Las preguntas que no (te)(me) hago

Por Marisabel Macías Guerrero

Esta contra-cartografía intentará mostrar la inexactitud del territorio, solo una pequeña parte, de las “grandes preguntas” relativas al amor, la sexualidad y la erótica que me habitan, y que por lo tanto también anidan de vez en vez en mis vínculos sexuales y/o afectivos (familia, amistades, pareja, compañeras, etc.), pero que no siempre logro verbalizar para convite. En realidad, las vierto acá como gesto cariñoso, con el afán de compartir con otras a modo de brindis cuestiones que me rondan desde hace algunos meses y que no pretenden tener respuesta, quizá solo ser espejo. Compartir el viaje.

Puedo decir que nunca había tenido tanta estabilidad emocional, física, mental y económica como en los últimos cinco años, y por supuesto eso se refleja en mi actuar, y viceversa, pero no necesariamente en tener grandes certezas (vitales); tampoco significa que no haya momentos de precariedad o desasosiego (en muchos sentidos). Menciono esto porque, en efecto nunca tuve mayor claridad mental, teórica, afectiva incluso, lo cual en ciertos casos me lleva a tener mejor comunicación con las personas que me importan, sin embargo, ha sido en los últimos años cuando se han disuelto fuertes vínculos afectivos, sin que haya podido o querido evitarlo, y desde dentro me rasga el sentir doloroso de no lograr conciliar ideas con otras y otros; o de entregar preguntas que son recibidas como explosivos.

Quienes me conocen saben que soy “una preguntona”, me fascina dar tiempo a mis inquietudes y dudas (no solo intelectuales, existenciales), disfruto mucho compartiéndolas con otras, aprendiendo de y con otras. También compartiendo esas preguntas que me carcomen, pues creo que decirlas es una forma de liberarme de la incomodidad, de saber que no solo son mías, especialmente cuando éstas surgen respecto a riñas, distancias o incomprensiones entre vínculos. Intento aproximarme al tema, pero como ya dije, es el vértigo de la imprecisión lo que persigo.

Hace algunas semanas comencé a leer de a poquito un libro llamado Te puedo. La fantasía de poder en la cama de Analía Iglesias y Martha Zein, ahí encontré una frase que me llevó a querer compartir esto. “Las grandes preguntas están trenzadas con los mismos hilos con los que enhebramos un beso o un “buenos días” cotidiano”, dice Martha Zein. ¿Cuáles son esas grandes preguntas que nos ocupan? ¿cuáles son las tuyas? Esas que callas.

Desde entonces solo puedo pensar en las preguntas que compartimos, pero más en las que callamos. Esas interrogantes que no nos atrevemos a compartir, que son para nosotras quizá, pero que podrían tener cabida en las relaciones erótico-afectivas, y no las soltamos porque no tienen respuesta o por temor a que la otra persona se sienta atacada, ofendida, herida o cualquier otra interpretación errónea. Por mil motivos. Porque no se nos enseñó a compartirnos desde la soledad ruidosa que habita nuestra mente.

“Partamos del ruido de las dudas para llegar al silencio de la armonía”, dice de nuevo Zein.

Hablar sobre el amor, las prácticas sexuales, los encantos y desencantos, las fantasías, las molestias, los deseos, la desconfianza, las memorias, los sueños, las envidias, las frustraciones y los anhelos, con nuestra pareja, pero también con nuestras amistades y familia, no siempre es sencillo. Cómo se plantean esos temas, las dudas y conclusiones a las que llegamos en silencio. Cómo se admiten ciertos aspectos que a veces no le cuentas ni a tu terapeuta, pero que están presentes en algún momento de tu día, de tu vida.

Dice esta misma autora, “La soledad también acompaña el acto de amar, con la misma seriedad e intensidad, si se quiere, que grandes conceptos filosóficos como identidad, dualidad o existencia. Pueden estar en el mismo plato en el que disfrutamos de los mordiscos pasionales, los arrullos saciados o el camino hacia un orgasmo. Así, pues, hablemos de amor para abordar el poder, hagamos ese viaje para desordenarnos, para deshabituarnos, para llenarnos de vertiginosas interrogantes y descubrir lo que no sabíamos. Miremos a los ojos a nuestro amante y preguntémonos quiénes somos y no solo si nos desea o nos ama.”

En ese compartir preguntas también nos descubrimos. ¿Cuántas veces y de qué formas nos hemos descubierto a través de desnudarnos mental y espiritualmente con otras/os?

Quizá solo hay que cuidar que ese descubrirse a través de la palabra compartida no se convierta en un acto egoísta, tipo monólogo o sesión de análisis, para vaciar(nos) y así encontrarse de nuevo en la soledad de una misma, dejando a la otra persona como simple escenario, como medio. Saber escuchar, corresponder y fusionar las dudas es como bailar, como dormir de cucharita.

Poder y saber preguntar, expresar lo que te atraviesa en ese instante meditativo, en esa crisis existencial, entregarlo en ese diálogo cercano, en ese cruce de miradas, una a una, una a uno, en ese ambiente tenso que a veces se crea cuando intentamos abrir paso a un tema sensible o que nos implica cierta solemnidad; esa es una forma de desordenarnos y potenciarnos, muchas veces hacia la creatividad.

Arrojar y arropar la pregunta, es como propiciar, brindar y albergar una caricia, como edificar un abrazo. Intentarlo y lograrlo, desde ambos lados, implica desplegar la voluntad de tejer redes afectivas cercanas, éticas, profundas, envueltas en ternura. Duren lo que duren. Es parir juntas la confianza, la honestidad, aunque ésta nos lleve a gritar por las desgarraduras.

Destejer(te) desde (a)dentro para enhebrarte con los hilos de las otras y otros, es como emprender un viaje conjunto, como cepillarnos los dientes frente a frente, como olernos las axilas en el ardor previo al éxtasis sexual. Como fumar marihuana juntas, llorar y luego reír sin poder parar. Como beber un té de canela en una mañana fría sin nada más que hacer que acompañarnos.

Deshabituarnos y despeinarnos las normas amorosas-erótico-sexuales desde las preguntas compartidas también nos permite rasgar un poco la imposición patriarcal de que el amor no se piensa, de que las amistades no se cuestionan de frente y con las dudas que escurren de la corazona-lengua.

Conversar, cuestionarnos, desde la soledad acompañada por la otredad, implica erosionar esa “comodidad” que nos brinda el hacernos pendejas con lo que sabemos que queremos-deseamos-¿debemos? transformar para seguir creciendo, creando, encontrándonos, sintiendo, siendo. Andando.

Soltar los cuestionamientos que me ahogan, permitirle/invitar a la otra u otro a que se sumerja en las aguas de mi angustia, de mi ensoñación, de mi oscuridad, de mi luminosidad, es como susurrarle al oído lo que más me excita, como hacerle un regalo y acompañarlo con una “cartita”. Escuchar eso de las otras, remar en sus corrientes más profundas, también se siente como la caricia larga sobre las piernas, como el masaje que presiona uno a uno los dedos de mi mano izquierda.

Entonces, ¿cuáles son esas preguntas que no (te) (me) hago?

Por qué sigo guardando celosamente esas interpelaciones que me punzan el amor, la amistad, el miedo y las ganas de seguir explorando la existencia.

 

 

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