“Abril: de Bien me sabe” de Sor Juana Inés de la Cruz

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

¿Cuál es la fineza de Cristo? No es la hostia como sacrificio redentor, responde Sor Juana Inés de la Cruz en su reflexión al sermón jesuita. El mayor favor divino es haber dado a la humanidad la libertad de conciencia para poder pensar y decidir, incluso, dijo, si ello pudiese llegar a ofenderlo. Entonces, si la grandeza de ese amor respeta su propia decisión, la de ella, la de todas, por la vida intelectual ¿Por qué, mundo egoísta, pretende arrebatárnosla? 

 

Durante la hambruna de 1693 en México, es obligada por quienes debían cuando menos respetarla, el arzobispo y su confesor, a vender su colección de cuatro mil ejemplares literarios para que repartiera el dinero entre los pobres. Queda entonces sin libros para leer, razón por la que entró al convento ante la negativa de ir a la universidad, incluso si se disfrazaba de hombre. Bordar, cocinar, limpiar, pero no leer, menos escribir, menos sobre lo que las mujeres desean. Ella acata firmando con una frase que suena a ironía: “Yo, la peor de todas.”

 

Pero el pensamiento es un favor divino; por tanto, no desaparece ni siquiera cuando la despojan de todos sus libros. Su anhelo de aprender sobrevive en los pequeños descubrimientos que le brinda la cocina. Basta preparar un bizcocho para saber que la densidad de sus ingredientes reacciona al calor. Que escribir y seguir recetas fomenta la comprensión lectora. Luego, después, primero, finalmente: son formas de conectar el mundo con el discurso. Que según la cantidad de grasa, el chocolate se derrite más rápido. Que la manzana se oxida por efecto químico de la pulpa al contacto con el aire. Que la textura y el sabor de la uvaLeer más

“Marzo: de cocina mística”

En las manos de Hildegarda y de Ávila

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

linkedin.com/in/dianapeñacastañeda

 

Febrero fue de pan y cenizas. En La Religiosa la compasión pasó como un relámpago y el horizonte de la bondad se cerró. El efecto fue evidente en cada ración que el claustro sirvió porque más que alimento, lo que la protagonista halló fue humillación, luego artificios. Y no se trató solo de comida, ya de por sí entendida como fuente de vida, sino de un mensaje mucho más cruel: despojarla de su derecho a sentirse digna, a merecer, a pensar y a poder elegir con autonomía el lugar en el que quería estar.

 

Sin embargo, en marzo la trama hace un giro dramáticamente precioso. Y es la fe la que nos dice que comer y cocinar son actos profundamente terrenales, cálidos y curativos. Es decir, el cuidado. Cuestión relevante porque implica una actitud de empatía capaz de sostener, con gestos concretos, el orden de nuestra propia creación. Porque no somos solo la que reza, también la que trabaja, la que cuida a otros, por si fuera poco, la que siente y hace memoria, casi siempre en silencio.

 

De ahí que el primer momento sea elegir cada ingrediente con responsabilidad, considerando que hay finalidad terapéutica, también gozo. Nada más oportuno en una época definida por la inmediatez. Entonces, más que procurar gramos o litros, es cuidar nuestro derecho sagrado de ser parte de este mundo como esencia de la misma existencia. Y eso, es precisamente lo que Hildegarda de Bingen y Santa Teresa de Ávila nos devuelven.

 

Ni excesos, ni privaciones severas. Para Hildegarda de Bingen cada plato era una pequeña alquimia entre cuerpo y espíritu, cuya esencia denominó viriditas. Ese verdor invisible que sostiene las plantas y las dota de temperamento, energía e intención. Para ella, comer es participar de esa fuerza vital. Por tanto, debe hacerse con consciencia y equilibrio.

 

Cuando escribió Physica, dijo de la espelta que era el mejor de los granos por su vigorosidad: “Quien tenga dolor en el estómago, haga un pan con harina de espelta y mézclela con agua tibia; cómalo caliente y su interior se fortalecerá.”  Se ponen las hojuelas de espelta (3 ½ tazas) junto a la harina de espelta (4 ½ tazas), dos tazas de agua tibia, una cucharada de aLeer más

“Febrero: de pan y cenizas”

La Religiosa de Denis Diderot

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

linkedin.com/in/dianapeñacastañeda

 

Santa María no es un lugar abierto a la luz, con patios vivos que acompañen el silencio elegido. Aquí las hojas no se mueven, ni hay insectos que pasen entre olores húmedos. En Longchamp los corredores, aunque amplios, carecen de cielo que acompañe el paso, y de salones para la hospitalidad. Y los cuartos de Sainte-Eutrope no sostienen el descanso porque desde las orillas se vigila el cuerpo. El claustro, en La Religiosa, no es un lugar piadoso sino el espacio del encierro atado a la penitencia más inclemente.

 

En esa extensión de reclusión, el comedor no ofrece platos celebratorios. En la cocina no hay recetas, ni los huertos jamás sugieren crecimiento. Cierto es que, al cuerpo, el castigo entra por la boca; cada ración servida es sazonada con mortificación y crueldad. Ante esa necesidad primaria que le ha sido negada, al entrar en el claustro, Suzanne Simonin se ocupa de escribir una misiva para pedir auxilio.

 

“Estaba sola en una mesa en el refectorio; no me servían en ella; estaba obligada a ir a la cocina para pedir mi ración; la primera vez, la hermana cocinera gritóme: No entre, aléjese usted.

—¿Qué quiere?

—Algo para comer.

—¡Algo para comer! Usted no es digna de vivir…”

 

El alimento que le es ofrecido está contaminado con toda clase de suciedades “Me arrojaban los alimentos más desagradables y los mezclaban incluso con ceniza y toda clase de inmundicias.” Pero ella debe elegir entre el hambre o la humillación, lo primero ya no es opción. “Algunas veces me iba y pasaba el día sin tomar nada; otras insistía y ponían para mí sobre el umbral comida que se hubieran avergonzado de presentar a los animales; yo la recogía llorando y me marchaba.”  

 

Su decisión es aprovechada para que obedezca sin rebelarse al régimeLeer más

“Creatura” Pan rústico de frutos silvestres, queso y nueces

Inspirado en Frankenstein de Mary Shelley

 

Por Diana Peña

 

“Comí algunas bayas que encontré en los árboles o esparcidas por el suelo, calmé mi sed en el riachuelo y me volví a dormir.” (Fragmento Frankenstein de Mary Shelley)

 

El viento desciende por las empinadas montañas, susurra despacio en la intimidad del bosque encendido por las hebras del invierno. Roza los árboles con un temblor leve, sus copas sueltan un silbido que hace eco en las piedras para caer en la suavidad del último pétalo aferrado al tallo. En el fondo del valle, la corriente del río murmura sus secretos debajo del hielo. Pareciera que un pequeño mirlo le escucha porque su canto, brevísimo, le sigue. Sobre el paisaje, la noche se alarga en el incipiente centelleo de estrellas.

 

Adentro, en la cabaña, el fuego de la chimenea abriga al anciano que toca guitarra sentado junto a la ventana; ayuda a la mujer que organiza los platos de la cena; en un rincón tararea una melodía, mientras un joven repara una herramienta. El calor se siente vigoroso como si cada resplandor sostuviera todo ese mundo que afuera cae vasto y frío.

 

El instante parece la natural secuencia de la vida. Pero para la creatura, que apenas empieza a habitar el mundo es la revelación que reposa entre el espíritu y la carne. La belleza existe, está frente a él, le rodea. Entonces, no puede más que admirar cada cosa que surge ante sus ojos como un niño cuando descubre su primera verdad. Siente alegría con la música de los animalitos en el bosque que él aún no puede igualar.  Se maravilla con el agua del cristalino arroyo donde encuentra vida y puede calmar su sed. Los árboles son sombra, refugio, comida.

 

Durante sus primeros días, su vida la orienta la necesidad. Aunque su ser proviene de materia muerta, está hecho de carne y hueso; su organismo son músculos, tejidos, nervios, un sistema digestivo que funciona. Descubre que el alimento le permite respirar; entiende, sin saberlo, que el hambre es la sensación más básica para sostenerse en la vastedad del mundo. Así, antes que cualquier emoción o pensamiento, comer es el primer impulso.

 

Al principio comerá las bayas y raíces que encuentra en el camino, beberá el agua que le ofrecen los manantiales. Se sentirá complacido porque lo mínimo le ha sido dado. Un día devorará el desayuno de una familia: pan, queso. Buscará un montículo de paja para descansar. Ha aprendido que el cuerpo necesita recomponerse porque la energía se desgasta rápidamente.

 

El gusto que aflora en su boca le revelará que es mejor la leche que el vino. Al mirar y probar, descubrirá que el fuego ennoblece la comida. Los alimentos asados son más sabrosos que las bayas que recoge, dirá. Y a partir de pequeños ensayos, como resulta obvio en las artes del fogón, encontrará que las nueces y raíces tienen mejor sabor cuando entran en contacto con el fuego. No así las bayas que se estropean, pero las prefiere sobre otras opciones que le brinda la naturaleza.

 

Luego, aprenderá que el alimento no es solo sustento físico, sino razonamiento. Comprenderá que robar comida, aunque genere bienestar en él es sufrimiento para otros. Sentirá beneplácito entonces, con una dieta de vegetales y frutas y excluirá destruir al cordero o a la cabritilla. Lo que la creatura ha interiorizado es la conciencia del daño y del amparo. Esa sensibilidad le despertará el deseo de compartir su mundo con alguien que tenga su mismo interés. “Mi compañera será idéntica a mí, y sabrá contentarse con mi misma suerte. Hojas secas formarán nuestro lecho; el sol brillará para nosotros igual que para los demás mortales y madurará nuestros alimentos.” (Fragmento Frankenstein de Mary Shelley)

 

***

El inicio es un cuenco vacío. La harina cae en pequeñas gotas, silenciosa como la nieve. La mano se desliza suave para formar un cráter en el centro donde el agua, apenas tibia, dulceada con levadura entra en contacto como un soplo de vida. Por eso es necesario que la conciencia de las manos se mantenga limpia para que en ese contacto nazca algo digno y luminoso.

 

Empujar, recoger, girar. La mezcla respira lento, se pega a la piel, resiste, luego cede.

Empujar, recoger, girar. Se siente tibia, vulnerable.

Empujar, recoger, girar. La masa está lisa como un guijarro de río.

 

Hay que dejarla reposar. Un instante cargado de misterio porque debajo del paño que la cubre no se sabe qué sucede, se intuye apenas porque crece sola, suavemente, sobre sus propios pliegues, acomodando cada partícula a la miga. Entonces se hincha, se redondea. No tiene prisa, si algo ha aprendido es que nada brota en pleno invierno.

 

Con un poco de miel, el fuego transforma las bayas en un caramelo espeso y brillante, y las nueces, abiertas al filo del cuchillo son pequeños corazones, algo ásperos, algo salados. El queso se deshace en pequeños cubos. Todo en conjunto es una plegaria de sabores que se riega por la masa como la dicha cuando está cerca del alma.

 

Luego, el contacto con el fuego hace que la masa se torne crujiente por fuera y esponjosa por dentro. El olor llena la casa. El ambiente se siente amoroso como una promesa suave y profunda. Al llevar un trozo a la boca, el cuerpo sabe que está experimentando el acto más bello, a la vez primitivo de transformar lo simple en refugio.

 

Eso es lo que la creatura busca, un resquicio tibio donde pueda existir sin miedo. Aprendió los rituales humanos: la noche es para dormir, el día para moverse; a cuidar del otro, aunque sea un extraño; a encender el fuego para mantener el abrigo; a limpiar, a cantar; que la familia es al tiempo, promesa y dolor. Se ha maravillado con la belleza del mundo. Cada aroma, el toque de la brisa, la aspereza de la leña, el pan que leva, el abrigo del fuego, todo en conjunto es para él un delicado orden que le deslumbra, pero del cual está excluido.

 

El rechazo del mundo no es por lo que hace, sino por lo que es. Un ensamble de retazos sin historia ni bendición que comienza con Víctor, su creador, su primera negación. El mundo lo abomina y ese sentimiento ajeno lo condena a mirar la vida solo, desde el otro lado de un vidrio empañado. Aprende entonces que el dolor congela y agota; que cuando la ternura se vuelve imposible, solo queda el odio.

 

“…Entré en una de las mejores casas; pero apenas si había puesto el pie en el umbral cuando unos niños empezaron a chillar, y una mujer se desmayó. Todo el pueblo se alborotó; unos huyeron, otros me atacaron hasta que, magullado por las piedras y otros objetos arrojadizos, escapé al campo. Me refugié temerosamente en un cobertizo de techo bajo, vacío, que contrastaba poderosamente con los palacios que había visto en el pueblo…” (Fragmento Frankenstein de Mary Shelley)

 

Mary Shelley, lo concibió en una noche de tormenta, lo dotó de sensibilidad para mostrar que incluso la belleza más preciosa de las cosas que nos rodean puede resultar insoportable cuando el mundo no te reconoce como suyo. Allí, en esa grieta, empieza la tragedia de aquello que llamamos humano.

 

 

 

“Antología” la miel como verso femenino

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Entre la flor y el mundo, la abeja dice: yo muero, pero la miel queda.

Porque en la miel reposa el verano; porque en cada gota el tiempo es infinito; porque en su néctar vibra la danza secreta del pétalo; porque su nobleza limpia la infamia; porque es bálsamo para el peregrino, dulzura sin artificio; porque el vuelo de la abeja es la promesa de que algo del mundo, aunque efímero, solo por un pequeñísimo instante, puede salvarse.

 

La miel parece invisible, pero como pocos alimentos mantiene la pureza de su estado original. En cualquier mezcla de fogón conserva su esencia franca sin imponerse a otros sabores o texturas, por más untuosa que sea la combinación. De hecho, se brinda como un toque final de la receta. Sus hilos dorados, simplemente se dejan caer con delicadeza y al tocar la lengua, desata un estallido de placer.

 

Pero para que se genere esa experiencia sensorial, la miel debe pasar por un proceso, diríase, demasiado perfecto. En medio de la pradera y bajo la luz del sol, la abeja recoge el néctar de la flor para condensarlo en la colmena. En el sentido más sublime, cada momento representa una sagrada comunión entre la vida y la muerte. Violentar ese ciclo es profanar lo divino.

 

Desde esa sacralidad, el verso femenino se ha ocupado de presentar toda esa dulzura en su estado más original. No para domesticarla ni racionalizarla, sLeer más

Aceitunas en conserva

Un bocado de las Memorias de Adriano en Marguerite Yourcenar

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

 

Receta:

  • Aceitunas verdes y negras, dos puñados.
  • Romero y laurel, unas ramas frescas.
  • Aceite de oliva, bastante para cubrir.
  • Vinagre de vino, un chorro.
  • Dos dientes de ajo picados.
  • Un toque de pimienta recién molida.
  • Una pizca de sal gruesa.
  • Rayadura de cáscara de limón.

 

Las aceitunas guardan una solemnidad discreta que se descubre en la intimidad sensorial de la mesa. Son prólogo del apetito o epílogo para limpiar el paladar; siempre del lado del vino y del pan estimulan el ánimo y la conversación. Por eso, su preparación es un asunto exquisito que exige cuidado e intención. Escúrralas por completo, en absoluta calma. Hágales pequeños cortes, con suavidad, cuidando de no dañar la pulpa, esto hará que absorban mejor el aderezo. En un cuenco hondo, mézclelas con todos los demás ingredientes, comenzando por los secos. Finalice con bastante aceite. Las yerbas deben ser frescas; antes de agregarlas, suelte una pequeña palmada entre sus manos para que liberen sus óleos. Selle muy bien el cuento. Una vez todo listo, permítales reposar unos días, en un rincón de la alacena, seco y oscuro.

 

Al momento de servir procure rebanadas gruesas de pan rústico, ligeramente tostado para mojar en el aceite perfumado. En cada bocado notará cómo el laurel y el romero despuntan amablemente sus aromas, recordando los luminosos veranos en los que el cuerpo se alarga libremente sobre la arena, se escucha el canto suave de los grillos o se viaja sin rumbo. Y los frutos, lejanos, empiezan a madurar como si respoLeer más

“Alegría”

El lenguaje del vino en Jorge Luis Borges

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

En tanto alegría, el vino solo puede hallarse en el paraíso sensorial. Eso es lo que nos comenta Borges en su soneto al vino. En cada verso deja claro que la bebida no es una casualidad, es símbolo porque integra la comunión del rito. Desde una ceremonia hasta un gesto de hospitalidad se prolonga el significado de lo que somos como humanos.

 

También está presente cuando en solitario, el alma habla de sus más profundas intimidades para revelar verdades ocultas, entonces construir historias que después harán reír o llorar. Como consecuencia, se podría decir ciertamente que el vino tiene la virtud de la inmortalidad porque cada sorbo significa una eterna celebración de tiempo y de memoria. No es azar entonces que el poema abra con la siguiente pregunta:

 

¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa

conjunción de los astros, en qué secreto día

que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa

y singular idea de inventar la alegría?

 

El otoño es una estación, época de abundancia. La uva destella sus aromas a cítricos anunciando la vendimia. El lagar se prepara para recibir una a una toda la fragilidad de la fruta, la prensa hasta que en la pulpa se vislumbra la acidez roja. Entonces en las barricas el mosto se vuelve flamante con su música invisible de burbujas. La lentitud va a su ritmo, como debe ser porque el paisaje entero se consagra a la ensoñación de un renacer.

 

Es sabido que, para madurar, el vino necesita el río del tiempo; debe mantenerse en botellas de vidrio verde o ámbar; almacenarse, ojalá en cavas oscuras y frescas atendiendo la temperatura y la humedad. La paciencia es subliLeer más

“Esperanza” guiso de lentejas

 entre los cuentos de los hermanos Grimm

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Si hay algo que ha perdurado en la memoria de la humanidad con una extraordinaria extensión en tiempo, geografía y cultura, son los cuentos de los hermanos Grimm. En ellos habitan doncellas durmientes, madrastras envenenadoras, sapos que esconden reyes, brujas que devoran niños, hadas que auxilian y animales que hablan, informan o presagian. Cada historia, desde su dimensión fantástica metaforiza las realidades y conflictos de la vida.

 

Para los hermanos Grimm, estas narraciones que describieron como “pequeños trozos de una joya rota esparcidos por el suelo, cubiertos de hierba y flores”, eran fragmentos de las recordaciones populares que debían rescatarse antes de que fuesen relegadas al olvido. Sin embargo, su intención estaba lejos de entretener a niños. En una época de guerras napoleónicas, tensiones sociales, hambrunas y miserias, sus versiones originales reflejaban castigos brutales, finales aterradores y advertencias severas a no transgredir la obediencia, considerada la primera virtud de toda moral.

 

Y aunque más tarde la industria editorial y cinematográfica sustituyó el terror por finales mágicos para hacerlas más aceptables, la esencia inquietante de estas historias nLeer más

A veces, lo más sugerente que una mujer debe hacer en una cocina es, simplemente, negarse a cocinar.

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Estoy aquí porque me dijeron que debía estarlo.” (Rosario Castellanos).

 

En Lección de cocina, la comida es narrativa y símbolo porque representa el precepto de género en femenino. En el cuento, Rosario Castellanos retrata a una mujer recién casada que, sola en la cocina, descubre que ese espacio no le pertenece. No es antipatía, es que no lo entiende, no lo eligió, no lo desea, y sin embargo está allí porque alguien (la sociedad, la costumbre, la lógica por defecto) le dijo que así debía ser. Pero ella no evade el momento, tampoco, la historia que nos relata es una negación del matrimonio como posibilidad genuina de libertad.

 

Al contrario, convierte ese lugar de fogones, tiestos, comidas y olores en un territorio de conciencia para cuestionarse profundamente, desde una perspectiva crítica, el modo en que esta institución ha sido históricamente usada, especialmente en contextos tradicionales como una forma para limitar a las mujeres. Por eso su pregunta:

 

¿Qué me aconseja usted para la comida de hoy, experimentada ama de casa, inspiración de las madres ausentes y presentes, voz de la tradición, secreto a voces de los supermercados?”

 

No, ella no se dirige a otra mujer, no está haciendo una consulta sobre qué cocinar. Ella pone en el caldero, con un estilo de elegante ironía, a esa suerte de autoridad invisible que, desde los recetarios, revistas femeninas, etiquetas de supermercados dicta el comportamiento femenino en el matrimonio, entonces, en la sociedad. Por supuesto, cuando menciona a las madres ausentes y presentes, habla no precisamente de una inspiración, sino de una herencia impuesta sobre aquellas, eleLeer más

“Evocación”

Fideos con mantequilla inspirados en Papá Goriot novela de Honore de Balzac

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

En la pensión Vauquer se sirve sopa, a menudo hecha de sobras; la carne está recalentada, casi siempre dura, rara vez se presenta en guiso con nabos; los repollos cocidos nunca especiados, ni siquiera una pizca de sal; el corte del pan que es del día anterior resulta parco; el queso deja de ser un placer para convertirse en porciones amargas; por vino, el vaso opaco se llena de una bebida aguada que solo sella la boca.  

 

Día tras día, los pensionistas se sientan a la mesa a probar ese menú repetido, que no alimenta, tan solo llena el vacío de las historias miserables que cada uno habita. Rastignac y su deseo de ascender socialmente; Vautrin un criminal visionario; Mademoiselle Michonneau, sin estatus, ni familia, ni poder, dependiente de la pensión o de la policía; Poiret, un viejo burócrata jubilado, ridículo y gris; madame Vauquer, la dueña de la pensión, vulgar e interesada en el dinero; la señorita Victorine, un modelo de virtud que se consume en el ahogo. La comida es el reflejo de sus vidas descoloridas que se mueven entre la falsedad y lo descompuesto de una sociedad que alardea moralidad.

 

El comedor es un lugar oscuro y encerrado que Balzac describe de la siguiente forma:

“[…]Huele a encerrado, a moho, a rancio; produce frío, es húmeda, penetra los vestidos; posee el sabor de una habitación en la que se ha comido; apesta a servicio, a hospicio. Quizá podría describirse si se inventara un procedimiento para evaluar las cantidades elementales y nauseabundas que en ella arrojan las atmósferas catarrales y sui generis de cada huésped, joven o anciano[…]”

 

En una de las paredes del salón se observa un cuadro que corresponde al banquete dado al hijo de Ulises por Calipso. Un contraste irónico del esplendor de ese convite que evoca abundancia, placeLeer más