Frontera cuir: las imposibles fronteras entre cuerpo, migración y deseo

Por Diego Medina

 

Llega tardíamente a mis manos un poemario publicado en 2021 por la Universidad Autónoma del Estado de México, el cual fue merecedor del 15º Premio Internacional de Poesía “Gilberto Owen 2021”. Se trata, como se ha advertido en el título de esta reseña, de Frontera Cuir de Ingrid Bringas. En sus ochenta páginas, Bringas pone sobre la mesa dos heridas de nuestro tiempo, por un lado, el migrante, marcado por la mirada de sospecha del prójimo y, por otro lado, el cuerpo cuir, que lleva en su sino la misma sospecha y desconfianza.

 

Este poemario habla de cuerpos doble, triple y hasta cuádruplemente extraños, de las fronteras como espacios liminales donde florece y prospera la belleza de la indeterminación. Así como aquel numen griego de báculo y pies alados, Hermes, mensajero de los dioses que lo mismo transitaba el Aqueronte para descender a la residencia de Hades y que gozaba de la ambrosía escanciada en las alturas del Olimpo, así el cuerpo cuir se sabe en medio del territorio, de sí mismo, en medio de los países y de algo que está a punto de explotar siempre, maravilloso y doloroso como lo es el deseo.

 

No solo hablamos del cuerpo, aunque todo es cuerpo en estos poemas, hablamos de algo sobre los que muchos guardan silencio, una experiencia que no parece importante cuando es ajena, mas ocurre a diario, destruye y reúne familias: la migración, los que también se quedan a mitad de caLeer más

“Febrero: de pan y cenizas”

La Religiosa de Denis Diderot

 

Por Diana Peña Castañeda[1]

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Santa María no es un lugar abierto a la luz, con patios vivos que acompañen el silencio elegido. Aquí las hojas no se mueven, ni hay insectos que pasen entre olores húmedos. En Longchamp los corredores, aunque amplios, carecen de cielo que acompañe el paso, y de salones para la hospitalidad. Y los cuartos de Sainte-Eutrope no sostienen el descanso porque desde las orillas se vigila el cuerpo. El claustro, en La Religiosa, no es un lugar piadoso sino el espacio del encierro atado a la penitencia más inclemente.

 

En esa extensión de reclusión, el comedor no ofrece platos celebratorios. En la cocina no hay recetas, ni los huertos jamás sugieren crecimiento. Cierto es que, al cuerpo, el castigo entra por la boca; cada ración servida es sazonada con mortificación y crueldad. Ante esa necesidad primaria que le ha sido negada, al entrar en el claustro, Suzanne Simonin se ocupa de escribir una misiva para pedir auxilio.

 

“Estaba sola en una mesa en el refectorio; no me servían en ella; estaba obligada a ir a la cocina para pedir mi ración; la primera vez, la hermana cocinera gritóme: No entre, aléjese usted.

—¿Qué quiere?

—Algo para comer.

—¡Algo para comer! Usted no es digna de vivir…”

 

El alimento que le es ofrecido está contaminado con toda clase de suciedades “Me arrojaban los alimentos más desagradables y los mezclaban incluso con ceniza y toda clase de inmundicias.” Pero ella debe elegir entre el hambre o la humillación, lo primero ya no es opción. “Algunas veces me iba y pasaba el día sin tomar nada; otras insistía y ponían para mí sobre el umbral comida que se hubieran avergonzado de presentar a los animales; yo la recogía llorando y me marchaba.”  

 

Su decisión es aprovechada para que obedezca sin rebelarse al régimeLeer más

Postales de Leningrado: collage para los luchadores ausentes

 Por Sergio E. cerecedo

 

En los años 2000 en gran parte de Latinoamérica se abren muchas puertas de libertad creativa y de expresión en cuanto a temas y periodos históricos que antes hubieran estado vetados, inclusive películas inspiradas en hechos reales como El Violín (Francisco Vargas Quevedo, 2005). Como parte de esto “Postales de Leningrado” se ubica como una película inspirada en hechos personales de la directora Mariana Rondón y las personas que conoció. Rondón actualmente se ha consolidado como una directora socialmente comprometida que ha abordado cuestiones como la identidad de género, las tensiones devenidas por la brecha generacional y ha demostrado un particular interés en las infancias y en su visión del mundo.

 

El relato se desarrolla en los años 60, en una familia variopinta y divertida que realiza los preparativos para recibir el año nuevo haciendo un concurso para ver quien cocina mejor e integrando a los más chicos a la cocina y el trabajo doméstico. Aquí se nos cuelan varios hechos, al constatar como espectadores que los familiares presentes son ancianos, niños y mujeres con hijos; nos damos cuenta que los hombres no están, se encuentran en la guerrilla del lado de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), frente muy ligado a las luchas antiimperialistas y por ende, a Cuba y a Rusia. Ese día vemos el arresto de un miembro de la familia que resulta ser el germen de muchas cosas que salen a relucir en la historia familiar. En lo abstracto, vemos como Teo, uno de los niños es marcado profundamente por ver cómo se sacrifica y limpia a un cerdo antes de comerlo, metáfora poderosísima de la exposición de las infancias a los contextos y hechos violentos.

 

La narración, aunque parece costumbrista y convencional, tiene su primera capa de complejidad ya que vemos las vivencias desde Teo, uno de los niños de esta familia, pero sonoramente tenemos la narración de una pequeña que resulta ser su prima y resulta ser atemporal. Teo es mucho más grande y sus períodos de infancia parecen no coincidir mucho y no se nos aclara cómo él le contó a ella lo sucedido o como se enteró. Por él vemos cómo desde la cárcel los familiares apresados tienen un plan para salir y seguir luchando contra el régimen imperante y, paralelo a esto, cómo han vivido en la guerrilla en las montañas, lo cual es mostrado a través de filmaciones que un Estadounidense que los sigue está realizando, donde se nos muestra la necesidad de vivir en el anonimato ante el peligro de caer en la cárcel y ser torturados y desaparecidos.

 

A pesar de tratar temas serios, la película se permite jugar con los recursos con los que cuenta los hechos, especialmente el abordaje desde un aire infantil, pues parecer que nos Leer más

Las históricas: Jorge Arturo Ojeda

Por Diego Medina

 

Este año he decidido ampliar los horizontes de la presente columna y escribir al menos una vez al mes sobre autores que han sido injustamente olvidados, segregados a la anécdota y al comentario al pie de página. Sirvan estas páginas como homenaje a aquellas reinas que pusieron el cuerpo al frente, y en la escritura, para nombrar lo que se ama. 

 

Jorge Arturo Ojeda nació el 18 de abril de 1943 en la Ciudad de México, fue un prolífico escritor de narrativa, ensayo y crítica, pero sobre todo fue un amante de la belleza y un pionero de eso que llamamos literatura gay. Entre sus obras destacan Muchacho solo (1976), Octavio (1982), Carne y hueso (1998) y Personas fatales (1975) entre otros. Su valía literaria no necesita apologistas, Jorge Arturo Ojeda crea escenarios inmersivos en las descripciones de sus relatos, inserta adagios populares y nos ilumina con una metáfora en el momento oportuno.

 

Una de las virtudes de Ojeda respecto a la literatura gay es que en sus relatos los personajes gay no están codificados como parias, indeseables y no sirven para el escarnio de ninguna moral, por el contrario, muchos de los personajes son profesionistas, cultivados, intelectuales, tienen una sólida vida familiar, son a grandes rasgos personajes ordinarios, lo cual es relevante justo porque no hay monstruosidad, ni en un sentido rilkeano, ni en un sentido cine tipo b, en sus relatos.

 

Lo que sí que hay es una poética del cuerpo masculino exquisita, en este sentidoLeer más

La agencia municipal y el nuevo institucionalismo

Un análisis frente a la gentrificación y los costos de transacción

 

Por María de Jesús López Salazar

Las instituciones constituyen el entramado que sostiene la vida social, pues a través de reglas, normas y estructuras orientan la acción colectiva y condicionan los resultados de las políticas públicas. En el ámbito local, la agencia municipal se presenta como una figura clave para acercar la administración a las comunidades y canalizar sus demandas hacia el ayuntamiento. No obstante, su papel no puede comprenderse únicamente desde una visión formalista; por el contrario, requiere ser analizado bajo el prisma del nuevo institucionalismo, enfoque que reconoce la interacción entre normas culturales, incentivos estratégicos y trayectorias históricas en la configuración de los procesos sociales (Castillo, 1997).

En ese sentido, se sostiene que la agencia municipal es un espacio privilegiado para observar cómo las instituciones moldean la acción comunitaria frente a problemáticas urbanas como la gentrificación, fenómeno que transforma barrios populares mediante la llegada de nuevos residentes y capitales, generando tensiones entre inclusión y desplazamiento (UNAM Global, 2024). Así, a través de las tres vertientes del nuevo institucionalismo —sociológica, de elección racional e histórica— se mostrará que la agencia municipal no solo reproduce reglas, sino que también legitima prácticas, estructura incentivos, reduce costos de transacción y refleja las huellas del pasado en la gestión presente.

 

Institucionalismo sociológico: legitimidad y normas culturales

Desde la perspectiva sociológica, la agencia municipal se concibe como un espacio donde se transmiten valores y significados colectivos (Castillo, 1997). Ante la gentrificación, esta institución puede legitimar prácticas comunitarias que buscan preservar la identidad cultural del barrio, tales como festividades tradicionales o la defensa de espacios públicos. De esta manera, no solo representa a la comunidad frente al ayuntamiento, sino que también refuerza la idea de que las instituciones locales son guardianas de la memoria y la cohesión social. En consecuencia, la legitimidad de la agencia depende de su capacidad para reflejar las normas culturales de los habitantes originarios y darles voz en procesos de transformación urbana.

Desde el institucionalismo de elección racional, la gentrificación genera conflictos por el acceso a recursos como vivienda, servicios y espacios públicos. EnLeer más

Mural de vida y esperanza

Aníbal Fernando Bonilla

 

En Riobamba, ciudad emblemática para la ecuatorianidad, reposa en su majestuosa Catedral —situada frente al parque Pedro Vicente Maldonado— el Mural de los Pueblos Latinoamericanos (1986). El templo cuyos vestigios datan de la otrora villa en el siglo XVII fue reconstituido, luego del terremoto de 1797, hasta más allá de mediados del XIX, convirtiéndose en valiosa pieza arquitectónica, patrimonial e identitaria.

 

Pero, ¿qué motiva en sí estas líneas? El mural anteriormente mencionado, en donde se revela un bagaje sígnico que transmite el mensaje de equidad. La elección de colores, iconografía, y la disposición simbólica heterogénea en la contextura contribuyen a la resignificación de elementos que van más allá de la representación sensorial simple. Se aprecia la unidad en la diversidad. La riqueza del sincretismo cultural. La multiculturalidad. Las tradiciones y costumbres de nuestros pueblos oprimidos. La estética desbordada en la amplia composición visual. La variada interpretación semántica. La cromática fuerte y vibrante que refleja la manera del ser latinoamericano. La paisajística andina y tutelar. El imponente volcán Chimborazo. Los conflictos humanos. Las contradicciones y asimetrías sociales. La opresión institucional en Argentina en los 70 o en Ecuador eLeer más

Itu ninu: semillas de conexión

 Por Sergio E. Cerecedo

 

En las anécdotas con amistades que han migrado, tanto a otros países como a ciudades de la misma nación, por estudios, trabajo o cambio de aires, es común el saber de personas que, a muchos kilómetros de casa, descubren que vienen del mismo pueblo o ciudad, se conocen y se hacen amigos o muchas veces pareja. De entre tanta gente que viene y va elegimos la familiaridad del hogar representada en otras personas, si le aunamos a ello unas condiciones difíciles alrededor, la imposibilidad de volver al terruño y la necesidad , tanto práctica como emocional de no estar solo, encontramos gran parte del germen de esta historia.

 

La directora Itandehui Janssen ha pasado su vida entre los Países Bajos, de donde viene su padre, y la herencia mixteca de su madre, en esta unión de pensamientos y culturas nos trae esta película, filmada en Edimburgo, Escocia, donde Itandehui es investigadora universitaria y hace tiempo planteó una línea de investigación sobre el gasto de recursos y la contaminación que genera la industria audiovisual. En este contexto, la película incorpora lo aprendido en la investigación y se planteó trabajar con el equipo humano y técnico mínimo —por ello Itandehui también asume la dirección de fotografía—, para acometer una narración de ciencia ficción, que curiosamente es un género que casi siempre eleva el presupuesto de las producciones, pero que aquí es abordado de una manera minimalista y puntual en su desarrollo.

 

En un futuro donde la emergencia climática ha rebasado a los países más vulnerables del planeta, la gente ha migrado a países más desarrollados y donde aún encuentra agua y oxígeno en buenas condiciones, ahí, la suerte y las necesidades van a unir a Sofía (Alejandra Herrera), quien trabaja en un centro de reciclaje de tecnología, y a un botánico (Armando Bautista García) que se dedica a injertar semillas y a lograr hacer crecer árboles que ya difícilmente se encuentran en la naturaleza; juntos encuentran que son de la misma comunidad, del mismo país y optan por escribirse cartas en papel en su lengua nLeer más

El papel del docente como constructor del pensamiento crítico en la Universidad

Por Carlos Villalpando Martínez[1]

 

Introducción

Desde mis inicios como docente —impartiendo clases de TaeKwonDo en educación preescolar y bachillerato— he sostenido que la función del maestro trasciende la mera transmisión de técnicas o conocimientos; enseña desde la persona, con una dimensión humana, formativa y transformadora. Esa convicción, alimentada por mi formación en sociología, mi paso por el servicio comunitario y mi preparación en la Maestría de Desarrollo Docente, así como la influencia de mi padre, quien fue profesor universitario, me impulsa a concebir la docencia como un acto ético, humano y reflexivo.

No obstante, la realidad educativa en México expone tensiones entre las aspiraciones humanistas de las políticas educativas y la forma en que éstas se implementan. Por ello, me pregunto: ¿qué significa hoy ser docente en un contexto marcado por la tecnología, los retos sociales y la necesidad de pensamiento crítico?

El paradigma institucional de la Nueva Escuela Mexicana (NEM) apunta hacia ese ideal: promueve una educación centrada en la persona, en la comunidad, en la formación integral, inclusiva, democrática, equitativa —es decir, humanista y socialmente consciente.

Sin embargo —como advierten recientes estudios— es necesario indagar con profundidad en los fundamentos epistemológicos y didácticos reales que subyacen en la NEM, pues “no basta proclamar humanismo: se requieren métodos efectivos de construcción del conocimiento, participación, y pensamiento crítico” (Meza Díaz, 2025).

Al conjuntar las ideas de corrientes humanistas y socioculturales con las exigencias del mundo contemporáneo —en el que la inteligencia artificial (IA) irrumpe con fuerza en los procesos de aprendizaje— cobra relevancia para el docente asumir un rol activo como mediador consciente. Recientemente la UNESCO insistió en que los maestros y estudiantes deben desarrollar competencias de “alfabetización digital, pensamiento crítico y ética para usar IA responsablemente”, de modo que la tecnología complemente, pero no reemplace, la dimensión humana de la educación.

Así, este texto propone reflexionar sobre el papel del docente como constructor —no solo de contenidos—, sino de pensamiento crítico y ciudadano. Retoma mi trayectoria personal como evidencia vivencial y se fundamenta en marcos teóricos y normativos vigentes. Busca mostrar que ser docente hoy implica cultivar conciencia, agencia, autonomía intelectual y compromiso ético en los estudiantes, de modo que enfrenten no solo exámenes o tareas, sino los desafíos de una sociedad cambiante, tecnológica y compleja.

Así pues, a lo largo de mi práctica docente he comprendido que el pensamiento crítico no surge de manera espontánea: se cultiva en relaciones educativas donde el docente crea condiciones de confianza, diálogo y reflexión auténtica. Ese proceso requiere asumir la docencia como una práctica profundamente humana. La tradición humanista, particularmente la obra de Carl Rogers, subraya que la enseñanza significativa ocurre cuando el educador es congruente, empático y capaz de ofrecer un clima donde el estudiante pueda explorar sus ideas sin temor al juicio externo. Rogers (1969) afirmaba que el aprendizaje profundo surge cuando la persona se siente aceptada incondicionalmente, y en mi experiencia, tanto en el aula como en el trabajo comunitario, he constatado que los estudiantes participan con mayor apertura cuando se reconocen valorados y escuchados.

En mi formación en la maestría, estas ideas encontraron resonancia con las reflexiones sobre la condición humana del educador. Entender que el maestro no es solo portador de contenidos, sino sujeto de experiencia, ética y sensibilidad, transforma la manera de acompañar a los estudiantes. También aprendí, influido por perspectivas cercanas a Emmanuel Lévinas, que la relación educativa implica responsabilidad frente al otro; no una responsabilidad paternalista, sino la responsabilidad ética de abrir espacios de comprensión, cuestionamiento y libertad. Lévinas (1979) señala que el encuentro con el otro es siempre una interpelación ética, y esa idea ha marcado mi manera de entender que cada alumno trae consigo un mundo que merece ser reconocido antes que evaluado.

Sin embargo, la construcción del pensamiento crítico no depende solo del vínculo humano. La teoría sociocultural del aprendizaje, especialmente la obra de Lev Vygotsky, aporta un fundamento esencial: la idea de que el desarrollo cognitivo ocurre en interacción con otros, mediado por herramientas culturales y lenguajes compartidos. Según Vygotsky (1934/1978), el aprendizaje se potencia cuando el docente interviene como mediador que amplía las posibilidades del estudiante y lo acompaña a transitar de lo que puede hacer con ayuda a lo que puede hacer por sí mismo. En mi práctica esto se traduce en provocar discusiones, pedir que argumenten, que contrasten ideas, que analicen sus propias experiencias y que colaboren con sus compañeros para construir significados. Cuando el aula se convierte en un espacio dialógico, el pensamiento crítico florece con mayor naturalidad.

En el contexto educativo mexicano contemporáneo, esto representa un desafío. La Nueva Escuela Mexicana plantea principios valiosos —como el enfoque humanista, la inclusión, la equidad y la formación de ciudadanos críticos—; sin embargo, su implementación enfrenta rezagos, tensiones políticas y falta de claridad metodológica. Diversos análisis recientes han señalado que el humanismo de la NEM requiere un trabajo más profundo para traducirse en prácticas docentes concretas y no quedarse en un marco declarativo (Meza Díaz, 2025). Esta brecha entre el discurso oficial y la realidad cotidiana del aula hace que la formación del pensamiento crítico dependa, en gran medida, del compromiso y la preparación del maestro.

Pero también pone en tela de juicio el papel del alumno, reconocer su participación en la clase, motivado por sus propios procesos estructurales e intelectuales, que le permiten tomar acciones precisas como leer, estudiar y seguir investigando, no sólo es el papel del docente como transmisor y guía de conocimientos, es entonces, el trabajo del propio estudiante, de cualquier nivel, en éste caso el universitario, de darse a la tarea de explorar las inquietudes que se generaron en el aula, sin éste principio, no se puede lograr un aprendizaje ni pensamiento crítico completo.

A ello se suma la presencia ineludible de la inteligencia artificial en la vida académica. Las herramientas digitales pueden aportar información, sintetizar textos o facilitar tareas mecánicas, pero no sustituyen la capacidad de juicio, reflexión y deliberación ética. La UNESCO ha advertido que la educación contemporánea debe formar competencias críticas y éticas para el uso apropiado de la IA, evitando que los estudiantes deleguen en sistemas automatizados tareas que requieren discernimiento humano (UNESCO, 2023). En mi experiencia universitaria, esta advertencia se hace evidente: muchos estudiantes se sienten tentados a dejar que la tecnología piense por ellos. Frente a esto, el papel del docente es enseñar a usar estas herramientas como apoyo, no como reemplazo del pensamiento. Acompaño a mis estudiantes a cuestionar la información que reciben, a contrastarla, a identificar sesgos y a construir argumentos propios antes de recurrir a cualquier herramienta digital.

Ser docente en la actualidad, entonces, exige integrar teoría y práctica para guiar a los estudiantes hacia una comprensión más profunda y autónoma de su aprendizaje. Implica ayudarlos a responsabilizarse de lo que piensan y construyen, a tomar conciencia del contexto social en el que viven y de su papel como futuros profesionistas. He aprendido que el pensamiento crítico no es solo una habilidad académica, sino una postura ante la vida: una disposición a revisar nuestras creencias, aceptar la complejidad y participar activamente en la transformación del entorno. Mi tarea como docente es crear las condiciones para que esa postura pueda desplegarse y fortalecerse, aun en un mundo saturado de información y herramientas que parecen facilitar todo, excepto la responsabilidad de pensar.

 

Conclusión

A lo largo de mi trayectoria docente he descubierto que la formación del pensamiento crítico no se reduce a enseñar un conjunto de habilidades intelectuales, sino que implica crear una relación educativa profundamente humana. El pensamiento crítico nace cuando el docente logra articular tres dimensiones: el vínculo personal que propone el humanismo, la mediación social que explica la teoría sociocultural, y la responsabilidad ética que demanda el contexto contemporáneo. Desde esta comprensión, el maestro no es un transmisor de contenidos, sino un acompañante que abre caminos para que el estudiante piense, cuestione y se reconozca como agente de su propio aprendizaje.

En un país donde las políticas educativas aspiran a colocar a la persona en el centro —como lo propone la Nueva Escuela Mexicana—, pero donde la práctica muchas veces enfrenta carencias estructurales, la figura del docente cobra un papel aún más decisivo. La construcción del pensamiento crítico no puede delegarse ni a los discursos institucionales ni a las herramientas tecnológicas: depende del encuentro humano que se construye en el aula, del ambiente de confianza, de la invitación constante al diálogo y de la posibilidad de pensar con otros.

Vivimos en una era marcada por la inteligencia artificial, en la que los estudiantes pueden acceder a respuestas inmediatas, pero no necesariamente a comprensión profunda. Por ello, el docente debe acompañar el uso de estas tecnologías con discernimiento, promoviendo en los alumnos una actitud responsable, reflexiva y ética. La tarea no consiste en rechazar la tecnología, sino en enseñarla como una herramienta que potencia —y no sustituye— la capacidad de reflexionar.

Finalmente, entiendo el pensamiento crítico como una forma de libertad interior: la posibilidad de analizar el mundo, cuestionarlo y transformarlo. Mi compromiso docente es contribuir a que los estudiantes desarrollen esa libertad no solo para resolver problemas académicos, sino para construir vidas más conscientes, solidarias y humanas. En ese camino, el maestro continúa siendo, y seguirá siendo, un constructor de pensamiento y un mediador de sentido en tiempos complejos.

 

 

 

Referencias

Lévinas, E. (1961/1977). Totalidad e infinito. Ensayo sobre la exterioridad (M. García-Baró, Trad.). Sígueme.

Meza Díaz, M. (2025). ¿De qué pedagogía crítica y humanismo hablamos cuando hablamos de la Nueva Escuela Mexicana? Revista Multidisciplinar Epistemología de las Ciencias, 2(3), 218–240. https://doi.org/10.71112/3g2msd77

Rogers, C. R. (1969). Freedom to learn. Charles Merrill.

UNESCO. (2023). Guidance for generative AI in education and research. UNESCO. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000389227

Vygotsky, L. S. (1934/1978). Mind in society: The development of higher psychological processes (M. Cole, V. John-Steiner, S. Scribner & E. Souberman, Eds.). Harvard University Press.

 

 

 


[1] Carlos Villalpando Martínez. Lic en Sociología por la Universidad de Guanajuato. Maestro en administración en políticas públicas con enfoque en gestión gubernamental (UVEG). Egresado de la maestría en Desarrollo Docente (Universidad de Guanajuato). Es docente desde hace más de 6 años, facilitador y especialista en educación humanista. Su trabajo articula la docencia universitaria, el medio ambiente, la reeducación masculina y la intervención comunitaria, integrando el desarrollo humano, la perspectiva de género y la reflexión pedagógica como herramientas para la transformación personal y social.

Desde el cuerpo y el espacio urbano

Construcción relacional de la identidad

 

Por Mariano Minjares Galindo

Cuando hablamos de la “ciudad” se suele hacer referencia a ella como un espacio inerte en el que las personas hacen su vida cotidiana: se levantan temprano, se arreglan y salen corriendo al trabajo con la esperanza de encontrar un asiento en la combi que pasa a unas cuadras de su casa. Casi como si el hormigón y concreto que forma nuestras casas y trabajos fueran los límites del laberinto en el que vivimos, interrumpido únicamente por anomalías verdes en las que, con un poco de suerte, podemos estar sin mucha preocupación los domingos por la tarde. No, las ciudades no son únicamente los elementos rígidos del paisaje.

Desde mi punto de vista, las ciudades son sistemas, están integradas por una serie de elementos que las hacen de determinada manera, esto las vuelve más que solo piedras una sobre otra. Las ciudades se van armando con una infinita cantidad de aspectos que se integran y entrelazan en ella. Esto da como resultado riqueza en las formas en que se hacen y se experimentan las urbes: no es lo mismo vivir en Guaymas, Sonora, que hacerlo en Progreso, Yucatán. Los elementos que construyen la ciudad se escapan a lo material, haciéndolas únicas: el clima, la cultura, música, idioma, formas de transportes, trabajos, etc. Todo se conjuga para formar las ciudades que tenemos, cada una con sus particularidades.

En este sentido estoy convencido de que, como dice Ramírez Kuri (2014), las identidades se construyen de forma “relacional”. Esto es que la identidad está conformada por las relaciones que hacemos con lo otro y con los otros, son por estas relaciones y en esas relaciones que se constituye la identidad.

Esta serie de interacciones (que pueden ser directas, indirectas, intermitentes o incluso ausencias) son las que van conformando la forma en al que vemos al mundo y en la que interactuamos. Son todos estos elementos los que interactúan con el individuo y entre sí, se modifican unos a otros de forma constante y crean la conciencia que eventualmente forma la identidad.[1]  

Para sintetizar cómo se construye la identidad, podemos recurrir al concepto de sobredeterminación que Freud (2020) introduce en La interpretación de los sueños.[2] Pues las interrelaciones constantes que se hacen entre los elementos que constituyen la identidad funcionan de la misma manera en un caso y en otro.

Esto aplica para la construcción de la identidad individual, así como la identidad espacial que comparte características clave: 1- Son complejas (multi relacionales y con multiplicidad de puntos de encuentro entre los elementos que constituyen esta complejidad) 2- Son “desvinculables de cualquier sentido absoluto” (haciendo referencia a que son las interconexiones antes mencionadas y no un elemento sempiterno el que constituye la identidad espacial. No hay un “ancla fija” a la que adherirse, pues todo es contextual) 3- Producto de los dos puntos anteriores: mutable a través de la historia, los contextos modifican las relaciones y el paso del tiempo configura los significantes y significados que constituyen una identidad espacial.

Los procesos que constituyen la identidad de los individuos y de los espacios que habitamos son, en muchos sentidos, similares. Comprender cómo se construye la identidad no solo nos ayuda a entendernos como sujetos, sino que también arroja luz sobre un aspecto fundamental de la vida urbana: la relación entre nuestra constitución como personas y la forma en que se configuran las ciudades. Pues las ciudades no están al margen de quienes las habitan, pero esta relación no es lineal ni unidireccional (no se trata de que primero seamos nosotros y luego la ciudad, o viceversa), sino de una interacción simultánea, casi como el dilema del huevo y la gallina, no sabemos bien a bien cual fue primero.

Es también muy importante comprender que esta construcción relacional no es armónica ni simétrica: está atravesada por conflictos, tensiones y fricciones. Los espacios urbanos son lugares donde distintas identidades, memorias y formas de habitar compiten por permanecer, expresarse o resistir. La ciudad, entonces, no solo se habita: también se disputa.

Las identidades individuales (las personas) hacen ciudad, la nombran, la caminan, la resignifican; pero, al mismo tiempo, la ciudad moldea nuestras formas de ser, nuestros ritmos, nuestras posibilidades y nuestros vínculos. En ese ir y venir se construye tanto el sujeto como el espacio. Comprender esta reciprocidad entre ciudad e identidad es fundamental si queremos avanzar hacia formas más justas de habitar. Desde aquí, se abre la pregunta por qué cuerpos, qué tiempos y qué formas de vida son realmente reconocidas en nuestras ciudades.

 

La ciudad cuida y descuida

Me parece que la constitución de las identidades, colectivas/urbanas, así como individuales, no se explican sin entender los contextos en los que se desarrollan. Dentro de las múltiples complejidades que se dan en estos contextos se encuentran puntos que a mi parecer son transversales por su universalidad y por lo mucho que pueden moldear la realidad de las personas. De forma particular me quiero referir en este texto al trabajo y cómo afecta de diferente manera a las personas que habitan las ciudades.

La división sexual del trabajo constituye la principal desigualdad entre los hombres y las mujeres en cuanto al reparto de las responsabilidades laborales. En especial cuaLeer más

Análisis de la cinta “Baxter” | Reflexión sobre la domesticación de animales de compañía, o el antropocentrismo

Por Carmina Cardiel

 

“Las relaciones entre humanos y animales deben entenderse como vínculos sociales y afectivos que co-constituyen mundos compartidos, más allá de una visión antropocéntrica

que reduce a los animales a objetos o símbolos.”

Varela Trejo, 2019

 

Baxter (1989) fue dirigida por el francés Jérôme Boivin, quien principalmente ha dedicado su carrera a la pantalla chica; sin embargo, hizo algo que casi ningún cineasta se ha atrevido a llevar a cabo: una película desde la voz de un perro bastante particular que no cae en el cliché de la nobleza y obediencia perfecta para con los seres humanos, como hemos visto en “Lazzy”, “Los 101 Dálmatas” o “Hachiko”.

Boivin nos lleva de la pata del perro a una historia que narra toda su visión con respecto a la humanidad, pero también le da un pensamiento y libre albedrío y desde ahí ya rompe con la idea romántica que asocia la bondad con los animales no humanos.

 

¿La moral es algo natural o es una construcción exclusivamente humana?

Baxter es un perro bull terrier que fue obsequiado como animal de compañía a una anciana solitaria después de ser adoptado en un refugio canino; es decir, en primer plano se observa como el animal, por ser considerado no humano, es visto como “un algo” y no como un ser mamífero y lo que ello supone, que siente y que tiene necesidades; necesidades no humanas, pero quizás sí afectivas y fisiológicas. El director nos deja ver que quizás incluso psicológicas dentro de los parámetros de la pequeña bestia.

El can empieza a desarrollar a través de la ansiedad en consecuencia de su encierro, actitudes feroces y defensivas, pues puede olfatear el miedo. Así es como planea vivir en otra casa y con otra familia hasta que lo consigue, no sin un acto que, de haber sido visto por las personas, podría haberse tachado de ruin y su historia igual no habría sido diferente.

Baxter vive por un tiempo felizmente con su nueva familia, hasta que esta procrea a un bebé que se ve envuelto en situaciones particulares que señalan al can como una amenaza, entonces Baxter encuentra el deseo de estar con humanos que no amen, pero que tampoco le teman. Así es como conoce a Charles, un pequeño fan de Hitler con a penas 13 años, con quien curiosamente hace “match” desde su primer encuentro.

Baxter piensa, observa y desea, pero carece de empatía moral. Al permitirnos escuchar la voz interior de Baxter, el director prácticamente nos obliga a enfrentar una pregunta incómoda, pero muy necesaria en estos tiempos modernos donde la gente dice tener “perrijos y gatijos”: ¿la moral es algo natural o es una construcción exclusivamente humana?

Algo que me parece muy particular en esta trama es que el perro protagonista es de una raza que siempre ha sido considerada como peligrosa para la convivencia humana, de esto podríamos pensar que el director quizás quiso decirnos que ver nuestro reflejo como humanidad, siempre resulta incómodo y qué mejor que tener a quien echarle la culpa, en lugar de asumir nuestra responsabilidad y comportamiento para con los seres que conviven con nosotros.

Una de las escenas más perturbadoras de la cinta es ver cómo la crueldad de Baxter no surge de la nada o del vacío, sino que es construida por los humanos que lo rodeanLeer más