El efecto iluminador de los feminismos y lo que no acaban de alumbrar

Por Irma Lorena Acosta Reveles

ilacosta@uaz.edu.mx 

 

El mes de marzo ha devenido en un lapso que interpela a la ciudadanía para reconocer el rol social de las mujeres, es un llamado a reparar en la trascendencia de sus múltiples quehaceres en el presente, y rastreando el pasado. Y no son sólo las mujeres quienes se encargan de ponerlo a la vista; lo hacen con exceso de propaganda los organismos gubernamentales y educativos, los medios de comunicación, entidades sociales varias, y corporaciones, desde luego. En lo individual, también los hombres —cada vez más de ellos— se adhieren al evento: aluden a la equidad, la inclusión y justicia alcanzada, a lo mucho o poco que desde su perspectiva falta por hacer. Es el efecto iluminador de los feminismos. Cabe aclarar que esta expresión no es mía.

 

La causa, los fines de la conmemoración son legítimos, pero de la parafernalia hay mucho por cuestionar; sobre todo la autenticidad y congruencia de muchas voces. No es lo que corresponde hacer ahora. Esta breve nota tiene el propósito de apuntar hacia un sector de mujeres perteneciente a la población económicamente activa que sigue siendo poco visible y subvalorado, que no logra apreciarse en toda su relevancia y magnitud. Se trata de las trabajadoras del hogar remuneradas, una dimensión casi ignorada, soslayada en las agendas feministas.

 

Es preciso hablar de su condición de vulnerabilidad y de la infravaloración de sus Leer más

Desde el cuerpo y el espacio urbano

Construcción relacional de la identidad

 

Por Mariano Minjares Galindo

Cuando hablamos de la “ciudad” se suele hacer referencia a ella como un espacio inerte en el que las personas hacen su vida cotidiana: se levantan temprano, se arreglan y salen corriendo al trabajo con la esperanza de encontrar un asiento en la combi que pasa a unas cuadras de su casa. Casi como si el hormigón y concreto que forma nuestras casas y trabajos fueran los límites del laberinto en el que vivimos, interrumpido únicamente por anomalías verdes en las que, con un poco de suerte, podemos estar sin mucha preocupación los domingos por la tarde. No, las ciudades no son únicamente los elementos rígidos del paisaje.

Desde mi punto de vista, las ciudades son sistemas, están integradas por una serie de elementos que las hacen de determinada manera, esto las vuelve más que solo piedras una sobre otra. Las ciudades se van armando con una infinita cantidad de aspectos que se integran y entrelazan en ella. Esto da como resultado riqueza en las formas en que se hacen y se experimentan las urbes: no es lo mismo vivir en Guaymas, Sonora, que hacerlo en Progreso, Yucatán. Los elementos que construyen la ciudad se escapan a lo material, haciéndolas únicas: el clima, la cultura, música, idioma, formas de transportes, trabajos, etc. Todo se conjuga para formar las ciudades que tenemos, cada una con sus particularidades.

En este sentido estoy convencido de que, como dice Ramírez Kuri (2014), las identidades se construyen de forma “relacional”. Esto es que la identidad está conformada por las relaciones que hacemos con lo otro y con los otros, son por estas relaciones y en esas relaciones que se constituye la identidad.

Esta serie de interacciones (que pueden ser directas, indirectas, intermitentes o incluso ausencias) son las que van conformando la forma en al que vemos al mundo y en la que interactuamos. Son todos estos elementos los que interactúan con el individuo y entre sí, se modifican unos a otros de forma constante y crean la conciencia que eventualmente forma la identidad.[1]  

Para sintetizar cómo se construye la identidad, podemos recurrir al concepto de sobredeterminación que Freud (2020) introduce en La interpretación de los sueños.[2] Pues las interrelaciones constantes que se hacen entre los elementos que constituyen la identidad funcionan de la misma manera en un caso y en otro.

Esto aplica para la construcción de la identidad individual, así como la identidad espacial que comparte características clave: 1- Son complejas (multi relacionales y con multiplicidad de puntos de encuentro entre los elementos que constituyen esta complejidad) 2- Son “desvinculables de cualquier sentido absoluto” (haciendo referencia a que son las interconexiones antes mencionadas y no un elemento sempiterno el que constituye la identidad espacial. No hay un “ancla fija” a la que adherirse, pues todo es contextual) 3- Producto de los dos puntos anteriores: mutable a través de la historia, los contextos modifican las relaciones y el paso del tiempo configura los significantes y significados que constituyen una identidad espacial.

Los procesos que constituyen la identidad de los individuos y de los espacios que habitamos son, en muchos sentidos, similares. Comprender cómo se construye la identidad no solo nos ayuda a entendernos como sujetos, sino que también arroja luz sobre un aspecto fundamental de la vida urbana: la relación entre nuestra constitución como personas y la forma en que se configuran las ciudades. Pues las ciudades no están al margen de quienes las habitan, pero esta relación no es lineal ni unidireccional (no se trata de que primero seamos nosotros y luego la ciudad, o viceversa), sino de una interacción simultánea, casi como el dilema del huevo y la gallina, no sabemos bien a bien cual fue primero.

Es también muy importante comprender que esta construcción relacional no es armónica ni simétrica: está atravesada por conflictos, tensiones y fricciones. Los espacios urbanos son lugares donde distintas identidades, memorias y formas de habitar compiten por permanecer, expresarse o resistir. La ciudad, entonces, no solo se habita: también se disputa.

Las identidades individuales (las personas) hacen ciudad, la nombran, la caminan, la resignifican; pero, al mismo tiempo, la ciudad moldea nuestras formas de ser, nuestros ritmos, nuestras posibilidades y nuestros vínculos. En ese ir y venir se construye tanto el sujeto como el espacio. Comprender esta reciprocidad entre ciudad e identidad es fundamental si queremos avanzar hacia formas más justas de habitar. Desde aquí, se abre la pregunta por qué cuerpos, qué tiempos y qué formas de vida son realmente reconocidas en nuestras ciudades.

 

La ciudad cuida y descuida

Me parece que la constitución de las identidades, colectivas/urbanas, así como individuales, no se explican sin entender los contextos en los que se desarrollan. Dentro de las múltiples complejidades que se dan en estos contextos se encuentran puntos que a mi parecer son transversales por su universalidad y por lo mucho que pueden moldear la realidad de las personas. De forma particular me quiero referir en este texto al trabajo y cómo afecta de diferente manera a las personas que habitan las ciudades.

La división sexual del trabajo constituye la principal desigualdad entre los hombres y las mujeres en cuanto al reparto de las responsabilidades laborales. En especial cuaLeer más

Territorio, género y control: una aproximación decolonial al urbanismo contemporáneo

Por Viviana Padilla Márquez[1]

 

Desde la modernidad, la ciudad ha sido imaginada como el emblema de la promesa civilizatoria, vista como un espacio de encuentro, libertad y realización personal; sin embargo, esa promesa no es universal, lo urbano, lejos de ser un territorio neutro, se erige como un dispositivo de selección social, sexual, racial y económica. Las calles, las plazas, el transporte, incluso el mobiliario público, configuran una gramática que dice quién puede habitar y bajo qué condiciones. En esa gramática, la cuerpa —ese cuerpo sexuado, racializado, empobrecido, deseante y situado— es constantemente relegada, corregida, vigilada; la ciudad, entonces, no se habita en igualdad, para muchas mujeres y disidencias, habitar es una negociación constante entre el deseo de estar y el mandato de desaparecer.

La filosofa Judith Butler (2006) afirmó que el cuerpo no existe al margen de las relaciones de poder que lo producen y lo exponen, esa afirmación, cuando se piensa en clave urbana, revela el trasfondo disciplinario de las ciudades contemporáneas: bancas divididas para impedir el descanso, alumbrado público deficiente en zonas periféricas, vigilancia que controla pero no protege, cada una de estas infraestructuras es un mensaje sobre quién debe sentirse incómodo, no se trata solo de exclusión económica o de clase, sino de una pedagogía del miedo que obliga a las cuerpas a limitar sus horarios, modificar su vestimenta y ajustar su presencia para no desentonar con la racionalidad dominante, como advierte Butler (2004), “la violencia no es solamente física, sino también simbólica y normativa; produce formas de existencia legítimas y otras que deben ser eliminadas” (p. 43).

Aun así, no basta con nombrar las violencias; urge comprender el entramado epistemológico y político que las sostiene, por ello Ochy Curiel (2013), desde el feminismo decolonial, insiste en que la lucha no debe quedarse en demandas de inclusión, se trata de transformar radicalmente los supuestos que organizan el espacio porque si el urbanismo está diseñado desde una matriz masculina, blanca y productiva, cualquier intento de esa débil inclusión que no se atreve a cuestionar esa matriz está destinado a reproducir la desigualdad, es lo que Curiel manifiesta cuando habla de esa ciudad que no puede ser repensada desde la neutralidad, porque es un campo de disputa donde se configuran y desconfiguran los cuerpos, esta idea también abordad por Michel Foucault señala que el poder no se ejerce solamente desde el centro, sino que se distribuye en dispositivos mínimos que moldean la vida cotidiana. La ciudad está llena de esos dispositivos entre los cuales podemos ver cámaras de seguridad, semáforos inteligentes, barreras arquitectónicas, todos ellos configurando lo que se considera “normal” y lo que se aparta de la norma; la cuerpa, por su condición política y afectiva, aparece en muchos contextos como una anomalía molesta, incomoda, que desestabiliza la limpieza simbólica del espacio público, Foucault llama a esto biopolítica del espacio: la forma en que los cuerpos son gobernados a través de la organización del territorio (Foucault, 1975, p. 136).

Por ejemplo, en muchas estaciones de transporte masivo se instalan torniquetes que no permiten el paso de personas con cuerpos fuera de lo normativo: personas en silla de rueLeer más

La ignorancia como poder: notas sobre el antifeminismo y la manósfera

Por Mikel Armenta López

No hace mucho, el feminismo pasó de ser un fenómeno poco entendido por los hombres a convertirse en el enemigo público número uno, bajo la premisa de que hoy vivimos en una dictadura: una dictadura que mezcla lo feminista, lo woke y un régimen que, según algunos, ya no permite a los hombres “ligar” como antes ni expresarse libremente —aunque se trate de discursos de odio—. Pero la creación de un enemigo no ocurre de la noche a la mañana: se construye desde diversos frentes, principalmente desde páginas o grupos de la manósfera, cuya fórmula del antifeminismo parece infalible.

Por ejemplo, el youtuber Jota Red Pill asegura que el feminismo debe combatirse a toda costa, pues —según él— promueve la “extinción” de la familia como institución social y nacional, dejando de lado modelos no tradicionales de familia: familias homoparentales, familias elegidas, familias sin padres (en muchos casos) o sin madres, e incluso familias con otros miembros no humanos como compañeros, entre otras.

¿Qué es el antifeminismo? Son ideas y narrativas que cuestionan el feminismo desde el negacionismo y la victimización masculina. La filósofa Renata Salecl, en su libro Pasión por la ignorancia, se pregunta: ¿qué elegimos saber y por qué? Si bien durante mucho tiempo hemos centrado la atención en el binomio saber/poder, hoy la relación ignorancia/poder merecer la misma atención.

Es cierto que los hombres nos vemos expuestos: el feminismo ha interpelado de manera contundente los pilares de una sociedad patriarcal diseñada desde la masculinidad. Esta sacuLeer más

Cuando la perversión no es perversidad, sino diferencia

Por Lluvia Caballero Ledesma

Hablar de normalidad y patología en nuestros tiempos sobre la forma en que se llevan a cabo las practicas sexuales es causa de polémica y mucho debate, lo cual implica que entrarle por ahí sería continuar en la prehistoria. No obstante, me parece que no es una cuestión de polarizar como buena o mala una práctica en sí, sino en realidad de establecer por qué surgen estas prácticas que están muy relacionadas con el tiempo histórico social. Al respecto, es posible reconocer que en estos tiempos de transición cultural en que vivimos se han incorporado nuevos valores sociales, nuevas dinámicas y formas de ser, no sólo en el ámbito público sino también en el privado, donde se puede expresar la sexualidad con mayor diversidad.

Desde la postura clínica de Freud, fue él quien habló sobre la sexualidad normal y aquella que se sale de la “norma”, refiriéndose en primera instancia a los homosexuales, los invertidos; Freud señaló que estos individuos renunciaron en algún momento a ser partícipes en la reproducción. Adicionalmente, considera que se dividen en dos grupos: los que cambiaron de objeto sexual y aquellos que alteraron su meta sexual. Los primeros, dice, son los que renunciaron a la unión de dos genitales; y los segundos, los perversos que obtienen satisfacción sexual de múltiples formas, como en el caso de los fetichistas, sadomasoquistas, voyeristas, etc. En todo caso, menciona que independientemente de en qué grupo se ubique el individuo, estas prácticas tienen el mismo objetivo que la satisfacción sexual en un acto sexual “normal”; para llegar a ella realizan los mismos sacrificios, aunque en ocasiones vergonzosos, y puede observarse en toda la realización de la práctica sexual dónde se encuentran rasgos que se acercan a los parámetros normales y dónde se apartan. Asimismo,  considera que es de gran importancia comprender las conformaciones patológicas de la sexualidad e identificarlas, ya que nos permiten discernir la delgada línea entre lo normal y patológico, además de profundizar en la comprensión de la sexualidad en general.

En este sentido, también manifiesta que los genitales son sustituidos por otra parte o región del cuerpo, como la boca y el ano sustituirían a la vagina (vulva), ya que hay una relación muy próxima en los órganos de recepción de alimentos y de excreción con la excitación sexual sin que para ello haya Leer más

Energía masculina y femenina: la opresión revestida de elegancia

Por Mikel Armenta

 

No está de más decirlo en todas partes. Hoy en día muchos creadores de contenido, en su mayoría hombres, logran acceder a grandes comunidades virtuales perpetuando el discurso de las energías masculinas y femeninas. Este discurso ofrece a los hombres la producción del deseo sobre cómo debe ser una mujer de “alto valor”, cuyos criterios de dicho valor se determinan a través de su energía femenina.

 

Pero ¿a qué le llaman energía femenina? Para empezar, es el complemento perfecto del hombre con energía masculina, es decir, fuerte, seguro, líder, proveedor y sobre todo protector; cualidades que si quieres en tu pareja, debes alinearte a la contraparte, la energía femenina. Ésta se enmarca bajo la idea de que una mujer está creada desde el instinto de cuidar su núcleo familiar, de lo maternal y servicial; al mismo tiempo, se espera y exige a las mujeres sumisión, silencio, obediencia y ceder el control al “liderazgo masculino”, tanto en aspectos de toma de decisiones como de independencia económica. Es así que la promesa de la masculinidad a todos los mandatos y expectativas es una mujer femenina al servicio del hombre, quien ofrece dos principales “bondades”, proveer y protección.

 

Sin embargo,  esto nos lleva a dos grandes problemas que enfrascan una relación de poder. Por un lado, la entrega del control absoluto al liderazgo masculino en la toma de dLeer más

La Mirada Materna como Espejo: el arte relacional de Claude Cahun y Marcel Moore

 

Por Janaína Marina Rossi*

 

De la izquierda a la derecha: Claude Cahun y Marcel Moore. Jersey Heritage Trust Collection. 1928. [1]

 

¿Cómo apreciar, ver, una obra artística femenina? ¿Sin contaminaciones hermenéuticas y excesos de ruidos críticos?

Aprendí con el Master DUODA que hay que ver con las entrañas, haciendo “Tabula Rasa” de los prejuicios. Por la práctica nombrada por Carla Lonzi, entiendo desnudarse, deshacerse de los monumentos fálicos de los conceptos e ideas adquiridas, empezar virgen y así, llegar al horizonte de nuestra propia visión original.

Así que empiezo con una pregunta sentida: ¿por qué la obra de Claude Cahun y Marcel Moore me instiga y a una generación de mujeres ubicadas en la monstruosidad femenina, como yo?

Sé que las monstruas me seducen. Así, difícil no partir de mí: mujer que ama mujeres y siempre planteándome, no por mis “derechos”, sino desde el deseo, por la monstruosidad. Yo, quien siempre elijo los márgenes como lugar más cómodo, siguiendo el vuelo de las Arpías que como dice Barbara Verzini: “…están colocadas en el borde del mundo, en el límite de lo que el hombre conoce, de lo que el hombre conoce, ha pisado, ha colonizado y navegado”[2]. Luego, fuera del Patriarcado. Mirándolo de lejos o desde lo alto, sobrevolando, airosas, en gracia y risa clitórica de la decaída del mismo”.

Las monstruas, guardianas de la Diferencia. Siempre en plural en su aparición. Aladas, te raptan, te transportan, extáticamente, hacia su Misterio magnético.

El arte de Cahun y Moore nos rapta. Nos lleva al lugar trascendente de la alteridad que es política de la relación, condición del engendramiento no solo de su obra, sino de todo ser vivo y de todo lo creativo. Aunque los hombres hayan iniciado una tradición donde o se olvidan de Ella (Naturaleza, Mujer, Diosa, como dicho por Luce Irigaray[3]), o se les roba la metáfora y producto de la generación.

Su creación consiste en un juego entre iguales en su diferencia sexual, que a causa de este contexto intercalan e intercambian entre ellas en un diálogo amoroso, erótico, creativo y entretenido, que consiste en un campo experimental de otras estéticas y otras éticas, generando juntas, conjurando, un arte que nos trasporta al mundo de la monstruosidad femenina.

Donatella Franchi afirma que “crear un contexto de relaciones es un verdadero acto creativo y que para una mujer, la relación es un valor en sí[4]. Y está la marca de la diferencia sexual en la obra de estas dos mujeres. Carla Lonzi ha denunciado la visión patriarcal que quiere dibujar el artista como genio solitario: “Yo encuentro abstracto, es decir, no verdadero, irreal, todo ese constituirse de la personalidad masculina como un producir a partir de sí […] existe siempre una relación, un diálogo”.

Claude y Marcel demuestran el gusto femenino Leer más

La hija como madre en la lengua de la imagen: Ana Casas Broda

Por Kenia Namiliz Salas Peláez

*Este texto fue escrito para el Máster la Política de las Mujeres, Universidad de Barcelona

 

La casa, obra materna, conserva y expande la divinidad de las Tres Madres, origen de la genealogía femenina, origen del cuerpo en el mundo. Ana Silva precisa “Las Tres Madres —abuela, madre e hija— están trenzadas por un hilo de oro irrompible e intocable”.[1] Es así que la relación madre-hija, hija-madre, aquel hilo de oro, constituye la casa materna, que al tiempo teje y protege la obra de la madre; como apunta Luce Irigaray “[…] lo divino se encuentra en la casa, y es la mujer quien lo guarda. Y las madres lo transmiten a sus hijas”.[2] Laura Mercader, con una lucidez extraordinaria, da nombre y por ello una proposición significante —lo que sabemos no es cosa menor— a la relación de las Tres Madres: la casa natal.[3]

La casa natal es el espacio simbólico y material[4] que acontece, y lo ha hecho siempre, en la inmensidad de Amor. Tal es su infinidad que “se mueve, circula, se ondula, se cae, remonta, planea…”.[5] Infinidad que excede al orden masculino. La casa natal hace un desplazamiento preciso para la creación femenina y el cuidado de la grandeza de las mujeres. La entrañable Virginia Woolf lo supo y plasmó en su ensayo Un cuarto propio; quiero decir que pienso el cuarto de Virginia como una analogía de la casa natal, la morada simbólica y material de la libertad femenina. Virginia era plenamente consciente de las perlas que se gestan en la casa natal. Por ello, nos convoca a tener cuidado para no perderla, y con ella, perdernos a nosotras mismas. Nos susurra: cierra las puertas de la casa, revisa que no quede vestigio del orden simbólico patriarcal. Pon atención: “¿No hay ningún hombre presente? ¿Me prometéis que detrás de aquella cortina roja no se esconde un hombre? Somos todas mujeres. ¿Me lo aseguras?”[6]

Virginia incita, sin vacilar —quiero subrayar que no hay temor en su palabra—, a proteger la obra materna del dominio patriarcal, plenamente consciente de que las tradiciones patriarcales despojan a la madre, colocando al hombre en su lugar. Tal conclusión no surge de una supuesta locura, sino de su profunda sabiduría. Pues “con un olvido y un desconocimiento increíbles, las tradiciones patriarcales han borrado las huellas de las genealogías madres-hijas. Hoy en día, la mayor parte de los científicos pretende, a menudo con la mejor fe, que todo esto jamás ha existido, que no es otra cosa que imaginación femenina o feminista”.[7] Esta es la razón por la cual la lectura sobre la locura de Virginia que algunos han propuesto probablemente provenga Leer más

Sobre la belleza y La sustancia

Por Claudia Fernández[1]

Tú quieres un mundo, por eso lo tienes todo

 y no tienes nada.

— Diotima a Hiperión (Hiperión, Friedrich Hölderlin)

 

Cuando somos jóvenes, rara vez pensamos que un día envejeceremos. Creemos que nuestro cuerpo siempre responderá igual y, con cierta arrogancia, imaginamos que seremos inmunes al tiempo. A esto se suma el hecho de que vivimos en una sociedad que desprecia la vejez. A diario nos bombardean anuncios de cremas antiedad y productos que prometen retrasar lo inevitable. Se admira a quienes aparentan menos años o, de pronto, aparecen rejuvenecidos. Todo parece válido para preservar la juventud: rellenos, bótox, dietas milagrosas y otras estrategias diseñadas para desafiar las leyes naturales.

Quienes no tenemos acceso a esos artificios parecemos condenadas a un destino ineludible: perder la vitalidad y, con ello, el atractivo. La ansiedad por el paso de los años nos envuelve y amenaza con devorarnos antes de tiempo.

Desde hace un par de años, me he vuelto más consciente de que me acerco a los cuarenta. Como mis familiares y amigos, también estoy envejeciendo. Es imposible escapar de ello. A veces me sorprendo haciendo una cuenta regresiva y olvido valorar todo lo que los años me han dado: ahora soy una mujer más libre y fuerte. El tiempo me ha brindado una mayor capacidad de análisis y pensamiento crítico. Aprecio las conversaciones profundas y disfruto escuchar a las personas cuando hablan de su vida. He aprendido a dejar ir lo que no me hace bien y a retirarme de donde no soy bienvenida. También he ganado una capacidad de introspección que, hace diez años, ni siquiera sospechaba.

Pero también tengo miedo de envejecer. Me cuesta asimilar los cambios que se reflejan en mi cuerpo y en mi entorno. Cada vez aparecen más canas que intento disimular, y a menudo evito mirarme al espejo porque he dejado de sentirme atractiva. Esta sensación se refuerza con un discurso social que vincula la vejez con la pérdida de belleza, como si esa pérdida definiera nuestra valía. Al escribirlo, no puedo evitar sentirme superficial, pero sé que no lo soy: la belleza sigue siendo un privilegio y quienes cuLeer más

Más allá del miedo: Una propuesta para ciudades más seguras

Por Chinantu Yunuen Aviles Desales[1]

 

Introducción

 Las violencias ejercidas hacia las mujeres no son nuevas, históricamente han sido reproducidas de manera constante tanto en el espacio público como en el privado, sin embargo, con el paso del tiempo es un tema que se ha puesto en la mesa y del cual se habla con mayor naturalidad principalmente en las nuevas generaciones, señalar a los culpables o detectar rápidamente cuando éstas ocurren es cada vez más cotidiano. 

 

Muchas de las desigualdades que se dan en la producción del espacio están relacionadas con el sistema patriarcal en el cual estamos inmersos, esto permite que prolifere y evolucione, adoptando tantas formas que le permiten sobrevivir, adaptarse y reproducirse innumerables veces. Al respecto, Jane Darke (1998, citado en Valdivia, 2011) señala que el patriarcado adopta muchas formas y cambia con el tiempo. Coexiste con la mayoría de los sistemas económicos, incluido el capitalismo, y en muchos escenarios: en la familia, en el lugar de trabajo, en el gobierno, etc. 

             

Además de esto, la división sexual del trabajo constituye también una de las formas para legitimar el control en la reproducción de la vida social e invisibilizar la participación de las mujeres así como impedir su libre acceso a todas las áreas de la esfera productiva y reproductiva; estos mecanismos de control promueven que existan acciones como el acoso o la violencia y que estos, a su vez, sean normalizados. 

 

En ese sentido, el siguiente texto presenta algunas de lLeer más