Por Diego Díaz
La violencia en México es uno de los temas más recurrentes en la narrativa de escritoras mexicanas contemporáneas. Su abordaje ha servido para construir una cartografía y crítica de la crueldad y el cinismo de la sociedad mexicana. En este mapa simbólico y desgarrador, el cuerpo de niñas, adolescentes y mujeres se erige como un territorio en el cual se inscriben la impunidad, el despojo, el control, la violencia sexual y la exclusión estructural.
En las obras de Fernanda Melchor, Páradais, 2021; Liliana Blum, El monstruo pentápodo, 2016; Laura Baeza, El lugar de la herida, 2025; y Dahlia de la Cerda, Medea me cantó un corrido, 2024; la monstruosidad deja de ser un mito para revelarse como una dimensión cotidiana, íntima y sistémica que en la mayoría de las ocasiones es producida por los hombres. Desde una perspectiva feminista latinoamericana, estas cuatro autoras articulan una estética de la violencia que denuncia cómo la estructura patriarcal, el capitalismo y los regímenes de dominación producen subjetividades feminizadas marcadas por el abuso y la condición de cuerpos “desechables”.
Este ensayo sostiene su análisis sobre tres ejes teóricos. En primer lugar, la noción de pedagogía de la crueldad formulada por Rita Segato (2018), que permite comprender la violencia contra las mujeres como un proceso sistemático de desensibilización emocional que convierte la dominación sobre los cuerpos en un espectáculo de poder y en un lenguaje de control político. Como señala la autora:
Llamo pedagogías de la crueldad a todos los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas. En ese sentido, esta pedagogía enseña algo que va mucho más allá de matar, enseña a matar de una muerte desritualizada, de una muerte que deja apenas residuos en el lugar del difunto. (Rita Segato, 2018, p. 11)
De igual forma, Rita Segato (2016) distingue, dentro de esta lógica estructural, un tipo de violencia que se singulariza por su crueldad extrema y su letalidad; si bien la violencia de género es estructural y alcanza cifras genocidas, la autora advierte que existe una modalidad que transita por escenarios impersonales, lo que exige estrategias de intervención diferenciadas para desarticular a sus perpetradores (p. 86).
Si la pedagogía de la crueldad describe el proceso de deshumanización, el capitalismo gore explica su lógica económica: la violencia se convierte en mercancía y el cuerpo en moneda de cambio. Este concepto, desarrollado por Sayak Valencia (2010), ayuda a interpretar cómo la violencia extrema y el derramamiento de sangre se transforman en bienes rentables dentro de espacios regidos por el narcopoder, la precarización económica y la necropolítica; Sayak Valencia precisa el término del siguiente modo:
Con capitalismo gore nos referimos al derramamiento de sangre explícito e injustificado (como precio a pagar por el Tercer Mundo que se aferra a seguir las lógicas del capitalismo, cada vez más exigentes), al altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con el crimen organizado, el género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de necroempoderamiento. (2010, p. 15)
Esta lógica subvierte la estructura económica clásica de la producción: ya no se trata de acumular bienes o mercancías, sino que la destrucción del cuerpo humano se convierte en el producto central; en este escenario, la rentabilidad se mide por el número de muertes, ya que la muerte misma se ha transformado en el negocio más provechoso (Sayak Valencia, 2010, p. 16).
Finalmente, Ochy Curiel (2013) profundiza en esta condición estructural al señalar que el análisis de la heterosexualidad como régimen político no puede realizarse de forma aislada, sino articulado con el racismo, el clasismo y el colonialismo, sistemas que operan entrelazados y naturalizan jerarquías sociales (p. 164). Esta imbricación de opresiones, raza, clase, género, sexualidad, exige, como la propia autora sostiene, una propuesta teórica y práctica que descolonice el pensamiento feminista y cuestione los privilegios blancos y eurocéntricos en las luchas de las mujeres latinoamericanas (Ochy Curiel, 2007, p. 94).
A continuación, el análisis de cada obra permitirá ver cómo operan estas lógicas en la ficción; al adentrarnos en la trama de Páradais (2021), Fernanda Melchor desentraña los mecanismos de germinación de la masculinidad tóxica y el resentimiento social en el contexto del privilegio y la marginación. A través de la alianza violenta entre Franco “el Gordo”, un joven acomodado y obsesionado con su vecina Marián, y Polo, un jardinero adolescente atrapado por la falta de posibilidades económicas, la novela demuestra que la agresión no surge de un arrebato imprevisto, sino de una fantasía misógina alimentada en la complacencia. La premeditación del crimen revela cómo la violencia se gesta lentamente en el rencor de clase y, sobre todo, en la cosificación del cuerpo femenino: “El gordo sabía que había que sorprenderlos cuando ya estuvieran acostados… amagarlos y amarrarlos, dejar que el gordo hiciera sus cochinadas” (Fernanda Melchor, 2021, p. 112). La agresión explícita deviene así en canalizador de la frustración masculina, donde el cuerpo femenino es reducido a un trofeo o a un mero objeto de consumo destructivo dentro de un entorno dominado por la insensibilidad pedagógica que describe Rita Segato (2016).
Por su parte, Liliana Blum en El monstruo pentápodo (2016) desmantela la figura del depredador marginal al ubicar el horror en el seno del espacio doméstico y bajo la máscara de la respetabilidad social. Raymundo, un “ciudadano modelo” e ingeniero de clase alta, encarna a un pederasta meticuloso que manipula a Aimée, una joven vulnerable, para convertirla en su cómplice en el secuestro y abuso de la pequeña Cinthia. Al entrar en la conciencia del agresor, la narrativa expone una perversa lógica de autojustificación que desplaza la responsabilidad de la agresión hacia la propia víctima: “Todo por culpa de Ella, que poseía un cuerpo diseñado para erizarle el deseo y plagar sus fantasías día y noche” (Liliana Blum, 2016, p. 84). Liliana Blum expone el papel del entorno como un espectador que, mediante el silencio o la complicidad funcional, valida la impunidad estructural que Ochy Curiel (2013) problematiza.
En El lugar de la herida (2025), Laura Baeza explora las fisuras del trauma colectivo a través del entramado de la trata de personas, la desaparición forzada y el duelo materno. Construida mediante una arquitectura polifónica, la novela contrapone la voz desgarrada de Lucero, una adolescente atrapada en una red de explotación sexual, con la de Dolores, una madre que enfrenta la burocracia e indolencia institucional mientras busca a su hija Nancy. Baeza visibiliza el proceso de cosificación extrema cuando los captores despojan a las jóvenes de su identidad previa para sustituir sus nombres por otros, Esmeralda, Zafiro, convirtiéndolas en simples piezas de cambio del mercado necropolítico. La narración condensa esta amarga toma de conciencia en la voz de sus personajes al asumir la desvalorización social de sus vidas: “Tuve una infancia en la que me repitieron incansablemente… que nosotras siempre damos el cuerpo y todo el cariño que tenemos y recibimos a medias […] somos desechables” (Baeza, 2025, p. 57). Laura Baeza inscribe así el dolor de la ausencia como un síntoma directo del capitalismo gore que expone Sayak Valencia (2010) y de la depreciación sistemática de las vidas precarizadas.
Frente a este escenario de devastación, Dahlia de la Cerda introduce en Medea me cantó un corrido (2024) una dimensión de resistencia y subversión popular. Por medio de relatos donde la violencia del narcotráfico, el control estatal y las relaciones patriarcales cruzan la cotidianidad de las mujeres, la autora invoca la figura simbólica de Medea como un hilo conductor que acompaña el dolor, asiste en la interrupción voluntaria del embarazo y brinda cobijo a las acorraladas. Dahlia de la Cerda retrata la hipervigilancia en los entornos dominados por el crimen organizado, marcada por el control tecnológico, las amarguras del encierro y la dominación económica, pero al mismo tiempo abre paso a la justicia poética y a la solidaridad comunitaria. Esto se evidencia en la voz narrativa que asume el riesgo ético y político frente al entorno violento: “A Perla la ayudé a abortar el hijo de un ejecutor de la guerra, del victimario. El hijo del que se enriquece con la sangre de otros” (Dahlia de la Cerda, 2024, p. 39). La reescritura mítica desafía la necropolítica mediante la sororidad y la dignidad popular, transformando el horror en una forma de autodefensa y desmontando la pasividad asignada históricamente a los cuerpos subalternos (Ochy Curiel, 2013).
Ampliar esta reflexión implica reconocer la potencia estética y política de estas cuatro autoras, así como situar sus obras en el corazón de una episteme feminista que lleva décadas advirtiendo que el patriarcado no es un sistema de opresión abstracto, sino una maquinaria concreta de producción de vulnerabilidad y muerte. Desde sus respectivas narrativas, logran materializar una verdad que el feminismo ha sostenido: el cuerpo de las mujeres es un territorio ocupado y violentado, un archivo de dolor y, al mismo tiempo, un espacio de contrainsurgencia narrativa, memoria de resistencia.
Cuando estas autoras inscriben la violencia en el cuerpo como escritura, reafirman el gesto feminista de hacer público lo privado, de politizar lo íntimo. Se trata de exhibir la violencia y a su vez, desnaturalizar el horror cotidiano, mostrar que el feminicidio, la desaparición, la trata de mujeres y la violación no son excepciones en la vida de las mujeres; para muchas la regla no dicha que estructura sus trayectorias vitales. Al hacerlo, desmienten la falacia neoliberal de que la violencia es un fallo individual o un accidente del sistema; demuestran que la violencia es el modo de gobierno, el lenguaje con el que el Estado, el mercado y la cultura familiar se articulan para disciplinar cuerpos feminizados.
El desmontaje del “monstruo” que estas escritoras emprenden es, en clave feminista, un acto de desobediencia epistemológica. La tradición occidental ha ubicado lo monstruoso en la mujer, la bruja, la histérica, la loca, la madre devoradora, o en el otro radicalmente exterior. Pero ellas invierten el foco, la monstruosidad no es un atributo excepcional o una anomalía; son los hombres normales, los ciudadanos ejemplares, los padres de familia, quienes cometen los actos más atroces.
La verdadera anomalía, lo inhumano, lo cruel, es un sistema económico y social que tiene como fundadores y cómplices a los hombres que convierten los cuerpos de las mujeres en recursos desechables. Al nombrar los diversos tipos de violencia, las obras de las autoras realizan una crítica de la racionalidad patriarcal y muestran que lo que llamamos “civilización” se sostiene sobre una lógica sacrificial que exige cuerpos femeninos como moneda de cambio.
Al presentar el cuerpo como archivo, estas obras vindican la memoria histórica de las mujeres mexicanas. Frente a las narrativas oficiales que cuentan la violencia desde las estadísticas o desde el heroísmo masculino, ellas inscriben una contramemoria hecha de pequeños gestos, de cotidianidades rotas, de cuerpos que desaparecen pero que dejan rastro en el lenguaje. Esa memoria no es lineal, es fragmentaria.
La función de sus escrituras como formas críticas de denuncia las convierte en herramientas que rompen el pacto patriarcal de silencio; en un país donde el horror se ha vuelto cotidiano, donde la noticia de un cuerpo hallado en una fosa compite con el entretenimiento, estas autoras niegan al lector la posibilidad de la indiferencia. Lo hacen desde una pluralidad de voces que refleja la multiplicidad de experiencias de ser mujer en México: clase, raza, región, edad.
Desde una visión feminista, estas cuatro autoras amplían el canon literario mexicano y redefinen los términos de lo político en la escritura. Nos enseñan que la estética puede ser un arma de desobediencia, que la literatura es un lugar de lucha por los sentidos y que la memoria es un compromiso activo con el presente. Al hacer del cuerpo femenino su archivo y su trinchera, nos obligan a preguntarnos no solo qué estamos leyendo, sino qué estamos dispuestas a hacer con lo que leemos.
Bibliografía
Literaria
Baeza, Laura. (2025). El lugar de la herida. Alfaguara.
Blum, Lilian. (2016). El monstruo pentápodo. Planeta.
De la Cerda, Dahlia. (2024). Medea me cantó un corrido. Sexto Piso.
Melchor, Fernanda. (2021). Páradais. Random House.
Teórica
Curiel, Ochy. (2007). Crítica poscolonial desde las prácticas políticas del feminismo antirracista. Nómadas, (26), 92-101. https://www.redalyc.org/pdf/1051/105115241010.pdf
Curiel, Ochy. (2013). La nación heterosexual: Análisis del discurso jurídico y el régimen heterosexual desde la antropología de la dominación. Brecha Lésbica.
Segato, Rita. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.
Segato, Rita. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo Libros.
Valencia, Sayak. (2010). Capitalismo gore: Control económico, violencia y narcopoder. Paidós.





La hermanastra fea es una adaptación del cuento de “Cenicienta”, cuya historia se remonta al arquetipo de La Mujer Salvaje y del proceso de la recuperación de la propia naturaleza instintiva. Este cuento no sólo nos habla de una mujer que ha sido maltratada y humillada, sino de una mujer que ha sido relegada a las cenizas si recordamos que todo el tiempo está en la cocina y limpiando entre hollín y polvo.

La animación es una industria que ha crecido mucho en los últimos 40 años debido al avance agigantado de las tecnologías de creación de imagen. Dentro de un mundo de modelado tridimensional, parece que la animación que sigue siendo en dos dimensiones se ha vuelto un mundo donde transita más la expresión de los estudios y realizadores independientes, no solo en las películas, series y publicidad, sino también en los videojuegos y visuales para celulares, tablets y dispositivos más recientes. Los videojuegos indies siguen apostando por una gráfica reminiscente de la tradicional en gran cantidad, y esto se vuelve una resistencia cobijada por precios relativamente asequibles, pero en igual medida por el tesón de quienes quieren realizar una historia muy personal.


Ni excesos, ni privaciones severas. Para Hildegarda de Bingen cada plato era una pequeña alquimia entre cuerpo y espíritu, cuya esencia denominó viriditas. Ese verdor invisible que sostiene las plantas y las dota de temperamento, energía e intención. Para ella, comer es participar de esa fuerza vital. Por tanto, debe hacerse con consciencia y equilibrio.