Por Elías Medina
Todos hemos escrito versos alguna vez, no son pocos los poemas que han perecido en un cajón oscuro, quizá porque nos ha parecido que no son dignos de ser leídos por alguien más, porque nos avergüenza nuestra mala ortografía o porque no tuvimos el valor necesario para confesarle nuestros sentimientos a ese amor adolescente. Todos guardamos cadáveres debajo de nuestras almohadas, montañas de poemas que si se reunieran en libros llenarían los estantes de la mítica Biblioteca de Alejandría, pero que nunca conoceremos. En eso reside parte de su belleza: son un vistazo rápido al Edén por la cerradura de una puerta que nunca se abrirá.
Siempre he creído, más allá del lugar común, que todos tenemos la capacidad de volar, metafóricamente hablando, pero pocos nos atrevemos a dar el paso en falso. Leer también es volar, por cierto. La capacidad de experimentar dolor es común a todos los seres vivos y por ende a todos los seres humanos, por lo tanto, la capacidad de experimentar la belleza también lo es. Siguiendo esta línea de pensamiento, el ser humano es un ser artístico, tanto como un ser político. El arte, materia de los sueños, es un músculo más o menos ejercitado por cada uno de nosotros, pero presente en todos, por eso decimos que cualquiera puede escribir poesía. Mas un poeta que se digne de serlo debe superar esa línea entre quien escribe aficionadamente y quien se profesionaliza y, ojo, no digo que no haya talentos enormes sin entrenamiento, sino que un escritor, un poeta, debe exigirse calidad a sí mismo. Esto es a lo que llamamos oficio.
No es secreto que tengo malas relaciones con Canuto Roldán, quien junto a Lía García La novia sirena, cooptaron el Eslam Cuir, a través de prácticas colaborativas desleales en las que capitalizaron beneficios y me marginaron del proyecto que yo mismo había fundado. Desde luego, no lo hicieron solos, tuvieron el respaldo del Circuito Nacional Poetry Slam y, más específicamente, del colectivo PoesíaLeer más







Desde el contraste en el montaje que muestra a dos mujeres: una en el interior de una celda y otra abordando un avión


En últimas fechas, el abordaje temático de los retornos a las casas de infancia, a las anécdotas y secretos familiares no deja de ser productivo aunque sepa a lugar común. Creo que a estas alturas del partido si exploramos las temáticas y narrativas comunes de Latinoamérica, encontraremos, incluso en la gente afincada en Estados Unidos y Canadá, un gusto por las telenovelas, entre ellas por ese subgénero ubicado en haciendas y plantaciones donde abundan las intrigas y los amores que se gritan y reclaman, generalmente rodeados de sobreactuaciones absurdas de las que se burlan canales de youtube como “Telenovelas are hell”.

Ni excesos, ni privaciones severas. Para Hildegarda de Bingen cada plato era una pequeña alquimia entre cuerpo y espíritu, cuya esencia denominó viriditas. Ese verdor invisible que sostiene las plantas y las dota de temperamento, energía e intención. Para ella, comer es participar de esa fuerza vital. Por tanto, debe hacerse con consciencia y equilibrio.
