla de protestas en las librerías, en los cafés, en las ferias del libro, en las recepciones, en los honores a la bandera, en las cenas familiares, en los vagones del metro, en las redes sociales, en los videos de influencers extranjeros que ansían conocer lo “bello que es México”, en las aulas, en los mercados, en los cines, en alamedas, en los hospitales, en los cementerios, y en cualquier lugar donde pretendan esconderse de nosotros, porque nosotros ya no nos esconderemos nunca más. NO VOLVEREMOS AL CLÓSET. SI ALGUIEN TIENE QUE SENTIR VERGÜENZA, SON USTEDES.

            Ante el ejercicio de poder del director del FCE, que conmina a sus subordinados a respaldarlo públicamente, desde el Colectivo Novísimxs de Poetas LGBTTTIQ+, convocamos a artistas, activistas, colectivos LGBTTTIQ+, escritores, asociaciones civiles, medios de comunicación, defensores de derechos humanos y aliades en general a sumarse a este posicionamiento, lo mismo que al siguiente pliego petitorio, que se manifiestan abiertamente en contra de la homofobia dentro del FCE,  del uso del cargo público como trinchera de la homofobia y, sobre todo,  de cualquier tipo de declaración discriminatoria en los espacios públicos que son de todos, todas y todes.

 

PLIEGO PETITORIO

  1. Talleres de sensibilización para lxs trabajadorxs del Fondo de Cultura Económica que hayan proferido insultos homofóbicos.
  2. Garantías de no repetición, así como de no represalias contra Víctor Santana.
  3. Disculpa pública del FCE y de Paco Taibo II por la revictimización ocasionada al subgerente del Fondo Editorial Tierra Adentro.
  4. Creación de una colección de literatura LGBTTTIQ+ en el Fondo de Cultura Económica.
  5. Cese inmediato de actividades para funcionarios de cualquier nivel que, de ahora en adelante, pronuncien comentarios misóginos, homófobos, racistas, coloristas, capacitistas o que denigren la dignidad humana en cualquiera de sus formas.
  6. Finalmente, exigimos que la presidenta Clauida Sheinbaum sea radicalmente congruente y se pronuncie en contra de los comentarios homófobos emitidos al interior del FCE y en cualquier institución pública del país.

ATENTAMENTE

Colectivo Novísimxs de Poetas LGBTTTIQ+: Elías Medina, Alejandro Miravete, Ricardo Rosales de Paula, Abdul C. Bornio, Afrodita M. Alvarado, Darío González Rodríguez e Ismael Glaf.

Y LOS ABAJO FIRMANTES:

Ximena Cobos, Guido Astolfi, Ernesto Reséndiz, José María (Ediciones Abuela Yonki), Alge Aguilar, Rubén Fischer