Un hombre diferente: envidia y (no) trabajo de sombras  

Por Sergio E. Cerecedo

 

La vida cotidiana, a diferencia del cine, puede no tener un tono constante, si alguien filmara un personaje haciendo swipe en su celular diez minutos, y aunque así sucedió, así fue ese segmento de vida, mostrado tal y como es no nos significaría mucho y lo encontraríamos sin sentido, por eso configuramos un lenguaje audiovisual, que puede entretener, darnos un punto de vista o tener múltiples intenciones alrededor de ¿cuál personaje está mirando el mundo y cómo lo está mirando?, un mérito muy grande en esta película es que desde su construcción, guion, ritmo, dirección, nos parece muy cotidiana sin que sintamos que no pasa nada. Puede haber un chiste para luego darnos miedo, después conmovernos y hasta hacernos enojar; esta profundidad y simpleza es lograda, porque del tema y su enfoque tiene mucho que decirnos y lo lleva a sus últimas consecuencias.

 

Edward Lemuel tiene una neurofibromatosis que le hace crecer con la cara desfigurada, una condición que vulnera su mente y autoestima; ya no tiene padres y su propia inseguridad derivada de su físico le aleja del mundo y del concepto de belleza hegemónica no se siente libre de expresar sus sentimientos por una vecina aspirante a dramaturga a quien se acerca de forma muy natural y con quien entabla una amistad genuina, el rumbo que quiere tomar como actor le es condicionado a roles acordes a su físico en videos corporativos sobre el mismo tema. Él no quiere estar limitado por ello, y encuentra un tratamiento experimental para curarse paulatinamente, durante el camino experimenta dolor, pero va logrando ese cometido, hasta que su piel hinchada cae totalmente como una crisálida y de ahí emerge un humano difereLeer más

Análisis de la cinta “Tideland” | Sobre las consecuencias sociales en el abandono infantil

Por Carmina Cardiel

 

Terry Gilliam, director de “Los caballeros de la Mesa cuadrada”, “12 monos”, “Miedo y asco en las Vegas”, entre otras cintas que jamás han pasado desapercibidas en los festivales de cine, en 2005 estrenó con muchas dificultades una de esas cintas que no te quedan ganas de volver a ver porque lo que viste ha sido demasiado: Tideland.

En la portada vemos a la pequeña protagonista sentada en la rama de un árbol sosteniendo con el dedo la cabeza de una barbie y, en general, un paisaje en tonalidades de paz al revés que curiosamente encaja y desencaja al mismo tiempo con la imagen y con lo que se ve en la cinta.

 

La infancia como tesoro humano

Jean Piget describe la etapa de la infancia humana como un proceso activo de construcción del conocimiento. El/La niño/a interactúa con el entorno atravesando diferentes etapas que van desde la inteligencia sensorio – motora, hasta las operaciones formales, donde su pensamiento evoluciona desde la dependencia de lo físico y lo egocéntrico hasta la capacidad de abstracción y lógica.

Por su parte, Lev Vygotsky enfatiza que el desarrollo infantil está profundamente ligado al entorno social y cultural. Los niños aprenden y desarrollan sus funciones mentales superiores (como la atención, el lenguaje y el razonamiento) a través de la interacción social y la guía de adultos o pares más experimentados.

Es decir, la infancia podría decirse que es la etapa más importante en el desarrollo de un ser humano porque es donde aprende con mucha rapidez todas las herramientas de socialización que le ayudarán a desenvolverse de determinada manera en el contexto del mundo que lo arroja a la vida. Esta es la etapa en donde un individuo aprende a comunicar y gestionar sus emociones, pero siempre acompañado de algún adulto que guíe ese aprendizaje. Los seres humanos, recordemos, somos la única especie incapaz de sobrevivir sin los cuidados del grupo, de la sociedad entendida como familia, pero también como entorno social.

Tideland me parece que es una obra profundamente incómoda de ver porque nos obliga a mirar uno de los problemas sociales de los que casi nadie quiere hablar y no por ello desaparece: el abandono infantil. El director, creo yo, hace un gran trabajo creando un ambiente sumamenteLeer más

Perseverancia

Por Sergio E. Cerecedo

 

Al escribir estas letras me siento feliz de atestiguar una obra llena de buena voluntad que estuvo en el festival DOCS MX y en salas como la del cine Tonalá, donde tuvo lugar la presentación de este documental. El cual, dentro de una estructura sencilla, nos propone un viaje a través de la obra y el ser, así como de la nunca vana búsqueda de un artista por cambiar el mundo. “Perseverancia” nos recuerda precisamente que cada quien tiene un tipo de búsqueda de libertad, y los hechos y estructura social que rompen ciertas cadenas pueden solidificar otras cuando una persona, grupo o institución dejan de oír a las voces distintas.

 

En el pueblo de Cuba que da título a la película, Tomás Sánchez nace con una sensibilidad estimulada en casa aún con las reservas que se tenían hacia las artes. Los maestros también apoyaron su desarrollo hasta volverse estudiante, artista y profesor de la escuela de bellas Artes. La película se centra en su periodo en Cuba, desde su infancia, sus estudios como artista y su vida en la meditación, disciplina que involucró y moldeó su obra. De cómo su paisajismo se transformó a partir de su contemplación del mundo y se desromantizó cuando viajó y descubrió la existencia de grandes basureros en su estancia en  México, donde su concepción cambió al descubrimiento del paisaje invadido por los desechos, en peligro de morir, consciencia que siempre expandió a través de sus piezas.

 

El trabajo fotográfico es homogéneo y bello dentro de la colaboratividad que conlleva un documental realizado durante varios años —por cuestiones de agenda y de los viajes internacionales que conlleva, en un trabajo como éste no siempre pueden estar los mismos miembros del crew— siendo todo el tiempo natural y cercano a los personajes, pero tambiéLeer más

Mientras hablar sea gratis

“Badlands”

Por jaazia

 

Volvimos, no estaba de parranda, andaba muriendo. Vaya manera de iniciar el año ¿no? A todas las circunstancias horribles que han ocurrido en el mundo en los últimos meses se me sumaron algunas cuestiones de salud que me entorpecieron la escritura de esta columna, si me extrañaron, una disculpa, si no, bienvenidas. De cualquier manera, estamos de vuelta.

Otro tropezón para esta columna fue que el tema de la escritura me tomó por completo, me desquicio, sigo pensando, leyendo y dialogando al respecto, por eso, daremos una pausa y continuaremos con ese temita más adelante.

Mientras, me gustaría platicarles que vi Depredador: Badlands, una peli palomera, entretenida, no me interesa entrar en detalles técnicos o narratológicos, más bien quiero hablar de las sensaciones que me generó. Me dejó una sensación de satisfacción, una ligera felicidad, una breve veta de esperanza. 

En este relanzamiento, la franquicia le da un giro a la historia ya conocida, desde la peli anterior de la saga Prey, en este caso El depredador es el protagonista. El personaje es conocido por su deseo de “superación” (por llamarlo de alguna manera) o las ganas de querer ser siempre el mejor (típico de varón, a ver quién la tiene más grande), el gran depredador, aunque siempre pierde y ganan los héroes humanos, a veces con la ayuda de los propios depredadores.  

Bien, la narrativa del personaje ya es conocidísima (si no, vayan a ver las pelis, léanse el wikipedia o, si son vagas como yo, véanse el resumen así nomás). Pero lo que me resultó reconfortante fue la narrativa de la historia en la que nos cuentan (una vez más) que nadie se salva solx, ni siquiera el mismísimo depredador.

Vamos por partes, la historia inicia contando un poco sobre la sociedad depredador y cómo se les valora dependiendo qué tan chingones son, qué tan chicos o tan grandes son (típico de varón) y cosas por el estilo. Nuestro protagonista tiene daddy issues (¿Quién no?) y para tener la aceptación de su clan y de su papi decide ir a cazar a la presa más grande y temida en el planeta más hostil y peligroso (sorprendentemente no es la Tierra).

Hago un paréntesis aquí, es cierto que tengo una postura en contra del fin de la metáfora, pero en este caso me gustó que le llamaran a este lugar Badlands. Si bien su títLeer más

Análisis de la cinta “Satanás” | Sobre la construcción social del mal

Por Carmina Cardiel

 

Satanás (2007), es una cinta colombiana dirigida por Andrés Baiz, basada en la novela de Mario Mendoza quien nos muestra un drama de 1986 abordado desde una sociedad desconectada de las emociones a través de historias exaltadas por la violencia, la tentación de ser políticamente incorrectos y el tedio de la cotidianidad.

 

La maldad como fenómeno social

Satanás es el resultado de una sociedad profundamente golpeada por la violencia y un hombre que ha visto más de lo que cualquiera podría soportar: la guerra de Vietnam. Eliseo es un ex milico reclutado en las filas de Estados Unidos que vive con su madre a sus cincuenta años. En apariencia es un hombre ordinario que imparte clases particulares de inglés, pero conforme vamos adentrándonos en la trama, vamos descubriendo un perfil psicópata y sociópata, además de pederasta.

Aunque el título sugiere una interpretación moral y religiosa, la película no se presta para exponer lo demoniaco como algo sobrenatural, sino que presenta al mal como un conjunto de condiciones sociales determinadas que conducen a la (auto)destrucción humana. Aquí puede relacionarse con la idea de la “banalidad del mal” de Hannah Arendt: el horror puede surgir de personas comunes dentro de contextos sociales en decadencia.

Eliseo no es un monstruo irracional, sino alguien destruido por el aislamiento social, el resentimiento que nace de su poca fortuna con las mujeres, la represión y la incapacidad de conectar con otros seres humanos. Es decir, la maldad es un producto derivado de la propia sociedad, o como diría Sartre: Somos lo que hicieron de nosotros. Recordando que el sujeto se hace a partir de su entorno y viceversa. Desde la sociología clásica, especialmente desde la pluma de Émile Durkheim, el ser humano necesita pertenecer a una comunidad que le dé sentido y límites morales. Cuando esos vínculos se rompen aparece la anomia: un estado de vacío moral y desconexión.

Así recordamos que no es que el ser humano sea bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompa, tampoco es que nazca siendo un monstruo; sino que existe algo que se llama racionalidad y siempre, pero siempre, tenemos la oportunidad de elegir cómo actuar con base en esa razón de la que se jacta la humanidad. Y esa decisión/razón va más allá de títulos universitarios, carteras y color de piel.

Eliseo vive exactamente eso: No tiene relaciones afectivas sanas; no encuentra reconocimiento social; no logra integrarse emocionalmente y percibe constantemente rechazo, pero porque él decidió rechazar al mundo desde el momento en que se enlistó en el ejército de una nación ajena a la suya y no cualquier nación, sino una de las más bélicas en el mundo global. Claro, esto teniendo presente que la falta de oportunidades también juega un papel importante en las decisiones personales.

La película sugiere que el aislamiento prolongado puede deformar la relación con los demás. Los otros dejan de verse como personas y comienzan a verse como amenazas, enemigos o símbolos del fracaso propio. Esta parte es la que nos hace comprender que, finalmente, la violencia no parece ser solamente un acto impulsivo, sino que es la culminación de una ruptura total con el mundo social. Entonces ¿La maldadLeer más

Análisis de la cinta “Malta” | Sobre la precariedad desde lo económico hasta las emociones

 Por Carmina Cardiel

 

Malta (2024), es una cinta argentina-colombiana dirigida por Natalia Santa que, a través de su lente, nos deja ver las desigualdades no sólo económicas y materiales, sino algo que es más preocupante actualmente, las emocionales, a partir de la protagonista que no sabe cómo lidiar con algo que hace años no siente: cuidado.

Si bien la familia nuclear tenía un propósito en la formación humana, cada día ese propósito/rol de cohesión social y cuidados no sólo físicos, sino afectivos, entre seres humanos, se va perdiendo en una mar de “relaciones efímeras”, hasta el punto de no saber cómo recibir o dar afecto. Y la directora hace un gran trabajo en este rodaje donde la moral es más bien una herramienta de compresión para la condición humana, pues nadie puede dar lo que no tiene.

 

Malta y la imposibilidad de sostenerse: precariedad de afecto

Malta es una película que retrata desde lo cotidiano, un diagnóstico social: un mapa emocional de una generación atravesada por la precariedad estructural en tanto a que la educación de la protagonista, encarna una subjetividad contemporánea marcada por la inestabilidad. El deseo de Mariana por migrar a Malta, no es por ninguna arista un plan concreto, sino que funciona en su cabeza como una fantasía de escape: una promesa difusa de orden, futuro y posibilidad, algo a qué agarrarse. En ese sentido, la película dialoga con una constante del sur global: la idea de que la vida “real” sucede en otra parte del mundo, menos en su país. ¿A poco no crecimos con la idea de que la vida exitosa se desarrolla en el norte o en cualquier lugar de Europa? A eso se le llama: producto de la colonización. Y no sólo es geográfica, según nos deja ver la directora.

Mariana vive al límite de sus deseos, cada descanso para ella equivale a no tenerse que dormir en casa, donde tiene que lidiar no sólo con recuerdos fabricados por sí misma para aguantar la realidad. Así es como colecciona noches de juerga con desconocidos a los que realmente jamás llega a conocer, hasta que su compañero de clase, Gabriel, la invita a explorar otra forma de relacionarse, menos corta, menos líquida.

Desde un sentido críticamente sociológico, Zygmunt Bauman revisa que donde los vínculos son transitorios y las identidades se vuelven inestables, hay de fondo el resultado de la modernidad líquida; es decir, en Malta se aterriza esa abstracción en una sensibilidad latinoamericana: no se trata solo de fluidez, sino de desgaste. El desgaste de lo cotidiano, de no avanzar a lo que sigue y quedarse con la sensación de Leer más

Persepolis: la raíz monocroma que nos sobrevive

Por Sergio E. Cerecedo

 

La animación es una industria que ha crecido mucho en los últimos 40 años debido al avance agigantado de las tecnologías de creación de imagen. Dentro de un mundo de modelado tridimensional, parece que la animación que sigue siendo en dos dimensiones se ha vuelto un mundo donde transita más la expresión de los estudios y realizadores independientes, no solo en las películas, series y publicidad, sino también en los videojuegos y visuales para celulares, tablets y dispositivos más recientes. Los videojuegos indies siguen apostando por una gráfica reminiscente de la tradicional en gran cantidad, y esto se vuelve una resistencia cobijada por precios relativamente asequibles, pero en igual medida por el tesón de quienes quieren realizar una historia muy personal.

 

De la misma manera, los títulos animados en largometrajes dirigidos por mujeres la mayoría están en 2D, exceptuando unos cuantos de los grandes estudios como Turning Red (Domee Shii, 2022), Kung Fu Panda 2 (Jennifer Yuh Nelson, 2011) y algunas codirecciones de los mismos que resultaron muy productivas en taquilla, entre las que se pueden contar Brave (Brenda Chapman, Mark Andrews, 2012) y Frozen (Chris Buck, Jennifer Lee, 2013), que han logrado colocarse en el gran gusto del público. Aún con esa hegemonía, si somos un poquito clavados en las entregas de premios, podemos encontrar entre proyectos tan fastuosos, una muy noble competencia entre las cinco nominadas que siempre nos hará mirar hacia productos de otros países que no son los Estados Unidos, y otros estilos e historias.

 

“Persépolis” entró en estas nominaciones en el ya lejano 2008 y se encuadra en esa temática tan productiva en el subgénero sobre los dilemas de crecer, especialmente en las visiones de directoras que abordan la primera crisis de sistemas de creencias de una niña o adolescente. Esta adaptación de la novela gráfica de la misma Marjane Satrapi (codirigida por Vincent Paronnaud) nos da una crónica detallada de la revolución islámica de Irán de los setentas a los noventas, denotando la represión general, pero centrándose en la repercusión del cambio ideológico sobre las mujeres, el ascenso al poder de un régimen, los asesinatos devenidos de éste y la atracción de la población hacia lo prohibido y lo occidental. La directora acierta en no idealizar esto último.

 

Marjane al crecer —una representación de la infancia deLeer más

Santera: amistad entre fuerzas invisibles

Por Sergio E. Cerecedo

 

Los años noventa representan crisis sociales para toda Latinoamérica, en mayor o menor medida; en el caso concreto de Venezuela, hubo un golpe de estado y numerosos tambaleos presupuestarios causaron que el cine redujera en más del 50%  la productividad alcanzada en los 80´s y que los fondos gubernamentales para la producción cambiaran de nombre y estructura con el fin de seguir existiendo y apoyando a la comunidad realizadora.

 

En medio de todas estas circunstancias Solveig Hoogesteijn, nacida en Suecia pero con carrera completa hecha en Venezuela, presenta la película que sucedería a su muy exitosa “Macu, la mujer del policía” (1987), que sigue siendo la tercer película con más taquilla en la historia del cine de su país. En Santera continúa con sus inquietudes en los retratos de mujeres buscando resistir en entornos con tradiciones muy marcadas, esta vez indaga en la afrodescendencia y en los choques culturales entre el catolicismo y quienes conservan la religión yoruba, así como su creencia en los santos que también está un tanto sincretizada con conceptos como el espíritu santo y la virgen María.

 

Desde el contraste en el montaje que muestra a dos mujeres: una en el interior de una celda y otra abordando un aviónLeer más

Oriana: los espacios confidentes

Por Sergio E. Cerecedo

 

En últimas fechas, el abordaje temático de los retornos a las casas de infancia, a las anécdotas y secretos familiares no deja de ser productivo aunque sepa a lugar común. Creo que a estas alturas del partido si exploramos las temáticas y narrativas comunes de Latinoamérica, encontraremos, incluso en la gente afincada en Estados Unidos y Canadá, un gusto por las telenovelas, entre ellas por ese subgénero ubicado en haciendas y plantaciones donde abundan las intrigas y los amores que se gritan y reclaman, generalmente rodeados de sobreactuaciones absurdas de las que se burlan canales de youtube como “Telenovelas are hell”.

 

Entre risa y risa, el caso es que este tipo de enfoques en los audiovisuales, alejan mucho a las personas de la importancia de los dramas íntimos que tenemos en común y nos vician la percepción creyendo que todas las historias se abordan igual, es por eso que, cuando se echa un ojo a las narrativas previas al audiovisual y alguien como Fina Torres (Caracas, 1951) logra sincretizar, tenemos una obra íntima, con sello propio y que, si te permites la pausa y la escucha más allá del diálogo, te logra conmover.

 

La carrera de Fina Torres conlleva películas hechas en Francia como Mecánicas Celestes, 1995, su país formativo no solo en cine si no también en diseño y artes , permitiéndole además realizar en Hollywood Las mujeres arriba, 2000. En la trama de sus películas espejea muy a menudo el internacionalismo de su vida y las historias que escuchó, en una mezcolanza con su imaginación y percepción. Es por eso que ahora qLeer más

Análisis de la cinta “Familia” | Sobre las máscaras y el Teatro social (microsociología en la cotidianidad)

Por Carmina Cardiel

 

Rodrigo García (2023)

Familia (2023) es una cinta mexicana dirigida por Rodrigo García que nos lleva a partir de la imagen y el paisaje a un escenario cotidiano desde donde podemos observar las dinámicas sociales de grupos pequeños como el agente “familia”, brindándonos así desde una sola locación, un manjar para la interpretación simbólica del ejercicio del poder y la identidad desde la microsociología que se proyecta en las dinámicas sociales de grupos más grandes como bien podría ser una comunidad o un país.

 

El Fachadismo y la presentación de la persona:

Para Erving Goffman la vida social es un teatro (1956), donde las personas/sujetos o individuos administran las impresiones que causan en lo demás. Cuando el individuo se presenta ante otros, su acción incorporará y ejemplificará los valores oficialmente acreditados de la sociedad (Goffman, 1956/2001, p. 45).  Los personajes de la Familia llegan a la casa del padre/patriarca con “máscaras” ya definidas: la hija exitosa, la hija responsable, la pareja perfecta. Sin embargo, la tensión surge cuando el espacio privado se filtra al escenario público. Los secretos y resentimientos rompen la “fachada” de la familia funcional.

Podríamos decir que, socialmente hablando, la Familia es una obra de teatro dentro del teatro, pues para el sociólogo, la familia no es una institución abstracta; sino que la analiza como un equipo de desempeño que intenta mantener una máscara de unidad frente a las amenazas internas y externas.

Erwing divide los espacios en “región anterior” (donde damos la función) y “región posterior” (donde nos relajamos y abandonamos el personaje). Por tanto, la escena eterna que vemos en la película que es la comida familiar, funcionaría como región anterior, o sea el escenario donde todos deben actuar bajo el guion de “la familia unida”. Dentro de esta puesta en escena también Rodrigo García nos muestra a través de la cinta, la simbología de la mesa que no sólo se utiliza para comer, sino que funciona como ese lugar que preserva el status del patriarca de la familia. En ese lugar que es la mesa los personajes cuidan sus modales, sirven el vino y mantienen la “fachada” de armonía. Sin embargo, la cocina, las caminatas por el rancho y los pequeños escapes de la mesa, actúan como regiones posteriores o backstage.

Con respecto a la fachada individual, taLeer más