Desde el cuerpo y el espacio urbano

Construcción relacional de la identidad

 

Por Mariano Minjares Galindo

Cuando hablamos de la “ciudad” se suele hacer referencia a ella como un espacio inerte en el que las personas hacen su vida cotidiana: se levantan temprano, se arreglan y salen corriendo al trabajo con la esperanza de encontrar un asiento en la combi que pasa a unas cuadras de su casa. Casi como si el hormigón y concreto que forma nuestras casas y trabajos fueran los límites del laberinto en el que vivimos, interrumpido únicamente por anomalías verdes en las que, con un poco de suerte, podemos estar sin mucha preocupación los domingos por la tarde. No, las ciudades no son únicamente los elementos rígidos del paisaje.

Desde mi punto de vista, las ciudades son sistemas, están integradas por una serie de elementos que las hacen de determinada manera, esto las vuelve más que solo piedras una sobre otra. Las ciudades se van armando con una infinita cantidad de aspectos que se integran y entrelazan en ella. Esto da como resultado riqueza en las formas en que se hacen y se experimentan las urbes: no es lo mismo vivir en Guaymas, Sonora, que hacerlo en Progreso, Yucatán. Los elementos que construyen la ciudad se escapan a lo material, haciéndolas únicas: el clima, la cultura, música, idioma, formas de transportes, trabajos, etc. Todo se conjuga para formar las ciudades que tenemos, cada una con sus particularidades.

En este sentido estoy convencido de que, como dice Ramírez Kuri (2014), las identidades se construyen de forma “relacional”. Esto es que la identidad está conformada por las relaciones que hacemos con lo otro y con los otros, son por estas relaciones y en esas relaciones que se constituye la identidad.

Esta serie de interacciones (que pueden ser directas, indirectas, intermitentes o incluso ausencias) son las que van conformando la forma en al que vemos al mundo y en la que interactuamos. Son todos estos elementos los que interactúan con el individuo y entre sí, se modifican unos a otros de forma constante y crean la conciencia que eventualmente forma la identidad.[1]  

Para sintetizar cómo se construye la identidad, podemos recurrir al concepto de sobredeterminación que Freud (2020) introduce en La interpretación de los sueños.[2] Pues las interrelaciones constantes que se hacen entre los elementos que constituyen la identidad funcionan de la misma manera en un caso y en otro.

Esto aplica para la construcción de la identidad individual, así como la identidad espacial que comparte características clave: 1- Son complejas (multi relacionales y con multiplicidad de puntos de encuentro entre los elementos que constituyen esta complejidad) 2- Son “desvinculables de cualquier sentido absoluto” (haciendo referencia a que son las interconexiones antes mencionadas y no un elemento sempiterno el que constituye la identidad espacial. No hay un “ancla fija” a la que adherirse, pues todo es contextual) 3- Producto de los dos puntos anteriores: mutable a través de la historia, los contextos modifican las relaciones y el paso del tiempo configura los significantes y significados que constituyen una identidad espacial.

Los procesos que constituyen la identidad de los individuos y de los espacios que habitamos son, en muchos sentidos, similares. Comprender cómo se construye la identidad no solo nos ayuda a entendernos como sujetos, sino que también arroja luz sobre un aspecto fundamental de la vida urbana: la relación entre nuestra constitución como personas y la forma en que se configuran las ciudades. Pues las ciudades no están al margen de quienes las habitan, pero esta relación no es lineal ni unidireccional (no se trata de que primero seamos nosotros y luego la ciudad, o viceversa), sino de una interacción simultánea, casi como el dilema del huevo y la gallina, no sabemos bien a bien cual fue primero.

Es también muy importante comprender que esta construcción relacional no es armónica ni simétrica: está atravesada por conflictos, tensiones y fricciones. Los espacios urbanos son lugares donde distintas identidades, memorias y formas de habitar compiten por permanecer, expresarse o resistir. La ciudad, entonces, no solo se habita: también se disputa.

Las identidades individuales (las personas) hacen ciudad, la nombran, la caminan, la resignifican; pero, al mismo tiempo, la ciudad moldea nuestras formas de ser, nuestros ritmos, nuestras posibilidades y nuestros vínculos. En ese ir y venir se construye tanto el sujeto como el espacio. Comprender esta reciprocidad entre ciudad e identidad es fundamental si queremos avanzar hacia formas más justas de habitar. Desde aquí, se abre la pregunta por qué cuerpos, qué tiempos y qué formas de vida son realmente reconocidas en nuestras ciudades.

 

La ciudad cuida y descuida

Me parece que la constitución de las identidades, colectivas/urbanas, así como individuales, no se explican sin entender los contextos en los que se desarrollan. Dentro de las múltiples complejidades que se dan en estos contextos se encuentran puntos que a mi parecer son transversales por su universalidad y por lo mucho que pueden moldear la realidad de las personas. De forma particular me quiero referir en este texto al trabajo y cómo afecta de diferente manera a las personas que habitan las ciudades.

La división sexual del trabajo constituye la principal desigualdad entre los hombres y las mujeres en cuanto al reparto de las responsabilidades laborales. En especial cuando comparamos los tipos de trabajos que se realizan por cada uno de los dos géneros predominantes, así como el tiempo invertido en estos. De manera general, podemos decir que los hombres participan de actividades que, en el ideario colectivo, se clasifican como “productivas”, esto en referencia a que los trabajos que se realizan son normalmente remunerados. 

Las mujeres suelen ser relegadas a otro tipo de labores (actividades de cuidado), aunque con el paso del tiempo se han podido hacer paso en el mercado laboral, las actividades de cuidado suelen ser asignadas a su género. Esto deja fuera del balance la inmensa cantidad de horas que las mujeres invierten en estas tareas.

Según Comas d’Argemir (2015) “el hecho de que el cuidado recaiga principalmente en las mujeres tiene repercusiones negativas en las trayectorias laborales y sociales a lo largo de su vida” por lo que impacta de forma transversal en sus vidas cotidianas y por supuesto en la manera en la que viven la ciudad.

En el contexto actual, en donde las expectativas hacia lo que debemos hacer y ser son cada vez enfocadas a la productividad y la reproducción del capital, las personas que ejercen labores de cuidado quedan en un punto doblemente vulnerable: por un lado sus actividades son menospreciadas y entendidas como una responsabilidad indivisible de ellas, como si fuera algo natural de su sexo, cuando en realidad es una cuestión de género.

Por el otro hay corrientes de pensamiento que las impulsa a la independencia económica (ningún problema con eso) sin cambiar las condiciones del reparto de estas labores y las condena a una doble o triple jornada laboral por la mala división de estas actividades. No es por perseguir su independencia y desarrollo personal, sino la división injusta del trabajo lo que las lleva a que, inevitablemente, abandonen de forma paulatina alguna de las responsabilidades adquiridas o sacrifiquen su salud física y/o mental.

La necesidad de cuidados es imperante en toda actividad humana y por eso debería ir en sintonía con la constitución de los espacios que hacemos. En este sentido es muy importante pensar en cómo construimos nuestras ciudades y cómo su constitución tiene consecuencias diferenciadas para las mujeres y los hombres. Por ejemplo, dentro de su texto Cuidados, género y ciudad en la gestión de la vida cotidiana, Comas d’Argemir se refiere a esto en el sentido del doble consumo de tiempo entre los desplazamientos y las labores de cuidado. Si una mujer decide o necesita tener un trabajo remunerado es condenada, al igual que toda la clase trabajadora, a insufribles horas de traslado entre el hogar y el trabajo. Desde este ángulo podemos ver de forma clara la relación entre las experiencias personales y cómo estas impactan y son impactadas por la urbe.

La inversión que las mujeres cuidadoras hacen no se limita únicamente al tiempo sino que el costo se ve trasladado a su cuerpo: el cansancio de cargar niños (ajenos o propios) durante trayectos en el micro, perder horas de sueño para preparar los desayunos de las personas que habitan la casa, el infinito combate contra los trastes sucios acumulados durante el día, etc. El precio que se paga por hacer funcionar los aspectos más elementales de la sociedad no se ve reflejado en su vida cotidiana y, peor aún, se incrementa la exigencia una vez están fuera de casa, pues el contexto urbano no las ayuda en ningún aspecto. Las mujeres condicionadas por la lógica del cuidado, se mueven con más carga, con más vigilancia, con menos libertad y más urgencia.

Si nuestras ciudades siguen siendo pensadas desde cuerpos que no cuidan, que no acompañan y que no están cansados, entonces seguirán reproduciendo un modelo urbano que descuida a quienes lo sostienen todo.

 

Feminismos como alternativa

Las relaciones de género no solo se ven atravesadas por la diferencia social que le asignamos a cada sexo, sino que se ven mediadas por las condiciones materiales y de clase. No vive los mismos tipos de dolores una mujer de la clase trabajadora, que puede tener otro condicionantes como su color de piel, el idioma que habla, su nivel de estudios etc., que una mujer de estrato económico alto, con acceso a educación y dueña de los medios de producción.

En este sentido, Dahlia de la Cerda señala en su libro Feminismo sin cuarto propio cómo, a pesar de que todas las luchas de las mujeres y de las diferentes vertientes del feminismo son positivas en tanto que tratan de reivindicar a la mujer, no son todas las luchas iguales ni todas tratan de cambiar el sistema en el que esas mismas opresiones se viven. La autora sintetiza en una frase esta diferencia entre los tipos de feminismos y cómo hacen teoría cada uno de ellos: “Si teorizamos desde el privilegio, proponemos soluciones que reproducen sistemas de opresión.”

Me parece de suma importancia poder conectar estas reflexiones que nos deja la autora con los temas sobre la constitución de la identidad y cómo esto afecta la morfología de la ciudad. El género nos atraviesa a todos y solo nos vemos afectados por él de forma grave en la medida en que salgamos de las expectativas del ideario colectivo. Aunque, incluso así, estas condiciones marginan a las mujeres y las hacen ceñirse solo a ciertas actividades y roles dentro de la sociedad, lo cual impacta en su constitución individual. Los movimientos feministas como una forma de emanciparse de eso ofrecen una salida para quien lo sufre y para quienes no, una oportunidad de reflexionar sobre nuestros privilegios, el uso que hacemos de esas ventajas y cómo afectan a las demás personas. 

Si las ciudades se configuran a partir de las relaciones que sostenemos entre nosotras y con nuestro entorno, entonces también se moldean (o se distorsionan) según qué cuerpos, qué voces y qué formas de vida son consideradas válidas, visibles o deseables. Los feminismos de los márgenes (como el que propone de la Cerda) no solo amplían la conversación, sino que reubican el centro: nos obligan a mirar la ciudad desde los márgenes, desde quienes habitan lo público sin garantías, desde quienes caminan con miedo o sin tiempo, desde quienes están cansadas.

Así, pensar la ciudad desde una perspectiva feminista no es solo una propuesta ética, sino una herramienta política radical. Es preguntarnos, como escribe la autora, “¿quién puede habitar la ciudad con libertad? ¿A quién está dirigida esa ciudad que idealizamos en discursos de inclusión, pero que en la práctica sigue expulsando a quienes no encajan en el molde de la productividad, la seguridad o la normatividad?”

El feminismo no solo nos permite hacer visibles las estructuras que sostienen la desigualdad, también nos invita a imaginar otras formas de organizar el espacio, el tiempo y la vida. Como alternativa política, el feminismo no solo busca integrar a las mujeres en un sistema injusto, sino transformarlo desde sus cimientos, y eso incluye el modo en que concebimos, construimos y habitamos nuestras ciudades.

Pensar la ciudad desde el cuidado, el género y la desigualdad es una tarea urgente y política. A lo largo de este ensayo he intentado mostrar cómo nuestras identidades individuales y colectivas están íntimamente entrelazadas con los espacios que habitamos, y cómo esos mismos espacios reproducen (o desafían) estructuras de poder históricas. Las ciudades no son neutrales: cuidan o descuidan, dan cobijo o expulsan. Reconocer esto implica también una toma de postura. Los feminismos, especialmente aquellos que emergen desde los márgenes, nos ofrecen una lente crítica que no solo visibiliza estas injusticias, sino que nos invita a imaginar otras formas de vivir juntas, más justas, más sensibles y más humanas. Si queremos transformar nuestras ciudades, debemos empezar por reconocer a quienes históricamente las han sostenido en silencio: los cuerpos cansados, los vínculos invisibles y los tiempos de quienes cuidan.

 

 

 

Referencias

  • Comas d’Argemir, D. (2015). Cuidados, género y ciudad en la gestión de la vida cotidiana. En R. Tello & H. Quiroz (Eds.), Ciudad y diferencia. Género, cotidianeidad y alternativas (pp. 59–90). Edicions Bellaterra.
  • de la Cerda, D. (2021). Feminismo sin cuarto propio. Sexto Piso.
  • Freud, S. (2020). La interpretación de los sueños. Biblioteca Nueva. (Obra original publicada en 1900)
  • Ramírez Kuri, P. (2014). Geografías de la responsabilidad. En M. L. Álvarez & M. Massuh (Comps.), Las disputas por la ciudad (pp. 29–48). CLACSO.

 

 


[1] Estos elementos constitutivos del yo me recuerdan a lo que Jacques Lacan proponía en El estadio del espejo, donde el niño, al descubrir su figura reflejada se reconoce en ella, pero esta imagen no es idéntica a la experiencia física que tiene. Es una identificación imaginaria. Este proceso de identificación y alienación, dice Lacan, es constante durante toda la vida y se repite en diferentes momentos y con diferentes elementos. El yo está en constante construcción a través de las relaciones con el Otro (el lenguaje, la cultura, los demás).

[2] Por supuesto que en el texto de Freud se utiliza el concepto para explicar la redistribución de valor psíquico entre los elementos presentes en los sueños, pero hago la referencia y ocupo el concepto en tono a las diferentes interrelaciones que hay entre unidades presentes en cada campo de análisis. 

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