Vecinos | Ensayo

Por Claudia Fernández

 

El viento tiene algo que decirnos esta noche.

Si no le oímos será porque creemos demasiado en nuestros asuntos.

Roberto Malatesta

 

Todos los días miro pasar a mis vecinos desde la ventana. Algunos salen con prisa, como en una carrera contra el tiempo. Otros caminan despacio, solos o acompañados, con niños de la mano. Hay quienes pasean con sus perros, se dirigen a la escuela, al mercado, al trabajo. Otros avanzan sin prisa, como si la calle los esperara paciente.  

Mi apartamento está cerca de la puerta que da a la calle. Por eso su ir y venir forma parte de mi paisaje diario. Reconozco los gestos, las voces, los ruidos, los pasos. Hay risas que se repiten, discusiones que se filtran a través de las paredes, saludos que van y vienen. Los veo y escucho sin conocerlos. Están ahí.

De algunos conozco sus nombres, ellos saben el mío. Otros permanecen en silencio, pero aun así forman parte de mis días. El simple hecho de compartir un espacio los hace presentes. Vecino viene de vicus, palabra que significa lugar o barrio. Es quien habita y transita los mismos espacios, pero también alguien que está cerca sin pertenecer, alguien cuya existencia roza la nuestra sin tocarla del todo. En esa cercanía inevitable hay algo profundamente humano y, al mismo tiempo profundamente difícil. Aceptar a otro que es distinto. Aceptar que no podemos comprenderlo ni controlarlo. Que convivir implica tolerar esa diferencia.

Los observo cada día y pienso en lo difícil que es la convivencia. Hay quienes son amables y discretos. Otros ponen música hasta tarde, discuten por cosas mínimas. Algunos se distancian tras un malentendido, otros terminan convertidos en aliados inesperados. Los vecinos son eso, presencias imprevisibles que a veces nos irritan y, otras, nos sostienen.

Han tenido siempre un papel en las grandes y pequeñas historias. Han sido aliados y enemigos, confidentes y delatores. Unos denunciaron durante regímenes autoritarios. Otros se arriesgaron para ayudar a escapar de territorios peligrosos. Hay quienes se vuelven refugio y otros que representan una amenaza. También están quienes observan desde detrás de las cortinas, inventando relatos fragmentados sobre los demás, como en una película de Hitchcock.

Con ellos habitamos un espacio transicional, entre lo público y lo privado. Para Hélène L’Heuillet[1], necesitamos una éthique du voisinage, una ética de la vecindad. No para hacernos amigos, sino para reconocer que el otro existe, que su alteridad a veces incomoda, confronta o irrita. En las Leer más

Tiempos Modernos | Narrativa

Por Marco Antonio Hernández

El sol en su cenit iluminaba la cabeza del General. Estoico, sobre su fiel corcel, sonreía ante el horizonte, en esa plaza ajena, en ese lugar tan pulcro que contrastaba con lo desaliñado de su barba. 

Estoico, como si el tiempo se reinventara a sí mismo, un símbolo de esperanza envuelto en nubes de polvo que cubrían, como grandes zarapes, el paisaje desértico. 

 

El viento cruzaba palmo a palmo el pueblo en ráfagas que sonaban como un llanto entre las ramas de los árboles, como una premonición, un lamento perpetuo que ha viajado kilómetros para encontrarse ante la traición.  

 

Aquella gigantesca estatua de cobre ensombrecía la explanada. Conmemoraba la muerte del General, disfrazaba el luto de celebración, así como la Revolución se disfrazó de resiliencia.

 

– La revolución espera a ser teorizada en un café de alguna cadena gringa, al sabor de un caramel macciatto con leche deslactosada light. 

—¿Acaso no pudimos hacer cierto el ideal? 

—Quizás morimos en el intento. 

—Al menos morimos de pie.

—No lo creo, tan sólo pusimos de pie a la clase capitalista. Por eso sus calles llevan nuestro nombre y tenemos monumentos en sus plazuelas. 

—Nuestra sangre eliminó la esperanza de un nuevo futuro. 

—Nuestra obra quedó inconclusa, por eso la Revolución se representa con un monumento inconcluso, algo que no fue porque no sabíamos a dónde íbamos. 

—Retórica. 

—Más bien folclórica. 

—Como el capital cuidando su futuro con estrategias ESG. 

—Reduzca su huella de carbono. Estamos a un grado centígrado del estallido social. 

—No seamos ingenuos. Han sido despojados de su conciencia de clase, falsamente encumbrados en un mundo a meses sin intereses en el que asumen su papel hipócrita.

 

Las calles laberínticas de Parral fungían como el mausoleo del General. La Prieta ya no daba oro ni plata, se había vuelto un fantasma como el mismo pueblo. La esperanza yacía en el futuro, tan lejana que el tiempo perdía el sentido humano en cada gota de agua evaporada. 

El futuro, esa idea tan ambigua de nuestra permanencia y hegLeer más

Memoria | Narrativa

Por Débora Hadaza

Hay personas que olvidan pronto. Hay quien su memoria corporal no le permite retener más allá de dos meses. Yo no soy así.

Mis grandes gafas, mi cabello opaco, mis labios apretados, mi boca pequeña; mi figura escuálida, mi espalda encorvada. Mi voz apenas audible. Mis ojos que no saben ver a los ojos. No soy memorable.

Hay personas que olvidan pronto. Mi padre me trataba como hija, me miraba como hija todo el día, y casi todos los días. No tenía que hacerlo, no era mi padre. Mi madre lo amagó al morir, le hizo jurar que me cuidaría más allá de la muerte. Pero no era mi padre, aunque tratara de serlo, de enseñarme, de protegerme, de suplir mis carencias, de formar mi carácter, de hacer y ser todo lo que es y hace un padre, no podía, todas las noches lo olvidaba.

Lo olvidó desde la primera noche que desperté bañada en mi propia sangre, aterrada, gritando. Esa noche lo olvidó por primera vez. Me cargó, me lamió el llanto, chupó la fuente de mi miedo, de tal forma que hizo nacer otro más profundo, más salvaje. Un miedo tan parecido al deseo, un deseo tan igual a la muerte. Su lengua incansable me dio sed, sólo deseaba que siguiera raspándome el alma. Angustia, como nunca, más grande que la orfandad, de que esa brutalidad se acabara, de que su sexo de minero dejara de excavarme, que por fin me vaciara y entonces se fuera, y yo volviera a ser su nada. Terror de volver a ser la nena, cuando ya no podría ser niña nunca más, ni él mi padre. De abrir los ojos y que su cuerpo ya no estuviera asfixiando el mío, pequeño, roto, sangrante. Desde esa noche, cada noche, de cada mes, de cada año dormí con él; dormí con miedo.

Nunca me permitió acercarme a nadie más, nunca. Una noche me acompañó a casa un chico de mi edad. Joven, limpio, bueno. Él se portó como un padre. Lo hizo pasar, le ofreció café, le hizo plática. Pero a la media noche, cuando yo ya dormía, entró en mi cuarto, me levantó de los cabellos, me poseyó de todas las maneras posibles, me mordió los muslos, los pechos, la espalda, mientras me decía eres mía.

Hay personas que olvidan pronto, yo no. No volví a levantar el rostro, y no sólo por el cardenal que reventó el ojo, ni porque otro chico volviera a mirarme, sino por el pánico de yo mirarlo. De ver a un joven, limpio, bueno, amable, y entonces desearlo, y soñar despertarme en sus suaves y frágiles brLeer más

Postales amorosas | Narrativa

Por Marisabel Macías Guerrero[1]  

Para Chaz

Si te soy honesto, yo sigo sin entender bien cómo empezó todo. Supongo que ninguna historia apasionada empieza con un plan. Nacen de un impulso. Y en este caso, el impulso fue Bumble. Yo vivía en Ciudad de México desde hacía varios años —lo cual, para un chileno, es casi nacionalización espiritual— cuando me apareció ella.

Mexicana. Norteña. Grandota. Sonrisa coqueta y luminosa. Una frase que decía: “No busco noviazgo, pero sí vínculos intensos, reales.”

Yo pensé: ¿Quién mierda dice “vínculos reales”?
Pero me gustó, mucho. Era en exceso sexy como para no explorar cómo se sentía tenerla cerca. Así que deslicé a la derecha. Ella también deslizó. Y aquí estamos, o, mejor dicho, ahí estábamos.

Quedamos esa misma noche. Ella llegó a mi departamento con una naturalidad que me dejó medio idiota, como si hubiera vivido ahí en otra vida y sólo vinLeer más

Todos fuimos al mitin | Narrativa

Por Eduardo H. González

 

¡Ahora sí, compadre, ya nos llegó el progreso! ¿Qué cómo se me ocurre decirle tal disparate? Pues si vinieron los del Partido Recumplidor e Incondicional. Por fin llegaron hasta este pueblo rascuache, y viera qué bien se expresaron de nosotros. Dijeron que somos gente bien trabajadora, y que lo único que necesitamos es una oportunidad para salir de esta pobreza. Por mis demostraciones de júbilo, compadre, porque yo fui testigo de sus promesas, por eso le digo lo del progreso, porque clarito oí con estos oídos que me acompañan desde chamaco sus palabras de aliento.

¡Claro, compadre, no es que sea yo un iluso, pero le aseguro que de sus bocas salían puras palabras llenas de sinceridad! Nomás había que ver al hombre entrado en años, el del pelo albo; vestía un traje reluciente y blanco como su cabello; y unos zapatos de puritita piel. Ese fue el que me abrazó, me dio de palmadas en la espalda nomás para demostrarme su afecto. También fue el que le regaló a mi mujer un montón de tiliches para su cocina, y comida para atiborrarnos el estómago de menos medio mes. Todo eso venía en el presente que el hombre le hizo a mi mujer. ¿Y a mis chamacos? ¡Ni se diga! Les prometió que ahora sí los iba a acercar al estudio, que les evitaría la pesadez de la ignorancia construyéndoles un lugar digno para ejercitar los pensamientos y que, de menos, de aquí salen licenciados.

Y si me pregunta por la señorita que acompañaba al hombre del pelo albo, basta decirle que relumbraba de bonita, además, era bien amistosa. Ella se la pasó acariciando a los casaderos del pueblo. Sus arrumacos les ponían tembleques las rodillas, y cuando la señorita los saludó con el beso en sus mejillas se quedaron todos atarantados de la puritita emoción. Ella también habló, con sus palabras que sonaban a música de ángeles, nos explicó sobre el asunto de las construcciones: que si una clínica donde sLeer más

Las Hienas Merecen Reproducirse | Narrativa

Por Jimena Villanueva

Soy creadora de mis aledaños. Decido marchar sola, y de vez en cuando acompañada por aquellos que se alinean con mis ideales. Porque me junto con sucios, desempleados, nómadas indocumentados, cinematógrafos herejes, unas cuantas cristianas y un chingo de franceses. Porque me da más melancolía no ir al bar el jueves que no ver a mi madre desde hace más de nueve meses. Porque escribir sin fundamentos, sin estructura y conocimientos previos sobre los clásicos me tiene sin cuidado. Porque un hombre blanco que escribió sobre ballenas monstruosas  y marineros culisudaos jamás podría plasmar lo que es ser una mujer mexicana en la periferia de lo macabro. Felinas que se aferran con uñas y dientes a lo transeúnte. Subsistiendo de la costilla de estacionarios lo suficientemente amables como para dejarlas pasar la noche en sus colchones. Algunos suaves, limpios, con olor a cítricos y sábanas blancas. Otros un tanto funestos, infestados por pelos de gato y pabellones vagamente candentes; ambos reconfortantes. Mujeres que cogen con la finalidad de sentir un poco de calor en el atroz intervalo entre el otoño e invierno. Probar que sus ojos descomunalmente grandes y separados o el surco nasolabial oscurecido no la hacen discapacitada sexual. Mujeres que aun en sus veintes son vistas como infantes, porque “cómo es posible que mi hijita linda haya visto un pene erecto”.

Mujeres que rigen su conservación en torno a la luna, cayendo voluntariamente en el abismo de signos zodiacales, siguiendo exclusivamente el consejo de constelaciones moribundas y tarotistas al por mayor. Portadoras de cristales sacros, protegidas por el cándido fulgor que estos emanan. Otras puritanas marchan decididas por las calles doradas de Papá Dios, la sagrada escritura es la única guía que necesitan. Mustias que se congregan los domingos en busca del perfecto esposo cristiano, pidiendo perdón al techo mientras manosean su vulva al tomar un baño. Por otro lado, mi existencia, y la de muchas trastornadas está regida por la dicotomía de Zenón. El establo mental donde se me engendró fue construido dentro de la hijadeputa paradoja. El hastío hacia lo cotidiano mutó y de mi boca nacían mapas de escape. Ideas que un ser ajeno a lo habitual recitaba en mi cabeza. Un súcubo famélico dedicado a trazar planos para sacarme del bucle; “el tiempo es elástico para los que se quedan quietos” me decía. Le tomó tres años, cuatro empleos asalariados, múltiples bajas del bachiller y dos países para que briago de mediocridad y con los cuernos en espiral tumbara la puertita de contrachapado que tardé tanto en construir. 

Lo único que quedaba era avanzar -¿Hacia dónde?- Con brújula en mano, navego de la cama al refrigerador, del excusado al sillón, de la farmacia al supermercado. Forcejeando con la bolsa del mandado; una docena de huevos rotos, leche descremada, manzanas moreteadas, zapatos de payaso talla ocho, un disfraz de mago medieval, chuleta ahumada de perro agresivo, medio kilo de tierra panteonera, cartas de amor apócrifas, un machete oxidado, semillas de chile guajillo y pintura verde menta por si se me cruza un no-espacio en busca de folclor o una vieja enamorada en busca de un amarre.  En la rebosante bolsa de mandado, lastro con bruma la absurdidad de ser mujer. 

 Simplificando lo insimplificable, avanzo como burro de carga.  Simultáneamente, soy el animal y la carga, el camino y también el destino. En el sendero de lo mundano llevo ya décadas. Desfilo con unLeer más

Ana Rosa Lozano | Minificciones

Nacimiento

Llegué al mundo así, desnuda como todos. Un lunes santo, casi a medio día. Un grupo de monjas atendieron el parto. Hecha desde el amor y condimentada por la pasión que consumía a mis progenitores. Mujer desbordante fui desde entonces. Llamada por las lunas que rendían homenaje a sus madres, llevo sus nombres. Crecí. Me resignifiqué. No quería ser nadie. Quería ser yo. Me encontré desde diferentes ecos, a veces no los entendía. Guardé silencio. Estaba aprendiendo a leer el mundo. Pedí iluminación. La escritura me escuchó. Todavía no era digna. La abandoné. Caminé entre las hojas secas y me hice una con la tierra. Nacer, me dijeron. Lo hice. Hablé primero con la boca. Liberación. Hablé después con las manos. Armonía. Le di sonido a mis palabras plasmadas en papel. Ascendí, ¿Ahora qué sigue? Me respondieron. Trascender. Sigo viviendo.

 

 

 

Vaso vacío. 

¡Estoy harta! Llevo horas mirándolo y sigue con su insoportable transparencia sobre mi mesa, sin decirme una sola palabra. Ya hice todo. Apagué la luz para acorralarlo y que reventara de miedo. No funcionó. Intenté ahogarlo en el lavaplatos, el muy canijo se resistió; jamás había conocido a alguien así. Opté por el fuego en diferentes tamaños. Primero, la flama de un encendedor; luego, la gran llamarada de un fogón, ¿Y qué resultó? Ni yo entiendo, se mantiene resistente, es como si tuviera mil capas. Así que empecé a intimidarlo. Caminé en círculos; a veces le daba espacio, otras, le reducía los diámetros. Es inútil, sigue sin hablar. Se me secó la garganta, tengo sed, no encuentro mi vaso para poder beber. Ya busqué por toda la cocina. No tengo nada. Creo que me invita a acercarme, se muestra amistoso. Confío. Lo tengo entre mis manos, ya no es resbaladizo. Me puedo ver, sí me reconozco. Soy yo. Aquí está mi vaso. No, nunca ha estado vacío.

 

 

Encierro

He contado mucho hacia atrás. Siempre me revelo la misma imagen: voy dejando mis pasos, seguros y perdidos. Todo dependía de la historia que el día me contara. Una vez, me dediqué a recordar, es imprescindible que una valúe el gramaje de sus experiencias. Otro, en cambio, me lo bebí sin respirar. Me dolía.  En una ocasión, me obsequié el día, me impresionó lo que se puede hacer; también me dediqué a contemplar, eso me lo tengo bien guardadito en el alma. Un día desperté, puertas y ventanas, no eran salidas. El mundo se paró, dejando a los días sin nombre. Ahora habito el frágil cubo transparente, es una máquina del tiempo cruel, cada que le pido viajar, me trae de regreso al día cero.  

 

 

 


 Ana Rosa Lozano González, Ciudad de México, 1991. Escritora, mediadora de lectura y tallerista de creación literaria con perspectiva de género.

Primera tumba | Narrativa

Primera tumba: el silencio

A veces el cansancio viene de lejos y pesan los años. Te das cuenta que el silencio no solo corona una partida sino también una casa. Esas casas que te dañan como la mía, en dónde deambulan ciertas voces que han estado en cama: enfermas.

—Hola, madre—. Le hablo.

Entonces, una madre en llamas es alumbrada por una enfermedad invisible y no diagnosticada: la furia.

—Levántate—. Le insisto.

La mano de la hija se estiró hacia la madre. Su voz era ese sonido que rompía el silencio como si le quebrara un hueso.

—¿Sigues ahí, madre? —Ella solo notaba la rabia contenida.

Repasó el vacío. Ya no olía como siempre. En su boca se formaba cierto encaje como el que se borda de pura pena; porque los ojos ya terminaron de secarse y la sal ya lo ha quebrado todo. Más bien se convierte en leche que servirá para alimentar al enojo.

—¿Dónde está su cuerpo? —. Le pregunta, aunque sabe la respuesta.

Y así como la sangre viste un nacimiento. El silencio no grita, no llora: más bienLeer más

Mi historia, tu historia | Ensayo testimonial

La siguiente obra fue leída en voz y cuerpa de su autora en el micro abierto INSolentes, organizado por la editorial Tinta en las Uñas en colaboración con Enpoli, la Faro Tláhuac, Morgana Ediciones y la Fundación Elena Poniatowska, que se llevó a cabo en el marco del 8M.

 

La lucha por la educación en contextos rurales

 

Por Consuelo López

Corrían el año 2017, cuando culminaba mis estudios en el Colegio de Estudios Científicos y Tecnológicos (CECYT), en un lejano pueblo del estado de Chiapas. Todos los días recorría el trayecto caminando de la casa al colegio, algunas veces acompañada de otros compañeros y compañeras, y en muchas otras, el trayecto lo caminaba sola. El colegio estaba ubicado en las orillas del pueblo, una parte del camino se encontraba dentro de la comunidad y otra parte, fuera de ella, sobre un camino de terracería y un poco más desolado.

 

Siendo hablante de la lengua tzeltal, existen formas particulares de vida para estar en comunidad y contribuir en ella. Particularmente, la vida de las mujeres en un pueblo se encuentra comúnmente centrada en el cuidado del hogar y en el cuidado de los menores, probablemente formándolas para una vida en familia a futuro. Además, es común ver que las mujeres, en lo general, son quienes procuran el bienestar familiar; en tanto que para los varones es muy usual que tengan una figura mucho más pública en el entorno donde se encuentran, por lo tanto, tienen una mayor presencia en asambleas comunitarias, lo que incide en la toma de decisiones en lo local y general, y son un gran sustento económico para el hogar. En este sentido, los hijos tienen la función principal de asistir a la escuela y, por supuesto, de apoyar en lo necesario para apoyo de los padres y del mantenimiento del hogar.

 

Tal es mi caso, pues asistía a la escuela y también colaboraba con las tareas del hogar, principalmente en el cuidado de mis hermanos menores. He de resaltar que en las notas escolares mis calificaciones resultaban por encima de la media, razón por la que me daba ciertos privilegios de tomarme el tiempo necesario para cumplir con las tareas escolares y, en un segundo plano, realizaba las tareas alternas correspondientes al hogar; aunado a lo que observaba en la casa, en la escuela y en la comunidad, todo apuntaba a que mi destino era, muy Leer más

Lilith | Monólogo

La siguiente obra fue leída en voz y cuerpa de su autora en el micro abierto INSolentes, organizado por la editorial Tinta en las Uñas en colaboración con Enpoli, la Faro Tláhuac, Morgana Ediciones y la Fundación Elena Poniatowska, que se llevó a cabo en el marco del 8M.

 

Por Verónica Miranda                                    

 

Nací de la misma tierra que el padre de los hombres. Y nací mujer agradecida de la piedad del Todopoderoso.

Juntos caminamos en el Paraíso, bebimos y gozamos de las delicias del Edén. En esos tiempos lejanos los animales y las cosas carecían de nombres. Y fue él, mi compañero, quien nombró a animales y cosas.

Y yo le pregunté un día con mis ojos llenos de respeto y admiración.

– ¿Y para qué le das nombre a las cosas y a los animales?

– A las cosas las nombro porque así pasan a ser de mi propiedad. A los animales les doy nombre porque así los educo y los someto. Ellos también son míos, como lo eres y serás por siempre, compañera mía. Yo te nombro ahora “Lilith”, y yo, Adán, soy tu dueño. Así que ven Lilith que tengo que decirte tus obligaciones, ya que me debes obediencia y respeto, porque yo seré el padre de todos los humanos, y tú serás mi obediente esposa.

Mi confusión y enojo fue enorme, pero él, el padre de todos los hombres, el mismo padre que comió del fruto prohibido muchos años después, a partir de ese día me hizo su esclava y soporté golpes, humillaciones viles; y no, no fue la serpiente quien enseñara al padre Adán a entrar en la vagina de uLeer más