Itu ninu: semillas de conexión

 Por Sergio E. Cerecedo

 

En las anécdotas con amistades que han migrado, tanto a otros países como a ciudades de la misma nación, por estudios, trabajo o cambio de aires, es común el saber de personas que, a muchos kilómetros de casa, descubren que vienen del mismo pueblo o ciudad, se conocen y se hacen amigos o muchas veces pareja. De entre tanta gente que viene y va elegimos la familiaridad del hogar representada en otras personas, si le aunamos a ello unas condiciones difíciles alrededor, la imposibilidad de volver al terruño y la necesidad , tanto práctica como emocional de no estar solo, encontramos gran parte del germen de esta historia.

 

La directora Itandehui Janssen ha pasado su vida entre los Países Bajos, de donde viene su padre, y la herencia mixteca de su madre, en esta unión de pensamientos y culturas nos trae esta película, filmada en Edimburgo, Escocia, donde Itandehui es investigadora universitaria y hace tiempo planteó una línea de investigación sobre el gasto de recursos y la contaminación que genera la industria audiovisual. En este contexto, la película incorpora lo aprendido en la investigación y se planteó trabajar con el equipo humano y técnico mínimo —por ello Itandehui también asume la dirección de fotografía—, para acometer una narración de ciencia ficción, que curiosamente es un género que casi siempre eleva el presupuesto de las producciones, pero que aquí es abordado de una manera minimalista y puntual en su desarrollo.

 

En un futuro donde la emergencia climática ha rebasado a los países más vulnerables del planeta, la gente ha migrado a países más desarrollados y donde aún encuentra agua y oxígeno en buenas condiciones, ahí, la suerte y las necesidades van a unir a Sofía (Alejandra Herrera), quien trabaja en un centro de reciclaje de tecnología, y a un botánico (Armando Bautista García) que se dedica a injertar semillas y a lograr hacer crecer árboles que ya difícilmente se encuentran en la naturaleza; juntos encuentran que son de la misma comunidad, del mismo país y optan por escribirse cartas en papel en su lengua natal para evitar la hipervigilancia del sistema y poder tener libertad sin la amenaza de ser deportados, juntos llegan a explorar la posibilidad de irse juntos y llevar un poco la contraria al estilo de vida que se ha asentado en esas grandes e inertes ciudades.

 

El viaje sentimental y personal que detona el conflicto del vencimiento de la visa de la chica y la posibilidad de no volverse a ver que les lleva al replanteamiento de su futuro, ocupaciones y estilo de vida es retratado de una manera íntima a la que la parte epistolar ayuda, cada carta hecha a mano y compartida como sustituta de una conversación interactiva es como una realidad que el personaje le describe al otro con cierto destiempo, con la sensación de que lo que estaba ahí, escrito, pensado, está llegando al otro con un diferimiento, lo que está ahí y se intercambia son las miradas y acciones. Juntos van a la playa y recorren lugares remanentes de la naturaleza que el mundo ha perdido, lo poco medianamente fotosintético que queda es conservado y compartido por ellos.

 

La distopía una vez más está presente, en la realidad estética que plantea Itu Ninu, casi hemos llegado al siglo XXII y más que carros voladores o robots caminantes, la escasez de humanidad en la calle y los días grises por la falta de oxígeno son los que sobran. Y es en la parte de ciencia ficción donde siento que la película pudo haber reforzado más su discurso, que se siente difuso y le falta un refuerzo en el cual se integren más las problemáticas del género, tanto por el lado sonoro, donde el perifoneo de una voz en inglés diciendo instrucciones para la población y anunciando a tiro por viaje los incumplimientos a la ley que harían que perdieran la Visa, así como escuchamos ruidos industriales lejanos que nunca vemos.

 

Dentro de esta propuesta de reducción de recursos técnicos, creo que el incorporar la ausencia de aire de calidad para respirar a la fisicidad de las actuaciones hubiese funcionado, ya que se supone que se ven en días de contingencia donde no hay gente en la calle, pero no los vemos ni una tos, ni gestos de molestia al caminar o agitación, en una película tan centrada en el detalle íntimo esas pequeñas inflexiones son las que hacen la diferencia. De la misma manera el uso de locaciones de una parte más moderna de Escocia está muy bien llevado, aunque se echan en falta un par de elementos nuevamente que nos denoten la diferencia de la época, el imaginario se prestaba.

 

Es una película con una economía de recursos impresionante porque esto no disminuye su capacidad narrativa, la puntualidad de los encuadres y mostrar lo que se tiene que mostrar, muy situacional, eso sí; donde las acciones están más hacia el interior de los personajes y las circunstancias del contexto, por lo cual puede retar a más de uno que no sea tan paciente al respecto. Puedo decir que la calidad de su imagen está cuidada a gran detalle y que no se siente jamás como una película mal hecha, si en algún momento la operación de cámara y el montaje nos dejan algunas tomas muy movidas que contrastan con la quietud de la que le sigue, son gajes del oficio. Su narración del amor silente recuerda un poco al Kim Ki Duk de “Las estaciones de la vida” (2003) y Hierro 3 (2004), aunado a la concepción de la imagen, bastante cotidiana y sobre los fondos grises y blancos que la propia ciudad brinda.

 

Entre la atmósfera fría y la narración de la ausencia del sentimiento de hogar y de cómo podemos recuperarla por medio de las emociones o de encontrar a una persona de nuestra misma región y a partir de la convivencia y los sentimientos sentir soslayo en las circunstancias difíciles, a mí me trae algunos referentes narrativos a la mente, entre ellos dos películas del realizador británico Michael Winterbottom, tanto a su incursión en la ciencia ficción en Código 46 (2003) como en especial a la parte sentimental de “9 orgasmos” (9 songs, 2004) donde dos personas que desarrollaban una dinámica de ir juntos a conciertos y después compartir intimidad nos hablaban de esa etapa de enamoramiento donde en tu vida cotidiana comienzas a ver y recordar a esa persona que está empezando a ser especial, donde la incorporas a tu accionar diario y piensas en lo que le gustaría.

 

“Itu Ninu” no se puede considerar en hechura y producción una película nacional, pero se une a los intentos de cineastas con raíces mexicanas en la ciencia ficción con inquietudes propias detonadas a partir de los fenómenos asociados con el clima y la salud en los últimos años y sin duda se siente bienintencionada y que deja sensaciones bonitas tras verla, es un segundo largometraje hecho con mucha frescura, amor al tema y al estilo con el cual debemos ver nuevas formas de filmar.

 

 

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