Por Ana Julia Jiménez Alizota[1]
Sweet dreams are made of this
Who am I to disagree?
[…]
Some of them want to use you
Some of them want to get used by you
Some of them want to abuse you
Some of them want to be abused
— Eurythmics (1983)
El film abre con la canción de Eurythmics “Sweet Dreams (Are Made of This)”, dando al espectador un vistazo de lo que presenciará en los próximos 165 minutos a través de los acordes sintéticos de la canción: una exploración frontal sobre la servidumbre voluntaria y la mecánica del sometimiento. La “bondad” que se presenta desde el título nos revela cómo las instituciones contemporáneas (como el mercado laboral, el matrimonio y la religión) se vuelven dispositivos de poder, los cuales envuelven las tres historias de la película. Podemos observar cómo los cuerpos son vulnerados al mandato del Otro, los mecanismos de exclusión y de control discursivo de Michel Foucault y la performatividad ritualizada de Judith Butler demuestran que el sujeto no precede a las estructuras de dominación, sino que es su producto más depurado. Asimismo, la deriva de sus protagonistas puede comprenderse mediante los movimientos de desterritorialización y reterritorialización teorizados por Deleuze y Guattari, pues a cualquier intento de escape frente a un orden institucional concluye siempre en un nuevo dispositivo de captura. Será a través de la figura de R.M.F. como Lanthimos desarticula la noción del individuo como una unidad psicológica coherente y lo expone como un artefacto disciplinario. Además, Kinds of Kindness articula una crítica radical a la ilusión de la autonomía individual, mostrando cómo el deseo de pertenencia en la sociedad contemporánea exige la amputación (literal y simbólica) del propio cuerpo para garantizar la validación dentro de un orden social que solo otorga existencia a través del sometimiento.
Un hombre espera en su auto a que pase otro de un desconocido, cuando llega, impacta contra él; su jefe le ha dado la orden de hacerlo, y él lo ha cumplido. De acuerdo con Michel Foucault (El orden del discurso, 1970) todo discurso está controlado por poderes e instituciones que lo seleccionan, organizan y distribuyen mediante diversos procedimientos de exclusión. En el film, Raymond (el jefe) ejerce el poder que tiene sobre Robert, controlando así todo sobre su vida: sus gustos, sus acciones, su cuerpo, su sexualidad (desde lo macro como su empleo, hasta lo micro). En una primera escena con los dos juntos, podemos ver cómo su relación va más allá de ser jefe-empleado: “Si de verdad me amas […]” le dice Raymond, mostrando el tipo de cercanía que tienen después de diez años. Sin embargo, el otro, tras continuar la charla, duda de la última orden y le contesta: “Cualquier cosa pídeme, pero no puedes hacerme responsable de otro hombre”, haciendo mención de aquel que debió matar (R.M.F.).
El discurso, por más que en apariencia sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él, revelan muy pronto su vinculación con el deseo y con el poder. Y esto no tiene nada de extraño: ya que el discurso —el psicoanálisis nos lo ha mostrado— no es simplemente lo que manifiesta (o encubre) el deseo; es también lo que es el objeto del deseo; […] el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse. (Foucault, 1970)
La instrucción de impactarse contra el auto es la manifestación de un discurso dominante que ha colonizado la voluntad de Robert; el acto de chocar se vuelve una pieza de la maquinaria disciplinaria que domina la materialidad de su existencia y lo vuelve una parte del engranaje de un sistema. El poder que Raymond ejerce sobre Robert se altera cuando el discurso se desplaza de la obediencia hacia el querer su propia autonomía (al negarse a matar a R.M.F.), así es como Robert rompe el contrato de obediencia que sostenía su realidad. Cuando Robert es despedido y pasa por una transformación de su rutina, no vemos solo la pérdida de comodidad en su vida, sino que también es un acto de exclusión: al dejar de ser el “sujeto” del discurso del jefe, “Robert” deja de existir y entra en una crisis de identidad.
La desesperación de Robert por volver al orden anterior evidencia que el individuo no es el enemigo del poder, sino su producto mejor logrado. Su búsqueda de aprobación es la confirmación de que su propia identidad depende de la estructura que lo domina. Al final, arrollar el cadáver de R.M.F. no es un “acto de bondad”, sino el desenlace de un discurso que ha logrado adueñarse de la voluntad del otro, convirtiendo el deseo de pertenencia y seguridad en una forma de dominación.
Por otra parte, la estructura narrativa nos conduce a Roland Barthes y a La muerte del autor, pues encontramos que los sujetos (los personajes) no son entidades con una identidad estable, sino que son un tejido de signos que se transforman según el contexto de cada historia. Kinds of Kindness nos presenta tres historias, todas unidas por un sujeto llamado R.M.F., que funciona como un “significante flotante” (que, de acuerdo con Levi-Strauss en Introduction à l’œuvre de Marcel Mauss (1950), es un significante “no finito”, que representa un exceso de significación sobre el significado), y por el cual permite que el espectador y los personajes intenten dar sentido a un mundo absurdo y fragmentado. Centrándonos por el momento en esta figura, R.M.F. atraviesa la pantalla sin una carga semántica fija, es un símbolo que vale mucho porque no significa nada; es un comodín. Solo forma, solo un nombre (o las iniciales de uno), y esto lo vuelve una especie de nudo en la red de signos (y este todo vendría siendo los personajes sin identidad estable). Bajo esta misma lógica, el elenco funciona como envases que cambian de contenido en cada relato; personajes con máscaras intercambiables en cada historia (lo cual lleva a pensar en los pósteres promocionales de la película, donde cada uno de los personajes parece llevar una máscara de su propio rostro)¹. Vemos como Robert pasa de ser un empleado sumiso en “The Dead of R.M.F.”; a ser Daniel, un esposo que sufre la pérdida de su esposa, en “R.M.F. is flying”; para finalmente transformarse en Andrew, el compañero de Emily e integrante de un grupo sectario, en “R.M.F. eats a sandwich”.
Figura 1
Pósteres de Kind of Kindness (2024), Japón y E.U.A.

Nota. Afiches oficiales de la película en Japón y Estados Unidos (Searchlight Pictures, 2024).
Igualmente, y teniendo en mente el “sujeto flotante” que hay en R.M.F., se puede entender que esto permite que los otros personajes proyecten sus propios discursos sobre él: para Robert, era una orden que debía cumplirse; para Emily y Andrew, el receptor del poder de resurrección; para el espectador, un misterio.
El film nos sugiere que el individuo no tiene una esencia fija, sino que es un “multiespacio” donde chocan diversas verdades; donde nada ni nadie es inmutable, y puede verse cómo diferentes órdenes, normas y costumbres externas influyen en lo que llamamos “identidad”. La identidad de los individuos es un collage de los estímulos externos que han penetrado en la materialidad del cuerpo, convirtiéndolo en una superficie donde se inscriben múltiples discursos. Esta fragmentación de identidades ya la presentaba Judith Butler con los “actos performativos”; pues, al no existir un autor interno que dirija las vidas de los personajes, la identidad sólo logra sostener mediante la repetición ritualizada de las normas externas. Robert no es un empleado sumiso por naturaleza, sino que se ha vuelto EL empleado sumiso a través de la repetición de acciones (beber whisky, decir su itinerario, chocar el auto) que su jefe, como figura de autoridad institucional, le ordena para validarlo como sujeto existente.
Con todo lo anterior en mente, regresemos al segundo relato. El policía Daniel se encuentra en espera de que hallen el paradero de su esposa, Liz, que ha desaparecido en el mar. Con sus amigos la recuerda como aquella que no come chocolate. Un día es localizada y al regresar a casa Leer más



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