Por Sergio E. Cerecedo
La animación es una industria que ha crecido mucho en los últimos 40 años debido al avance agigantado de las tecnologías de creación de imagen. Dentro de un mundo de modelado tridimensional, parece que la animación que sigue siendo en dos dimensiones se ha vuelto un mundo donde transita más la expresión de los estudios y realizadores independientes, no solo en las películas, series y publicidad, sino también en los videojuegos y visuales para celulares, tablets y dispositivos más recientes. Los videojuegos indies siguen apostando por una gráfica reminiscente de la tradicional en gran cantidad, y esto se vuelve una resistencia cobijada por precios relativamente asequibles, pero en igual medida por el tesón de quienes quieren realizar una historia muy personal.
De la misma manera, los títulos animados en largometrajes dirigidos por mujeres la mayoría están en 2D, exceptuando unos cuantos de los grandes estudios como Turning Red (Domee Shii, 2022), Kung Fu Panda 2 (Jennifer Yuh Nelson, 2011) y algunas codirecciones de los mismos que resultaron muy productivas en taquilla, entre las que se pueden contar Brave (Brenda Chapman, Mark Andrews, 2012) y Frozen (Chris Buck, Jennifer Lee, 2013), que han logrado colocarse en el gran gusto del público. Aún con esa hegemonía, si somos un poquito clavados en las entregas de premios, podemos encontrar entre proyectos tan fastuosos, una muy noble competencia entre las cinco nominadas que siempre nos hará mirar hacia productos de otros países que no son los Estados Unidos, y otros estilos e historias.
“Persépolis” entró en estas nominaciones en el ya lejano 2008 y se encuadra en esa temática tan productiva en el subgénero sobre los dilemas de crecer, especialmente en las visiones de directoras que abordan la primera crisis de sistemas de creencias de una niña o adolescente. Esta adaptación de la novela gráfica de la misma Marjane Satrapi (codirigida por Vincent Paronnaud) nos da una crónica detallada de la revolución islámica de Irán de los setentas a los noventas, denotando la represión general, pero centrándose en la repercusión del cambio ideológico sobre las mujeres, el ascenso al poder de un régimen, los asesinatos devenidos de éste y la atracción de la población hacia lo prohibido y lo occidental. La directora acierta en no idealizar esto último.
Marjane al crecer —una representación de la infancia deLeer más



Desde el contraste en el montaje que muestra a dos mujeres: una en el interior de una celda y otra abordando un avión
En últimas fechas, el abordaje temático de los retornos a las casas de infancia, a las anécdotas y secretos familiares no deja de ser productivo aunque sepa a lugar común. Creo que a estas alturas del partido si exploramos las temáticas y narrativas comunes de Latinoamérica, encontraremos, incluso en la gente afincada en Estados Unidos y Canadá, un gusto por las telenovelas, entre ellas por ese subgénero ubicado en haciendas y plantaciones donde abundan las intrigas y los amores que se gritan y reclaman, generalmente rodeados de sobreactuaciones absurdas de las que se burlan canales de youtube como “Telenovelas are hell”.


El relato se desarrolla en los años 60, en una familia variopinta y divertida que realiza los preparativos para recibir el año nuevo haciendo un concurso para ver quien cocina mejor e integrando a los más chicos a la cocina y el trabajo doméstico. Aquí se nos cuelan varios hechos, al constatar como espectadores que los familiares presentes son ancianos, niños y mujeres con hijos; nos damos cuenta que los hombres no están, se encuentran en la guerrilla del lado de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), frente muy ligado a las luchas antiimperialistas y por ende, a Cuba y a Rusia. Ese día vemos el arresto de un miembro de la familia que resulta ser el germen de muchas cosas que salen a relucir en la historia familiar. En lo abstracto, vemos como Teo, uno de los niños es marcado profundamente por ver cómo se sacrifica y limpia a un cerdo antes de comerlo, metáfora poderosísima de la exposición de las infancias a los contextos y hechos violentos.
La directora Itandehui Janssen ha pasado su vida entre los Países Bajos, de donde viene su padre, y la herencia mixteca de su madre, en esta unión de pensamientos y culturas nos trae esta película, filmada en Edimburgo, Escocia, donde Itandehui es investigadora universitaria y hace tiempo planteó una línea de investigación sobre el gasto de recursos y la contaminación que genera la industria audiovisual. En este contexto, la película incorpora lo aprendido en la investigación y se planteó trabajar con el equipo humano y técnico mínimo —por ello Itandehui también asume la dirección de fotografía—, para acometer una narración de ciencia ficción, que curiosamente es un género que casi siempre eleva el presupuesto de las producciones, pero que aquí es abordado de una manera minimalista y puntual en su desarrollo.
Venezuela tuvo una relación muy cercana con México durante la época de Oro de nuestra cinematografía, figuras como Rómulo Gallegos vieron adaptadas sus novelas en co-producciones mexicanas y precisamente la adaptación de obras de teatro y novelas dio mucha tela de donde cortar a la creación cinematográfica de ese país posterior al auge petrolero. Dentro de esta industria y narrativas que se empezaban a cimentar y comenzaban a tejer una identidad con sus convenciones, surge Margot Benacerraf (Caracas, 1947-2024), quien tenía muchas inquietudes sobre la realidad social de su país y sobre el lenguaje. Estudió tanto literatura como filosofía y, posteriormente, cine en Francia.
Desde los primeros momentos en los que observamos paisajes naturales, el narrador se esfuerza por no sobreexplicar lo que la imagen está mostrando y aunque a veces lo hace —sobre todo en el segundo tramo cuando acompañamos los oficios y tareas de la gente de la salinera y pueblos aledaños—, su tendencia más bien es la de la reflexión poética y la interpretación reflexiva, así como en la primera parte nos comparte la memoria histó
Un viejo amigo que solía ir a trabajar por temporadas en la ahora controvertida Tulum, hace unos 10 o 12 años, me comentaba mucho que vivir en la llamada Riviera Maya podría sentirse como un espejismo, donde todo lo que mucha gente trabaja no se ve, el idioma originario vive marginado y también quien lo habla trata de defenderse de diversas maneras, como un paraíso que existe para los ojos de todos, pero cuyo goce cada vez era más reservado para quien tiene el recurso económico. Por otras personas importantes en mi vida pude percatarme también de las diferencias sociales en las cuales la gente que en los hoteles te atiende con una sonrisa y con atención, fuera de ellos, en su entorno cotidiano, no se siente con la confianza de hablarte si no está el vínculo del intercambio de servicios, ambos mundos permanecen ajenos.
En este país que tenemos tan de etnias, lleno de zonas, como la antigua Aridoamérica, llena de pueblos a los que la falta de un desarrollo de escritura y registros propios como los que tuvieron las civilizaciones de Mesoamérica, hay —sin romantizar— mucho conocimiento del ser y las culturas que quedó perdido en el tiempo. Así, en diversos momentos de la película se nos recuerda que este no conocer el contexto, origen y sustento de esas creencias, acciones y tradiciones, desde los remedios caseros hasta la cosmogonía, lleva a las personas que no son de una cultura hegemónica a la marginalidad, a la incomprensión, tal como es el caso de Rita y muchas personas más.
Hace un tiempo me decía un amigo fotógrafo que uno de los lugares comunes a la hora de elegir un tema para realizar una película documental es el registro de la vida y testimonios de algún familiar que está perdiendo la memoria. Y es que sí, la inquietud por la memoria propia, familiar, social y estructural que podemos tener desde antes, pero que sobre todo pega a nuestros tiempos, es la base y motor emocional de muchos relatos. Así, igual que en “Abrir Puertas y ventanas” (2012), Milagros Mumenthaler (Buenos Aires, 1977) indaga aquí en la construcción de esa memoria propia, en la identidad creadora de imágenes y que a su vez busca lo que le falta a través de imágenes físicas que puedan reestructurar un poco de su mente y su vida presente.