De la leyenda urbana al terror digital

La construcción de lo siniestro en los mitos de internet

 

Por Alejandro Emmanuel Arroyo Vargas[1]

 

Introducción y estado de la cuestión

Las leyendas urbanas tienen una habilidad particular para convertir miedos difíciles de nombrar en historias concretas. No necesitan demostrar que algo ocurrió. Les basta con dejar abierta la posibilidad. Pudo pasar, quizá ocurrió cerca o tal vez le sucedió a alguien relacionado con quien cuenta la historia. Los estudios sobre la leyenda contemporánea han señalado desde hace décadas esa relación cambiante entre relato, creencia y experiencia (Brunvand, 1981; Bennett, 1989; Dégh, 2001). Una leyenda no funciona como un texto cerrado. Vive de las versiones que conserva y de los cambios que cada comunidad introduce al volver a contarla.

Internet no eliminó esa forma de narrar. La llevó a otros lugares. Primero fueron los correos reenviados y los foros. Después llegaron las wikis, las redes sociales y las plataformas de video. En todos esos espacios siguen apareciendo prácticas basadas en copiar, modificar, comentar y volver a compartir. Kibby (2005), Howard (2008), Blank (2009, 2012, 2014) y Frank (2011) muestran que una práctica no deja de ser folklórica por circular en medios digitales. Si existe apropiación, variación y negociación colectiva del significado, la tradición continúa. Lo que cambia es el medio en el que ocurre.

El creepypasta ayuda a ver este cambio con claridad. Al principio el término se relacionó con historias de terror que se copiaban y pegaban de un sitio a otro. Muy pronto dejó de limitarse al texto. Las historias comenzaron a incluir fotografías alteradas, videos, videojuegos, discusiones y archivos creados entre varias personas. Sánchez (2018) encuentra continuidades entre la leyenda urbana y el creepypasta. Morán Rodríguez (2021) estudia su relación con nuevas formas de oralidad. Blank y McNeill (2015, 2018), Chess y Newsom (2015) y Henriksen (2018) también muestran que este tipo de terror se entiende mejor cuando se observa como una práctica compartida y no solo como una colección de relatos.

Aquí aparece una contradicción interesante. Internet ofrece más herramientas para comprobar información, pero gran parte del terror digital se alimenta de materiales difíciles de verificar. Una fotografía borrosa, una captura sin contexto o un video presentado como encontrado pueden resultar más inquietantes que un cuento que desde el inicio se reconoce como ficción. La información abundante no elimina la duda. A veces incluso la hace más grande. Los comentarios, las respuestas y las discusiones pueden cambiar el significado de una historia mientras circula, como señala Debies-Carl (2021). La viralidad también modifica la manera en que estas narraciones llegan a nuevos públicos (Guerini & Strapparava, 2016).

A partir de esto surge la pregunta que guía el trabajo. ¿Cómo conservan las leyendas urbanas sus viejos mecanismos de credibilidad y transmisión cuando pasan a internet, y qué recursos nuevos utilizan para producir miedo? La propuesta de este artículo es que el terror digital no borra la lógica de la leyenda. La reorganiza. Para observarlo se comparan Slender Man, Momo y The Backrooms. El análisis se concentra en cuatro aspectos, la presencia de lo extraño en lo cotidiano, el uso de imágenes y archivos como evidencia, la construcción colectiva de versiones y la manera en que la circulación digital puede convertirse en una forma de participación.

 

Leyenda, participación y folklore digital

La leyenda contemporánea suele acercar lo extraño a lugares conocidos. Puede situarlo en una carretera, una escuela, una casa, un centro comercial o incluso en un teléfono. Esa cercanía importa porque hace que el relato parezca posible. Brunvand (1981) popularizó el concepto de leyenda urbana para hablar de muchas de estas historias modernas. Dégh (2001), por su parte, insistió en que la leyenda también se construye alrededor de la discusión sobre si algo pudo ocurrir o no. Una persona cree, otra duda y otra recuerda una historia parecida. Esa conversación forma parte de la vida del relato.

La conocida fórmula del “amigo de un amigo” resume bien este mecanismo. La fuente está lo bastante cerca para parecer confiable, pero lo bastante lejos para que sea difícil comprobarla. Fine (1992) y Ellis (2001) explican que las leyendas crecen dentro de redes sociales y temores compartidos. En internet esa autoridad ya no depende solo de una persona. También puede apoyarse en capturas, comentarios, números de reproducciones o varias versiones que parecen confirmar lo mismo. La lógica cambia de forma, pero la necesidad de producir cierta cercanía continúa.

El medio digital también facilita que una historia permanezca disponible, pueda encontrarse después y pase de un formato a otro. Una persona copia una versión, la cambia y la devuelve a la red. McNeill (2013) recuerda que la variación siempre ha sido una parte central del folklore. Foster y Tolbert (2016) usan el concepto de folkloresque para estudiar obras de la cultura popular que imitan, recuperan o reorganizan formas folklóricas. Esto ayuda a entender por qué una criatura puede tener un creador conocido y, aun así, terminar rodeada de rasgos que ya no dependen de esa persona. También explica por qué una imagen fabricada puede empezar a sentirse como un documento cuando pierde su contexto original.

La participación del público hace que este proceso sea todavía más visible. Jenkins (2006) y Jenkins, Ford y Green (2013) explican que las audiencias no se limitan a recibir contenidos. También los comparten, los reinterpretan y los amplían. Shifman (2014) y Milner (2016) encuentran una lógica semejante en los memes, que sobreviven gracias a múltiples variaciones de una misma idea. Algo parecido ocurre con los mitos de internet. Una historia sigue viva porque puede cambiar sin dejar de ser reconocible. Contarla, comentarla, dibujarla, convertirla en juego o grabar un video sobre ella son distintas formas de entrar al mismo universo.

También importa la forma en que las plataformas deciden qué vemos. Van Dijck (2013), Bucher (2018) y Gillespie (2018) han estudiado cómo la recomendación, la clasificación y la moderación intervienen en la circulación de contenidos. La vieja frase “alguien me lo contó” puede convertirse en “me apareció en el teléfono”. Para el terror, esa sensación de encuentro inesperado es muy útil. La persona no siempre busca la historia. En ocasiones siente que la historia llegó hasta ella.

 

Lo siniestro como operación narrativa y mediática

La idea de lo siniestro ayuda a explicar por qué estas historias pueden inquietar incluso cuando sabemos que son ficticias. Freud (1919/2003) relacionó lo ominoso con aquello que resulta familiar y, de pronto, se vuelve extraño. Carroll (1990) estudió el horror a partir de seres que rompen categorías reconocibles. Kristeva (1982) habló de la abyección como una alteración de fronteras y Cohen (1996) mostró que los monstruos suelen concentrar temores culturales. En el terror digital estas fronteras aparecen todo el tiempo. Un archivo puede parecer ficción y testimonio a la vez. Un juego puede presentarse como advertencia. Una ausencia puede sentirse como una presencia.

Fisher (2016) distingue entre lo raro y lo inquietante. Lo Leer más

Representaciones de la violencia mexicana contemporánea en Fernanda Melchor, Liliana Blum, Laura Baeza y Dahlia de la Cerda

Por Diego Díaz

La violencia en México es uno de los temas más recurrentes en la narrativa de escritoras mexicanas contemporáneas. Su abordaje ha servido para construir una cartografía y crítica de la crueldad y el cinismo de la sociedad mexicana. En este mapa simbólico y desgarrador, el cuerpo de niñas, adolescentes y mujeres se erige como un territorio en el cual se inscriben la impunidad, el despojo, el control, la violencia sexual y la exclusión estructural.

En las obras de Fernanda Melchor, Páradais, 2021; Liliana Blum, El monstruo pentápodo, 2016; Laura Baeza, El lugar de la herida, 2025; y Dahlia de la Cerda, Medea me cantó un corrido, 2024; la monstruosidad deja de ser un mito para revelarse como una dimensión cotidiana, íntima y sistémica que en la mayoría de las ocasiones es producida por los hombres. Desde una perspectiva feminista latinoamericana, estas cuatro autoras articulan una estética de la violencia que denuncia cómo la estructura patriarcal, el capitalismo y los regímenes de dominación producen subjetividades feminizadas marcadas por el abuso y la condición de cuerpos “desechables”.

Este ensayo sostiene su análisis sobre tres ejes teóricos. En primer lugar, la noción de pedagogía de la crueldad formulada por Rita Segato (2018), que permite comprender la violencia contra las mujeres como un proceso sistemático de desensibilización emocional que convierte la dominación sobre los cuerpos en un espectáculo de poder y en un lenguaje de control político. Como señala la autora:

Llamo pedagogías de la crueldad a todos los actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas. En ese sentido, esta pedagogía enseña algo que va mucho más allá de matar, enseña a matar de una muerte desritualizada, de una muerte que deja apenas residuos en el lugar del difunto. (Rita Segato, 2018, p. 11)

De igual forma, Rita Segato (2016) distingue, dentro de esta lógica estructural, un tipo de violencia que se singulariza por su crueldad extrema y su letalidad; si bien la violencia de género es estructural y alcanza cifras genocidas, la autora advierte que existe una modalidad que transita por escenarios impersonales, lo que exige estrategias de intervención diferenciadas para desarticular a sus perpetradores (p. 86).

Si la pedagogía de la crueldad describe el proceso de deshumanización, el capitalismo gore explica su lógica económica: la violencia se convierte en mercancía y el cuerpo en moneda de cambio. Este concepto, desarrollado por Sayak Valencia (2010), ayuda a interpretar cómo la violencia extrema y el derramamiento de sangre se transforman en bienes rentables dentro de espacios regidos por el narcopoder, la precarización económica y la necropolítica; Sayak Valencia precisa el término del siguiente modo:

Con capitalismo gore nos referimos al derramamiento de sangre explícito e injustificado (como precio a pagar por el Tercer Mundo que se aferra a seguir las lógicas del capitalismo, cada vez más exigentes), al altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con el crimen organizado, el género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de necroempoderamiento. (2010, p. 15)

Esta lógica subvierte la estructura económica clásica de la producción: ya no se trata de acumular bienes o mercancías, sino que la destrucción del cuerpo humano se convierte en el producto central; en este escenario, la rentabilidad se mide por el número de muertes, ya que la muerte misma se ha transformado en el negocio más provechoso (Sayak Valencia, 2010, p. 16).

Finalmente, Ochy Curiel (2013) profundiza en esta condición estructural al señalar que el análisis de la heterosexualidad como régimen político no puede realizarse de forma aislada, sino articulado con el racismo, el clasismo y el colonialismo, sistemas que operan entrelazados y naturalizan jerarquías sociales (p. 164). Esta imbricación de opresiones, raza, clase, género, sexualidad, exige, como la propia autora sostiene, una propuesta teórica y práctica que descolonice el pensamiento feminista y cuestione los privilegios blancos y eurocéntricos en las luchas de las mujeres latinoamericanas (Ochy Curiel, 2007, p. 94).

A continuación, el análisis de cada obra permitirá ver cómo operan estas lógicas en la ficción; al adentrarnos en la trama de Páradais (2021), Fernanda Melchor desentraña los mecanismos de germinación de la masculinidad tóxica y el resentimiento social en el contexto del privilegio y la marginación. A través de la alianza violenta entre Franco “el Gordo”, un joven acomodado y obsesionado con su vecina Marián, y Polo, un jardinero adolescente atrapado por la falta de posibilidades económicas, la novela demuestra que la agresión no surge de un arrebato imprevisto, sino de una fantasía misógina alimentada en la complacencia. La premeditación del crimen revela cómo la violencia se gesta lentamente en el rencor de clase y, sobre todo, en la cosificación del cuerpo femenino: “El gordo sabía que había que sorprenderlos cuando ya estuvieran acostados… amagarlos y amarrarlos, dejar que el gordo hiciera sus cochinadas” (Fernanda Melchor, 2021, p. 112). La agresión explícita deviene así en canalizador de la frustración masculina, donde el cuerpo femenino es reducido a un trofeo o a un mero objeto de consumo destructivo dentro de un entorno dominado por la insensibilidad pedagógica que describe Rita Segato (2016).

Por su parte, Liliana Blum en El monstruo pentápodo (2016) desmantela la figura del depredador marginal al ubicar el horror en el seno del espacio doméstico y bajo la máscara de la respetabilidad social. Raymundo, un “ciudadano modelo” e ingeniero de clase alta, encarna a un pederasta meticuloso que manipula a Aimée, una joven vulnerable, para convertirla en su cómplice en el secuestro y abuso de la pequeña Cinthia. Al entrar en la conciencia del agresor, la narrativa expone una perversa lógica de autojustificación que desplaza la responsabilidad de la agresión hacia la propia víctima: “Todo por culpa de Ella, que poseía un cuerpo diseñado para erizarle el deseo y plagar sus fantasías día y noche” (Liliana Blum, 2016, p. 84). Liliana Blum expone el papel del entorno como un espectador que, mediante el silencio o la complicidad funcional, valida la impunidad estructural que Ochy Curiel (2013) problematiza.

En El lugar de la herida (2025), Laura Baeza explora las fisuras del trauma colectivo a través del entramado de la trata de personas, la desaparición forzada y el duelo materno. Construida mediante una arquitectura polifónica, la novela contrapone la voz desgarrada de Lucero, una adolescente atrapada en una red de explotación sexual, con la de Dolores, una madre que enfrenta la burocracia e indolencia institucional mientras busca a su hija Nancy. Baeza visibiliza el proceso de cosificación extrema cuando los captores despojan a las jóvenes de su identidad previa para sustituir sus nombres por otros, Esmeralda, Zafiro, convirtiéndolas en simples piezas de cambio del mercado necropolítico. La narración condensa esta amarga toma de conciencia en la voz de sus personajes al asumir la desvalorización social de sus vidas: “Tuve una infancia en la que me repitieron incansablemente… que nosotras siempre damos el cuerpo y todo el cariño que tenemos y recibimos a medias […] somos desechables” (Baeza, 2025, p. 57). Laura Baeza inscribe así el dolor de la ausencia como un síntoma directo del capitalismo gore que expone Sayak Valencia (2010) y de la depreciación sistemática de las vidas precarizadas.

Frente a este escenario de devastación, Dahlia de la Cerda introduce en Medea me cantó un corrido (2024) una dimensión de resistencia y subversión popular. Por medio de relatos donde la violencia del narcotráfico, el control estatal y las relaciones patriarcales cruzan la cotidianidad de las mujeres, la autora invoca la figura simbólica de Medea como un hilo conductor que acompaña el dolor, asiste en la interrupción voluntaria del embarazo y brinda cobijo a las acorraladas. Dahlia de la Cerda retrata la hipervigilancia en los entornos dominados por el crimen organizado, marcada por el control tecnológico, las amarguras del encierro y la dominación económica, pero al mismo tiempo abre paso a la justicia poética y a la solidaridad comunitaria. Esto se evidencia en la voz narrativa que asume el riesgo ético y político frente al entorno violento: “A Perla la ayudé a abortar el hijo de un ejecutor de la guerra, del victimario. El hijo del que se enriquece con la sangre de otros” (Dahlia de la Cerda, 2024, p. 39). La reescritura mítica desafía la necropolítica mediante la sororidad y la dignidad popular, transformando el horror en una forma de autodefensa y desmontando la pasividad asignada históricamente a los cuerpos subalternos (Ochy Curiel, 2013).

Ampliar esta reflexión implica reconocer la potencia estética y política de estas cuatro autoras, así como situar sus obras en el corazón de una episteme feminista que lleva décadas advirtiendo que el patriarcado no es un sistema de opresión abstracto, sino una maquinaria concreta de producción de vulnerabilidad y muerte. Desde sus respectivas narrativas, logran materializar una verdad que el feminismo ha sostenido: el cuerpo de las mujeres es un territorio ocupado y violentado, un archivo de dolor y, al mismo tiempo, un espacio de contrainsurgencia narrativa, memoria de resistencia.

Cuando estas autoras inscriben la violencia en el cuerpo como escritura, reafirman el gesto feminista de hacer público lo privado, de politizar lo íntimo. Se trata de exhibir la violencia y a su vez, desnaturalizar el horror cotidiano, mostrar que el feminicidio, la desaparición, la trata de mujeres y la violación no son excepciones en la vida de las mujeres; para muchas la regla no dicha que estructura sus trayectorias vitales. Al hacerlo, desmienten la falacia neoliberal de que la violencia es un fallo individual o un accidente del sistema; demuestran que la violencia es el modo de gobierno, el lenguaje con el que el Estado, el mercado y la cultura familiar se articulan para disciplinar cuerpos feminizados.

El desmontaje del “monstruo” que estas escritoras emprenden es, en clave feminista, un acto de desobediencia epistemológica. La tradición occidental ha ubicado lo monstruoso en la mujer, la bruja, la histérica, la loca, la madre devoradora, o en el otro radicalmente exterior. Pero ellas invierten el foco, la monstruosidad no es un atributo excepcional o una anomalía; son los hombres normales, los ciudadanos ejemplares, los padres de familia, quienes cometen los actos más atroces.

La verdadera anomalía, lo inhumano, lo cruel, es un sistema económico y social que tiene como fundadores y cómplices a los hombres que convierten los cuerpos de las mujeres en recursos desechables. Al nombrar los diversos tipos de violencia, las obras de las autoras realizan una crítica de la racionalidad patriarcal y muestran que lo que llamamos “civilización” se sostiene sobre una lógica sacrificial que exige cuerpos femeninos como moneda de cambio.

Al presentar el cuerpo como archivo, estas obras vindican la memoria histórica de las mujeres mexicanas. Frente a las narrativas oficiales que cuentan la violencia desde las estadísticas o desde el heroísmo masculino, ellas inscriben una contramemoria hecha de pequeños gestos, de cotidianidades rotas, de cuerpos que desaparecen pero que dejan rastro en el lenguaje. Esa memoria no es lineal, es fragmentaria.

La función de sus escrituras como formas críticas de denuncia las convierte en herramientas que rompen el pacto patriarcal de silencio; en un país donde el horror se ha vuelto cotidiano, donde la noticia de un cuerpo hallado en una fosa compite con el entretenimiento, estas autoras niegan al lector la posibilidad de la indiferencia. Lo hacen desde una pluralidad de voces que refleja la multiplicidad de experiencias de ser mujer en México: clase, raza, región, edad.

Desde una visión feminista, estas cuatro autoras amplían el canon literario mexicano y redefinen los términos de lo político en la escritura. Nos enseñan que la estética puede ser un arma de desobediencia, que la literatura es un lugar de lucha por los sentidos y que la memoria es un compromiso activo con el presente. Al hacer del cuerpo femenino su archivo y su trinchera, nos obligan a preguntarnos no solo qué estamos leyendo, sino qué estamos dispuestas a hacer con lo que leemos.

 

 

 

Bibliografía

Literaria

Baeza, Laura. (2025). El lugar de la herida. Alfaguara.
Blum, Lilian. (2016). El monstruo pentápodo. Planeta.
De la Cerda, Dahlia. (2024). Medea me cantó un corrido. Sexto Piso.
Melchor, Fernanda. (2021). Páradais. Random House.

Teórica

Curiel, Ochy. (2007). Crítica poscolonial desde las prácticas políticas del feminismo antirracista. Nómadas, (26), 92-101. https://www.redalyc.org/pdf/1051/105115241010.pdf
Curiel, Ochy. (2013). La nación heterosexual: Análisis del discurso jurídico y el régimen heterosexual desde la antropología de la dominación. Brecha Lésbica.
Segato, Rita. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños.
Segato, Rita. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo Libros.
Valencia, Sayak. (2010). Capitalismo gore: Control económico, violencia y narcopoder. Paidós.

 

 

 

Análisis de la cinta Un hijo propio | Sobre la maternidad como dispositivo de control y vigilancia

Por Carmina Cardiel

 

                                                                        Ningún destino biológico, psíquico, económico, define la imagen que reviste en el seno

de la sociedad la hembra humana

Simone de Beauvoir

 

 

Un hijo propio (2026), bajo la dirección de la chilena Maite Alberdi, nos pone ante un hecho que, aunque nunca ha sido aislado, sigue siendo motivo de prejuicio y carga social y moral sobre las mujeres: la maternidad.

La directora narra que ella se encontraba en Santa Martha Acatitla haciendo otra investigación con fines de proyecto documental, cuando conoció a Alejandra, una mujer condenada a 13 años de prisión por extracción de menores, pero ese no era el delito más grave, sino que detrás de esa falta se refugiaba una mujer que, al verse socialmente presionada, finge un embarazo. 

 

Los cuerpos femeninos como Territorio socialmente vigilado

A esta edad, la amistad entre mujeres comienza a reconfigurarse debido a decisiones de vida que parecen estar cargadas de convicción y decisiones propias, como la de casarse y tener una familia nuclear: mamá, papá e hijos. Son tareas tan cotidianas que se desdibujan otras posibilidades de vida y, entonces, para quienes no hemos cumplido con esas funciones, se abren preguntas. Al ver las historias de las madres de mis amigas y de la mía, una llega a observar historias de vida cargadas de enfermedades derivadas de presiones económicas y afectivas casi siempre. Pero también de historias de auto-olvido porque las maternidades parecieran ser —más allá del milagro biológico de poder crear vida dentro de una misma— una especie de castigo en el sentido en el que, a partir de ese gran suceso, a las mujeres se les exige el doble de trabajo en casa y fuera de ella.

Simone de Beauvoir nos cuenta, desde su perspectiva, que ser mujer(es) no es simplemente una condición biológica, sino una identidad que se construye socialmente. Es decir, la sociedad asigna y designa diferentes comportamientos y expectativas a las mujeres y, entre ellos, aparece la maternidad como hecho histórico. En Un hijo propio, Alejandra no solamente desea tener un hijo. Su deseo está rodeado por una enorme expectativa que no le pertenece a ella sino a la sociedad en la que se desenvuelve: la de su familia, parientes y conocidos.

Alejandra se debate en medio de sus pérdidas gestacionales y la imposibilidad de convertirse en madre, problema que comienza a adquirir un significado que deja de ser privado: para su entorno social ella ha fracasado en algo que se supone que debería ser “natural” para una mujer.

Esta idea nos permite centrarnos como mujeres en una pregunta específica en la que lo biológico queda de lado para apuntar específicamente a lo social: ¿Realmente quiero ser madre o es que siento la necesidad de serlo para sentirme como una mujer realizada?

Es entonces cuando surge una pregunta del millón, cuya respuesta quizás jamás encuentre una explicación precisa y exacta: ¿Qué es ser mujer? Porque si ser mujer va más allá de un sentido biologicista, entonces quizás debamos preguntarnos: ¿Qué deseamos más allá de tener un hijo? ¿Qué proyectos tenemos para nosotras mismas? ¿Cómo nos relacionamos con nuestro propio cuerpo? ¿Cómo vivimos el Mundo desde nuestros cuerpos de mujeres? ¿Qué nos hace ser mujeres entonces? ¿Qué sería la maternidad si no fuese una exigencia social?

Si bien los cuerpos femeninos están atravesados por cuestiones biológicas, invariablemente también están profundamente permeados por la biopolítica. Esto significa que no sólo es importante saber quién(es) controla el cuerpo de las mujeres, sino saber hasta qué punto aquello que creemos elegir libremente ha sido previamente definido por los discursos y las normas sociales que hemos aprendido a interiorizar. Dicho de otra manera, el cuerpo femenino aparece como un territorio de disputa entre poder, norma, identidad y libertad.

Desde la perspectiva de Michel Foucault, el cuerpo no puede comprenderse únicamente como una realidad biológica, ya que es también un espacio sobre el cual actúan relaciones de poder. Las sociedades actuales desarrollan mecanismos que buscan regular la vida, la sexualidad, la reproducción y las conductas de los individuos. A este conjunto de mecanismos Foucault lo relaciona con un concepto que hemos revisado en otros análisis de #ButacacVioleta: la biopolítica; es decir, con una forma de poder que tiene como objeto la administración y regulación de la vida de las poblaciones.

Esta perspectiva permite realizar una lectura más cercana sobre la cinta Tener un hijo propio, particularmente respecto al cuerpo femenino y la maternidad. En la película podemos ver cómo el cuerpo de Alejandra deja de ser exclusivamente suyo y comienza a adquirir un significado social: es un cuerpo que ha cumplido la expectativa social del casamiento, ahora debe reproducirse. Es un cuerpo cuyo embarazo debe ser visible y comprobable y, finalmente, un cuerpo que es evaluado de acuerdo con su capacidad reproductiva. La maternidad aparece entonces como una práctica impuesta por discursos sociales que determinan qué debe hacer una mujer con su cuerpo, despojándola de decisión propia sobre sí misma.

Foucault plantea que el poder moderno no funciona únicamente mediante la prohibición o la violencia directa. También opera desde el entramado social; es decir, a través de normas, instituciones, saberes médicos y discursos que establecen aquello que se considera normal o anormal. En el caso de los cuerpos femeninos, la medicina, la familia, la religión, la cultura y las instituciones sociales han contribuido históricamente a definir lo que significa ser una “buena mujer”, una “buena esposa” o una “buena madre”. El cuerpo reproductivo se convierte así en un objeto de conocimiento, vigilancia y regulación.

En la película, esta regulación puede observarse en la manera en que el embarazo adquiere una dimensión pública. El cuerpo femenino debe demostrar que está cumpliendo con aquello que socialmente se espera de él. Alejandra no solamente experimenta su cuerpo desde su propia subjetividad, sino también desde la mirada de los demás, ya que su cuerpo se convierte en una especie de evidencia social de su identidad como mujer y como futura madre.

Aquí aparece la arista particularmente importante de la biopolítica: el ejercicio del poder puede ser interiorizado. No es necesario que alguien nos obligue explícitamente a comportarnos de determinada manera, pues podemos aprender, o más bien aprendemos a vigilarnos a nosotras mismas porque hemos interiorizado las normas y las expectativas que los distintos grupos sociales esperan de las mujeres. De ese modo, una puede comenzar a controlar su propio cuerpo, sus deseos, su apariencia y su comportamiento de acuerdo con aquello que considera que la sociedad espera.

En este sentido, el cuerpo femenino se convierte simultáneamente en objeto y sujeto de vigilancia. Es vigilado por los demás, pero también puede llegar a vigilarse a sí mismo y así la presión social se transforma en una forma de autocontrol. La maternidad permite observar claramente esta relación entre poder y cuerpo, pues la capacidad reproductiva de las mujeres ha sido históricamente vinculada con discursos sobre la familia, la sexualidad y la continuidad de la sociedad. Por ello, el cuerpo femenino adquiere una dimensión política: controlar la reproducción significa también intervenir sobre la población (demografía) y sobre el futuro de la sociedad, principalmente desde la fuerza de trabajo y la economía.

Sin embargo, Foucault también permite comprender que donde existe poder existe la posibilidad de resistencia. El individuo no es simplemente un receptor pasivo de las normas y puede cuestionarlas, transgredirlas y producir otras formas de relacionarse consigo mismo. Por ello, Ale puede ser interpretada como alguien atrapada entre las normas sociales que definen su cuerpo y su intento de construir una identidad propia.

Desde esta perspectiva, Tener un hijo propio muestra que el conflicto alrededor de la maternidad no ocurre únicamente en el ámbito privado, como ya se ha planteado. Es también un conflicto político porque involucra quién tiene derecho a decidir sobre el cuerpo, quién establece qué significa ser mujer y qué ocurre cuando un cuerpo no responde a las expectativas sociales.

Existen algunos estudios antropológicos, demográficos y sociológicos que apuntan a que la gen millenial, principalmente, es la que de a poco ha ido minando esta expectativa de la maternidad al vivir en constante cambio y sin estabilidad económica, derivado de las distintas coyunturas globales que ha afrontado como generación. Si bien hoy en día muchas mujeres han/hemos decidido no ser madres, el mandato y la auto vigilancia no cesan porque se cree que al tener hijos entonces una tiene una razón de vida y de trabajo en la edad adulta. Pero entonces, ¿es que acaso con la maternidad se nos despoja de la característica humana de ser sujetas de derecho para pasar a ser la madre de/la esposa de/la mujer que trabaja para? ¿Qué pasaría si un día descubres que a tu madre le habría gustado no serlo y sin embargo lo hizo, dejando de lado sus sueños, planes de vida e ilusiones?

En esta columna se respeta el derecho y la voluntad de ser madres, pero también se cuestiona si eso ha sido una decisión propia o si ha sido una programación social instaurada en lo más profundo de la psique humana femenina y lo más grave: para quién(es) o al servicio de quién(es).

 

 

 

Bibliografía:

  1. Beauvoir, S. de. (2005). El segundo sexo (A. Martorell, Trad.). Cátedra.
  2. Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión. Siglo XXI Editores.
  3. Foucault, M. (2007). Historia de la sexualidad 1: La voluntad de saber (U. Guiñazú, Trad.). Siglo XXI Editores.
  4. Morales, Carlos Ramón (2026) ‘Un hijo propio’, de Maite Alberdi: la maternidad imaginaria en Imcine https://www.imcine.gob.mx/nota.php?id=179

La gordofobia: discriminación estructural, estigma corporal y sus implicaciones sociales

Por Aldo Saúl Uribe Nuñez[1]

 

Introducción

La obesidad es uno de los principales problemas de salud pública del siglo XXI debido a su creciente prevalencia y a su asociación con diversas enfermedades crónicas, como la diabetes mellitus tipo 2, la hipertensión arterial, las enfermedades cardiovasculares y algunos tipos de cáncer (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2024). Sin embargo, más allá de sus implicaciones médicas, las personas con obesidad enfrentan un fenómeno social cada vez más estudiado: la discriminación social derivada del sobrepeso.

Desde el punto de vista biomédico, la obesidad se define como una acumulación excesiva de grasa corporal que puede perjudicar la salud. Habitualmente se utiliza el índice de masa corporal (IMC) como criterio de clasificación, considerándose obesidad un IMC igual o superior a 30 kg/m² (OMS, 2024). No obstante, diversos especialistas señalan que el IMC posee limitaciones importantes, ya que no distingue entre masa muscular y tejido adiposo ni considera factores metabólicos, genéticos o ambientales (Rubino et al., 2020).

Por ello, actualmente existe un consenso creciente en que la obesidad debe entenderse como una enfermedad compleja y multifactorial, resultado de la interacción entre factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos y ambientales. Empero, este problema de salud tiende a verse como un problema individualizado, en donde la persona que lo padece, es el “culpable” de su condición, relegando la influencia de los múltiples factores que contribuyen a que este problema de salud se presente.

La Organización Mundial de la Salud (2024) estima que más de mil millones de personas viven con obesidad, incluyendo adultos, adolescentes y niños. Igualmente, la prevalencia ha aumentado de manera sostenida durante las últimas décadas, impulsada por cambios en los patrones alimentarios, el incremento del sedentarismo, la urbanización y la amplia disponibilidad de alimentos ultraprocesados. En México, la situación resulta especialmente preocupante, ya que el país figura entre las naciones con mayores índices de sobrepeso y obesidad. De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Pública (2023), más del 70 % de la población adulta presenta exceso de peso, situación que incrementa considerablemente la carga de enfermedad y los costos del sistema sanitario.

Retomando las argumentaciones anteriores, es importante concebir la obesidad como un problema multifactorial y no como algo que es culpa de la persona. Reducir la obesidad únicamente a un problema individual constituye una visión simplista e insuficiente. Históricamente ha predominado la idea de que las personas con obesidad son responsables exclusivas de su condición debido a supuestos hábitos poco saludables o falta de disciplina. Esta visión es reduccionista e ignora factores estructurales como la pobreza, la desigualdad, la inseguridad alimentaria, el acceso limitado a alimentos nutritivos, los entornos urbanos poco favorables para la actividad física, la predisposición genética, las alteraciones hormonales y los problemas de salud mental (Rubino et al., 2020).

Bajo esta perspectiva, surgen importantes ideas, teorizaciones y reflexiones como la gordofobia. Aunque este término no posee una definición única, generalmente se utiliza para describir las actitudes negativas, el rechazo y la discriminación hacia las personas con cuerpos considerados Leer más

La metamorfosis en la poética de Ismael Glaf

Por Diego Medina

 

Viajas en mí y estás de viaje de Ismael Glaf es un libro de poesía de temática gay, aunque también podría decirse que es, como su título advierte, un libro de viajes. El tema es fondo y forma, una alegoría del descubrimiento de la sexualidad vista desde la lente de lo geográfico; las partidas, llegadas, el horizonte y la vieja premisa de que quien regresa no es el mismo que se fue. Cuerpo y travesía funcionan como un palimpsesto en el que se escribe la misma palabra: metamorfosis.

No se trata sólo de un libro con pasajes de cruising, autodescubrimiento y autoexploración y postales, sino de una alegoría de los cambios que suceden ahí donde los dominios del cuerpo, el espacio y el tiempo llegan a su límite. Es un libro sobre la metamorfosis del alma, un libro que, como la mariposa, emprende el vuelo para entregarse a tierras y cuerpos lejanos: “quizá me diluya / o me sostenga en vuelo”.

Mas detengamos en algunos versos, por ejemplo: “¿qué significa el olivo / que me grabas sobre tu caricia / y qué hace tu lujuria en mis comisuras / como si buscara hacer esquirlas en mi temblar?”, la tensión erótica se mantiene gracias a la cuidadosa selección de palabras que, como un entramado de ramas en el huerto —tópico literario del encuentro amoroso por excelencia—, oculta el cuerpo del amante entre palabras precisas por su carga semántica: “olivo”, “caricia”, “lujuria”, “comisuras”, “temblar”, todo ello sin la descortesía de lo explícito.

La poesía de Glaf no es closetera, cuando tiene que decir “pene”, “esperma”, “semen” o “ah/no”; no hay en su poesía lugar para la vacilación, incluso juega con el punto de enunciación del cuerpo deseado, por ejemplo, desde el discurso médico: ‘la detumescencia del pene puede deberse al cese de la liberación de neurotransmisores a la interrupción de los segundos mensajeros por fosfodiesterasas o de Leer más

Poética de la periferia prieta

Por Ximena Cobos Cruz

 

Bajo el sistema patriarcal, no está de más repetirlo, la historia de la literatura ha sido escrita por hombres, son ellos quienes —ahora podemos denunciar gracias al pensamiento crítico de muchas mujeres—, delinearon un canon repleto de nombres masculinos, porque solo entre ellos se reconocen creadores, artistas, pensadores, capaces de problematizar los grandes temas trascendentes de la condición humana. No obstante, ese canon blanco, patriarcal y eminentemente masculino se fisuró; por aquellos intersticios se colaron otros hombres que ya no pertenecen al norte global, eurocentrado, blanco, moderno, sino que han nacido en la Latinoamérica del pensamiento mágico, sincrético, capaz de gestar géneros como el realismo mágico y lo real maravilloso; con paisajes bananeros, cañaverales y llanos retratados a manera de contexto.

Aquellos hombres territorializaron la literatura desde su horizonte más personal. Sin embargo, dichas grietas por donde se cree que entra la luz al escribir una Historia de la Literatura Latinoamericana e incorporar sus nombres al canon opera de manera similar  a lo que Aura Cumes (2014, como se citó en Espinosa, 2016) junto a otras feministas comunitarias explican como el entronque patriarcal. Para Cumes, más allá de la mitología de las sociedades preconquista, donde predomina un imaginario de pares interrelacionados, deidades femeninas y masculinas, “es obvio que el paso de la deidad a los seres de carne y hueso implica una pérdida de poder para las mujeres ya que en el estado humano los hombres se convierten en la figura política y guerrera con preponderancia” (p. 158), de esta forma, señala Cumes, “se va estableciendo una dominación masculina sobre las mujeres que daría lugar a la conformación de un patriarcado” (p. 158) lo que posibilita el fortalecimiento y consolidación del patriarcado occidental al encontrarse con el patriarcado ancestral originario (Lorena Cabnal), que a lo largo de seis siglos de historia, a su vez, tiene una de sus desembocaduras en el ocultamiento y negación de la historia de las mujeres en América Latina y, por tanto, en el borrado y olvido de las escritoras que crearon obras literarias situadas desde su primer territorio cuerpo, obras configuradas desde la experiencia sexuada y su lugar de enunciación en el mundo como mujeres racializadas, mujeres situadas en sus contextos políticos y sociales, cuya mirada fue crítica tanto con sus compañeros de lucha como con las situaciones políticas de sus países.

En la Ciudad de México, dichas escritoras han sido buscadas arduamente en un proceso de excavación por múltiples mujeres que desde fuera de la academia y formadas en diferentes disciplinas articulamos la arqueología de escritoras como mecanismo de construcción de una genealogía históricamente negada por la academia y la institución literario, satisfaciendo nuestra curiosidad y necesidad tanto de referentas como de vernos representadas en los textos literarios más allá de los papeles circunscritos a la figura de la amante, que tienen lugar en la literatura escrita por hombres[1]. En ese mismo ejercicio de leer literatura escrita por mujeres, hemos recuperado los trabajos del Taller de Crítica Literaria Diana Moran (1984) y hasta los escritos de Kate Millet (1970), Mary Ellman (1968), Katerine M. Roger (1966), Toril Moi (1986), Elaine Showalter (1982), Hélène Cixous (1976), entre otras, como parte de la genealogía de la Teoría y Crítica Literaria Feminista impulsada a partir de finales de la década de los sesenta y hasta la década de los ochenta, que nos ha ayudado en el fortalecimiento de una lectura feminista de las obras de las escritoras, y nos permite reconocer no solo los temas —un primer acercamiento que mal llevado puede resultar reduccionista y constructor del universal mujer—, sino los estilos configurados por las escritoras, los géneros de los que se valen y las estructuras narrativas que construyen, así como cuestionar la periodización convencional de la Historia de la Literatura dado que las mujeres no nos ajustamos a ésta, pues como señala María Milagros Rivera “la periodización tradicional de la historia no sirve para la historia de las mujeres”.

Con todo este ejercicio de interés en las madres simbólicas (Marcela Lagarde), varias nos hemos decantado por reivindicar también nuestra existencia como escritoras y trazar un camino para que muchas más mujeres se atrevan a hacer literatura a través no solo de intencionar diálogos mediante la lectura crítica y con perspectiva feminista de más autoras, sino de construir talleres dedicados a la escritura como una práctica en colectiva, sitios en los cuales hablar desde el estar situadas. En ese camino nos fuimLeer más

Posicionamiento del colectivo Novísimxs de poetas LGBTTTIQ+ ante los comentarios homófobos de Paco Taibo II

 

En días recientes el director del Fondo de Cultura Económica, Francisco Ignacio Taibo Mahojo, ha participado en programas de televisión de alcance nacional para hablar, entre otros temas, del caso de homofobia ocurrido en el seno de su equipo de trabajo. Caso en el que Víctor Santana, que hasta hace poco se desempeñó como subgerente editorial de Tierra Adentro, fue víctima de comentarios vejatorios por su orientación sexual. La participación de Taibo, sin embargo, se centró en insultar, descalificar y anunciar la rescisión del contrato con Santana por “pérdida de confianza”, toda vez que este habló con medios de comunicación sobre lo ocurrido en el FCE.

Durante su participación en Canal Once en el programa de Los periodistas, Taibo se refirió a este tema como una cuestión sin importancia, no obstante, lo ha repetido en Radio Fórmula y en Canal 22, lo cual nos obliga a preguntarnos ¿Si es un tema sin importancia, por qué repetirlo en medios de alcance nacional con tanta insistencia? Luego, sugirió que Víctor Santana convocó al colectivo Novísimxs de poetas LGBTTTIQ+ para que montaran un mitin a las afueras de la sucursal Rosario Castellanos. Desde el primer día el colectivo Novísimxs ha dejado en claro que su involucramiento en el caso nace desde la indignación contra la homofobia y que Víctor Santana no estuvo, ni está involucrado de ninguna manera en las acciones de protesta del colectivo, ni de cualquier otra índole, por lo cual exhortamos a Taibo a que, bajo el principio de que quien acusa tieLeer más

Rizoma | Reseña

Por Aníbal Fernando Bonilla

 

Así titula la plaquette de Sara Montaño Escobar (Loja, 1989), publicado en el 2024, en formato digital por Periódico Poético, de México, en su colección “Piedras en los ojos”. Un conjunto de veintiún poemas que tratan sobre el estado del ser humano, más allá de la lógica común y las convenciones. Una aproximación a la animalidad, a la rareza de los hechos y a la simplicidad de las cosas. No hay velo postizo en los versos elaborados, sino una exteriorización genuina de las dolencias más intrínsecas, con ironía y saña escritural.

 

Lo humano se confunde con la bestialidad y la imperfección de la razón. Textos diáfanos, pero también sumergidos en la oscuridad. Desde ahí precisamente se escabullen las grafías a la superficie profana. Antes que contemplación o exaltación lírica, lo que cabe es una descarnada introspección del yo, que no busca elogios, y menos, compasión. El desamor se perfila en su registro salvaje: “Mis lágrimas son un sarpullido que queman tus besos”. Asimismo, el rastro familiar como afecto extinguido o cuestionado en torno a la frágiLeer más

Suplicio de amor en una tartaleta de zarzamoras

Por Diana Peña Castañeda[1]

 

Las zarzamoras no ofrecen su dulzura de inmediato. Al primer contacto con el paladar, una leve acidez se extiende y permanece casi intacta. Es la misma sensación que dejan ciertos recuerdos.

 

Olvidar a Catherine sería renunciar a sí mismo para siempre. Por eso tras la muerte de ella, Heathcliff le reclama “¡Persígueme! ¡Enloquéceme! Pero no me abandones en este abismo donde no puedo encontrarte…”

 

Ese suplicio que se niega al olvido es el que atraviesa toda Cumbres borrascosas. Un lugar indómito, azotado por las lluvias repentinas que se desgarran desde las colinas; donde el viento guarda sus secretos y las espinas del páramo parecen crecer también en quienes lo habitan.

 

Heathcliff y Catherine pertenecen a ese paisaje. Él, silencioso, inteligente, calculador convierte su amor en obsesión. Ella, impulsiva y orgullosa no le dice: “Te amo”, afirma que él y ella son una misma identidad indisoluble. Juntos encarnan una pasión tan intensa que sobrevive incluso a la muerte, pero incapaz de ofrecerles paz.

 

Su corazón padece un hambre que ningún alimento consigue saciar.

 

Por eso, si esta novela pudiera convertirse en alimento, sería una tartaleta de zarzamoras.

 

Las zarzamoras crecen lejos de los jardines, aferradas a las espinas y expuestas al viento del páramo. Son oscuras, intensas y conservan una acidez intacta en el tiempo. Igual que el amor entre Catherine y Heathcliff: imposible de domesticar, hermoso y doloroso a la vez.

 

En la novela, la comida apenas ocupa un lugar en la cotidianidad. Un plato de gachas, una taza de té, un trozo de pan. Ninguno consigue reunir a la familia, avivar el diálogo. La mesa, como el paisaje, permanece rodeado de rencor y silencio.

 

Una tartaleta de zarzamoras tampoco reproduce una escena de Cumbres borrascosas; pero sí captura su esencia. Sabe a viento, a tierra húmeda por la neblina inclemente. La masa delicLeer más

Análisis de la cinta Mr. Nobody | Sobre el destino y la identidad

Por Carmina Cardiel

 

                                                                        “¿Por qué recordamos el pasado,

                   pero no el futuro?”

 

 

Mr. Nobody/Sr.Nadie (2010) fue dirigida por el guionista/dramaturgo belga Jaco Van Dormael, quien se caracteriza por hacer un cine fantástico y poético en el que pone especial cuidado en las imágenes que nos llevamos desde la butaca a los ojos. En 2021 lo vimos ganar un premio por Isolation que codirigió con otros cineastas para hablar sobre la pandemia que vivimos en 2019. Casi toda su filmografía tiene premios o ha sido nominada a ellos, por lo que la película de la que hoy toca hablar no tendría por qué faltar en la lista de pendientes de la audiencia cinéfila.

 

¿El destino existe?

Mr. Nobody nos habla del pasado desde un futuro que no existe (aún) y que, sin embrago, actualmente se construye a través de la tecnología y de la Inteligencia Artificial. Nemo Nobody es el último ser humano mortal que habita en 2092 aparentemente dando saltos cuánticos para contarnos su historia.

Nemo recuerda distintas versiones posibles de su vida, aunque realmente nadie sabe de dónde viene, ni en qué año nació o cómo se llama porque ni él mismo lo recuerda bien. Sin embargo, todas estas versiones se encuentran albergadas en distintas realidades originadas por las decisiones que pudo haber tomado o tomó desde su infancia.

Aunque es una película de ciencia ficción filosófica y ha sido muy vista desde el psicoanálisis, también explora la identidad, el tiempo, el libre albedrío y las estructuras sociales, por lo que esta cinta también me hace plantear una pregunta central para la comunidad lectora e interesada en la sociología:

¿Somos realmente libres para elegir nuestro destino, o es que nuestras decisiones están condicionadas por agentes externos de la sociedad?

 

Siguiendo un par de lecturas bajo las lámparas de Bourdieu y Ulrich Beck es que podemos comprender que la identidad no es una esencia fija ni una elección completamente libre, sino que es el resultado de la interacción entre las estructuras sociales y la capacidad del individuo para actuar dentro de ellas. Es decir, a pesar de lo que podamos pensar o decir sobre nosotras mismas, en realidad somos el producto de lo que dicta la sociedad y la época en la que nos ha tocado nacer, sin dejar de lado el contexto económico familiar y por ende las relaciones sociales que han construido nuestras familias y después nosotras.

Pierre Bourdieu sostiene que cada persona construye su forma de percibir el mundo mediante el habitus, un término que en otros análisis de #ButacaVioleta hemos entendido como un conjunto de disposiciones, valores y prácticas adquiridas durante el proceso de socialización. El habitus se forma principalmente en la familia, la escuela y el entorno social, influyendo en las decisiones que parecen personales pero que, en realidad, están profundamente condicionadas por la posición social de cada persona. En Mr. Nobody, aunque Nemo vive múltiples posibilidades de existencia, cada una de ellas está determinada por circunstancias específiLeer más