El chile sin cola | Narrativa

Por Tania Reyes

 

En el pueblo se sabía cuándo yo encendía el fogón. El aire se llenaba de un olor espeso, como de tierra ardiendo que se colaba por las rendijas de las casas. Era el olor de mi salsa macha que preparaba cada semana. Nadie en el pueblo podía decir que no conocía el aroma de mi cocina. Desde la esquina del centro del pueblo hasta la última casa, allá donde se desaparece el camino en tierra se escapaban los olores del comal.

Primero doraba el ajo en el aceite, y su olor, áspero y dulzón, se quedaba pegado en las paredes de adobe, se chisporroteaban en el aceite como si estuvieran riéndose de mí. Después, los chiles de árbol: rojos, enjutos, como pequeñas llamas secas que, al tocar el aceite, soltaba un humo que hacía llorar hasta a los perros. Luego caían los cacahuates, que crujían como huesos viejos, y el ajonjolí, que al brincar parecía rezar en murmullos breves. Pero eran los chiles de árbol los que hacían temblar el aire: cada uno encendía una llamarada, y el humo que soltaban tenía forma de voces, de sombras, de recuerdos.

Nadie podía con mi salsa. Quienes la probaban sentían que la lengua se les convertía en brasas. Se iban renegando: “Eso no es salsa, es castigo.” Ni con tortillas recién hechas, ni con carne de fiesta, ni con huevos frescos. La salsa picaba tanto que me cerró el camino de venderla.

Yo me empecinaba en corregir la receta. Menos chiles, más aceite y ajo, más ajonjolí. Pero siempre era lo mismo: una llamarada que no dejaba hablar. Yo pensaba que el error era mío, que mis manos torpes no sabían la medida justa. Me pasaba la noche ajustando la receta, hasta que las paredes amanecían impregnadas de un olor tan fuerte que los gallos no querían cantar.

Una tarde, mientras limpiaba los costales de chile de árbol en el corredor, me fijé en algo que nunca había notado. Entre todos, siempre había unos chiles diferentes, sin cola.

Más secos, más tensos.

 Mientras separaba los costales de chiles, oí una voz ronca, seca como rama quebrada:

—No es tu culpa.

Me quedé quieta. Pensé que eran los gallos, o el viento que juega a engañar, pero no, era un chile: rojo, arrugado, sin cola. Lo tenía en la palma de mi mano y me hablaba.

—Nosotros, los sin cola, nacimos para arder más que los demás. Traemos dentro la rabia del sol y de la tierra seca.  

Lo solté de golpe, pero el chile rodó hasta mis pies, y volvió a hablar:

—No quieras cambiarnos. Déjanos ser fuego. Eso buscan los que ya no tienen lengua ni miedo: los muertos que rondan tu cocina.

Eran los que, al caer en la cazuela, hacían que el aceite saltara con violencia, levantando un humo que se metía en la nariz como aguijón. Entonces lo entendí: no era yo, ni mis manos, ni la receta. Era el chile sin cola el que traía el demonio adentro, que no venía de la tierra sino del fuego. Un demonio pequeño, encarnado en vaina seca.

Desde entonces, cada que hago mi salsa y el humo empieLeer más

Pirul | Ensayo

Por María Elisa Barrios

Yo no sabía cómo se sentía el hálito caluroso que parece recorrer el pecho de la gente cuando pronuncia las palabras «mi tierra» para referirse al lugar desde el que ha venido al centro convenido del país. Guerrero, Puebla, Chihuahua. El lugar en que nacieron, fueron criadxs y donde hay quien les espere. Además, lo dicen y pareciera que viajan astralmente allí, que están mirando un paraje proyectado no desde la memoria sino desde un sentido de pertenencia que yo, hasta hace muy poco, asumí desde mi propia situación geopolítica: desde Coacalco, Estado de México. Pero, antes de la naturalización ontológica, siempre me sentí como una forastera en el radar.

Muchas cosas distintas y entre sí discordantes me fueron dichas sobre mi origen en la infancia. Que Dios había creado al hombre en un día sexto, por ejemplo. Pero no me había creado especialmente a mí, con mi cuerpo de niña y mis ojos cafés, sino que me había tocado ser una consecuencia lejana y desvalida de su ímpetu primero. Después, a mis maestras de primaria les fue designado contarme la historia de un señor que vino desde España a salvarnos, desalvajizarnos y vestirnos; porque andábamos en bolas y taparrabos diosificando a los animales en lugar de diosificar a un hombre, como siempre debió ser. Éramos —porque narraban en tercera del plural — una suerte de cavernícolas con penachos y relojes solares. ¿Y cuál de los relatos era más representativo de la realidad inmediata de una niña que al mirarse al espejo no encontraba ni a Jesucristo ni a Quetzalcóatl? El del pecesito nadando nueve meses en la barriga de mamá hasta ser, amorosamente, sometido a respirar sin agua en una expulsión cósmica y torrencial. Así, el fundamento de «a imagen y semejanza» figuraba visiblemente en mi entendimiento. Sabía que era verdad que había venido de ella, María Luisa, mi creadora, ¡y qué importante es que una niña sepa la verdad! Qué importante es saberte traída a la tierra por una entidad creadora que te deseó aquí, desde su región más pura, con el dolor de sus entrañas al servicio noble de su voluntad. Allí es en donde está dios. Qué importante es el derecho a decidir sobre la cuerpa y defender el derecho al aborto que se mantiene en calidad de arrebatado a las mujeres más precarizadas, racializadas, migrantes, disidentes, trabajadoras sexuales. Sabía que de ella el color de mi cabello, el lunar junto al ombligo y los sueños inocentemente alegóricos. Pero, al color del cabello de mi madre, diferente: ¿quién lo había pintado así?, ¿qué sustrato? ¿qué fruta? ¿qué insecto? Quizás fuera Ocampo, Michocacán; la «tierra» de mi familia materna, pero no la mía. Porque yo nunca he estado allí ni sabría cómo caminar sus calles sin pasos forasteros ni cómo mirar sin ojos extranjeros. Hubiera querido ganarme el derecho de tocar su tierra.

Hubiera querido ser una amazona campirana como mi abuelita, o por lo menos, poder acariciar a un caballo sin tenerle miedo. Hubiera sido importante que me bañara el río, llenar los huacales de aguacates con mis propias manos y treparme en los árboles para protegerme del toro que anda suelto. He escuchado con añoranza y siempre con una forma palpitante de tristeza, las aventuras de infancia de mi mamá en el campo. Me hubiera gustado acompañar a mi bisabuela Emilia al mercado e ir poniendo las frutas y los vegetales en la canasta de mimbre. “Mi mamacita”, decía mi abuelita para referirse a ella; la mujer que con tanto dolor y tanta valentía, se arrancó de «su tierra» y trajo a sus hijos e hijas hasta aquí, donde pudieran comer, vestir y estudiar más dignamente que entre las vaquitas y los becerritos que de a poco les quitaban. Michocacán fue un cuento pintoresco para mí. No me hablaban de las razones detalladas por las que trasladaron su vida para acá pero, conforme crecí, las fui entendiendo. Y de allí sé que si yo —con las posibilidades que mis medios materiales ahora me confieren— emprendiera un viaje en búsqueda del terreno exacto, a lo mejor ya no regreso. Y desde allí entiendo por qué no estoy en la noche profunda y ensordecedora de silencio de la que me habló mi mamá, la de oscuridad virginal y coyotes al acecho del ganado. Desde allí entiendo por qué me tocó nacer aquí y qué hago aquí, en la noche que arrulla el sonido siseante de los coches que transitan la Avenida José López Portillo, el camino que más veces he recorrido en la historia de mi vida.

El Estado de México es un pasillo gris que resiste entre la Ciudad de México y las afueras de otros estados. No es el destino deseado al final de un viaje ni se graban películas sobre lxs habitantes y sus historias. La apropiación artística del espacio —haciendo una mención honorífica a los graffitis de mosca— se llama “vandalismo” y quizás sea más apropiado que diga «mi cemento» en lugar de «mi tierra» para nombrarle cariñosamente. No hay vestimenta ni bailes típicos, tampoco muchos lugaLeer más

Quimera | Narrativa

Por Diana Patricia Peña Castañeda

 

Está tendida en la cama, con un naufragio que le baja desde la coronilla y se le arremolina ahí, en el vientre. Con sus palmas, frota la tibieza de su aliento sobre la piel. El ombligo sobrevive tenso entre la plenitud y la ruptura, un jirón de caucho a un descuido de distancia. Cuenta hasta diez, despacio, respirando lento. Repite el gesto una y otra y otra vez, mirando la noche desmenuzada en la ventana como queriendo que esa oscuridad se lleve lo que habita en sus profundidades, lo mismo que en las mías.

 

Estoy recostada a su lado, quieta, sin voluntad. La veo apretar los labios. Ahora el estrago se ancla en las rodillas, atraviesa cada vértice de la espalda. La almohada se humedece bajo mi cara. La miro y me pregunto si habrá sido cuando movió el sillón de cretona al rincón de la chimenea. Apenas un empujón con el muslo. No digo nada, porque de pronto, sin darme cuenta, mis manos sobre el vientre hacen lo mismo que las suyas.

 

A veces le da ese arrebato de moverlo todo con la excusa de que solo va a limpiar. ¡Para cortar energías estancadas! Lo dice llena de dicha mientras corre por el pasillo, haciéndose la trenza en el pelo. Va de aquí para allá. Arrastra el comedor para el centro de la sala. Desinfecta los colchones. La casa es el sonido de un vallenato ochentero. Canta, ríe. Extiende el mantel de macramé. Gira la mesita con matas hacia la ventana. Acomoda la máquina de escribir en los entrepaños cargados de libros. Baja cortinas para quitar telarañas. Yo la sigo de cuarto en cuarto, sin que ella me vea. Cada objeto que mueve me pesa en los brazos.

 

De repente el sillón de cretona aguamarina cruza ante sus ojos. Contempla las pequeñas hojas bordadas en los descansabrazos. Pasa los dedos por la madera maciza. Examina las tachuelas inoxidables, el espaldar reclinado. Se sienta, estira los pies. Respira profundo en tres tiempos. El acolchado toma las formas de su cuerpo: suave, tibio… Ahora tan confundido.

 

El otro día abrió el armario de la cocina, removió todos los frasLeer más

De la prehistoria al espacio

El viaje literario de El corazón habitante

 Por Diego Díaz

Hay libros que se leen con la mente y otros que se sienten en el cuerpo. Daniela Tarazona tiene la capacidad de hacer las dos cosas al mismo tiempo. Quienes la conocen por obras como Isla partida (Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2022) saben que no es una escritora convencional: a ella le gusta explorar los límites de nuestra identidad y de lo que nos hace humanos.

 

En su novela El corazón habitante (2025), vuelve a demostrar una habilidad poco común: tomar preguntas de la ciencia y la filosofía, esas que a veces se sienten frías, y las convierte en una experiencia literaria que late, que duele y que emociona A través de una prosa precisa y profundamente poética, la autora nos recuerda que pensar no está peleado con sentir.

 

La novela es un viaje fascinante que entrelaza tres vidas que, a simple vista, no tienen nada que ver, pero que comparten una misma obsesión: ¿qué significa estar vivos?

 

El primer asombro que encontramos es el viaje a la prehistoria para mirar el mundo a través de los ojos de una mujer que descubre el lenguaje, el miedo, la naturaleza y el impulso de dejar su huella pintada en una cueva. La autora nos devuelve a ese momento en que todo en la Tierra era un mistLeer más

María

Por Margarita Mora

 

  • Largos brazos en los que quepan ramas de nísperos en temporada.
  • Dos hoyuelos, uno en cada extremo de las comisuras de los labios.
  • Dientes blancos y redondos, preciosas perlas de río.
  • El riguroso monitoreo del clima, cambios en las nubes,
    la humedad bajo las rocas, o cualquier factor que altere el estado de ánimo.
  • Una reducción significativa de la distancia, la presencia es amor.
  • Un beso profundo y almizclado, para que el guiso no se amargue.

 

María siente en el estómago una llamada, la alarma suena puntual a las siete. Desde el vientre ya la escuchaba, la confirmación de ser parte de algo.

 

El destino, unido por mucho más que un nombre,

el nombre que no es otra cosa sino una palabra,

las palabras que se entretejen en la lengua,

la lengua que dictamina lo que necesita el plato.

 

Noctámbula, practica los platos que quedaron incompletos en el recetario de su abuela. Cierra los ojos haciendo el repaso de las manos, de sus manos. Hace notas al pie de las páginas. Sabe que hay un olor perdido, podría ser comino o anís. Si descifra la fórmula habrá alcanzado la alquimia. 

 

María ya no está y sus recetas se dispersaron en el viento.

Hay una sustancia inocua que no logra plasmarse en los morteros, un Leer más

 El territorio invadido

El cuerpo como la primera casa embrujada

 

Por Laura Moreno Arzaluz

 

El ser humano habita el mundo buscando siempre dos refugios fundamentales e inviolables para protegerse del caos exterior: su hogar físico y su propio cuerpo. Sin embargo, la literatura de horror y la cruda realidad testimonial suelen confluir en un punto devastador: el momento exacto en que ambos refugios son profanados, transformándose en zonas de guerra e indefensión.

 

Recientemente abordé cuatro lecturas que, bajo distintas luces y sombras, exploran esta pesadilla: Aquí vive el terror de Jay Anson, La casa infernal de Richard Matheson, la crónica La casa del Estero de Fernanda Melchor, y el desgarrador testimonio real de Gisèle Pelicot, Un himno a la vida. Al cruzarlas, una verdad incómoda sale a la luz: el miedo más profundo no acecha afuera; se gesta en las estructuras que creíamos más seguras.

 

En las novelas de Anson y Matheson, el terror opera desde la arquitectura. La propiedad de Ocean Avenue en Amityville y la infame Casa Belasco funcionan bajo una premisa perturbadora: son “casas embrujadas”. No son meras estructuras de madera y ladrillo, sino organismos vivos que gestan una maldad orgánica, transpiran fluidos, manipulan las mentes de quienes las habitan y engendran una atmósfera de violencia latente. En estos entornos, el espacio familiar —el dormitorio, la cocina— se deforma hasta convertirse en una trampa que drena la cordura.

 

Es en la crónica de Fernanda Melchor, La casa del Estero, donde presenciamos el eslabón perdido de este viaje: el momento exacto en que el horror arquitectónico desborda sus propios límites físicos y da el salto hacia la carne. Cuando el grupo de jóvenes invade la propiedad abandonada en Boca del Río, Veracruz, el mal ya no se conforma con habitar los muros. Se encarna en la joven Evelia a través de una posesión violenta que deforma sus articulaciones y secuestra su voz. La casa maldita encuentra un nuevo vehículo; el horror ya no es un lugar, ahora es un cuerpo.

 

Esta inquietante transición cobra un sentido absoluto cuando comprendemos que el cuerpo es la primera casa embrujada que conocemos. Nos han enseñado a temerle a los espectroLeer más

Yo, mujer poeta

Por Ximena Cobos Cruz

 

Las poetas existimos desde siempre, las mujeres que crearon rezos y conjuros, las que se encerraron en conventos y hablaron del encuentro con la divinidad en un lenguaje de los sentidos y la naturaleza, las que han ocultado por completo su escritura a sabiendas de que brota desde el lugar más íntimos de su carne; todas somos poetas. Sin embrago, existe un estigma bastante extendido sobre la escritura de las mujeres que la tacha de intimista, poco relevante, personal, sentimental, y que por siglos ha detenido a algunas a escribir, a otras las ha hundido en la inseguridad de sus creaciones, y a otras tantas las ha hecho acceder a una lengua masculina que pauta los temas relevantes y trascendentales, dignos de ser escritos, mutilando su manera de sentir desde una lengua materna que es a partir de la que se nombra el mundo en nuestra primera existencia.

Como observadora de la historia de la literatura escrita por mujeres, pero sobre todo como mujer inquieta a la que una sola respuesta no le es suficiente, considero que los procesos que ocurrieron en Occidente entre los siglos XV a XVIII elevaron a disciplinas cerradas muchas prácticas cotidianas, no solo las que tuvieron que ver con la creación de la Ciencia; por supuesto, secuestrándolas solo para el ejercicio masculino, despojando a las mujeres de una autoridad y un reconocimiento social como sujetas creadoras, que no de su capacidad y su ser creativas. Este resumen escueto y simplista de un proceso ampliamente documentado por muchas más mujeres, feministas y académicas, no es sino el punto de partida para continuar indagando ahora en cómo aquel corsé que se intentó ponernos no dio el resultado esperado, porque las mujeres seguimos escribiendo y cultivando palabras a escondidas.

Entonces se tuvo que accionar desde otros sitios, emprender señalamientos, prohibiciones, aleccionamientos para las buenas señoritas. Las mujeres escribimos de amor porque nos fue permitido, nunca con la mirada altiva y siempre desde la entrega absoluta. Es decir, no somos culpables de aquello de lo que nos señalan; lo que supone que quizá no fue una elección, sino una vía creativa que tomamos para dejar salir subrepticiamente incluso nuestros otros pensamientos, que siempre hemos tenido, aquellos que cuestionan la realidad desde las sujetas sensibles que somos. Basta ya de negar que nuestra objetividad es encarnada, creada con la cuerpa con la que se experimenta al mundo situada en una misma.

Reconozco en mi historia personal y en la de otras mujeres que he leído, así como en las mujeres que he acompañado en su escritura, hermanas de generación y pasos, que nuestra llegada a la poesía fue a través de la escritura con tema amoroso. Varias cosas hay que discutir en torno a esto; la primera, que la poesía romántica o amorosa no es el error en este ciclo creativo de las mujeres, antes bien, me parece qLeer más

Contra-cartografía erótica: Tanteando nuevos caminos afectivos

Por Marisabel Macías Guerrero

Este mapa bien podría titularse “Metáforas del desajuste” o “Anti-manual para sobrevivir a un sismo emocional”, pero mejor me voy con cuidado. Tanteando el terreno, como dicen en mi tierra natal. Ese tantear también se puede aplicar a cuando te tocan, te auscultan, te manosean. O tú a ellos. Tanteas el paquete. La promesa. En fin, que me desvío. Hoy no quiero escribir sobre los agasajos y esos otros tanteos, que mira que son un tema que disfrutaría, pero en realidad lo que más me apura es reflexionar el estado de mi vida afectuosa, de mi erótica y su potencia vinculadora.  

Quiero hablar del “día” que me separé, cuando no me dolió el vacío en la cama ni la ausencia de despedidas en las mañanas: me dolió algo que no tenía nombre. Como si el mapa completo de mis afectos se hubiera reconfigurado mientras yo estaba distraída lavando los platos o durmiendo la tristeza y el cansancio. Empezó a sentirse cierto abandono, no sólo de la idea del amor o la pareja, sino de otros afectos. Todas las intensidades se sentían disparejas. Todos mis quereres cambiaron de lugar.

No supe quién se movió primero: si mis amigas, mi familia, mis compañeras del trabajo, si yo, si la ciudad misma. Solo escuché ese leve crujido —íntimo, casi imperceptible— que anuncia que algo se desacomodó sin pedir permiso. Que notifica que algo posiblemente se fracturó.

Y así, casi cuarentona, grandota como típica sinaloense, recién soltera en la capital del país, seguí caminando como si nada, entre azoteas y balcones, entre fiestas y conferencias, entre besos y arrebato de pasiones, entre noches lluviosas y pieles extranjeras; aunque sabía que algo dentro de mí se torció profundo.

Me da risa ahora, pero en algún momento sentí que me acusaban de un crimen sin víctima: sentir mucho, hablar mucho, querer mucho, esperar mucho, confiar demasiado rápido, poner límites, etc. Como si la versión recién separada de mí hubiera subido el volumen sin avisar, y eso hubiera arruinado la fiesta. Así me hacían sentir, no sólo los ligues, sino también las amistades, la familia elegida.

Quizá sí subí el volumen. O quizá la fiesta estaba muy silenciosa desde antes y nadie quería aceptarlo.

Quizá me separé y comencé a poner más atención a los lazos afectivos, o tal vez ya no sé bien cómo se ama, cómo una se deja amar, cómo una se vincula “de verdad”. Me Leer más

Vecinos | Ensayo

Por Claudia Fernández

 

El viento tiene algo que decirnos esta noche.

Si no le oímos será porque creemos demasiado en nuestros asuntos.

Roberto Malatesta

 

Todos los días miro pasar a mis vecinos desde la ventana. Algunos salen con prisa, como en una carrera contra el tiempo. Otros caminan despacio, solos o acompañados, con niños de la mano. Hay quienes pasean con sus perros, se dirigen a la escuela, al mercado, al trabajo. Otros avanzan sin prisa, como si la calle los esperara paciente.  

Mi apartamento está cerca de la puerta que da a la calle. Por eso su ir y venir forma parte de mi paisaje diario. Reconozco los gestos, las voces, los ruidos, los pasos. Hay risas que se repiten, discusiones que se filtran a través de las paredes, saludos que van y vienen. Los veo y escucho sin conocerlos. Están ahí.

De algunos conozco sus nombres, ellos saben el mío. Otros permanecen en silencio, pero aun así forman parte de mis días. El simple hecho de compartir un espacio los hace presentes. Vecino viene de vicus, palabra que significa lugar o barrio. Es quien habita y transita los mismos espacios, pero también alguien que está cerca sin pertenecer, alguien cuya existencia roza la nuestra sin tocarla del todo. En esa cercanía inevitable hay algo profundamente humano y, al mismo tiempo profundamente difícil. Aceptar a otro que es distinto. Aceptar que no podemos comprenderlo ni controlarlo. Que convivir implica tolerar esa diferencia.

Los observo cada día y pienso en lo difícil que es la convivencia. Hay quienes son amables y discretos. Otros ponen música hasta tarde, discuten por cosas mínimas. Algunos se distancian tras un malentendido, otros terminan convertidos en aliados inesperados. Los vecinos son eso, presencias imprevisibles que a veces nos irritan y, otras, nos sostienen.

Han tenido siempre un papel en las grandes y pequeñas historias. Han sido aliados y enemigos, confidentes y delatores. Unos denunciaron durante regímenes autoritarios. Otros se arriesgaron para ayudar a escapar de territorios peligrosos. Hay quienes se vuelven refugio y otros que representan una amenaza. También están quienes observan desde detrás de las cortinas, inventando relatos fragmentados sobre los demás, como en una película de Hitchcock.

Con ellos habitamos un espacio transicional, entre lo público y lo privado. Para Hélène L’Heuillet[1], necesitamos una éthique du voisinage, una ética de la vecindad. No para hacernos amigos, sino para reconocer que el otro existe, que su alteridad a veces incomoda, confronta o irrita. En las Leer más

Memoria | Narrativa

Por Débora Hadaza

Hay personas que olvidan pronto. Hay quien su memoria corporal no le permite retener más allá de dos meses. Yo no soy así.

Mis grandes gafas, mi cabello opaco, mis labios apretados, mi boca pequeña; mi figura escuálida, mi espalda encorvada. Mi voz apenas audible. Mis ojos que no saben ver a los ojos. No soy memorable.

Hay personas que olvidan pronto. Mi padre me trataba como hija, me miraba como hija todo el día, y casi todos los días. No tenía que hacerlo, no era mi padre. Mi madre lo amagó al morir, le hizo jurar que me cuidaría más allá de la muerte. Pero no era mi padre, aunque tratara de serlo, de enseñarme, de protegerme, de suplir mis carencias, de formar mi carácter, de hacer y ser todo lo que es y hace un padre, no podía, todas las noches lo olvidaba.

Lo olvidó desde la primera noche que desperté bañada en mi propia sangre, aterrada, gritando. Esa noche lo olvidó por primera vez. Me cargó, me lamió el llanto, chupó la fuente de mi miedo, de tal forma que hizo nacer otro más profundo, más salvaje. Un miedo tan parecido al deseo, un deseo tan igual a la muerte. Su lengua incansable me dio sed, sólo deseaba que siguiera raspándome el alma. Angustia, como nunca, más grande que la orfandad, de que esa brutalidad se acabara, de que su sexo de minero dejara de excavarme, que por fin me vaciara y entonces se fuera, y yo volviera a ser su nada. Terror de volver a ser la nena, cuando ya no podría ser niña nunca más, ni él mi padre. De abrir los ojos y que su cuerpo ya no estuviera asfixiando el mío, pequeño, roto, sangrante. Desde esa noche, cada noche, de cada mes, de cada año dormí con él; dormí con miedo.

Nunca me permitió acercarme a nadie más, nunca. Una noche me acompañó a casa un chico de mi edad. Joven, limpio, bueno. Él se portó como un padre. Lo hizo pasar, le ofreció café, le hizo plática. Pero a la media noche, cuando yo ya dormía, entró en mi cuarto, me levantó de los cabellos, me poseyó de todas las maneras posibles, me mordió los muslos, los pechos, la espalda, mientras me decía eres mía.

Hay personas que olvidan pronto, yo no. No volví a levantar el rostro, y no sólo por el cardenal que reventó el ojo, ni porque otro chico volviera a mirarme, sino por el pánico de yo mirarlo. De ver a un joven, limpio, bueno, amable, y entonces desearlo, y soñar despertarme en sus suaves y frágiles brLeer más