Contra-cartografía erótica: Tanteando nuevos caminos afectivos

Por Marisabel Macías Guerrero

Este mapa bien podría titularse “Metáforas del desajuste” o “Anti-manual para sobrevivir a un sismo emocional”, pero mejor me voy con cuidado. Tanteando el terreno, como dicen en mi tierra natal. Ese tantear también se puede aplicar a cuando te tocan, te auscultan, te manosean. O tú a ellos. Tanteas el paquete. La promesa. En fin, que me desvío. Hoy no quiero escribir sobre los agasajos y esos otros tanteos, que mira que son un tema que disfrutaría, pero en realidad lo que más me apura es reflexionar el estado de mi vida afectuosa, de mi erótica y su potencia vinculadora.  

Quiero hablar del “día” que me separé, cuando no me dolió el vacío en la cama ni la ausencia de despedidas en las mañanas: me dolió algo que no tenía nombre. Como si el mapa completo de mis afectos se hubiera reconfigurado mientras yo estaba distraída lavando los platos o durmiendo la tristeza y el cansancio. Empezó a sentirse cierto abandono, no sólo de la idea del amor o la pareja, sino de otros afectos. Todas las intensidades se sentían disparejas. Todos mis quereres cambiaron de lugar.

No supe quién se movió primero: si mis amigas, mi familia, mis compañeras del trabajo, si yo, si la ciudad misma. Solo escuché ese leve crujido —íntimo, casi imperceptible— que anuncia que algo se desacomodó sin pedir permiso. Que notifica que algo posiblemente se fracturó.

Y así, casi cuarentona, grandota como típica sinaloense, recién soltera en la capital del país, seguí caminando como si nada, entre azoteas y balcones, entre fiestas y conferencias, entre besos y arrebato de pasiones, entre noches lluviosas y pieles extranjeras; aunque sabía que algo dentro de mí se torció profundo.

Me da risa ahora, pero en algún momento sentí que me acusaban de un crimen sin víctima: sentir mucho, hablar mucho, querer mucho, esperar mucho, confiar demasiado rápido, poner límites, etc. Como si la versión recién separada de mí hubiera subido el volumen sin avisar, y eso hubiera arruinado la fiesta. Así me hacían sentir, no sólo los ligues, sino también las amistades, la familia elegida.

Quizá sí subí el volumen. O quizá la fiesta estaba muy silenciosa desde antes y nadie quería aceptarlo.

Quizá me separé y comencé a poner más atención a los lazos afectivos, o tal vez ya no sé bien cómo se ama, cómo una se deja amar, cómo una se vincula “de verdad”. Me Leer más

Vecinos | Ensayo

Por Claudia Fernández

 

El viento tiene algo que decirnos esta noche.

Si no le oímos será porque creemos demasiado en nuestros asuntos.

Roberto Malatesta

 

Todos los días miro pasar a mis vecinos desde la ventana. Algunos salen con prisa, como en una carrera contra el tiempo. Otros caminan despacio, solos o acompañados, con niños de la mano. Hay quienes pasean con sus perros, se dirigen a la escuela, al mercado, al trabajo. Otros avanzan sin prisa, como si la calle los esperara paciente.  

Mi apartamento está cerca de la puerta que da a la calle. Por eso su ir y venir forma parte de mi paisaje diario. Reconozco los gestos, las voces, los ruidos, los pasos. Hay risas que se repiten, discusiones que se filtran a través de las paredes, saludos que van y vienen. Los veo y escucho sin conocerlos. Están ahí.

De algunos conozco sus nombres, ellos saben el mío. Otros permanecen en silencio, pero aun así forman parte de mis días. El simple hecho de compartir un espacio los hace presentes. Vecino viene de vicus, palabra que significa lugar o barrio. Es quien habita y transita los mismos espacios, pero también alguien que está cerca sin pertenecer, alguien cuya existencia roza la nuestra sin tocarla del todo. En esa cercanía inevitable hay algo profundamente humano y, al mismo tiempo profundamente difícil. Aceptar a otro que es distinto. Aceptar que no podemos comprenderlo ni controlarlo. Que convivir implica tolerar esa diferencia.

Los observo cada día y pienso en lo difícil que es la convivencia. Hay quienes son amables y discretos. Otros ponen música hasta tarde, discuten por cosas mínimas. Algunos se distancian tras un malentendido, otros terminan convertidos en aliados inesperados. Los vecinos son eso, presencias imprevisibles que a veces nos irritan y, otras, nos sostienen.

Han tenido siempre un papel en las grandes y pequeñas historias. Han sido aliados y enemigos, confidentes y delatores. Unos denunciaron durante regímenes autoritarios. Otros se arriesgaron para ayudar a escapar de territorios peligrosos. Hay quienes se vuelven refugio y otros que representan una amenaza. También están quienes observan desde detrás de las cortinas, inventando relatos fragmentados sobre los demás, como en una película de Hitchcock.

Con ellos habitamos un espacio transicional, entre lo público y lo privado. Para Hélène L’Heuillet[1], necesitamos una éthique du voisinage, una ética de la vecindad. No para hacernos amigos, sino para reconocer que el otro existe, que su alteridad a veces incomoda, confronta o irrita. En las Leer más

La ciudad que se diluye | Ensayo

Por Vanessa B. Lizárraga Juárez

 

 “Estoy y estuve en muchos ojos.

Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga.”

Los Recuerdos del Porvenir, Elena Garro

 

Las ciudades se conocen caminando, nos dijo alguna vez en un seminario el maestro Javier Roiz. Por una extraña razón cada vez que camino la mía, siento que se diluye ante mis ojos. La ciudad que anduve de niña se está convirtiendo en escombros, o algo peor, una tienda de autoservicio. Siento que todo se pierde, que aquello que alguna vez contuvo mi infancia se mimetiza con la modernidad. ¿Qué será de mí cuando se pierdan los edificios que le dan sentido a mi memoria?

 

Cada persona tiene una visión muy particular del lugar donde nació, sea un pueblo o una ciudad. Lo cierto es que nunca, hasta antes de los estudios de posgrado, le di tanto peso a la relevancia de vivir en la frontera. Las singularidades que conlleva habitar un espacio tan bizarro como lo es habitar el borde. Recuerdo aquel académico argentino que emocionado me dijo que vivir en Juárez era como estar en la puerta de ingreso a América Latina, fue curioso, siempre vi la ciudad como un punto de salida, nunca de entrada. Era familiar ir los fines de semana (o entre semana) de shopping.  Dimensionar lo que implica vivir en la frontera queda maravillosamente ilustrado en aquel poema de Gloria Anzaldúa: Vivir en la Frontera. 

 

De niña, nunca comprendí que ir a El Paso, Texas, implicaba viajar a otro país, para mí solo era cruzar un puente. La ciudad vecina era una extensión de Juárez, la versión bonita. La inocencia permite ver con otros ojos aquello que es cotidiano. Tampoco, nunca, pensé en mi ciudad como algo feo, hasta que estuve fuera de ella. Cuando tuve que enfrentar el estigma que prevalece sobre ella, como un montón de nubes negras que indican que una tormenta se avecina y nunca llega. ¿Cómo vives en Juárez y no te han matado? ¡La ciudad de las mujeres muertas! ¡Juárez, la ciudad más violenta del mundo! A veces, siento que si Juárez fuera un ente, seguro sería una de esas atracciones raras de circo en una foto de Diane Arbus, y muy probablemente, sería mujer.

 

Juárez, es esa raíz donde me tocó nacer, crecer, partir y volver. ¿Me tocará morir aquí? Por el momento, lo único que muere son aquellos lugares que se van perdiendo.  Mi infancia está tan ligada a los espacios que habité y en los que fui feliz. Me produce una nostalgia absLeer más

Calladita no me veo más bonita | Ensayo

Por Jacqueline Campos

 

Mi hijo de 14 años me dijo: “Parece que no te has movido, ayer te vi sentada tecleando, era media noche… ahora me preparo para la escuela y te veo en la misma posición, tecleando con la cara cansada ¿no dormiste?”. Dormí pero muy poco; como muy poco es el tiempo que le he dado a mi hijo, a mi esposo y a mi gato en estos últimos nueve meses asociados a mi nuevo rol de estudiante de posgrado. Nueve meses en los cuales parece que solo los veo a la distancia. Me siento dentro de un escuche, como una muñeca dentro de una caja de cartón con el frente de plástico transparente por donde la muñeca ve el mundo sin pertenecer a él, esperando a que termine el tiempo de estar en la caja. Estoy fijada a una silla del comedor donde leo y tecleo, desde ahí alzo la mirada para verlos de lejos y les digo adiós por las mañanas, tardes y noches. Hasta mi gato ha sufrido la falta de tiempo y atención, se han reducido las caricias, las cepilladas y los baños con agua tibia; él aprendió que está de más maullarme…yo ya no soy quien atiende sus necesidades; ahora parece querer más a mi esposo.

¿Usted tiene ideas románticas de la escuela? Si nos detenemos a revisar el significado del constructo escuela, quizás encuentre elementos similares a los míos… Caminito de la escuela apurándose a llegar, con sus libros bajo el brazo, va todo el reino animal…me cantó mi madre incontables veces, mientras me preparaba para ir al kínder; al cantarme caminito de la escuela pretendía exorcizar mis temores, la ansiedad y el miedo a la separación; quería hacerme sentir que la escuela era un lugar bueno, cómodo, seguro y agradable, donde iba a ser feliz, porque me tratarían bien, haría amigas y amigos, la maestra me enseñaría cosas importantes y me trataría bien. La escuela es un buen lugar, donde tienes que estar y donde vas a ser feliz…La canción caminito de la escuela se lanzó en 1963, pretende asociar la escuela y el proceso educativo con algo emocionante, bueno y agradable, donde todos los que van a la escuela y hacen la escuela son buenos.

Otra idea romántica asociada a la escuela la encontramos en las películas protagonizadas por Mario Moreno (1911-1993), conocido con el personaje de Cantinflas, que continuamente se transmitían en la televisora con mayor poder de transmisión sobre las audiencias mexicanas. Estas películas estrenadas alrededor de 1950 a 1972 reflejan una época donde se idolatraba el rol del que enseña (profesor, maestro, docente y todos los demás sustantivos) y el poder transformador que puede experimentar el sujeto que deberá de ser educado.

Claramente se observan una relación de poder, del que sabe en relación con el que ignora, del que tiene el poder de evaluar un proceso educativo que implica la constrLeer más

Espacio | Ensayo literario

Por Nancy Medellín

I

Si buscamos en el diccionario de la RAE, sabremos que espacio proviene del latín spatium y se refiere a la extensión que contiene toda la materia existente, el universo, el cosmos. Pero también es un lugar específico, una zona, la distancia entre cuerpos o el transcurso de tiempo entre sucesos. Escribo sobre el espacio que ocupa mi cuerpo.

II

A pesar de añorar una casa amplia y con jardín fui buena amiga de espacios pequeños durante mi soltería, mi departamento tenía lo necesario. Mi área de mayor utilidad era la de mi habitación porque en ese mismo ambiente coexistían otras, recámara, estudio, trabajo, santuario personal, micro spa, baño y clóset.

Según el feng shui, cierto orden y armonía brindan serenidad y paz mental. Si a esto sumamos algo de técnica en dibujo y diseño, parece surgir un proyecto interesante. Fue lo que realicé mientras habitaba ese lugar para poner mi propio sello.

III

En principio todo en mi recámara estaba acomodado funcionalmente, como un organigrama clásico, todo dentro de sus cuadritos, de modo que mi vida cotidiana ocurría sin contratiempos y con un flujo de actividades más o menos rutinarias, sin que esto afectara mi cotidianidad. Qué más podía hacer si no tenía responsabilidades con otras personas en mi casa más que conmigo misma. Y allá afuera, con mi trabajo.

Hacer lo mismo todos los días tarde o temprano comienza a inquietar a una mente enérgica. De pronto aflora el disgusto, el aburrimiento; cierta incomodidad por repetir la misma historia todos los días. Es común que incomodidad y aburrimiento igual que ocurre a infantes desencadenen un fastidio más permanente. Pero es más interesante saber que de ello puede derivar una oportunidad creativa o desarrollo de ingenio, entre otros impulsos positivos. Así comenzó a ocurrir en mí. Ahora que lo recuerdo, me sucedía también siendo niña. Tuve pocos juguetes, de hecho casi ninguno, y cómo las hojas del árbol de aguacate de casa pasadas por barro y agua se convertían en chuletas. Si nos ponemos atentos, podemos desarrollar soluciones, engrandecer proyectos, inclusive cambiar rumbos.

Fue mi caso, yo albergaba una desazón interior y notaba cómo se iba acumulando al pasar el tiempo. A pesar de que todo estaba arreglado y dispuesto para funcionar bajo una agenda organLeer más

Mi casa es la escritura | Ensayo

Un viaje entre lo inasible, enfermedad, fuego, música y poesía

 

Por Estefanía Yetzel

 

Lo inasible

I

Por la noche, antes de la madrugada, entré por los pliegues de aquella cueva, al interior de la prenda, por sus mangas; me cobija, me calienta, mi cabeza se ajusta a la gorra de la prenda cuando jalo los cordones. En el sueño descubro que aquella mancha de sangre es una pintura rupestre; una mano simulando un Sol y debajo de él una tribu siembra y corre entre los trigales que el Sol alumbra, es la definición de algo primitivo que anhelo y al mismo tiempo es el pulso que me mantiene viva. Contemplo la pintura por un momento y te busco con la mirada, por los recovecos de la cueva, busco tu abrazo, el abrazo que nos dimos cuando éramos aun unos desconocidos, continúo recorriendo la prenda, imagino que estás al fondo de ella, me toco el rostro como aquella vez que me pediste permiso para palpar y reconocer mis gestos, el algodón desgastado como estos labios y manos frías encuentran en la prenda algo que es inexplicable y misterioso, por un momento no me asusta la sangre, no me preocupo por saber de dónde proviene, no me ocupa el por qué sigo sangrando y continúo pintando dentro de la cueva. Estrellas que sirven de cielo a una manada de mamuts, un pantano y helechos. ¿Qué es esta prenda? comienza a sonar una melodía, quiero saber de dónde proviene, cierro los ojos y como ciega me guio por las notas, siento el calor de la prenda, así que abro los ojos y me doy cuenta que hay un fuego que se acrecienta y alumbra, las pinturas se mueven, bailan como si una brisa las agitará, su silueta y espíritu baila al compás de las notas y en ese baile aparece el uso, las marcas de los días que habitaste la cueva, cuando despierto he olvidado todo, apenas algunas imágenes tenues que quiero reconectar para contar lo que vi en sueños. Y me digo a mí misma:

 

No olvidaré esta sensación; de convertirme en río, líquida, casi transparente, sentir el fluir de un líquido tan vital como la sangre entre las piernas, mojar la tierra, las sábanas, mojar lo profundo, mojar lo que no debería de mojar, nunca olvidaré este sentir que me derrama.

Cuando me levantó, me sobreviene un golpe en el vientre, una oleada, son peces horrendos, peces resbalosos que salen de ti, aquellos coágulos de sangre son como peces resbalosos y horrendos que salen de mí. Detesto que la gente a mi alrededor me diga que estoy muy pálida, porque es cierto, porque es verdad, llevó un mes con 26 días de sangrado, le ruego a Dios que me deje en paz, que me dé salud, que me dé una oportunidad. Pero yo no creo en Dios, o tal vez sí, pero no para rogarle, así no funciona la cosa, no das para recibir. El acto se trata de dar sin esperar nada a cambio ¿o no? quizás sí creo en Dios, pero sólo para leerle mis poemas. ¿debería escribirle oraciones?  yo no escribo oraciones, yo escribo conjuros. Estoy perdiendo todos mis nutrienteLeer más

La danza del maternar | Ensayo

Por Liz E. Islas

Cuando me embaracé, fue como seguir un llamado como especie, el cual mi mente racional no entendía. Mi embarazo tuvo momentos hermosos y otros muy oscuros; lamentablemente el mundo te habla de lo maravilloso que es estar embarazada, pero no del miedo, la incertidumbre, los cambios y la vulnerabilidad.

 

Este evento me volteó desde las entrañas. Sentí que toda mi estabilidad emocional fue resquebrajada. Como si me hubieran roto por dentro para después renacer. La alquimia de la maternidad fusionó la luz y la sombra de mi interior. Fue una experiencia que me conectó con mi ser fetal, con mi ser bebé, viviendo todo desde la emoción. La parí y me parí, tardando un tiempo en adaptarme a mi nuevo yo, a mi ser madre que me llama a la paciencia, la empatía y al autocuidado.

 

Los cambios continuaron, a pesar de seguir mi dictado inconsciente de tratar de tener una familia con el papá de mi hija, vivía una ansiedad constante. Un día esa ansiedad explotó de la manera menos planeada. Acepté que no era feliz, que el cuento de la familia feliz no aplicaba para mí, por lo menos no con ese hombre que la fuerza de la sexualidad había convertido en el padre de mi hija.

 

Hubo un tiempo en que simplemente nos alejamos, pero esa calma sólo fue el respiro antes de una gran batalla que inició meses después. Creo que él, también desde sus condicionamientos de hombre, desde el cáncer del machismo que obnubila la mente de hombres y mujeres, eligió no soltar a laLeer más

Maestra con A al final | Híbrido

Por Itzel Martínez Gil

Maestra rural que caminas con paso firme, decidido, avanzando sola con largos pasos, en compañía de tus pensamientos, ojos despiertos para transitar laderas lejanas en frías montañas.

Maestra con A al final, cada día enarbolando la bandera de la educación, te acompañan tus sueños por un mejor país, alargado los pasos firmes y decididos para no toparse con la obscuridad donde crece el miedo.

Maestra rural, que te enfrentas a miradas que juzgan, dudan y señalan tu aspecto físico, edad y capacidad intelectual, todo eso, por ser maestra con A al final.

Ser maestra con A al final tiene un significado diferente eLeer más

La memoria | Ensayo

Por Chinantu Yunuen Aviles Desales.

“La memoria es una casa donde cabemos todos”
Liliana Bodoc

¿Realmente deseo pasar por esto sola? Este es uno de los grandes cuestionamientos que me han hecho, recuerdo todo como si fuera ayer, caminaba al lado de una carretera muy transitada, el sol brillaba fuerte, seco como es el clima en esta ciudad, parecía que el tiempo se detenía, las lágrimas brotaban solas de mis ojos como ríos que siguen su curso y que no hay manera de detener. Así es la naturaleza, ¿cómo le pides al agua que deje de fluir? Quería dejar de sentir en ese instante lo que esto me causaba, estaba a pocas calles de llegar a mi trabajo y aunque los pasos no me llevaban a ningún lugar, sabía que tenía el tiempo limitado para volver, no quería que nadie notara que “algo me pasaba”, no soy una mujer que da muchas explicaciones y que le guste ser consolada, o sí, pero no por cualquiera, las palmadas en la espalda siempre me han parecido incómodas, así que las evitaba. Debo admitir que con el tiempo ya no me importa si me ven llorar porque he comprendido que la fortaleza proviene de otros lugares, sin embargo, cuando esto ocurre, nadie se atreve a calmarme, al contrario, las personas se asustan y no saben qué hacer, solo se alejan y me dejan vivirlo o me acompañan en silencio.

Cuando sonó mi celular y acepté la llamada, dejé caer el cuerpo en los asientos de metal de una parada de camión más vacía que yo misma, vi el número en la pantalla, era mi amiga Paty, una mujer que siempre está presente aunque nunca la veo, ella me sostuvo a través de la bocina, fue la primera persona a la que le conté lo que me ocurría y entonces lanzó la pregunta; ni siquiera yo sabía si debía estar sola o acompañada, incluso sentí un tono de regaño o de sacudida para despertar de un mal sueño y de alguna manera la respuesta era un sí y no que iba y venía.

Incluso, durante semanas lloré sin la más mínima raLeer más

Las olvidadas | Ensayo

Por Simona Raquel Santiago Maganda

 

Aquí estoy, ante este micrófono para visibilizar a una parte de las mujeres insolentes anónimas que fueron y han enfrentado racismo y discriminación.

 

Soy descendiente de una diáspora negra y quiero honrar a mis ancestras, quienes fueron secuestradas, traídas en barcos y cuyo genocidio aún no es reconocido del todo en la historia de México.

 

Aquí estoy, para visibilizar que las mujeres somos diversas, somos diferentes y que hay intersecciones que aún no se encuentran visibilizadas con dignidad y respeto.

 

Existe un movimiento dentro del feminismo que trabaja en la resignificación dLeer más