Tortura en la antigua Grecia

Por Cesar Jair Mijares, Erick Ortiz y Mariana Mendoza

 

INTRODUCCIÓN

Afirmar que la tortura ha existido desde tiempos antiguos es posible gracias a que se ha encontrado evidencia de cómo la cultura griega carecía de una visión moral ante la tortura e ignoraban el daño no solo físico, sino incluso mental de los esclavos y/o extranjeros. Esto surge en la πόλις (polis)[1] griega, donde podemos observar incluso cómo aparentemente la filosofía no se planteaba este acto de forma moralmente incorrecto o correcto. Por ello, en este escrito analizaremos si la cultura griega tenía una visión moral ante la tortura o ignoraba los daños y acciones de esta práctica. 

Como ya fue mencionado, la filosofía no se plantea si era moralmente adecuada o no la tortura, sin embargo, la política griega, la encargada de aplicar los juicios que se tomaban hacia los esclavos o extranjeros, tenía la finalidad de sacar información verdadera y de valor para sus propios fines, y estos juicios o castigos que se dictaban tenían grados, desde las crueldades verbales hasta el dolor físico en menor grado.

Análisis 

Hay que empezar ahondando en torno a la tortura en aquella época, para una mejor comprensión del escrito. Si bien la tortura era utilizada para obtener información, servía además como una enseñanza para el resto de la población. Con Αἴσωπος (Esopo)[2] encontramos una fábula que se refiere a la tortura, pero no una tortura donde se inflige dolor, más bien una tortura blanca[3]; pues recordemos que las fábulas siempre tienenLeer más

Sobresale «Delegación Guanajuato» en la XII Olimpiada Mexicana de Filosofía – UdeG

Por José Miguel Hernández Valtierra.[1]

Silao de la Victoria, Guanajuato

Luego de haber clasificado de forma exitosa la etapa estatal de la Olimpiada Mexicana de Filosofía, celebrada el 13 de enero del presente año a cargo del colectivo Filosodrílos Guanajuato, en la ciudad de Silao, Guanajuato, de entre 40 participantes, 18 estudiantes de instituciones educativas como: La Escuela de Nivel Medio Superior (UG) de Irapuato, San Luis de la Paz, Pénjamo, Guanajuato, Instituto Kipling, Instituto América, CECyT 17 León (IPN) y Telebachillerato UVEG, resultaron seleccionados para representar al Estado de Guanajuato en la XII Olimpiada Mexicana de Filosofía en sus modalidades “virtual a distancia” y “presencial”, la primera celebrada el 23 de febrero de 2024 y la segunda el pasado 15 y 16 de marzo de 2024.

Guanajuato vuelve con excelentes resultados, cinco medallas en la modalidad virtual y otras cinco más en la modalidad presencial. Además Guanajuato tendrá el Honor de representar a México en la Olimpiada Internacional de Filosofía (IPO, 2024), la cual tendrá por sede la ciudad de Helsinki en Finlandia, del 13 al 16 de mayo del presente año. La estudiante Zanya Haydee Zarate Álvarez, de la Escuela de Nivel Medio Superior de Guanajuato, es la ganadora del certamen nacional en la categoría de ensayo en lengua extrajera y quien gozará de este privilegio.

¿Qué es la OMF?

La OMF es una etapa eliminatoria para la IPO (Olimpiada Internacional de Filosofía) , esta última se ha celebrado desde 1993, es avalada por la UNESCO y busca la promoción del pensamiento multidimensionalLeer más

Reflexión sobre la práctica filosófica y su comparación respecto de la psicología

Por Yenné Sánchez Márquez[1]

Como buena herramienta filosófica, lo que pretende lograr la práctica filosófica[2] es profundizar, problematizar y concientizar. Esto se logra mediante el diálogo, que en la filosofía es algo vital. Por eso es que se han desarrollado desde la Antigua Grecia muchos métodos para poder abordar el diálogo y que resulte en un intercambio de argumentos con la finalidad de que se llegue a la reflexión y no solo que se discuta sin llegar a una resolución con uno mismo y con el propio pensar.

Muchas maneras y abordajes diferentes podemos encontrar para lograr lo mencionado en el párrafo precedente, sin embargo, la más recurrente ha sido la dialéctica. Esta herramienta, que se remonta a Heráclito (540 a. n. e. – 480 a. n. e.), se ha vuelto la predilecta para poder lograr ese grado de reflexión. Esta es una especie de mayéutica, en el sentido de que es una interrogación entre dos personas; dichas preguntas-interrogaciones son con el propósito de penetrar en los argumentos y posición del otro, por lo mismo “la discusión es un elemento indispensable” (Brenifier, 2011a:35); porque ¿cómo podemos ser capaces de lograr ese cuestionamiento si no hay una idea contraria?

Muchas veces, cuando estamos enfrascados en alguna discusión o debate, nos vemos envueltos por los argumentos del otro y, a veces, somos capaces de lograr un cambio en nuestro pensar; tal vez no sea un cambio total de conciencia, pero sí es un cambio de reflexión en cuanto a nuestro modo de ver esa cosa en particular. “Un cambio de conciencia significa una evolución de la atención y de la energía que sigueLeer más

Breve reflexión acerca de las diferencias y las semejanzas entre un café filosófico y un taller filosófico

Por Francisco Octavio Valadez Tapia+

Los cafés filosóficos y los talleres filosóficos son dos modalidades de encuentro para la reflexión filosófica que han emergido en los últimos años, por lo que corresponde al contexto mexicano. Ambos comparten la idea de que la filosofía consiste en una praxis viva que puede y debe ser accesible a cualquier persona, y que se puede llevar a cabo en cualquier lugar o espacio, inclusive –valga lo redundante de la expresión– en un café o en un taller. Empero, hay ciertas diferencias relevantes entre ambas prácticas filosóficas.

El café filosófico remite a un encuentro informal que se suele realizar en cafés o bares –por lo menos en sus orígenes parisinos–. Su objetivo es construir un espacio de diálogo y discusión franca acerca de temas de índole filosófica. Quienes participan suelen ser personas de diferentes edades, profesiones y grados de formación educativa.

El café filosófico se basa en el método socrático, consistente en plantear interrogantes abiertas y provocadoras para incitar el pensamiento crítico y la reflexión.[1] Quien funja como animador o facilitador del café filosófico no necesariamente tiene que ser un experto en filosofía –pese a que esto es altamente deseable–, sino que su papel consiste en guiar el diálogo y promover la participación de todas las personaLeer más

Reflexión introductoria sobre el café y el taller filosóficos

Por Abel Martín España Sánchez+

En este breve texto me propongo reflexionar sobre dos prácticas filosóficas que han adquirido reconocimiento en los últimos años para el caso mexicano en cuanto formas de acercar la filosofía a la sociedad en general: el café filosófico y el taller filosófico.

Considero oportuno señalar que un café filosófico implica una discusión filosófica al momento de escapar a “la conversación que «asocia» ideas y comienza a articularlas en relación a una cuestión y entre ellas para estructurar un desarrollo. Es decir, cuando la discusión se convierte en un trabajo –individual y común– sobre las opiniones particulares y las representaciones colectivas” (Tozzi, 2011:4); mientras que un taller filosófico implica producción, entendiendo por producir:

(…) el proceso de confrontarse a una materia para conseguir un resultado. Sólo que la materiaLeer más

La estética trascendental kantiana

Explicando la posibilidad de la sensibilidad humana

Por Francisco Octavio Valadez Tapia*

Los seres humanos perciben el mundo en cuanto diversidad de impresiones. Si, por ejemplo –para recuperar una actividad que quien esto escribe llevó a cabo en una sesión de la asignatura Del Renacimiento a Kant–,[1] perciben una uva, perciben, de hecho, un conjunto de propiedades: color, forma, textura, etc. Este conjunto de impresiones, sin algún orden, carece de significado y requiere ser ordenado vía un proceso que remata en el concepto uva. Pero tal proceso no lo puede realizar la experiencia, sino el entendimiento. A las impresiones sin orden alguno, el filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) las denominó fenómenos –palabra procedente del vocablo griego fenomenon que “deriva de ‘faineszai’ que significa mostrarse, sacar a la luz del día, hacer patente y visible en sí mismo” (Solano Ruiz, 2006:5)–,[2] y a su ordenamiento, lo nombró intuiciones, pues: “La representación que sólo puede darse a través de un objeto único es una intuición” (Kant, 2005:49).[3]

De este modo, la etapa inicial del conocimiento implica la captación de las apariencias –término relacionado con los fenómenos– de los objetos vía los sentidos –sensibilidad precisada como “receptividad que nuestro psiquismo posee, siempre que sea afectado de alguna manera, en orden a recibir representaciones” (Kant, 2005:63)– y su ordenamiento mental –entendimiento precisado como capacidad de producir representaciones “por sí mismo, es decir, a la espontaneidad del conocimiento”–. Para nada se trata de dos diferentes momentos, sino que la intuición de la información del exterior y el ordenamiento interior se llevan a la par, dado que ambas son formasLeer más

La democracia como epifenómeno hermenéutico

Por Francisco Tomás González Cabañas

La vinculación entre lo uno y lo múltiple, entre individuo y comunidad, entre lo privado y lo público, podríamos sintetizarla bajo el significante lazo. La filosofía como horizonte de las generalidades se enlaza con la psicología, más precisamente con el psicoanálisis, dado que éste atiende la particularidad del sujeto. La palabra, distintiva de lo humano, que se hace lenguaje para reconocer al otro, en la dinámica de tal circuito creado de la comunicación, define el entramado sustancial del que se confecciona el hilo, el cordel, la cinta en la que nos posibilitamos el ser uno y múltiples a la vez, sin dislocar el principio de no contradicción, para fundar un nuevo entendimiento.

La tensión, la puja, la disputa, todas y cada una de las aventuras y desventuras del sujeto enlazado entre su yo y el nosotros, abarca la consideración de lo político que alumbra los diferentes y diversos andamiajes de la política como manifestación o resultante determinado en un instante bajo un contexto dado. 

El concepto de lazo social, inicialmente vinculado a la teoría política, a la generalidadLeer más

Guanajuato y su intervención en la Olimpiada Mexicana de Filosofía

<< La filosofía no ha muerto en el corredor industrial, no todo es tecnología>>.

Por José Miguel Hernández Valtierra.[1]

La filosofía es quizá una de las áreas más soslayadas en el ámbito de la educación, hasta el punto de verse amenazada constantemente a desaparecer de los programas de educación media. Hasta el momento, esta fatídica realidad que comprometería el desarrollo de habilidades como el pensamiento crítico, creativo y cuidadoso no ha llegado a materializarse del todo. En fin, aún en medio de este estado de cosas han existido diversos intentos para estimular a los jóvenes estudiantes de preparatoria en esta área de formación, me refiero particularmente a la Olimpiada Mexicana de Filosofía, competencia con sede en la Universidad de Guadalajara (UDG) en la que estudiantes de dicho estado han participado desde su VIII Edición en 2019 hasta la XI en el 2023, regresando siempre con buenos resultados, particularmente en la XI edición. A continuación, dejo la reseña a modo de agradecimiento y reconocimiento para estos jóvenes que representaron al estado en esta competencia nacional en al menos sus últimas 3 ediciones y que en su momento pasaron desapercibidos por razones burocráticas y conflictos de interés público.

Particularmente, como entrenador y organizador de este evento Leer más

La paradoja de la felicidad: ser feliz, ¿para qué?

Por José Santiago Macías Cabrera[1]

“Si nos preguntamos en qué consiste ese estado ideal
de espíritu denominado felicidad, hallamos fácilmente
una primera respuesta: la felicidad consiste en encontrar algo
que nos satisfaga totalmente”.
-José Ortega y Gasset, filósofo vitalista español.

La felicidad es, sin lugar a dudas, una de las abstracciones más difíciles y complicadas para definir; aunque ciertamente el uso de su concepto se haya popularizado entre el vulgo y la cotidianidad. A lo largo de la historia del pensamiento son muchas las acepciones por las que ha transitado: empezando por los metafísicos griegos, pasando por las escuelas medievales e incorporándose más tarde a las corrientes de pensamiento surgidas en los siglos más recientes.

Por otro lado, definir rigurosamente el concepto de “felicidad” resulta evidentemente imposible dada la tendencia puramente subjetiva e individual por la que se inclina, es decir, cada sujeto posee una manera particular de vivir, hacer y concebir la felicidad; sin embargo, estas particularidades tienen límites intrínsecos. El mismo Aristóteles, metafísico griego de la Antigüedad, conocido por sus amplias contribuciones a diversas ramas del pensamiento, reconoció la tesis anterior dentro de su Ética Nicomáquea (lib. X, 5, 35, 1176 b) afirmando que “la felicidad no es un modo de ser […], [sino que] se ha de colocar entre las cosas por sí mismas deseables y no por causa de otra cosa, porque la felicidad no necesita de nada; se basta a sí misma”.

Para el pensador, la felicidad es el fin último de la vida del hombre, que se alcanza únicamente a través de la virtud, incluso, la filosofía aristotélica —que es teleológica en su totalidad, dado que cada virtud tiene un fin específico y una razón de ser— no ofrece una respuesta específica que pueda responder a la intrigante pregunta de ¿qué es la felicidad?, sino que, más bien, se aproxima al concepto en sí a través de abstracciones (o virtudes) que se relacionan lógicamente con éste y permiten llegar al mismo. El argumento sobre la felicidad que desarrolla Aristóteles es muy similar al del primer motor inmóvil, puesto que sigue la misma estructura lógica; sin embargo, en este caso no se concluye un silogismo general o una ley universal, por el contrario, formula una nueva acepción desprendida de la primordial: la denominada eudaimonía.

Etimológicamente, este término se compone de dos vocablos: eu (bueno) y daimon (espíritu), y generalmente se traduce como bienestar, buena vida o prosperidad —traducción más precisa según los filólogos—. Guarda estrecha relación con otros conceptos como la areté (virtud o excelencia) o la phronesis (la ética, sabiduría práctica o también prudencia); a su vez, se contrapone a la hibris (desmesura o arrogancia).

En el mismo tratado, el filósofo continúa explicando que “la vida feliz […] se considera que es la vida conforme a la virtud, y esta vida tiene lugar en el esfuerzo, más no en la diversión […] pues se dice que son mejores las cosas serias que las que provocan risa” (EN lib. X, 5, 1177 a), más adelante expresa: “[que] los hombres ociosos, por no haber buscado un placer puro y libre, recurran a los placeres del cuerpo no es razón para considerarlos preferibles, […] porque la felicidad no está en tales pasatiempos, sino en las actividades conforme a la virtud” (EN lib. X, 20, 10, 1177 a).

Estos aforismos son similares a las sentencias de Epicuro de Samos —quien fundó la Escuela Hedonista o Epicúrea—, que postuló el principio en el cual el equilibrio y la templanza son lo que da lugar a la felicidad, argumentando que “Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco”; así como a las máximas de los pensadores pertenecientes a la Escuela Estoica, para quienes la felicidad consistía en convertirse en un espíritu elevado, un sabio, alejado de la materialidad banal y cercano a la virtud. Marco Aurelio, el emperador filósofo, sentenció en un soliloquio: “La felicidad del ambicioso depende del otro; la del lujurioso, de sus pasiones; la del sabio, de sus acciones”. De la misma forma, el filósofo grecorromano Epicteto de Frigia afirmó que “es la naturaleza de los sabios resistirse a los placeres, y la de los tontos ser esclavo de ellos”.

En ese sentido, buena parte del concepto de la felicidad presente entre los estoicos proviene de la virtud, entendida ésta como la medida de todas las cosas, que es el fin último del ser humano; considerando la felicidad misma sólo como un medio para llegar a la virtud, que también denominan sabiduría. Un hombre feliz es sabio, prudente,  frugal y desapegado de los excesos que manchan la virtud, según lo plantea el moralista romano Séneca: “Un hombre sabio se contenta con su suerte, cualquiera que ésta sea, sin desear lo que no tiene”.

Siglos más tarde, durante la Baja Edad Media Europea, las corrientes de pensamiento surgidas de la tradición teológica de la Iglesia Católica Romana recuperarían el saber aristotélico y estoico orientado hacia la vida cristiana, que mantenía importantes paralelismos con la vida virtuosa que predicaban los maestros moralistas griegos y romanos. Esta nueva visión filosófica, tanto moral como natural, daría origen a las Escuelas Escolásticas Medievales: la tomista, fundada por Tomás de Aquino (1225-1274) y de base aristotélica; la voluntarista (o escotista), expuesta por el teólogo franciscano Juan Duns Escoto (¿1266?-1308); la nominalista, representada por Guillermo de Ockham (¿1285?-1349); y la empirista (o naturalista) fundada por Roberto Grosseteste (¿1175?-1253) y expuesta por el franciscano Roger Bacon (1220-¿1294?).

Los teólogos escolásticos añaden un nuevo condicionante para la felicidad: ésta viene de Dios y es, en parte, Dios mismo; por lo tanto, es necesaria para la buena vida del hombre —observación que ya hacía Tomás de Aquino en la Suma de Teología—; síntesis similar a la presentada por Duns Escoto en su tratado Cuestiones sobre la Metafísica de Aristóteles (op. cit. lib. IX, q. 15, nn. 44-45, pp. 55-56) en donde afirma: “[…] Scilicet quomodo perfectionis est in Deo nihil necessario causare” [En Dios constituye una perfección el no causar nada necesariamente].

Por estas razones, concebir la felicidad como una virtud dada gratuitamente al ser humano, en su calidad de ente razonable o res cogitans, como lo denominaba Descartes, por voluntad de un ente superior, divino y perfecto, lleva por consiguiente a una demostración formal de que, en efecto, tal ser existe para que entonces, por causalidad, pueda existir la felicidad. Ahora bien, siendo la virtud en cuestión una cualidad metafísica, ésta es únicamente percibida por el alma, específicamente por el espíritu, más no por el cuerpo, dado que la primera tiene el control sobre el último (de forma contraria, el ser humano sería instintivo y bestial, por tanto, incapaz de obtener felicidad, sólo saciedad). Conclusión relevante a la que también llega el neoplatonismo y la teología agustiniana —platonista de facto—.

Por otro lado, la felicidad se comprende también como una cualidad deontológica, es decir, es un principio o deber para sí (yo) como para con los demás (quienes no son yo). De este modo es como se presenta dentro de la ética kantiana. Para Kant, la felicidad es la satisfacción de todas las inclinaciones y dentro de su pensamiento, en cierta contraposición a los postulados estoicos, la materialidad brinda las condiciones necesarias para proveer sensibilidad y, por ende, ser feliz.                              

Llevar la felicidad a la práctica constituye un problema más para ésta paradoja. En una aproximación a esta contradicción, Kant propone la vinculación entre necesidad y felicidad; la conjunción de ambas deviene en solidaridad, ley universal que es al mismo tiempo parte del imperativo categórico kantiano e inherente al género humano.

En la Fundamentación de la metafísica de las costumbres (q. 453, § 30), el filósofo refiere: “Hacer el bien, esto es, ser activos en conducir a otros seres humanos en necesidad a su felicidad, sin esperar nada por ello y según se sea capaz, es un deber de todo ser humano”, así pues, se es feliz haciendo el bien por máxima universal (costumbre o voluntad) o bien, por ley trascendental (es decir, que obedezca a los mandatos divinos, tal como argumentaban los escolásticos). En conclusión, mi felicidad se hace presente cuando los sujetos semejantes a mí son felices también: esta tesis retorna evidentemente a la eudaimonía aristotélica.

En esta misma línea, Kant distingue la concepción hedonista de la concepción teleológica de la felicidad: la felicidad hedonista no va más allá del sentido práctico, funciona simplemente para satisfacer una necesidad corporal o material, es decir, sólo para saciar una inclinación poco profunda; a diferencia de la felicidad teleológica, que se manifiesta como un fin más elevado incluso capaz de satisfacer un vacío superior o existencial. Aristóteles mencionó que “la felicidad perfecta es contemplativa, pues el hacer lo que es noble y bueno es algo deseado por sí mismo” (EN lib. X, 5, 11776 b). Quien actúa con maldad no es noble ni bueno, entonces, tampoco es feliz ni podrá serlo nunca, dado que la felicidad no radica en el mal.

Finalmente, la última condición para la felicidad es la autarquía —autosuficiencia o autonomía—, bajo la cual es posible ser feliz en soledad, según lo refiere el pesimista Arthur Schopenhauer: “el hombre inteligente busca una vida tranquila, modesta, defendida de infortunios; y si es un espíritu muy superior, escogerá la soledad”, o serlo aún más disfrutando prudentemente la fugacidad de la vida con seres que son igualmente felices; tal como Platón sentenció: “el hombre sabio querrá estar siempre con quien sea mejor que él”.

Entonces, ¿Para qué soy feliz? Soy feliz porque vivo, vivo por tanto existo, existo para dar sentido a mi vida aunque esta no la tenga; luego soy feliz para vivir.

 

 

 

Bibliografía.

Aristóteles, Ética Nicomáquea. Madrid: Editorial Gredos, 1994.

Arthur Schopenhauer, El Mundo como Voluntad y Representación I. Madrid: Editorial Trotta, 2004.

Epicteto de Frigia, Enquiridión. Madrid: Editorial Gredos, 1995.

Immanuel Kant, Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres. Madrid: Alianza, 2012.

Lucio Anneo Séneca, Epístolas morales a Lucilio. Madrid: Editorial Gredos, 1986.

Juan Duns Escoto, Quaestiones super Metaphysicorum Aristotelis [Cuestiones sobre la Metafísica de Aristóteles]. (ed. bilingüe castellano-latín), España: Universidad de Navarra, 2007.

Marco Aurelio Antonino, Meditaciones. Madrid: Editorial Gredos, 1977 (ed. rev. 2005).

Platón, Diálogos III (Fedón, Banquete, Fedro). Madrid: Editorial Gredos, 1986 (ed. rev. 1988).

Tomás de Aquino, Suma Teológica. (ed. abreviada de P. J. Kreeft), Madrid: Editorial Tecnos, 2014.

 

 

[1] Estudiante de bachillerato desde 2021. Aficionado y cercano a las ciencias sociales y humanidades, sus líneas de investigación y reflexión giran en torno a la filosofía moral, política, historia y antropología social. Certificado en antropología y teoría social por la STPS del Gobierno de México y en Historia de México por la Academia Mexicana de Ciencias, es colaborador activo en proyectos locales de innovación y tecnología social.

La amistad en cuanto virtud explicada en la Ética Nicomaquea de Aristóteles

Por Francisco Octavio Valadez Tapia*

En el presente ensayo me propongo reflexionar sobre la amistad en cuanto virtud explicada en la Ética Nicomaquea del filósofo griego Aristóteles (384-322 a.n.e.). Para el análisis acerca de la amistad en el pensamiento aristotélico, he utilizado la versión de la Ética Nicomaquea publicada en el año 2000 por la Editorial Porrúa dentro de su Colección “Sepan Cuantos…” —que le asignó el Núm. 70 y siendo ésta su 19ª edición, junto con Política—, traducida por Antonio Gómez Robledo —quien también escribe la introducción y las notas—.

Entrando en materia, es posible ubicar un pasaje de la Ética Nicomaquea en el cual Aristóteles hace referencia a cinco rasgos inherentes a la amistad:

Es decir, que se considera como amigo (1) a quien quiere y hace por causa del amigo lo que es bueno o que parece serlo, o (2) al que quiere que su amigo exista y viva por su propio bien (…). (3) Otros, por su parte, consideran que el amigo es el que pasa la vida con su amigo y (4) tiene los mismos gustos que él, o que (5) se contrista y regocija con su amigo (…). Por alguno, pues, de estos caracteres es por lo que se define la amistad.[1]

Las amistades, por consiguiente, son aquellas personas buenasLeer más