en La posibilidad del mal de Shirley Jackson
Por Diana Peña Castañeda[1]
Preferimos creer que el mal es oscuro, repentino, pero, ante todo, reconocible a simple vista.
Sin embargo, la realidad es que muchas veces es un relicario de amabilidad y cortesía. Dice: ¡Buenas tardes!, ¿Cómo está?… Ofrece la mano ¡Que le vaya muy bien!… ¡La vida me ha premiado con volverle a ver! Podría ser quien reza de rodillas en la iglesia, quien corre detrás de usted para entregarle la moneda que se le ha caído, quien le invita a tomar el té por las tardes, incluso, quien le sonríe desde la acera de la calle.
La literatura nos advierte que el mal, rara vez, se anuncia como tal. Al lobo feroz lo recordamos no por ser lobo, sino porque fue amable con Caperucita. Conversó con ella, la escuchó para guiarla hasta la trampa. Shakespeare nos muestra a un Iago como un hombre servicial y muy leal; su maldad depende precisamente de ese carisma para engañar a Otelo. En David Copperfield de Charles Dickens, Uriah Heep se presenta como un joven humilde y sumiso para chantajear a su empleador.
Pero ¿Qué de perverso podría haber en una anciana que vive sola y cuida con esmero su rosal? Shirley Jackson, describe a Miss Strangeworth como una mujer que cada día camina por el pueblo, agradecida de los días soleados, conversa con sus vecinos, bromea, da consejos… Ella, a los ojos de los demás, simplemente, tiene una rutina ejemplar.
Y precisamente por eso, resulta tan aterradora.
Al almuerzo, come una chuleta magra de ternera asada en sus propias grasas; como acompañamiento, unas jugosas rodajas de tomates frescos. Tras cada bocado, mira el rayo de sol traspasar los pétalos de las rosas de su jardín. La cena resulta aún más liviana: espárragos en salsa de ajo, huevos pasados por agua y un delicioso té caliente mientras el aroma del rosal se funde en el comedor invitándola a un sueño plácido.
Ningún alimento ocupa un lugar central en la trama, pero no son casualidad. Su función es mantener una sensación de normalidad mientras Miss Strangeworth escribe cartas anónimas destinadas a sembrar la duda, el miedo y el sufrimiento entre sus vecinos.
La literatura conoce bien esta estrategia. Caperucita lleva una cesta con queso, panecitos y mantequilla para cuidar a su abuelita enferma. Ese detalle es el que le permite al lobo conocer la ubicación de su víctima. Por su parte, Iago utiliza el vino para doblegar la razón de Casio y convertirlo en instrumento de una estrategia destinada a destruir a Otelo. No es el mejor vino, es vino en abundancia y el hecho de que Casio ya haya advertido que es intolerante al alcohol está a su favor. Ahora, si se piensa en una época Victoriana, la mesa simboliza buenas costumbres, respeto, honorabilidad y mucha confianza. Por eso, Uriah Heep utiliza ese escenario para disfrazar su ambición.
La pregunta que plantea Jackson no es qué significan los tomates o la ternera, sino ¿Por qué tantos actos crueles ocurren en escenarios perfectamente ordinarios? A Miss Strangeworth le basta una mesa bien puesta, unas viandas en ración moderada y perfectamente cocinadas y una taza humeante de té. Por supuesto, el pleno convencimiento de la protagonista de que sabe qué es lo “mejor” para los demás.
La comida, en este caso, no revela quién es Miss Strangeworth. La ayuda a ocultarse.
[1] Comunicadora Social, especialista en Comunicación Organizacional, Magister en Ciencia Política. Interés en escribir sobre la comida como elemento narrativo en la literatura y como arte simbólico de la memoria social.


Aunque el fuego ha existido en la naturaleza desde la eternidad, cuando los antepasados frotaron piedras y palos, el invierno se volvió más tolerable y el peligro pudo ser ahuyentado. Después, alrededor del fuego no solo se cocinaron los alimentos, también comenzó a organizarse la vida humana. Y entre esos descubrimientos, el lenguaje fue uno de los más magistrales.

Ni excesos, ni privaciones severas. Para Hildegarda de Bingen cada plato era una pequeña alquimia entre cuerpo y espíritu, cuya esencia denominó viriditas. Ese verdor invisible que sostiene las plantas y las dota de temperamento, energía e intención. Para ella, comer es participar de esa fuerza vital. Por tanto, debe hacerse con consciencia y equilibrio.
Santa María no es un lugar abierto a la luz, con patios vivos que acompañen el silencio elegido. Aquí las hojas no se mueven, ni hay insectos que pasen entre olores húmedos. En Longchamp los corredores, aunque amplios, carecen de cielo que acompañe el paso, y de salones para la hospitalidad. Y los cuartos de Sainte-Eutrope no sostienen el descanso porque desde las orillas se vigila el cuerpo. El claustro, en La Religiosa, no es un lugar piadoso sino el espacio del encierro atado a la penitencia más inclemente.
El instante parece la natural secuencia de la vida. Pero para la creatura, que apenas empieza a habitar el mundo es la revelación que reposa entre el espíritu y la carne. La belleza existe, está frente a él, le rodea. Entonces, no puede más que admirar cada cosa que surge ante sus ojos como un niño cuando descubre su primera verdad. Siente alegría con la música de los animalitos en el bosque que él aún no puede igualar. Se maravilla con el agua del cristalino arroyo donde encuentra vida y puede calmar su sed. Los árboles son sombra, refugio, comida.
Eso es lo que la creatura busca, un resquicio tibio donde pueda existir sin miedo. Aprendió los rituales humanos: la noche es para dormir, el día para moverse; a cuidar del otro, aunque sea un extraño; a encender el fuego para mantener el abrigo; a limpiar, a cantar; que la familia es al tiempo, promesa y dolor. Se ha maravillado con la belleza del mundo. Cada aroma, el toque de la brisa, la aspereza de la leña, el pan que leva, el abrigo del fuego, todo en conjunto es para él un delicado orden que le deslumbra, pero del cual está excluido.


Receta:
En tanto alegría, el vino solo puede hallarse en el paraíso sensorial. Eso es lo que nos comenta Borges en su soneto al vino. En cada verso deja claro que la bebida no es una casualidad, es símbolo porque integra la comunión del rito. Desde una ceremonia hasta un gesto de hospitalidad se prolonga el significado de lo que somos como humanos.
Es sabido que, para madurar, el vino necesita el río del tiempo; debe mantenerse en botellas de vidrio verde o ámbar; almacenarse, ojalá en cavas oscuras y frescas atendiendo la temperatura y la humedad. La paciencia es subli