Versos de capa caída: el despropósito de Otra lengua es posiblx de Canuto Roldán

Por Elías Medina

Todos hemos escrito versos alguna vez, no son pocos los poemas que han perecido en un cajón oscuro, quizá porque nos ha parecido que no son dignos de ser leídos por alguien más, porque nos avergüenza nuestra mala ortografía o porque no tuvimos el valor necesario para confesarle nuestros sentimientos a ese amor adolescente. Todos guardamos cadáveres debajo de nuestras almohadas, montañas de poemas que si se reunieran en libros llenarían los estantes de la mítica Biblioteca de Alejandría, pero que nunca conoceremos. En eso reside parte de su belleza: son un vistazo rápido al Edén por la cerradura de una puerta que nunca se abrirá.

Siempre he creído, más allá del lugar común, que todos tenemos la capacidad de volar, metafóricamente hablando, pero pocos nos atrevemos a dar el paso en falso. Leer también es volar, por cierto. La capacidad de experimentar dolor es común a todos los seres vivos y por ende a todos los seres humanos, por lo tanto, la capacidad de experimentar la belleza también lo es. Siguiendo esta línea de pensamiento, el ser humano es un ser artístico, tanto como un ser político. El arte, materia de los sueños, es un músculo más o menos ejercitado por cada uno de nosotros, pero presente en todos, por eso decimos que cualquiera puede escribir poesía. Mas un poeta que se digne de serlo debe superar esa línea entre quien escribe aficionadamente y quien se profesionaliza y, ojo, no digo que no haya talentos enormes sin entrenamiento, sino que un escritor, un poeta, debe exigirse calidad a sí mismo. Esto es a lo que llamamos oficio.

No es secreto que tengo malas relaciones con Canuto Roldán, quien junto a Lía García La novia sirena, cooptaron el Eslam Cuir, a través de prácticas colaborativas desleales en las que capitalizaron beneficios y me marginaron del proyecto que yo mismo había fundado. Desde luego, no lo hicieron solos, tuvieron el respaldo del Circuito Nacional Poetry Slam y, más específicamente, del colectivo PoesíaLeer más

“Marzo: de cocina mística”

En las manos de Hildegarda y de Ávila

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

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Febrero fue de pan y cenizas. En La Religiosa la compasión pasó como un relámpago y el horizonte de la bondad se cerró. El efecto fue evidente en cada ración que el claustro sirvió porque más que alimento, lo que la protagonista halló fue humillación, luego artificios. Y no se trató solo de comida, ya de por sí entendida como fuente de vida, sino de un mensaje mucho más cruel: despojarla de su derecho a sentirse digna, a merecer, a pensar y a poder elegir con autonomía el lugar en el que quería estar.

 

Sin embargo, en marzo la trama hace un giro dramáticamente precioso. Y es la fe la que nos dice que comer y cocinar son actos profundamente terrenales, cálidos y curativos. Es decir, el cuidado. Cuestión relevante porque implica una actitud de empatía capaz de sostener, con gestos concretos, el orden de nuestra propia creación. Porque no somos solo la que reza, también la que trabaja, la que cuida a otros, por si fuera poco, la que siente y hace memoria, casi siempre en silencio.

 

De ahí que el primer momento sea elegir cada ingrediente con responsabilidad, considerando que hay finalidad terapéutica, también gozo. Nada más oportuno en una época definida por la inmediatez. Entonces, más que procurar gramos o litros, es cuidar nuestro derecho sagrado de ser parte de este mundo como esencia de la misma existencia. Y eso, es precisamente lo que Hildegarda de Bingen y Santa Teresa de Ávila nos devuelven.

 

Ni excesos, ni privaciones severas. Para Hildegarda de Bingen cada plato era una pequeña alquimia entre cuerpo y espíritu, cuya esencia denominó viriditas. Ese verdor invisible que sostiene las plantas y las dota de temperamento, energía e intención. Para ella, comer es participar de esa fuerza vital. Por tanto, debe hacerse con consciencia y equilibrio.

 

Cuando escribió Physica, dijo de la espelta que era el mejor de los granos por su vigorosidad: “Quien tenga dolor en el estómago, haga un pan con harina de espelta y mézclela con agua tibia; cómalo caliente y su interior se fortalecerá.”  Se ponen las hojuelas de espelta (3 ½ tazas) junto a la harina de espelta (4 ½ tazas), dos tazas de agua tibia, una cucharada de aLeer más

Novísimxs: Primer aniversario entre poesía y rabia

Por Diego Medina

Conocí a Alejandro Miravete y a Afrodita en el bajo puente de la Glorieta de Insurgentes en el extinto Tianguis Sexodisidente fundado por Laura Glover (Razzia Santillán, Lau Lipa, según se le conozca). Eran años de pandemia, pero salíamos a vender nuestros productos montando puestos en telas de la parisina. Alejandro y Afrodita vendían libros y postres, yo tatuaba en la calle. No éramos precisamente uña y mugre, pero de vez en cuando platicábamos sobre poesía y el chisme literario de la CDMX. La Tianguis Sexodisidente merece, por otro lado, un capítulo aparte en la crónica de la ciudad.

Pasó el tiempo y La tianguis desapareció, cooptada por el crimen organizado tuvimos que buscar nuevos horizontes. Llegó el 2023 y se publicó mi segundo poemario Una caricia sin venganzas, le escribí a Alejandro para que me acompañara a la presentación y además de aceptar redactó unas palabras sobre mi librillo. Conversábamos ocasionalmente por el chat, compartiendo chismes y hablando de poesía, opinando sobre nueLeer más

Frontera cuir: las imposibles fronteras entre cuerpo, migración y deseo

Por Diego Medina

 

Llega tardíamente a mis manos un poemario publicado en 2021 por la Universidad Autónoma del Estado de México, el cual fue merecedor del 15º Premio Internacional de Poesía “Gilberto Owen 2021”. Se trata, como se ha advertido en el título de esta reseña, de Frontera Cuir de Ingrid Bringas. En sus ochenta páginas, Bringas pone sobre la mesa dos heridas de nuestro tiempo, por un lado, el migrante, marcado por la mirada de sospecha del prójimo y, por otro lado, el cuerpo cuir, que lleva en su sino la misma sospecha y desconfianza.

 

Este poemario habla de cuerpos doble, triple y hasta cuádruplemente extraños, de las fronteras como espacios liminales donde florece y prospera la belleza de la indeterminación. Así como aquel numen griego de báculo y pies alados, Hermes, mensajero de los dioses que lo mismo transitaba el Aqueronte para descender a la residencia de Hades y que gozaba de la ambrosía escanciada en las alturas del Olimpo, así el cuerpo cuir se sabe en medio del territorio, de sí mismo, en medio de los países y de algo que está a punto de explotar siempre, maravilloso y doloroso como lo es el deseo.

 

No solo hablamos del cuerpo, aunque todo es cuerpo en estos poemas, hablamos de algo sobre los que muchos guardan silencio, una experiencia que no parece importante cuando es ajena, mas ocurre a diario, destruye y reúne familias: la migración, los que también se quedan a mitad de caLeer más

“Febrero: de pan y cenizas”

La Religiosa de Denis Diderot

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

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Santa María no es un lugar abierto a la luz, con patios vivos que acompañen el silencio elegido. Aquí las hojas no se mueven, ni hay insectos que pasen entre olores húmedos. En Longchamp los corredores, aunque amplios, carecen de cielo que acompañe el paso, y de salones para la hospitalidad. Y los cuartos de Sainte-Eutrope no sostienen el descanso porque desde las orillas se vigila el cuerpo. El claustro, en La Religiosa, no es un lugar piadoso sino el espacio del encierro atado a la penitencia más inclemente.

 

En esa extensión de reclusión, el comedor no ofrece platos celebratorios. En la cocina no hay recetas, ni los huertos jamás sugieren crecimiento. Cierto es que, al cuerpo, el castigo entra por la boca; cada ración servida es sazonada con mortificación y crueldad. Ante esa necesidad primaria que le ha sido negada, al entrar en el claustro, Suzanne Simonin se ocupa de escribir una misiva para pedir auxilio.

 

“Estaba sola en una mesa en el refectorio; no me servían en ella; estaba obligada a ir a la cocina para pedir mi ración; la primera vez, la hermana cocinera gritóme: No entre, aléjese usted.

—¿Qué quiere?

—Algo para comer.

—¡Algo para comer! Usted no es digna de vivir…”

 

El alimento que le es ofrecido está contaminado con toda clase de suciedades “Me arrojaban los alimentos más desagradables y los mezclaban incluso con ceniza y toda clase de inmundicias.” Pero ella debe elegir entre el hambre o la humillación, lo primero ya no es opción. “Algunas veces me iba y pasaba el día sin tomar nada; otras insistía y ponían para mí sobre el umbral comida que se hubieran avergonzado de presentar a los animales; yo la recogía llorando y me marchaba.”  

 

Su decisión es aprovechada para que obedezca sin rebelarse al régimeLeer más

Las históricas: Jorge Arturo Ojeda

Por Diego Medina

 

Este año he decidido ampliar los horizontes de la presente columna y escribir al menos una vez al mes sobre autores que han sido injustamente olvidados, segregados a la anécdota y al comentario al pie de página. Sirvan estas páginas como homenaje a aquellas reinas que pusieron el cuerpo al frente, y en la escritura, para nombrar lo que se ama. 

 

Jorge Arturo Ojeda nació el 18 de abril de 1943 en la Ciudad de México, fue un prolífico escritor de narrativa, ensayo y crítica, pero sobre todo fue un amante de la belleza y un pionero de eso que llamamos literatura gay. Entre sus obras destacan Muchacho solo (1976), Octavio (1982), Carne y hueso (1998) y Personas fatales (1975) entre otros. Su valía literaria no necesita apologistas, Jorge Arturo Ojeda crea escenarios inmersivos en las descripciones de sus relatos, inserta adagios populares y nos ilumina con una metáfora en el momento oportuno.

 

Una de las virtudes de Ojeda respecto a la literatura gay es que en sus relatos los personajes gay no están codificados como parias, indeseables y no sirven para el escarnio de ninguna moral, por el contrario, muchos de los personajes son profesionistas, cultivados, intelectuales, tienen una sólida vida familiar, son a grandes rasgos personajes ordinarios, lo cual es relevante justo porque no hay monstruosidad, ni en un sentido rilkeano, ni en un sentido cine tipo b, en sus relatos.

 

Lo que sí que hay es una poética del cuerpo masculino exquisita, en este sentidoLeer más

Mientras hablar sea gratis

Por jaazia

 

“La escritura (uno)”

Una vez más vengo con más preguntas que respuestas. He pensado mucho en la escritura, en su transformación con el paso del tiempo, el peso o la importancia que tiene o que le damos y, por último, la banalización y comercialización. La escritura es el factor principal de uno de los cambios de paradigma más grandes en la historia de la humanidad, es una técnica, es un lenguaje. Y me parece que al día de hoy la damos por sentada, la infravaloramos, lo mismo que con el lenguaje oral y el diálogo, no le prestamos atención, está tan inmersa en nosotras y en nuestra cotidianidad que le prestamos poca atención, quizá la mínima necesaria y eso.

La historia de la escritura es larga y tendida (les recomiendo seguir a @linguisticamentehablando divulgadora y lingüista, la escritura es uno de sus temas de interés y está bastante formada en ello), pero más allá de adentrarnos en las particularidades de su historia, me interesa destacar algunos momentos relevantes:

  1. La escritura como técnica, particularmente para la memoria y el conocimiento. Por un lado encontramos la escritura como este registro de la memoria colectiva y, por otro lado, también encontramos la escritura para la transmisión de conocimiento; me parece relevante subrayar que en ambos aspectos siempre fue importante la colectividad, tanto de una manera previa, quiero decir, para la construcción del relato, como en su paso posterior, que es el diálogo o la discusión de lo leído (no me voy a enfocar mucho en este aspecto, ya que la lectura en sí misma tendrá su propia columna).
  2. La literatura. En algún momento de la historia, la escritura además de ser utilitaria o funcional, se convierte en una expresión estética, artística o como la quieran llamar. La consolidación de la escritura como “arte” o expresión artística en donde la técnica incluye interés por la forma o el formato y el contenido.

Estos dos momentos me parecen relevantes porque creo que con el paso del tiempo se nos han mezclado un poco las técnicas, los saberes, los usos y desusos. Y aunque a mí me encanta la mezcla, la hibridación y todo eso, ha llamado mi atención el estado actual de la escritura. Hasta acá todo bien, no quiero adentrarme en el clasismo y racismo dentro de las academias o las grandes instituciones deLeer más

Poesía colectiva: después de leer a Tita Valencia

Por Paloma, Yessica, Gloria, Danae, árbola almendra, Margot, Jazzia, Elisa, Laura V. y Ximena

 

Mar de colores nos hereda 

la música de tu semilla

buscamos entrar en el lila de tu voz palabra

que nos lleve por el sensible

camino de la ciudad jacaranda

 

semilla que no ha nacido

futuro incierto de ciudades donde escasea el verde luego lila

de tus pensamientos musicales 

                                  de la vida encerrada en ciudad-concreto

que crece en gris perpetuo retorno a la sequía 

desapareces en la imagen de una película olvidada

con el fondo de una niña perdida que vende rosas- lilas

 

En la oscuridad de tu sueño

desde el jardín recibes:

el alimento que guiará tus hilos

                a la luz, al aire, a la vida,

tu primavera, tu prima vera,

un aliento de vida

una chispa, un destello

 

florecemos tus pasos

florecemos tus tallos

           esperas

 

Estamos a marzo 

y la ciudad se hace cama de metal

con sábanas cielísticas

lilas y azules 

Se acaba la esperanza

cuando llega el rojo in extremis 

que no son solo los árboles

—todas lo sabemos—

con el dolor profundo del recuerdo

memoria tallada en troncos y postes de luz

y manos que arden

 

Mas toda cuerpa de agua Leer más

La literatura para habitar la ciudad

Por Adriana M. Rueda[1]

 

En el mundo en que vivimos, el ser humano siempre ha tenido la necesidad de crear comunidad, y para ello establece parámetros, normas y leyes para que la estructura social construida se mantenga y se conviva en un ideal de paz y ayuda mutua. La construcción de las polis o ciudades, figura como el lugar cúlmine para el intercambio, la memoria, la formación y sobre todo, la construcción colectiva del espacio.

Para el geógrafo David Harvey, en su artículo “El derecho a la ciudad” (2008), las ciudades no surgen simplemente por necesidades técnicas o naturales del ser humano, sino como resultado de procesos sociales, económicos y políticos. Se crean para organizar y contener las relaciones sociales, especialmente “en función de los intereses del capital” (p. 24). Es decir, la ciudad no es solo un lugar para vivir, sino un mecanismo de control, de reproducción del orden social y de acumulación de riqueza. Esto significa que la forma en que se construyen y se administran las ciudades no es neutral, sino que refleja y reproduce desigualdades. Al final, el autor aborda el “derecho a la ciudad” como la potestad de que el espacio sea reclamado y transformado por quienes han sido “históricamente excluidos”.

La polis se establece en un territorio específico, es decir, en un espacio tangible; este espacio físico moldea las cosmovisiones e interpretaciones de la realidad de la sociedad que la habita (Toledo y Barrera, 2008). Aun así, Margueliche (2014) expone que la geografía, al no poder dar cuenta de manera completa sobre la realidad de una ciudad sino solo abordar su forma material o espacial, se escapa de la complejidad de reconocer la ciudad como un espacio que no solo se construye de forma física sino también de forma comunitaria y social. Es entonces cuando la literatura surge para “dar sentido a las cosas” dado que “la ciudad actual, fragmentada e ilegible, tiene una necesidad particular de ello” (p. 4). Se entiende, entonces, que es necesario “ver la ciudad con base en las prácticas colectivas y cotidianas de sus habitantes”, y reconocerla “más que como una entidad física-espacial determinada, como una red en donde ocurre la vida” (Torres y Caquimbo, 2012). Exponiendo así que la escritura de la ciudad la hacen todos aquellos que la habitan.

Ahora, entendiendo el concepto económico de lo que simboliza una ciudad y reconociendo el papel de la geografía, introduzcamos un tercer término: el verbo “habitar”. Este proveniente del latín habitāre, que es un frecuentativo del verbo habēre, que significa tener, poseer, estar con. Es decir, más qLeer más

Primer aniversario de “Con Q mayúsculas”

5 Lecturas recomendadas para cerrar el año

 

Por Diego Medina

 

Este año se cumplió un año de “Con Q mayúscula”, columna en la que hemos reseñado algunas obras destacadas de reciente publicación, donde también hemos dado cobertura a sucesos importantes que atraviesan a la comunidad LGBTTTIQ y donde hemos denunciado el genocidio en Palestina. ¡Qué linda es la ingenuidad de quien escribe por amor a la vida! Cuando empecé a escribir esta columna semanal no imaginé que mis palabras llegaran tan lejos, sin embargo, ha sido lindo ver cómo estas impresiones atraviesan latitudes y corazones.

 

Para nadie es sorpresa que ha habido períodos en que no se han publicado reseñas, esto se debe principalmente a la falta de tiempo, entre la universidad, la literatura, el trabajo y los proyectos, no me he dado abasto. Agradezco a los autores que han compartido las reseñas de sus obras, a Ximena Cobos quien ha tenido a bien facilitarme un espacio en Enpoli para hacer este ejercicio. Abrazo también a los lectores y a los amigos, que son casi sinónimo.

 

Por un breve momento pensé en abandonar definitivamente este trabajo, por momentos me desanimó la hostilidad del mundo editorial y cultural con la literatura LGBTTTIQ, por momentos también me reconocí incapaz de la titánica labor de leer todo lo que hace falta leer (hay tantas lecturas queer y tan buenísimas), también pensé que de todas maneras hay personas que ya se dedican a esto y lo hacen mejor que su servidor, pero luego de respirar hondo y poner los pies en el suelo la verdad toca a mi puerta: no hay esfueLeer más