Por Carmina Cardiel
“Mis pasiones, concentradas en un solo punto,
se parecen a los rayos de un sol reunidos por una lupa:
prenden fuego inmediatamente a cualquier objeto que encuentran a su paso.”
― Marqués de Sade, Juliette
Carrie (1977), rodada por el aclamado director estadounidense Brian De Palma, conocido por grandes rodajes como Cara cortada, Ojos de serpiente, Vestida para matar y Los Intocables, entre otras, está basada en una novela de Stephen King, lo cual es de llamar la atención, pues, como se ha mencionado en esta columna, el terror casi siempre etiqueta a personajes femeninos marcados como “lo tenebroso”. Este es el caso de la adolescente Carrie White, a quien hoy toca desmenuzar desde el lente violeta.
El castigo de los cuerpos femeninos
Recuerdo haber cumplido a penas 11 años cuando mi primer periodo llegó, esto marcó mi vida a pesar de que en casa ya me habían hablado sobre ese momento “biológico y natural” que toda chica experimenta. Sin embargo, a pesar de que en casa todo el tiempo se me despojó de prejuicios con respecto a los cambios de mi adolescente cuerpo, el día que sucedió lloré mucho porque ciertamente había un miedo interiorizado desde el exterior de casa: “me iba a convertir en mujer”.
¡De qué diablos hablan! ¿Qué significa ser mujer entonces? Como yo jamás tuve muñecas, seguí jugando el resto de mi vida con lo que se pusiera en frente y pudiera divertirme, hacerme aprender y entretenerme ¿Por qué el hecho de que pudiera ovular tendría que suponer una demarcación en mi vida? Pues así fue. Recuerdo que los consejos de la familia externa y amistades “cercanas” (tías, primas más grandes, las abuelas, las madrinas, las amigas de mamá y papá) me decían que ahora debía cuidarme, que ya no podía usar faldas ni shorts porque a partir de eso yo podía crear vida ¿A caso esa idea no es aterradora a los 11 años cuando tú sigues mirando bichitos y revolviendo la tierra con shorts puestos en un parque bajo un cielo azul?
Las faldas y vestidos siempre me gustaron en la infancia, pero a partir de ese momento, los pantalones se convirtieron en una especie de cuidado, como un cinturón de castidad, como “un refugio contra la mirada de los hombres”. Hasta que cumplí 26 años volví a ponerme faldas y vestidos y dejé de padecer comezón en las piernas e infecciones ocasionadas por humedad y calor. Así de mierda el sistema de odio contra nuestras cuerpas: a partir de que “me convertí en mujer”, cambié incluso mi manera de vestir para “cuidarme”. ¿Cuidarme de qué o de quién, si de todas formas me afectó? Y, sobre todo, ¿por qué habría de cuidarme por ser mujer? ¿Por qué a los hombres no se les exige cuidarse a partir de su forma de vestir o de cambios en su cuerpo?
Pues bien, a Carrie le sucedió algo similar, pero más feo porque su madre era la constante presión entre lo cultural y su cuerpo, aunado a una serie de ideas limitantes y, por supuesto, moralmente religiosas. La madre de Carrie es una fanática que va de casa en casa tratando de “salvar” almas que ella consideraba en pecado y pena. Al interior de su casa las cosas comienzan a transformarse junto con el cuerpo y la edad de su hija, lo cual considera un pecado: el cuerpo femenino una vez desarrollado supone un pecado. Aquí cabría preguntarse por qué, pero es que, si revisamos el libro de la vida que supuestamente rige a las sociedades occidentales, o sea, la biblia del catolicismo y del protestantismo, encontramos que las mujeres, por ser mujeres, llevamos un pecado y somos malvadas:
–Se te ven las protuberancias del cuerpo
–Senos, mamá, se llaman senos y todas las mujeres los tienen
Este diálogo me encanta, sobre todo porque se entiende el significado y el significante de nombrar al cuerpo como hecho, como algo tangible en lo que a lo humano refiere y, por tanto, real. Desde una perspectiva sociológica, la religiosidad extrema que encarna la madre de Carrie [y a mis tías] funciona como un mecanismo de poder que transforma el cuerpo femenino en un objeto de culpa, vergüenza y peligro moral. A través de esta relación, la película muestra cómo el desprecio por los cuerpos femeninos no solo es individual, sino estructural y socialmente aprendido. ¿Cuántas veces hemos renegado de ser mujeres por lo que menstruar supone? ¿Se lo han preguntado? Bueno, pues Carrie lo pone en la mesa como punto de discusión.
Según Foucault (1976), el poder se ejerce sobre los cuerpos mediante normas y discursos que los regulan y disciplinan. En Carrie, el discurso religioso funciona precisamente como una herramienta de disciplinamiento que niega a la protagonista el derecho a comprender y aceptar su propio cuerpo.
La escena inicial que es la primera menstruación de Carrie es central para entender el desprecio hacia los cuerpos femeninos. La falta de información, sumada a la reacción punitiva de su madre y sus compañeras, refuerza la idea de que el cuerpo femenino debe ser temido y castigado. Esta representación se relaciona con lo que Bourdieu (2000) denomina violencia simbólica: una forma de dominación que se ejerce de manera invisible, cuando las personas interiorizan las normas que las oprimen. Carrie aprende a sentir vergüenza de sí misma y a percibir su cuerpo como algo peligroso.
Saquen sus crucifijos de nuestros ovarios
Émile Durkheim, sociólogo estudioso de la la religión, apunta que ésta no se entiende solo como una creencia personal, sino como un sistema de normas y valores colectivos que influyen en la forma en que las personas actúan y se perciben a sí mismas. En este sentido, la relación entre Carrie y su madre muestra cómo una religiosidad extrema puede afectar profundamente la integración social y el desarrollo individual. Esto podemos verlo claramente cuando la madre de Carrie ejerce sobre ella una presión a costa de su voluntad. Incluso la encierra para “hacerle ver” que su único refugio y lugar seguro es un cuarto acondicionado como capilla de rezo dentro de su casa.
Para Durkheim (1912), la religión cumple la función de separar lo sagrado de lo profano, estableciendo límites claros sobre lo que es aceptable dentro de una comunidad. En Carrie, el cuerpo femenino es construido como algo peligroso y profano, mientras que la fe es presentada como sagrada e incuestionable. La madre de Carrie impone estas creencias como verdades indiscutibles y, por tanto, absolutas, convirtiendo la religión en una forma de control moral que define lo bueno y lo malo sin espacio para el diálogo.
Durkheim también sostiene que los hechos sociales se imponen a los individuos de manera coercitiva. Esto se observa en la vida de Carrie, quien no sigue las normas religiosas bajo las que vive, sino que las recibe como una obligación. La falta de integración con otros grupos sociales, como la escuela o sus pares (compañeritos), refuerza su aislamiento y debilita su sentido de pertenencia y, por tanto, su individualidad e identificación. Según Durkheim, cuando un individuo no logra integrarse adecuadamente en la sociedad, pueden surgir conflictos profundos entre la persona y el orden social. En Carrie esta parte la desarrollan muy bien tanto el autor como el director, ya que le asignan “la telequinesis” como símbolo de diferencia con respecto a los otros.
La religiosidad que se muestra en la película también pierde su función integradora. En lugar de generar apoyo comunitario y cohesión, produce miedo, culpa y exclusión. Desde esta mirada, Carrie refleja una forma de religiosidad que se aleja de su función social positiva y se transforma en un punto clave de desorganización social, afectando tanto a la familia como al individuo.
Es decir, desde la interpretativa mirada de Durkheim, Carrie evidencia cómo la religión, cuando se ejerce de manera rígida y aislada del colectivo, puede dejar de cumplir su función de integración social. La experiencia de la protagonista muestra que la imposición extrema de normas religiosas puede generar ruptura, aislamiento y conflicto, revelando la importancia de la religión como hecho social que debe favorecer la cohesión y no la exclusión. ¿Cuántas de nosotras nos sentimos aisladas de estas normas sociales que encuentran origen en la religiosidad? La madre de Carrie la llama “bruja” al menos tres veces en la película, ¿Qué somos nosotras entonces a estas alturas de la modernidad? ¿Es que acaso necesitamos de la telequinesis para que saquen sus crucifijos de nuestros ovarios?
Emancipación de los cuerpos femeninos
Definitivamente pienso que Carrie puede interpretarse como una representación de una emancipación simbólica frente a los sistemas sociales que oprimen a la individualidad femenina. A lo largo de la cinta encontramos a la protagonista malabareando bajo un fuerte control familiar, religioso y social que limita su autonomía y que le impide construir su propia identidad. Su proceso de emancipación no se manifiesta de manera positiva o liberadora, sino como una ruptura violenta contra las normas que la han reprimido. En ese sentido, tanto Stephen como Brian logran una historia y un rodaje magistral en el sentido más estético de la imagen, pienso.
Desde la lente sociológica, la emancipación simbólica puede entenderse como el momento en que un individuo deja de aceptar pasivamente los significados y normas que le han sido impuestos. En el caso de Carrie, su cuerpo y su identidad han estado definidos por otros todo el tiempo: su madre, la religión y la escuela. Bourdieu (2000) apunta que, según mi interpretación, esta imposición puede leerse como violencia simbólica, ya que Carrie interioriza durante gran parte de su vida la culpa y la vergüenza asociadas a su cuerpo y a su feminidad.
El punto de ruptura ocurre cuando Carrie deja de verse únicamente como objeto de control y comienza a reconocerse como sujeto con poder a partir de lo que ella sabe que puede hacer con su mente. Este cambio representa una emancipación simbólica, ya que rompe con la imagen de sumisión que la sociedad (su madre, principalmente, y sus pares del colegio) le ha asignado. Según Butler (1990), los cuerpos están regulados por normas sociales que determinan cómo deben comportarse. Cuando Carrie desafía estas normas, cuestiona simbólicamente el orden social que la excluyó y humilló.
Por otro lado, la película nos devela que esta emancipación ocurre en un contexto de aislamiento extremo; es decir, en los extremos sociales aceptados. Al no contar con redes de apoyo ni espacios de reconocimiento social, la ruptura con las normas se convierte en un acto radical. Desde esta perspectiva, Carrie sugiere que cuando la sociedad niega sistemáticamente la dignidad y la voz de ciertos individuos, la emancipación puede surgir de forma conflictiva y destructiva que, a nivel masivo y social, es más fácilmente percibirlo: Coff, coff!!
En resumen, Carrie presenta una emancipación simbólica marcada por la ruptura con el control religioso y social que definió la vida de la protagonista. Más que una liberación plena, se trata de una reacción frente a años de sometimiento, lo que convierte a la película en una crítica a las estructuras sociales que impiden el desarrollo libre de la identidad femenina. No podríamos dejar de ver que cuando esta película fue rodada, estábamos en la segunda ola de los feminismos y, algo que es de reconocimiento, más no de gratitud, es que tanto el autor como el director, hayan logrado tales escenas y, en consecuencia, tales críticas y aceptación social.
Antes de creer que ser mujer es un castigo o algo impuesto de forma negativa, habría que preguntarse entonces desde cuándo y en qué momento empezamos a pensarlo así: ¿Por qué la menstruación y ser mujeres es visto como un estigma o como una burla en lugar de un hecho social real y latente? ¿A caso es que sus crucifijos y maldiciones siguen presentes y amenazantes con una hoguera? Entonces, como Carrie: Quiero arder hasta las consciencias de lo que significa para mí ser mujer…
Bibliografía:
- Bourdieu, P. (2000). La dominación masculina. Anagrama.
- Butler, J. (1990). Gender trouble: Feminism and the subversion of identity.
- De Palma, B. (Director). (1976). Carrie [Película]. United Artists.
- Durkheim, É. (1912). Las formas elementales de la vida religiosa. Alianza.
- Foucault, M. (1976). Historia de la sexualidad I: La voluntad de saber. Siglo XXI.
