A la mitad

Por Diana Meza

“Yagé […] Etimológicamente, en lengua quechua —aya (muerto, espíritu) y waska (soga, cuerda)— significa “soga o liana de los muertos” porque, para los nativos amazónicos, la ayahuasca permite que el espíritu salga del cuerpo sin que este muera”.

 

Salí del ensueño una mañana soleada. El ventilador de la esquina no era suficiente para erradicar el calor que había convertido el cuarto de hotel en un desierto, donde mi cuerpa y frente perlada se deshidrataban gota a gota, dejando marcas mojadas en la almohada y en la mano con que limpiaba mi frente. Faltaba una hora para salir rumbo a Puyo de la estación de autobuses de la ciudad de Guayaquil. Impulsada por la prisa sacudí la pereza junto con las sábanas, caminé al baño, lavé mi rostro y me vestí para dirigirme a la recepción del hostal y solicitar información sobre cómo llegar a mi destino.

No dejaba de estar inquieta, pues mi visita al amazónico lugar tenía un objetivo específico: encontrarme con la Ayahuasca, el elixir preparado con plantas de raíces inmemoriales. Aunque antes me había informado y preparado de acuerdo con las limitaciones derivadas de mi condición de mujer occidental, nada evitaba que yo sintiera miedo, pero ¿a qué?, ¿a la naturaleza?, ¿a la selva?, ¿a la introspección? ¿Cómo explicar este temor a explorar mi propia conciencia fuera del plano común? Mientras devanaba mis sesos con estas disertaciones, ya había llegado el taxi que me transportaría a la central; cargaba a mis espaldas, como una joroba llena de ilusiones, una enorme mochila con todo lo necesario para adentrarme en las entrañas selváticas: pasaporte, libreta, pluma, repelente.

El traslado fue rápido, en cuestión de minutos ya estaba en la sala de espera rodeada de gente extraña. Ví rostros morenos y cabelleras negras como la mía, oí voces cantadas con acento tropical, torsos sudorosos, Leer más

Punto de partida o destino

Ilustración de Yelena bryksenkova 

Por Priscila Alonso[1]

 

I

Quisiera abrazarte tanto para llenarme de ti

Para que tenga algo que pueda recordar cuando te marches

No quiero ser fatalista, pero siempre le va mejor al que se va

Los que nos quedamos estamos siempre viviendo de recuerdos

Cambiando los muebles

para hacer todo menos pesado

Pintando la casa

para borrar el rastro

Ya hace tres años que todo acabó

y aún quedan cosas tuyas, nuestras, en el cuarto de servicio

Siempre digo que hoy las dono, las tiro o las regalo

Pero por más que amanece, ese día no llega

 

II

Cuando pienso en la muerte, me viene a la mente la primera línea de El extranjero de Camus. También recuerdo los rezos en las casas de las amigas de mi abuela, algunas veces parecen más lamentos, sollozos…

Los cantos no alegran, duelen, limpian. La tierra no huele, las cenizas no vuelan, las cajas se quedan vacías como las almas y los corazones y no hay papel ni frascos suficientes para colocar el agua salada que recorre nuestros poros.

El ‹‹ hasta luego ››, los arrepentimientos y los nardos ya no existen. La incapacidad de abrazar, ver Leer más

Cuando tenía dolor de panza

Por Jesica Gonzáles

Recuerdo cuando nos mudamos de lo de mi abuela, el camión de mudanzas sobre la calle, las cajas apiladas sobre la vereda, yo con mis hermanitas agarradas de los fierros que parecían laberintos dentro del camión, mientras el conductor prendía el motor saludamos con nuestras pequeñas manos a esa casa que por mucho tiempo había sido nuestro hogar. Nos dirigimos a la nueva casa, con paredes blancas, habitaciones pequeñas, con una grifería que no paraba de gotear.  Yo tenía 5 años, comencé el jardín y luego fui a la primaria que estaba a una cuadra de casa.

No me gustaba ir a la escuela porque siempre nos decían cosas muy feas a mí y a mis hermanitas, que éramos pobres, que se nos notaba en la cara y hasta en el pelo.

Una vez llegué medio dormida al cole, mis compañeros empezaron a burlarse de mí porque tenía pedazos de colchón pegados en el cabello, “cabeza de colchón” me decían, o se burlaban por el olor a humo de las brasas con las que por las noches mamá cocinaba en el patio porque no teníamos gas. Otras veces íbamos sin desayunar y terminamos en la dirección con dolor de panza. En tercer grado tuve a una maestra llamada Andrea, era muy buena, cuando tenía dolor de panza ella me preparaba un desayuno para que tomara antes de entrar a clases. Una tarde,Leer más

Qué suerte tiene el sol

Por Karina Mora Mendoza

¿Han pensado cómo el sol nunca es el mismo? El sol del amanecer poético y esplendoroso no vuelve a ser el mismo en todo el día. Le alcanza con ser jodidamente maravilloso durante la mañana. Después de eso, es suficiente con estar colgado en el cielo esperando a guardarse un par de horas después. Qué ganas de ser sol y que el resto del mundo celebre mi existencia; que se perdone mi intensidad abrasadora de las tres de la tarde y se me excuse por parecer menguada hasta que la noche llega a relevarme. ¡Qué suerte tiene el sol de ser sol!

Postrada en el asiento del copiloto de aquella camioneta que parecía ser mía, aunque no lo era —igual que pasaba con mi vida— miraba al sol. A mi alrededor, un estacionamiento casi vacío, tres familias felices además de la mía estarían dentro del supermercado, poniendo en el carrito de compras todos esos enseres que necesitas aunque no sabes muy bien para qué; objetos enlistados en la cabeza como artículos de primera necesidad, recetados para cumplir con el esquema de bienestar perenne que viene, supuestamente, aparejado con el matrimonio; aromatizantes de vainilla o lavanda, bolsas de plástico pequeñas  y con cierre para guardar cualquier cosa que igualmente podría caber en tu puño y por ende, donde sea. Frascos de mermeladas gourmet, sin azúcar, conservadores o cualquier añadido que potenciara algo de sabor, o en su defecto, de felicidad. Parecía que entre más estéril fuera el producto, mejor se adaptaría a la mecánica de mi vida en familia, que de tantas maneras también estaba impedida para florecer. 

—¿Qué más necesitas? — Preguntó Max cuando había regresado al volante y se encontró con mi mirada clavada en la nada, que tanto le agobiaba.

—Nada. Eso era todo lo que hacía falta. — Respondí.

¿Y qué más podía decirle? ¿Que buscara un frasco de ganas de vivir en el pasillo de los detergentes? A ver si de pronto el de la etiqueta con aroma “brisa del mar” me refrescaba un poco el alma de aquel sopor denso que sentía, que no me dejaba respirar, que no me dejaba vivir; pero… ¿qué era? No lo sabía ni yo, ni Max, ni mi familia, ni el mundo entero, y aparentemente tampoco Dios, pues le pregunté muchas veces y siempre me quedé sin respuesta. Lo único cierto en todo aquello tan asfixiante era una frase contundente que me daba vuelta en la cabeza todo el día, como si mis ojos pudieran reproducir un corto en blanco y negro, sin ningún efecto de sonido, sin mucha escenografía, solo un letrero de cine viejo y desvencijado, con fondo blanco y letras rígidas de color negro, donde muchas palabras se sucedían una a la otra hasta volver legible la ingrata sentencia  “esta no es la vida que quiero vivir”. 

Max, mi esposo, llegó a mi vida hace un par de años. Apareció enredado en el simbolismo romántico de las pequeñas e incómodas mesas de los bares de karaoke. Ese día, los amigos entrañables de aquella época me convencieron de tomar una copa y celebrar como se debía el final de otro período escolar de aquel posgrado que nos rasgaba el intelecto, y algunas veces también el alma. Le contaba a todas las personas que preguntaban cómo nos habíamos conocido que fueron un saco rojo y el pelo enmarañado que me caracteriza al final del día las dos cosas que encontró encantadoras de mi existencia. Ese pelo que por momentos se pierde de las normas y le da por ser de todo menos pulcro y bien acomodado. 

Me vio desde la parte trasera del pequeño bar en aquel pueblo medio olvidado del mundo. Un vórtice geográfico donde no pasaba mucho, pero se sentía como si pasara todo. “La media luna” se llamaba aquel refugio de los cantantes no vistos por el mundo, donde cada noche vociferaban sus corazones rotos y tenían lugar las citas casuales de los amantes escondidos.

Los deseosos de conocer esta historia de amor escuchaban después este retazo de vida: —Lena se me atravesó en los ojos y tenía que conseguir saber quién era— contaba Max. Luego seguía: —Tenía que saber quién era esa mujer ahogada en libertad, sumida en la adrenalina del baile sensual que dominaba a la perfección. Así que le pedí al mesero que cuando me fuera, le llevara una servilleta con mi número de teléfono. Lo anoté con toda la dificultad que aparejaba escribir una nota fortuita: con la letra más engorrosa de lo habitual a causa de la luz tenue y los nervios del amante que teme ser descubierto. Después de escribir los números importantes mi puño logró garabatear “Me encanta tu libertad”. —

A mí, la frase me mató. Desde ese minuto debí anticipar que aquello sería un tornado, de lo que fuera: de amor, de pasión, de odio, pero así, arrasador, intenso, destructor e implacable con cualquier cosa que oliera a estabilidad. El pedazo de papel que marcaría mi vida con ese mensaje salió volando de los jeans que intentaba doblar la mañana siguiente de aquella juerga épica. Lo alcancé en el vuelo hacía el piso y al abrirlo y sentir aún el olor a cigarro impregnado en aquella nimiedad, recordé la sonrisa que se dibujó en mi rostro cuando la noche anterior había leído aquella línea. ¡A alguien le gustaba yo! ¡así! Siendo inmensamente libre y feliz. Di vueltas en la habitación de mi departamento empuñando aquel número de teléfono como una niña pequeña que aún caminaba en pijama a esa hora del sábado. Tenía el pelo hecho un matorral y el rímel corrido, pero el corazón brillante y queriendo salir del pecho. 

Después de sonrojarme con aquel texto una vez y otra vez y de nueva cuenta…finalmente me convencí que aquella frase merecía al menos una nota de agradecimiento. Así que levanté el celular que estaba tirado sobre la cama y marqué aquellos diez dígitos que aún puedo recitar de memoria. Abrí la aplicación de mensajería y pude ver la foto de perfil del hombre que entre palabras rosas me había intrigado tanto. Se le veía muy galán, en pose de “tengo todo bajo control”, y el tiempo vendría a comprobarme que, en efecto, lo tenía. Siempre, siempre, tenía el control. Estaba usando unos lentes negros y tenía la mirada puesta en el horizonte. El efecto blanco y negro mezclado con aquel encantador vacío que caracterizaba a mi corazón me hicieron verle aún más guapo. No logro recordar con exactitud la frase que abrió la conversación, pero debió ser algo así — Gracias por ese mensaje, ya nadie envía notas de amor —. Palabras más, palabras menos. El hombre me respondió enseguida y me dijo no saber con quién hablaba, así que tuve que dibujar con palabras todo lo ocurrido la noche anterior. 

Eran ya los últimos días de julio y ese sábado tenía planeado un viaje a mi pueblo natal para atender la llegada de la última sobrina de la familia. Toda esa mañana tuvo lugar una parafernalia que siempre he adorado; preparar maleta sin apuro mientras sorbo café negro a traguitos, escuchar música de fondo que forzosamente debe tararear amor, llamar a la calma para resaltar mis facciones con un maquillaje ensayado ya por varios años, y total, aquello se resume a sentirme la mujer más afortunada del mundo. Ese día a la danza de ropa y al arte facial se sumaban los mensajes de aquel hombre que recién aparecía en mi vida, pero ahora tenía nombre y apellido: Maximiliano Cifuentes.  

Intercambiamos pensamientos de ida y vuelta, pasamos del ¿cómo te llamas? a ¿cuál es el momento más trágico de tu vida? En cuestión de horas nos contamos quiénes éramos, aunque claro, de una forma donde solo hubo sumatorias de halagos sobre nosotros mismos, de esas que decimos en voz alta para ver si convencemos a los corazones, al del objeto del deseo y de paso también al propio. Creo que nunca será tiempo perdido recordar cómo nos vendemos en este mercado de amor que llamamos destino. 

Se sentía bien. Se sentía bien hablar con él. Se sentía bien la escucha atenta y amable de alguien, especialmente en aquellos días donde se desayunaba hostilidad y se comía con desaprobación. Tal vez fue esto lo que me orilló, a mí, la Lena de 28 años, a enredarme en el amor más profundo y enfermo que nunca antes había conocido. 

Hoy, mientras espero en la cama del hospital donde un cuerpo con diez kilos menos a causa de una depresión profunda espera la segunda ronda de medicamentos para lograr dormir, aquí, el cuento de amor se me convirtió en tragedia. La adrenalina de los mensajes se transformó en un miedo constante a enojar al monstruo, luego a sentir vergüenza por ser débil y no hacerle feliz. De aquella escena de bar la historia tomó un rumbo tan distinto que apenas puedo recordarlo; me resulta profundamente inexplicable entender cómo esas escenas de romance terminaron en la amargura sutil de la violencia cotidiana, aunque esa complejidad jamás alcanzará a la dificultad sentida para contar esta historia, esa donde toda la información disponible del mundo no alcanzó para tomar al cuerpo lacerado, recogerlo y salir huyendo del maltrato, del abuso y de la paulatina destrucción de la dignidad que los hombres como Maximiliano tienen ensayada para dominar a las mujeres.

Qué suerte tiene el sol, sigo pensando, qué suerte tiene de nunca ser el mismo, ni a la misma hora, ni el mismo lugar. Ese Sol que no tiene la carga del pasado ni del futuro, y que existe siempre en la claridad del presente. Lo contemplo en las horas decentes cuando no mata, lo anhelo y le suspiro auxiliándome del viento. 

Recuerdo tanto una noche de las muchas que pasé sin dormir, ese día en la vigilia de la oscuridad logré observar el rostro de Max en el abrazo del ensueño más placentero y envidiable que jamás había visto. Era escuchar su respiración y sentir en las entrañas el arrebato de la huida que pondría fin a aquel suplicio, pero claro, esto me parecía imposible. Bien se sabe que la prisión más alta es la que se construye con ideas y no con ladrillos, de la que crees que jamás podrás salir, así que no hay espacio para los intentos de fuga. Salí de la recámara principal en puntillas sintiendo la cabeza abotagada de tanto pensar, de tanto pensar cómo era posible que yo fuera tan “mala”, tan culpable de que aquella cotidianeidad en pareja se asemejara mucho más a un campo de batalla que a la miel derramada que uno proyecta en los momentos de éxtasis. Bajé la escalera en la niebla de la madrugada, iba directo a un rincón húmedo en el cuarto de lavado donde lo único que buscaba era perderme en el mareo putrefacto de los cinco cigarros que inhalaba al hilo. Sólo así conseguía que el cuerpo físico se doblegara unos minutos ante el dominio del cuerpo intelectual. Ese, el que es subyugado por el trinomio de la desolación: miedo-mente-miseria. Después regresé a la pequeña sala de estar y me tiré en una alfombra gris, suave y afelpada, que me acariciaba, en la que al menos yo sentía una suerte de arrullo de consolación. Ahí, me abracé las rodillas de ladito, como los bebés en el útero de su madre, y comencé una danza suave para mecer mi corazón. 

Ya no me repito que esta no es la vida que quiero vivir, ahora me repito simplemente que quiero hacerlo, sin importar muy bien la manera. Quisiera hablarme en tercera persona y preguntarme: ¡Pero, Lena! ¿Cómo has hecho para llegar a esta cama de hospital? ¿Cómo has hecho para desdibujarte a tal grado que ya no sepas ni quién eres? Que ya no sepas ni cómo respirar sin la ayuda de unos medicamentos que dicen ser la salvación, pero que te saben al metal más amargo. Cómo has hecho para envidiar al sol y anhelarlo. 

Hoy, a la distancia, la sensación es fría. De sentimientos congelados. De anhelos perdidos y de una nostalgia cortante. Qué terrible es pensar en las posibilidades de lo que fue, sí, pero lo que realmente rasguña el alma es pensar en lo que pudo ser. No hay líneas más terribles que aquellas que comienzan con “si hubiera”, si tan solo hubiera podido, hubiera hecho, hubiera pensado, hubiera sentido. Si tan sólo me hubiera salvado. Ese pasado que jamás regresará para ser enmendado, para ser transmutado, para ser de otro modo, para ser a fin de cuentas. Solo regresa en forma de inyecciones letales con dosis pequeñas de veneno, se mete en la carne como los virus, sin que puedas verlos y te das cuenta que te jodieron cuando las lágrimas están atoradas desde la garganta y el cuerpo cortado no es por gripe aguda, sino por el golpe que lo destrozó al digerir la verdad.

Qué suerte tienes Sol, de brillar cuando quieres, de ocultarte cada tanto tras la luna, de largarte cuando te cansas. Que suerte tienes de traer calor y luz sin temor, sin temor de que esa luz te la conviertan en sombra y te encarcelen, acusándote de libertino. Qué suerte tienes de ser señor Sol y no señora. 

A veces me gustaría hablar con Dios para preguntarle ¿Por qué el aprendizaje siempre llega “tarde”? Aunque sé que no hay tal cosa y que todo sucede cuando es, mirar la historia propia con esa claridad es duro. Es más fácil hacerlo con otros. Decirle al amigo “todo pasa por algo” tiene un peso moral irrefutable, pero susurrarte esos mismos pensamientos en soledad es otra cosa.

 

 

Andrómeda en la secundaria

Por Laura Magnolia Hernández[1]

La gargantilla de cuero negro rodeaba su cuello para unirse justo sobre las clavículas en un aro metálico del cual se desprendían gruesas cadenas plateadas que rodeaban su cuerpo por debajo de los senos, atravesando su cintura, partiendo su figura y volviéndola a unir, haciendo resaltar esas formas que quiso ocultar cuando recién las descubrió sin haberlas solicitado en un arranque de eso llamado pubertad, cuando prefería ahogarse de calor en los días de mayo bajo un suéter escolar de manufactura china.

Aún estaba en esa etapa en la que hubiera preferido ser aplastada por otros mil suéteres chinos antes que ser expuesta ante su clase, y al final, eso fue exactamente lo que ocurrió.

Al iniciar el año sus padres la habían presionado para unirse al taller de declamación, estaban convencidos de que le ayudaría con esa timidez que no les parecía correcta. Al final accedió por tratarse de una actividad casi privada en la que el resto de los asistentes no tendrían el valor moral de juzgarla o hacerla sentir mal.

Aquel año también se había unido a la clase María Gorgona e inmediatamente surgió un vínculoLeer más

Úrsula

Por Cecilia Prado[1]

 

En medio de la polvareda se erige una enramada construida con palos y ramas de ahuijote, a su sombra, cuatro músicos varones dirigen el convite entre sones, gustos, malagueñas, jarabes, ejecutados uno tras otro, sin descanso para los bailadores. Ya comienza el arpero otra vez, con un bordonazo al arpa que sirve de primera llamada y los subsecuentes trinos de pájaros que declaran la melodía de la Úrsula, son muy gustado por todos los presentes. Basta el movimiento de manos del experimentado arpero para que a unos metros de distancia se levante un pequeño remolino al que nadie presta atención. Entre risas, gritos y chiflidos, la atención sólo se dirige a los músicos y a la tarima de parota, aún desocupada. Enseguida del arpa se suma el violín cuyas agudas notas evocan caballos relinchantes, los mismos que se encuentran a unos pasos, adiestrados para mover sus pezuñas al compás de 12/8. Arcadas ligadas suben y bajan, los sonidos viajan a kilómetros de distancia mientras se materializan unos pedazos de fierro y caucho entre la columna de tierra que se va agrandando. Al violinero lo sigue la guitarra de golpe, la jarana, la colorada aporreada sin compasión por el músico más viejo de los cuatro, quien hace gala de su talento adornando sus mánicos con repetidos abanicos.

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      A cada redoble se va definiendo lo que sólo era chatarra como una bicicleta pesada y centelleante, cuadro de acero, barra alta, rodada 29, manubrio recto. Prrrpa-prrrpa prrrpakatunpakatupa, es el sonido Leer más

Sin queso de cabra, por favor

Por Chess

 

Autobiografía, Enero 2020

-Tiene sangre en los pulmones, no para de convulsionar, tenemos que inducirle el coma ¿qué desea que hagamos?

Ayudar a otros, a veces desconocidos, es algo que hace para sentirse útil y solidaria, para hacernos creer que le importa la humanidad. Sabe que decidir entre la sala de terapia intensiva y un ataúd no es fácil.

Mexicana clasemediera, jugaba en la calle de atrás a los patines y la bicicleta. En algún momento decidió que la tierra y la pelota eran más divertidas que las zapatillas y el leotardo.

Asistió a escuelas públicas donde conoció los colores de la piel y las palabras piojosa, busto, cooperativa, sin olvidar el festival de las madres, el cambio de escolta y las casas de sus amigas. Se raspaba las rodillas en el patio de cemento, defendía a los débiles, jaloneaba a los niños que corrían más rápido que ella jugando a policías y ladrones. Competitiva y berrinchuda, pronto aprendió que a todos les toca un lugar en el salón de clases y, más tarde, en la vida.

Falsificó credenciales para entrar a la secundaria, fue gremlin y perdió el suéter cLeer más

La esquina o Divagación en torno a la sorpresa ontológica

Por Márcia Batista Ramos[1]

“Si le volvemos la espalda, ese paisaje quedará sumido en su permanencia oscura. Quedará sumido por lo menos; no hay nadie tan loco que crea que ese paisaje se reducirá a la nada. Seremos nosotros los que nos reduciremos a la nada y la tierra continuará en su letargo hasta que otra conciencia venga a despertarla. De este modo, a nuestra certidumbre interior de ser reveladores se une la de ser inesenciales en relación a la cosa revelada.” Jean Paul Sartre

En una esquina cualquiera, percibí la fantasía dialéctica de las avenidas y los cientos de cuerpos con la boca cubierta que se movían para todos los lados, mecánicamente, sin verse, sin tocarse, siquiera miraban de reojo… Todos sin expresarse.

Me sentí, sinceramente, gris y desgarrada, en mi vejez de muchos años. Envuelta en una extraña niebla. Percibí la verdad fragmentada: que yo había atravesado mi propia vida con los ojos vendados. Un escalofrío traspasó mí espalda. ¿Qué podría decirme a mí misma, en aquél momento, si aún me sentía como una niña?

Miré a la bóveda del cielo de yesoLeer más

Oscuridad y frío

Por Araceli Mariscal

 

La vida a veces puede ser extremo de todo, nunca es la nada, dicen algunos que ni aún cuando se muere. Siempre creí que la oscuridad, además de ser donde no hay luz, era la nada. Ahora entiendo que también es Todo. El todo es la oscuridad porque no sabes dónde empieza y dónde termina, es más, no se tiene ni siquiera la certeza de que haya un punto medio.

El punto medio significaría que es medible, sin embargo, ¿Quién puede medir la oscuridad? ¿Quién podría definirla siquiera? Quizá las definiciones cabrían en la oscuridad misma y tal vez ni así abarcaría su extensión. ¿Cómo defines el amor? ¿Cómo defines lo que sientes por mí? ¿El amor sería entonces un sentimiento medible? Leí apenas de una amiga que en sus redes escribió que para ella, respecto al amor, éste era la ausencia del Ego… Tengo que admitir que no estuve de acuerdo con este planteamiento, dudé de él, me cuestioné y dije que sería mejor decir que: el amor es domesticar al Ego.

Domesticar porque es una parte primitiva del ser, si no lo tuviéramosLeer más

Hay un helicóptero en el jardín

Por Lisa Mena[1]

Justo hoy que nos destapábamos ese vino.

Leo y releo y no entiendo ¿Cómo es posible que se les haya escapado una estupidez así?

¿Cómo les explico?, ¿por dónde empiezo? 

Rápido, una estrategia, eso sí que sabés hacerlo: resulta ser que siempre me dediqué a otra cosa. No, no me pongas esa cara, por favor. Es algo útil y necesario lo que hago, no te das una idea…No, no, no, ¡no!, arrancá distinto.

Supongo que en cualquier momento me llaman.

Mirala a Ruth ahí en el jardín, siempre que los padres se apartan a tomar un vino en silencio es porque todo está bien. Una vez te confesó que eso la ponía contenta… ¿cómo la encaro?, ¿cuánto tiempo voy a tener?Leer más