Análisis de la cinta “Baxter” | Reflexión sobre la domesticación de animales de compañía, o el antropocentrismo

Por Carmina Cardiel

 

“Las relaciones entre humanos y animales deben entenderse como vínculos sociales y afectivos que co-constituyen mundos compartidos, más allá de una visión antropocéntrica

que reduce a los animales a objetos o símbolos.”

Varela Trejo, 2019

 

Baxter (1989) fue dirigida por el francés Jérôme Boivin, quien principalmente ha dedicado su carrera a la pantalla chica; sin embargo, hizo algo que casi ningún cineasta se ha atrevido a llevar a cabo: una película desde la voz de un perro bastante particular que no cae en el cliché de la nobleza y obediencia perfecta para con los seres humanos, como hemos visto en “Lazzy”, “Los 101 Dálmatas” o “Hachiko”.

Boivin nos lleva de la pata del perro a una historia que narra toda su visión con respecto a la humanidad, pero también le da un pensamiento y libre albedrío y desde ahí ya rompe con la idea romántica que asocia la bondad con los animales no humanos.

 

¿La moral es algo natural o es una construcción exclusivamente humana?

Baxter es un perro bull terrier que fue obsequiado como animal de compañía a una anciana solitaria después de ser adoptado en un refugio canino; es decir, en primer plano se observa como el animal, por ser considerado no humano, es visto como “un algo” y no como un ser mamífero y lo que ello supone, que siente y que tiene necesidades; necesidades no humanas, pero quizás sí afectivas y fisiológicas. El director nos deja ver que quizás incluso psicológicas dentro de los parámetros de la pequeña bestia.

El can empieza a desarrollar a través de la ansiedad en consecuencia de su encierro, actitudes feroces y defensivas, pues puede olfatear el miedo. Así es como planea vivir en otra casa y con otra familia hasta que lo consigue, no sin un acto que, de haber sido visto por las personas, podría haberse tachado de ruin y su historia igual no habría sido diferente.

Baxter vive por un tiempo felizmente con su nueva familia, hasta que esta procrea a un bebé que se ve envuelto en situaciones particulares que señalan al can como una amenaza, entonces Baxter encuentra el deseo de estar con humanos que no amen, pero que tampoco le teman. Así es como conoce a Charles, un pequeño fan de Hitler con a penas 13 años, con quien curiosamente hace “match” desde su primer encuentro.

Baxter piensa, observa y desea, pero carece de empatía moral. Al permitirnos escuchar la voz interior de Baxter, el director prácticamente nos obliga a enfrentar una pregunta incómoda, pero muy necesaria en estos tiempos modernos donde la gente dice tener “perrijos y gatijos”: ¿la moral es algo natural o es una construcción exclusivamente humana?

Algo que me parece muy particular en esta trama es que el perro protagonista es de una raza que siempre ha sido considerada como peligrosa para la convivencia humana, de esto podríamos pensar que el director quizás quiso decirnos que ver nuestro reflejo como humanidad, siempre resulta incómodo y qué mejor que tener a quien echarle la culpa, en lugar de asumir nuestra responsabilidad y comportamiento para con los seres que conviven con nosotros.

Una de las escenas más perturbadoras de la cinta es ver cómo la crueldad de Baxter no surge de la nada o del vacío, sino que es construida por los humanos que lo rodean a lo largo del filme. El perro no nace ni crea el odio: lo aprende, lo refleja y lo replica. Podríamos decir que Boivin plantea a través de Baxter una crítica a la idea de que el mal se dirige de forma “natural” o bajo su instinto “animal”. Por el contrario, nos deja ver que el animal funciona como una proyección que devuelve al ser humano una versión extraída de sus propias pulsiones autoritarias, jerárquicas y violentas.

Baxter cuestiona la noción que más tememos y que se llama: responsabilidad. Al despojar al perro de moralidad, ¿puede ser culpable? Y si no lo es, ¿hasta qué punto los humanos somos responsables de aquello que producimos, educamos o permitimos? La película parece responder con crudeza: la responsabilidad siempre recae en quien posee conciencia ética y capacidad de elección. En ese sentido, Baxter no retrata la crónica sobre un perro “peligroso”, sino sobre la fragilidad de la moral humana. Al despojar al animal de sentimientos, la película nos hace voltear a ver de frente aquello que preferimos atribuir a la “bestia”, cuando en realidad nace de la humanidad y de sus formas y costumbres. Por tanto, la moralidad depende siempre del comportamiento y socialización humana. Es decir, aquí Baxter es un reflejo social, o como diría Sartre: “Somos lo que hicieron de nosotros”. El perro es lo que hicieron de él, “es él y sus circunstancias”.

Para Emmanuel Lévinas, la moral es una responsabilidad humana; es decir, la moral no nace de la ley, ni de la razón abstracta, ni del instinto, sino de la responsabilidad infinita del ser humano frente al otro/a y quizás sea muy necesario decir en estos tiempos, que “el otro”, también puede ser una inteligencia no humana, pero sí mamífera, vertebrada y con cerebro que hace sinapsis, aunque no ahondaré en ello, porque sería mejor leer a las/los expertos en el tema. Lévinas plantea que: “Antes de pensar, elegir o justificar, el ser humano ya está éticamente comprometido”.

Su idea central es potente y muy clara: “Soy responsable del otro sin esperar reciprocidad.” Esto significa que la moral es exclusivamente humana porque solo el ser humano puede responder (de ahí responsabilidad) por el daño que causa o permite. No se trata de intención, sino de hacerse cargo.

En ese sentido y volviendo con Baxter: El perro no es moralmente responsable, pues actúa desde el instinto, la jerarquía y el aprendizaje. Los humanos sí lo son, porque saben, eligen y transmiten valores. La falta ética en la película no es el del animal, sino el de los adultos que permiten, moldean o legitiman la violencia en él. Para Lévinas, cuando el ser humano renuncia a esa responsabilidad —cuando trata al otro como objeto, amenaza o cosa— aparece el mal. Esto nos sumerge de lleno en la película: el horror sucumbe cuando la ética es reemplazada por ideología o indiferencia. En la película, Charles es fiel creyente nazi, aunque sus padres lo ignoran y cuando sospechan, no hacen nada.

 

El Antropocentrismo en Baxter

Según la Encyclopaedia Britannica, “el antropocentrismo considera a los seres humanos como entidades centrales o más significativas en el mundo, y ve la vida humana con valor intrínseco mientras que otros elementos, incluidos animales y plantas, son recursos para la humanidad” (Britannica Editors, 2013, s.p.).

En ese sentido, podemos identificar en la trama, cómo fue que Baxter siempre estuvo “destinado” por los seres humanos que lo socializaron a un segundo plano, poniéndolo siempre como una necesidad/recurso humano y no como un sujeto vivo con necesidades diferentes a las aprendidas socialmente humanas. En otras palabras, Baxter siempre fue un medio y no un fin, esto último, característica de la humanidad en tanto a derechos. Por tanto, podemos decir que Baxter siempre careció de derechos, pese a tener una voluntad aprendida y decisiones propias, aunque aprendidas como todos los seres humanos tenemos.

Abraham David Varela Trejo es un antropólogo mexicano de la UNAM, especialista en estudios antiespecistas, antropología crítica de los animales, relaciones multiespecie y estudios más-que-humanos, cuyas publicaciones exploran cómo la antropología puede dejar de ser estrictamente antropocéntrica para reconocer a los animales como agentes con valor propio, y no simples objetos de estudio o símbolos al servicio de la cultura humana.

Desde este punto de partida, la película Baxter puede leerse como una crítica radical al antropocentrismo, uno de los ejes centrales del pensamiento de David Varela. Al otorgarle voz y perspectiva al perro, la cinta rompe con la tradición antropológica clásica que considera a los animales como objetos, símbolos o extensiones pasivas del mundo humano. Así es como Baxter coincide con la propuesta de Varela Trejo de pensar a los animales como sujetos relacionales, capaces de afectar y ser afectados dentro de entramados sociales multiespecie.

Sin embargo, la relación no es complaciente. Mientras muchas narrativas animalistas tienden a humanizar moralmente al animal, Baxter hace lo contrario: presenta a un perro con agencia, pero sin ética. Esta decisión refuerza uno de los puntos clave de Varela Trejo: reconocer la agencia animal no implica atribuirle moral humana. El perro actúa, desea, aprende y se vincula, pero no responde a categorías éticas como culpa o responsabilidad. Esto permite pensar la animalidad sin romanización, algo que Varela Trejo también critica en ciertos discursos bienintencionados, pero simplificadores.

Desde la antropología de los animales, Varela subraya que las relaciones humano-animal están atravesadas por estructuras de poder, afectividad y violencia normalizada. Baxter ilustra esto de forma tajante: el comportamiento del perro no surge de un “mal natural”, sino de su inserción en un entorno humano marcado por abandono, autoritarismo e ideología extremista. Así, el animal funciona como un producto relacional, una tesis muy cercana al pensamiento vareliano de que los animales no existen fuera de los mundos sociales que compartimos con ellos.

Además, la película expone lo que el investigador denominaría especismo silente: los humanos ejercen control, deciden la vida y la muerte del animal, y luego se deslindan de responsabilidad cuando ese control produce consecuencias violentas. Baxter hace visible esta contradicción: el perro es castigado por comportamientos que fueron fomentados, tolerados o instrumentalizados por humanos. La violencia no es animal; es estructural y humana, aunque se manifieste a través del cuerpo del perro.

Finalmente, Baxter coincide con la antropología multiespecie defendida por la antropología de Varela al mostrar que lo social no es exclusivamente humano. La relación entre Baxter y sus dueños no es un simple vínculo afectivo o utilitario, sino un espacio donde se reproducen ideologías, jerarquías y exclusiones. El perro no es un símbolo del mal, sino un actor “no humano” dentro de una red social profundamente fallida y caótica.

Ahí es donde cabría preguntarnos: Sobrepasar los límites no humanos en un ser no humano, ¿qué supone? ¿Es violencia, antropocentrismo o imposición? Definitivamente “Basxter”, es un filme que nadie que tenga mascotas se debería perder, pues implica una reflexión profunda o un viaje interno hacia donde vamos con las relaciones y vínculos que creamos con sociedades y sujetos no humanos.

 

 

 

Bibliografía:

  1. Lévinas, E. (2002). Totalidad e infinito: Ensayo sobre la exterioridad (D. Guillot, Trad.). Ediciones Sígueme. (Obra original publicada en 1961) p. 63
  2. Britannica Editors. (2013). In Encyclopaedia Britannica https://www.britannica.com/topic/anthropocentrism
  3. Varela Trejo, A. D. (2019). Mi gran compañera. La familia multiespecie y los vínculos afectivos humano-animal. LECA. Revista de Estudios Sociales, 3(2), 55–72.
  4. Callicott, J. B. (1999). Beyond the Land Ethic: More Essays in Environmental Philosophy. SUNY Press.

 

 

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